De bacanales y errores léxicos
Eva
R econocí aquel cosquilleo olvidado en el acto.
Era esa sensación de mariposas revoloteando en mi barriga que solo Andrés había logrado anidar en mi interior hacía una eternidad.
Poco o nada tenían en común Johann y él.
Cierto era que yo también había cambiado.
Ya no era la niña de trece años que se marchó de Valencia con el corazón en un puño.
Ahora iba camino de los diecinueve. Eso sí, por mucho que hubiesen pasado los años, seguía siendo una inexperta total en temas del amor.
Desde nuestra primera conversación, Johann dejó de sentarse en la tercera fila para sentarse a mi lado.
De inmediato se dio cuenta de que, a pesar de mi genética y de mis notas, yo no terminaba de encontrar mi lugar en aquella facultad.
Él se esforzaba por transmitirme la pasión que él sí sentía por el Derecho, aunque conmigo fuera una batalla perdida.
—¿De verdad eres una Bauman? —me preguntó entre risas un día mientras repasábamos—. Es increíble que, siendo nieta, sobrina e hija de los abogados más prestigiosos de Bonn, no sientas ese gusanillo corriendo por tu sangre.
—Pues no, no lo siento. No noto nada especial leyendo estos soporíferos apuntes.
—Ya, pero algo debe de haber en tus genes, porque tus notas son impresionantes.
—¿Y de qué me sirven las notas, Johann?
—¿Para tener un expediente inmejorable?
—Sí, pero solo es eso. Lo único que me atrae de venir a clase es verte a ti —le confesé con una sonrisa antes de besar al que ya todos conocían como mi novio.
Johann era bueno, atento, brillante y con unos impresionantes ojos azules que brillaban cada vez que sonreía. Era el mejor bálsamo para mi nostalgia.
—Bueno, quizás el destino de la tercera generación de los Bauman fuese simplemente conocerme a mí —rio, abrazándome—. ¿Y no crees que deberías pensar qué hacer si esto no te atrae?
—Debería… —suspiré, recostando la cabeza sobre su pecho.
Estábamos en el Rheinaue. Desde pequeña, aquel había sido mi sitio favorito de la ciudad. Me encantaba ir a aquel parque —por llamarlo de alguna forma—, porque en Valencia no teníamos un lugar como ese, aunque el antiguo cauce del río iba camino de ser nuestro particular pulmón verde.
—¿Antiguo cauce del río? —preguntó él interesado cuando cambié de conversación y empecé a hablarle de la que siempre sería mi terreta . A Johann le encantaba escucharme hablar de Valencia.
—Sí. Tras la riada de 1957 se desvió el Turia y terminaron convirtiendo el cauce en un lugar para pasear. He estado un par de veces cuando hemos ido de vacaciones y cada vez está más bonito.
—Sigues echando de menos Valencia —dijo mientras me acariciaba la cara.
—Ahora ya no tanto —le dije, y en parte era verdad—, pero no lo puedo negar. Sobre todo a mis amigos.
—A Ana.
—Sí, a Ana.
—¿Y a alguien más? —insistió, y noté que buscaba algo en mi mirada.
—A mis abuelos, a mis tíos, a Zsa Zsa , a mi primo Alejo…
—¿Y a ningún chico?
—No, a ningún chico —puntualicé rápido, tal vez demasiado rápido, aunque el nombre de Andrés me golpeó el pecho con la fuerza de un rayo—. Te recuerdo que cumplí los catorce aquí. ¿Crees que por entonces pensaba en tonterías de novios?
—¿Tonterías? —rio él, fingiéndose ofendido—. ¿Eso soy yo para ti?
—Sabes que no, pero también sabes que eres mi primer novio.
—Mmm… pues tengo el placer de ser el primero en besar esos labios —susurró antes de volver a besarme.
VALENCIA, 2002
Dos días después, mi familia y yo llegábamos a Valencia, dispuestos a disfrutar de unas merecidas vacaciones. Con los años, la ciudad se había convertido en mi paraíso particular. Ese lugar al que necesitaba volver cada Navidad y cada verano para recuperar el aire que me faltaba en Alemania.
Me encontraba sentada en el borde de la piscina, dejando que el agua me refrescara los pies mientras jugaba con mi inseparable Zsa Zsa , cuando una voz familiar me sacó de mis pensamientos.
—¿Cómo está la pequeña de mis nietas? —preguntó la iaia Clotilde, apareciendo por sorpresa.
—Bien, iaia . Feliz de estar aquí —contesté, abrazándola con fuerza y apoyando la cabeza en su hombro. Con ella no necesitaba fingir, aunque siempre lo intentara.
—¿Y qué tal ese noviete alemán?
—Muy bien, es encantador. Estoy segura de que te caería de maravilla.
—Si te hace feliz a ti, lo tiene fácil conmigo —respondió mientras me acariciaba la cara con esa ternura que solo ella tenía. Se quedó mirándome un segundo de más, escrutando mis ojos—. Pero si estás tan feliz... ¿me puedes explicar por qué tienes esa cara? ¿Qué es lo que te preocupa, carinyet ?
Me quedé en silencio, escuchando el chapoteo del agua. No podía ocultarle nada.
— Iaia … creo que no estoy hecha para ser abogada.
—¿Por qué lo dices? Si un pajarito me ha dicho que tus notas son impresionantes.
—Sí, lo sé, pero solo son eso: números en un papel. No noto que haya nacido para esto, pero todos esperan que sea la siguiente pieza del engranaje en Bauman & Bauman —con aire rimbombante dibujé los apellidos en el aire.
—Escúchame bien —dijo con firmeza—. No tienes que hacer lo que se espera de ti, sino lo que tú quieras. ¿Quieres vivir amargada toda la vida solo por cumplir un guion escrito por otros?
Le sonreí, sintiendo cómo me quitaba un peso de encima. La iaia siempre tenía la palabra justa. Si ella me había convencido años atrás de que marcharme a Bonn era lo correcto, ahora volvía a tener razón: no podía vivir una vida que no me pertenecía por miedo a defraudar a mi padre.
Aquella misma tarde, los abrazos y besos me esperaban en casa de los Ferrer.
Cruzar aquel portal siempre era como volver a casa.
Andrés y Cristina eran mi familia de corazón, me habían visto crecer y su casa era mi refugio.
Pero, mientras saludaba a todo el mundo, mis ojos hacían un escaneo rápido por el salón buscando una figura que no aparecía.
—Y pensar que eras solo una niña cuando te fuiste y mírate ahora —comentó el padre de Ana nada más verme—. ¿A cuántos alemanes traes de cabeza?
—Me ha contado un pajarito que por lo menos a uno —intervino Cristina, abrazándome con cariño.
—Ese pajarito se llama Ana, ¿me equivoco? —reí, tratando de disimular mi inquietud.
—¿Te quedas a cenar, Eva? —preguntó Cristina—. Sabes que siempre tenemos tu helado favorito de postre. De hecho, lo había comprado para Andrés, pero se ha ido de viaje con unos amigos esta misma mañana.
—Ah... —La decepción me golpeó de una forma que no esperaba, y me sorprendí a mí misma por lo mucho que me dolió aquel «ah».
—¿Cuánto tiempo hace que no coincidís vosotros dos? —preguntó Andrés padre con curiosidad.
—No lo sé —mentí, aunque sabía perfectamente cuántos días, meses y suspiros habían pasado.
—No se han vuelto a ver desde que Eva se fue a Alemania —apuntó Ana, que no me quitaba la vista de encima, analizando cada uno de mis gestos.
—¿En serio? —Cristina parecía asombrada—. Pues ríete, pero yo siempre pensé que mi hijo y tú terminaríais siendo novios.
—Una pena, Eva me gusta mucho más que muchas de las chicas con las que sale él —comentó Andrés con una amplia sonrisa.
Ana no me quitaba la vista de encima. A pesar de la rabia que sentía porque nunca le hubiese contado mi gran secreto con el paso de los años, no le gustaba verme en aquel aprieto frente a sus padres.
—¿Qué tal con Johann? —me preguntó cuando por fin logramos quedarnos a solas en el jardín.
—Muy bien —contesté sin entrar en detalles—. ¿Y tú? ¿Cómo se llamaba ese chico con el que estás saliendo?
—Andrés.
Me quedé de piedra. Aquel nombre me provocaba escalofríos.
—¿Andrés? ¡No fastidies! ¿Otro Andrés más en la familia?
—Ya ves —sonrió ella con un guiño—. Debe ser que los Andrés son irresistibles para las féminas de mi familia.
—¿Y Félix? Tengo muchas ganas de conocerlo.
—Y él a ti, pero se ha marchado a Londres este verano. Estoy segura de que os vais a llevar muy bien. El cabrón es guapo como él solo, es el hombre perfecto: guapo, simpático, inteligente…
—¿Le gusta el helado de menta y chocolate? —la interrumpí.
Ana clavó su mirada en mí.
—No, ese es mi hermano. A Félix le encanta el de turrón. Tengo unos amigos con unos gustos peculiares por el helado.
—A Johann tampoco le gusta el de menta y chocolate —murmuré para mis adentros—. Pero, salvo eso, es perfecto —añadí en voz alta—. ¿Y voy a ver a Andrés? —me atreví a preguntar. Aunque le preguntaba por su nuevo novio, en el fondo, no era por él por quien preguntaba.
—¿A mi hermano?
—No, no hablo de tu hermano.
—Como hablabas de helados y él y tú…
—¿Él y yo, qué? —la interrumpí, sintiendo cómo me subía el calor a la cara.
—Nada, que sois peculiares. A veces creo que os estáis evitando, Eva. Es muy raro que en cinco años no hayáis coincidido ni una sola vez.
—¿Andrés y yo? ¿Y por qué íbamos a evitarnos? —mentí, mirando hacia la piscina.
—No lo sé. Vosotros sabréis.
Los días de las vacaciones se colaron entre los dedos. Conocí al novio de Ana y ella tuvo todos los detalles sobre Johann, al menos los que yo estaba dispuesta a contar. Pero el momento más surrealista llegó el día en que Alejo apareció por casa de mis abuelos.
—¡Hombre, el desaparecido! —grité al verlo entrar.
—Perdona, prima, quería haberme venido antes de Madrid, pero no pude. Unas prácticas me tuvieron entretenido.
—No voy a preguntar de qué —reí abrazándolo—. ¿A que tengo razón, Zsa Zsa ? Alejo nos ha tenido abandonadas.
—Y eso lo dice la que vive a mil seiscientos kilómetros —me provocó él—. ¿Qué tal por Bonn? ¿Sigues enamoriscada de ese alemán?
—Mira que eres tonto —reí—. Además, tú estás en Madrid. ¿Qué tal los compañeros de piso?
—Bien, no tengo queja. Son buena gente. ¿Y volverás algún día para quedarte, prima?
—No lo sé, Alejo. Primero he de aclarar mi vida… pero me gustaría. Bonn me encanta, pero no es Valencia. Bonn es como cuando voy a la heladería y no hay menta y chocolate y me conformo con un helado de chocolate normal.