Vidas cruzadas #3
—No, solo cuando me gusta algo —contestó con un guiño—. Por cierto, me llamo Johann.
—Eva.
—Bonito nombre, como su dueña.
—Gracias otra vez.
—¿Andas pensando qué responder a mi pregunta?
—No salgo con desconocidos.
—No soy un desconocido, ya sabes que me llamo Johann y sufrimos juntos a Hoffman cada mañana —explicó con una sonrisa.
—Ya.
—¿Entonces aceptas? —volvió a preguntar—. Aunque igual tienes novio. Eso sería lo más normal y aquí estoy yo haciendo el imbécil.
—No, no quiero novio.
—¿El motivo? ¿Un corazón roto? ¿Quién ha sido el osado de romperle el corazón a alguien como tú?
Guardé el MP3 en mi mochila e hice ademán de levantarme. La mención al corazón roto me había golpeado donde más dolía.
—Perdona, llego tarde.
Johann se levantó de un salto y me sujetó suavemente por la muñeca, soltándome de inmediato al ver mi mirada sobre sus dedos.
—Perdóname tú a mí, no quería molestarte. Lo siento, pero es que llevo desde septiembre observándote y hasta ahora no había hecho acopio de valor para hablar contigo.
Me quedé mirando aquellos ojos impresionantes, aquel azul que me recordaba tanto al color del cielo de mi terreta , y de pronto sentí un ligero revoloteo en mi barriga. ¿Era posible que, después de tanto tiempo, las mariposas volvieran a mover sus alas?
—¿Te gusta el helado? —pregunté, dejándolo totalmente desconcertado.
—¿Qué? —rio.
—¿He de explicarte qué es un helado?
—No, no, claro que no. Solo me ha parecido una pregunta extraña.
—Tú intentas quedar conmigo, yo ahora mismo me voy a clase de francés y en la calle de la academia hay una heladería muy buena.
—Vaya... sí, sí que me gusta el helado. Creía que no quedabas con desconocidos.
—Precisamente por eso. Si quieres salir conmigo el sábado, esta es tu oportunidad de hablarme de ti.
MADRID, 2001
Andrés
Madrid era el caos perfecto para intentar olvidarme de todo.
Por eso, nada más terminar COU le propuse a mis padres estudiar en Madrid.
Valencia me recordaba demasiado a Eva. Estudiar Arquitectura me mantenía las manos y la cabeza ocupadas entre planos y maquetas, pero el ruido constante en el piso de la calle Fuencarral a veces no era suficiente para acallar mis propios pensamientos.
—¿Andrés? ¿Te has quedado frito encima del escalímetro? —La voz de Iván me devolvió a la realidad.
Iván era mi amigo de toda la vida, el que me conocía desde que íbamos en pañales a la guardería y el único que sabía, aunque fuera por encima, por qué me había empeñado tanto en estudiar la carrera lejos de casa. Él estudiaba ADE y se tomaba la vida con una ligereza que yo envidiaba.
—No, solo estaba repasando las secciones —respondí, apartando el papel vegetal.
—Déjate de secciones y vámonos de cañas. Alejo ya está en la puerta esperando y, como tardemos diez minutos más, se va a quedar pegado al asfalto por el frío.
Alejo era la última incorporación al piso.
Iván lo conocía de la universidad y, cuando se quedó una habitación libre, no dudó en proponerlo.
Estudiaba Veterinaria y era un tío legal, aunque un poco reservado con sus cosas, algo que yo agradecía.
Cada uno de nosotros tenía su parcela de intimidad y en aquel salón, entre apuntes de economía, libros de anatomía animal y mis planos, hablábamos de todo menos de lo que realmente importaba.
Salí con ellos porque era lo que se esperaba de mí.
Porque en Madrid yo era el valenciano divertido, el que siempre tenía una chica diferente en cada fiesta, el que parecía no tener pasado.
Había perfeccionado el arte de las sonrisas fáciles y los encuentros sin importancia. Era mucho más sencillo así.
Sin embargo, cada vez que llamaba a casa y mi hermana Ana se ponía al teléfono, el corazón me daba un vuelco.
Era ella la que, sin pretenderlo —o eso creía yo—, me lanzaba los dardos que me recordaban por qué llevaba tres años viviendo en Madrid cuando podía haber estudiado arquitectura en el poli .
—Eva dice que los alemanes son unos niñatos —me había soltado ella en la última llamada—. Dice que está muy centrada con lo de Derecho.
—Me alegro por ella —había sido mi respuesta, intentando que mi voz sonara neutra mientras apretaba el auricular del fijo contra mi oreja.
—¿Qué pasa, tío? Has puesto cara de haber visto un fantasma —dijo Alejo mientras nos subíamos los cuellos de las chaquetas al salir al portal.
—No es nada. Solo que no termino de darle vueltas al trabajo que tengo a medias —mentí.
Me bebí la primera cerveza de un trago, intentando quemar el nudo de la garganta.
No podía decirle a nadie que seguía guardando en el fondo de una caja mi viejo walkman y aquella cinta que grabé para ella y no pude darle.
Muchas eran las veces que la había vuelto a escuchar para rememorar los pequeños instantes en los que Eva había sido mi «pequeñaja».
No podía admitir que me había ido a Madrid porque Valencia se me quedaba pequeña sin ella, mientras Eva vivía su vida a miles de kilómetros, probablemente olvidándome bajo una lluvia que yo ni siquiera podía imaginar.