Menta y Chocolate Vidas cruzadas #2
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Vidas cruzadas #2

Nuestras antiguas compañeras de colegio no apostaron ni un duro por nuestra amistad.

Todas habían sido pájaros de mal agüero, sin excepción; todas habían dicho que la distancia y los años podrían con nosotras.

Sin embargo, había ocurrido todo lo contrario: se había afianzado aún más.

Y juro que yo lo gritaba a los cuatro vientos cada vez que las veía pelearse por el tío de turno.

— Clotilde, tenim a casa a les dos xiques més boniques de València —anunció el abuelo de Eva, fiel a su estilo.

—¡ Iaio , siempre tan exagerado! —rio Eva, mostrando esos hoyuelos que siempre aparecían en su boca cuando el mundo volvía a estar en su sitio.

—No le lleves la contraria a tu abuelo, es un hombre sabio —reí. Las risas de Clotilde y Vicente no se hicieron esperar, tampoco la de Eva, que me abrazó con más fuerza—. Estás como una cabra.

—Sí, pero tengo ojos en la cara. Y, amiga, ¿a quién quieres engañar? ¡Estamos buenísimas!

—¡No tienes abuela!

—Ya sabes que no. Desgraciadamente, se murieron jóvenes —respondí sin parar de sonreír—. Espero que no sea genético.

—No seas burra. —Eva me dio un manotazo en el brazo.

Sin borrar nuestras sonrisas, con los ojos brillando por la ilusión de estar juntas, nos volvimos a abrazar.

Ambas nos habíamos acostumbrado a aquella cercana lejanía, a nuestras charlas diarias y a las confidencias nocturnas a través del Messenger , invadiendo con nuestras carcajadas la habitación mientras leíamos lo que la otra escribía desde su rincón del mundo.

Así fue como conocí sus secretos, mientras ella se negaba a sí misma la posibilidad de enamorarse.

Yo estaba convencidísima de que, si mi amiga no se había enamorado, era porque estaba colgada por mi hermano.

También estaba segura, me hubiese apostado todos mis discos de los Hombres G , de que mi hermano, por mucha novia que tuviera, estaba loquito por ella.

—Eso es porque no has encontrado a un chico que te guste de verdad —le dije mientras tomábamos el sol en la piscina—. A no ser que no me hayas contado algo.

—¿Algo de qué? —preguntó, acariciando a Zsa Zsa , que no se separaba de ella. Estaba claro que no era yo la única que la echaba de menos.

—Pues de eso, de chicos. ¿Cómo es posible que no te hayas enamorado de nadie con casi dieciocho años? ¿Es que no hay nadie que te guste de verdad?

—No, ninguno. Los chicos de mi clase son todos unos niñatos.

—Bueno, ya veremos con qué te encuentras ahora en la universidad, futura señora letrada. Pero... ¿pasa algo? —pregunté al notar un mohín que se le escapó sin querer.

—Nada, ¿qué va a pasar? ¡Estás tú muy tiquismiquis!

—No, de eso nada, pero he visto un gesto un tanto peculiar en tu cara. ¿Qué pasa?

—Nada, solo que no estoy convencida de haber acertado con la carrera. No estoy segura de querer seguir la tradición familiar. No sé yo si estoy hecha para ser abogada.

—¿Entonces?

—No sé, no estoy convencida, pero seguro que es una buena elección. Además, trabajo no me faltará en Bauman necesitaba respirar, serenarme.

Estaba agobiada con las clases; intentaba sentir en mí ese «gen de letrado» que parecía estar tan afianzado en los Bauman, pero, por mucho que lo buscaba, no lo encontraba en mi interior.

Tras meses de intensa búsqueda, comenzaba a desesperarme por aquel destino profesional que se me antojaba gris y carente de vida, una jaula de oro poco atractiva ante mis ojos.

Solté la mochila, busqué en ella mi inseparable MP3 y cerré los ojos un momento, dejando que la música aislara el bullicio de estudiantes que caminaban hacia sus clases. Estaba tan sumergida en mi propia burbuja, tratando de no pensar en el Código Civil, que no oí los pasos acercarse.

—¿Molesto?

Abrí los ojos y me encontré frente al chico con los ojos azules más bonitos que jamás hubiese visto, acompañados por una sonrisa de anuncio de pasta de dientes que terminaba de cerrar aquel rostro perfecto.

—No, claro que no —repliqué quitándome los auriculares.

—Estamos juntos en la clase de Hoffman.

—¿Ah, sí?

—Sí —sonrió—, te sientas en primera fila, justo tres filas por delante de donde me suelo sentar yo.

—Vaya, sí que te has fijado.

—Sí, eres demasiado bonita para no verte.

—Gracias —contesté, notando cómo el rubor asomaba a mis mejillas.

—Me preguntaba si te apetecería salir conmigo el sábado.

—¿Siempre eres tan directo?