De bacanales y errores léxicos #2
—Pues ya sabes lo que has de hacer —interrumpió mi primo con una sonrisa cómplice—.
Sabes, ya no eres la única persona del mundo a la que le gusta esa mezcla.
Tengo un compañero de piso al que le encanta.
Cuando está con exámenes, la menta y chocolate vuela por casa.
Vosotros dos juntos acabaríais con las reservas.
—¡Ya me lo presentarás! —reí sin sospechar absolutamente nada—. Nos daremos una orgía de menta y chocolate.
—¿Una orgía?
—Bacanal, quería decir bacanal.
Alejo no podía parar de reír, consiguiendo arrastrarme a mí y terminar los dos llorando de la risa por mi equivocación, para alegría de Zsa Zsa , que no paraba de corretear moviendo el rabo a nuestro alrededor.
—¡En qué estarías tú pensando!
—Inocente de mí, en el helado —repliqué sin parar de reír.
—¡Dios, mira que te echaba de menos, pequeñaja!
Alejo me abrazó y yo sentí que el corazón se me estrujaba al volver a oír aquel «pequeñaja», que hacía mucho había dejado de escuchar.
BONN, 2002
Eva
Varios días después de nuestro regreso a Bonn, saqué las fuerzas necesarias para sincerarme con mis padres, especialmente con mi padre. Si algo sabía, era que ninguno de ellos se enfadaría. Tenía claro que mis padres querían lo mejor para mí. A la decepción era a lo que le tenía miedo.
—¿Tú estás segura de esto, Eva? —me preguntó mi padre.
Habíamos terminado de cenar y el silencio se había instalado en el comedor de nuestra casa. Era el momento que llevaba postergando más tiempo del debido, pero las palabras de la iaia Clotilde me habían dado el empujón que necesitaba.
—Del todo, papá. No me gusta. No me atrae para nada, me aburre soberanamente el Derecho y no me veo ejerciendo de abogada el resto de mi vida.
Mi madre asistía en silencio a la conversación mientras recogía distraídamente la mesa. No parecía sorprendida. Estoy segura de que hacía tiempo que ella imaginaba que yo no estaba hecha para seguir los pasos de los Bauman.
—¿Y qué vas a estudiar entonces?
—Quiero matricularme en Traducción. Sabes que se me da bien aprender otras lenguas. Ya hablo alemán, español, inglés y me manejo en francés… quiero encauzar mi vida por ahí.
—¿Por qué no lo habías dicho antes? —preguntó él, pasando el plato a mi madre con un gesto de desconcierto.
—No quería defraudarte. Estabas tan ilusionado con que siguiera tus pasos y fuera la tercera generación de la firma…
Bajé la mirada, sintiéndome pequeña, pero mi padre suspiró y se acercó a mí. Me puso una mano en el hombro con una suavidad que me desarmó antes de fundirnos en uno de esos abrazos reconstituyentes que solo los padres y los abuelos saben dar.
—Cariño, tú no me podrías defraudar nunca. Si no es lo tuyo, no es lo tuyo.
Aquel fue el verdadero comienzo de mi nueva etapa.
Dejé aparcados los estudios de Derecho y, aunque mis profesores no lo entendieron porque mis notas eran brillantes, por fin volví a disfrutar entre mis apuntes.
Estaba donde quería estar: entre diccionarios, libros de gramática y chistes idiomáticos que casi nadie entendía.
Johann se reía de la absurdez de mis chistes y yo escuchaba atenta cómo él me explicaba sus casos prácticos. La distancia de las facultades nos había acercado más. Ya no compartíamos clase, pero nos encontrábamos cada tarde en el silencio de la biblioteca.
Fue un viernes, en la puerta de casa, cuando Johann soltó la propuesta que me hizo temblar.
—Este fin de semana mis padres se van fuera —dijo con esa sonrisa suya que siempre me ponía nerviosa—. ¿Te apetece quedarte conmigo?
Noté un pinchazo en la boca del estómago. Mi cabeza asintió casi por su cuenta mientras los nervios se apoderaban de mí. Aquello era mucho más que una cita de estudios. Johann sonrió, igual de nervioso que yo, y me dio un beso de buenas noches que sabía a despedida hasta el día siguiente.
MADRID, 2002
Andrés
Desconcentrado. Total y absolutamente incapaz de centrarme en lo que estaba haciendo. Comenzaba a tener claro que aquella noche poco o nada iba a avanzar en los planos que tenía sobre la mesa. Solté el escalímetro y los lápices, dándome por vencido, y salí de mi habitación rumbo a la cocina.
Rebusqué en el congelador, entre las múltiples bolsas de comida congelada. Allí, oculto entre un paquete de nuggets y otro de patatas, estaba mi tesoro. Helado en mano, busqué inútilmente una cucharilla de postre limpia en aquel desastre de fregadero.
—Dios, o fregamos esta cocina o cualquier día viene Sanidad y nos la precinta —dije en voz alta.
—Justo lo mismo le decía a Iván esta tarde —confirmó Alejo entrando en la cocina de repente.
—Joder, Alejo, me has asustado.
—No era mi intención —dijo, riendo—. ¿Atacando a la menta y chocolate?
Me quedé mirando el bote. La imagen de Eva me golpeó, como siempre.
—Sí, me he quedado bloqueado y he venido en busca de inspiración.
—¿En el helado? —rio Alejo al ver el bote en mis manos—. Sabes, este verano le estuve hablando a mi prima de ti. Ella es otra apasionada de ese helado.
—¿Hay reunión en la cocina? —preguntó Iván integrándose en la conversación—. Ya que estamos los tres, podríamos adecentar la cocina, que da asco.
—¿Tú has visto la hora? —pregunté incrédulo—. ¡Son las tres de la mañana! ¿Quieres que los vecinos nos fusilen? Yo me vuelvo a mi cueva en busca de la inspiración y, Alejo... ya me tendrás que presentar a tu prima.
—Eso mismo me dijo ella —comentó Alejo entre risas—. De hecho, me soltó algo así como: «preséntamelo y nos daremos una orgía de helado».
—¿Una orgía de helado? —No pude evitar soltar una carcajada—. ¡Quiero conocer a tu prima ya!
—No te ilusiones, fue un error léxico, lo cual es extraño viniendo de ella —rio Alejo—. Corrigió por «bacanal».
—Bueno, tampoco es mala idea. No es tan sugerente como lo de la orgía de menta y chocolate —bromeé, mientras a la mente me venía irremediablemente la imagen de mi pequeñaja.
—¿De qué prima habláis? ¿Tienes una prima que está buena y no has dicho nada? —intervino Iván—. Si es necesario, empiezo a disfrutar con esa masa verde ahora mismo.
—Tú no te metas por medio, yo estoy primero —reí, dándole un empujón amistoso—. Hala, me voy a seguir con lo mío. Y Alejo, a ver cuándo me montas una cita con tu prima.
—No sé yo si al novio le haría mucha gracia.
—Joder, ahora tiene novio… para una que tiene buen gusto con el helado. Tú dile que conmigo no le faltará suministro.
—Se lo diré —contestó Alejo entre carcajadas.
BONN, 2002
Eva
Ninguno de los dos levantaba la vista de sus respectivos apuntes. Ambos parecíamos concentrados, pero nada más lejos de la realidad. Llevábamos horas sentados frente a los libros sin haber sido capaces de pasar de la primera página. Los nervios nos habían ganado la partida.
Johann despegó la vista de sus indescifrables esquemas y su mirada se cruzó con la mía. Nos sonreímos, nerviosos, antes de volver a bajar la cabeza hacia el papel.
—Esto es absurdo —declaró un par de minutos después. Lanzó el bolígrafo sobre la mesa y se levantó para acercarse a mí. Me tendió las manos, invitándome a ponerme en pie—. Intentar concentrarme en unos apuntes que parecen estar escritos en chino es imposible. No he avanzado nada en dos horas.
Sonreí, sintiéndome de alguna manera aliviada por no ser la única que estaba hecha un flan.
—Pues chino no hablo.
—No me sorprendería que lo hicieras. ¿Cuántos idiomas hablas ya?
¿Alemán, español, inglés, francés…? —Johann fue enumerando despacio cada uno mientras me besaba con lentitud, bajando por mi cuello hasta llegar al hueco de mis clavículas e impregnarse del aroma de mi colonia—. ¿Subimos a mi habitación?
—Sí —asentí, notando cómo sus dedos buscaban los míos.
Tímidos, nerviosos, asustados… un cúmulo de sensaciones me invadía en la que iba a ser mi primera vez. Los veinte escalones que nos separaban de nuestro destino se me hicieron eternos. El reloj parecía haberse ralentizado y todo a mi alrededor giraba a una velocidad inexistente.
Johann abrió la puerta de su habitación e invitó a pasar. La tenue luz que llegaba del comedor a través del hueco de las escaleras era nuestra única iluminación. Fuera, la luna parecía haberse escondido tras las nubes oscuras que amenazaban con descargar el diluvio universal sobre Bonn.
Poco nos importaba a nosotros la tormenta que se desataba en el exterior.
En aquel momento solo existía la búsqueda del cuerpo del otro.
Sus dedos, torpes e inexpertos, comenzaron a desabrochar lentamente los botones de mi blusa mientras nuestros labios se buscaban.
Nos besamos pausados, permitiendo que nuestras lenguas bailaran al compás de infinitas caricias que apenas estábamos descubriendo.
Como en un goteo, la blusa cayó al suelo.
Tras ella fue su camiseta, nuestros zapatos y los pantalones.
Nos miramos semidesnudos, nerviosos, ataviados solo con la ropa interior y una carga de sentimientos deseosos de colarse en el cuerpo del otro.
Sentí el rubor apoderándose de mis mejillas al notar cómo desabrochaba mi sujetador para luego juguetear con los tirantes, bajándolos suavemente hasta que terminaron junto al remolino de ropa del suelo.
Minutos después, nuestros cuerpos desnudos se dejaban caer sobre su cama. Sus labios y sus dedos recorrieron mi piel mientras la tormenta estallaba fuera con fuerza. Sabía que aquella no sería la mejor de mis experiencias, pero sí una inolvidable primera vez.