Menta y Chocolate EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Eva

—¡B oooomba vaaa!

El tiempo parece no haber pasado por casa de mis abuelos. Las carreras, los gritos y el sempiterno canto de las chicharras amenizan la bochornosa mañana de sábado.

—¡Bomba vaaa! —Vuelvo a escuchar de boca de la loca de mi hija. Aitana no es ni mucho menos la mayor, sin embargo, es la que maneja el cotarro.

—Es un calquito de su madre. —La voz de mi abuela, sentada a mi lado a la sombra del árbol que tantas confidencias de mis primos y mías propias conocía, que tantas lágrimas me vio derramar y junto al cual, desde hacía un año, reposaban ahora las cenizas del iaio , me despertó de mi ensoñamiento—.

No puede negar que es tu hija, carinyet , no solo porque es igual a ti sino porque tiene tu carácter.

—¿Estaba yo tan loca, iaia ?

—¿Eso me lo estás preguntando en serio?

La risa de mi abuela fue música para mis oídos, pocas eran las veces que nos regalaba una desde que mi abuelo nos dejó.

Ahora se pasaba las horas sentada a la sombra de la jacaranda; leyendo o tejiendo.

A sus noventa y ocho años seguía teniendo muy buena vista.

No solo yo disfruté de su risa, me colgué de su cuello para darle un par de besos.

Vesta levantó la cabeza a modo de dar el visto bueno y acto seguido volvió a reposarla sobre los pies de la iaia .

—¿Tan loca? —repitió, negando con la cabeza—. Todos mis nietos se han caracterizado por esa locura que llenaba la casa con sus gritos, risas y carreras, como ahora lo hacen los no menos locuelos de mis bisnietos; pero carinyet , tú y Alejo siempre fuisteis los peores.

— Iaia , habla con propiedad, confiesa que aquí mi prima y mi hermano eran tus mimados —con una sonrisa de oreja a oreja, mi prima Sara se sentó junto a nosotras—. Reconoce que eran tus protegidos.

—No, no, no, por ahí no paso —seria se quejó mi abuela. Era como volver al pasado y verla a nada de regañarnos—. Ninguno de mis nietos puede decir que el iaio o yo misma tuvimos predilección por alguno de vosotros.

—Predilección no, iaia , pero reconoce que estos dos —señaló a Alejo que, cerveza en mano y secándose el sudor por haber estado preparando las brasas, venía a nuestro encuentro— siempre hicieron lo que les dio la gana con aquello de ser los pequeñajos.

—No, no, no, hermanita. La pequeñaja era Evita. Yo era dos años más mayor.

—Perdona, guapito, eras y eres, no te los quites ahora.

—No me seas quisquillosa, pequeñaja.

—Alejo, ¿he de recordarte que solo yo tengo el copyright ? —bromeó Andrés.

—Tengo derechos adquiridos, Andresito, para eso la conozco desde antes que tú.

No menos sudoroso que Alejo me guiñó un ojo y me pasó un vaso de una deliciosa sangría de vino blanco que Andrés padre había preparado la noche anterior.

Ahora que oficialmente éramos familia, aunque no hubiera papeles por medio —pues ni Andrés ni yo necesitábamos firmar un papel como sello de una relación a la que parecía que estábamos predestinados desde la cuna—, estaban presentes en todas nuestras celebraciones familiares.

Menos aún hoy que nos habíamos reunido porque de haber estado entre nosotros, el iaio hubiese cumplido 100 años.

Sin olvidar que también celebrábamos que tras haberse jubilado mis padres volvían a instalarse en Valencia.

—Sobrino —la voz de mi madre interrumpió las risas y el intento de Andrés de replicarle a mi primo—, siento llevarte la contraria.

—¿Por qué, tía?

Las risas de mi padre y de los padres de Andrés no tardaron en dejarse oír. Estaba claro que ellos sabían algo que el resto no.

—Andrés conoció a Eva antes que tú —secándose las lágrimas por la risa dijo mi madre—. Sin contar a los abuelos, que estuvieron todo el tiempo en el hospital, Cris, los dos Andrés y Anita fueron los primeros en conocer a Eva.

—Vaya, eso no lo sabía yo —respondí con la mirada de Andrés sobre la mía.

—¡Ni yo! —dijo Andrés antes de rozar sus labios con los míos.

—¡Juntos desde el nacimiento! —exclamó mi amiga del alma—. Pero lo vuestro —nos señaló a su hermano y a mí— tiene delito. Desde el nacimiento el dichoso gato os ató y reató.

—¿De qué gato hablas, Anita? —se interesó la iaia —. Nunca hubo un gato en la familia.

—Sin contar a Kartoffel, el gato de la oma —apunté al venirme a la mente aquel señorial gato que terminó por convertirse en parte de mi familia—; pero no hagas caso a Ana, iaia , habla de un supuesto gato ficticio que durante años nos enredó a Andrés y a mí.

—Un gato que, por lo que veo, no sabía hacer nudos marineros, pero sí que sabía de resistencia de materiales —añadió Alejo, riendo mientras le daba un trago a su cerveza—. Porque mira que os costó daros cuenta de que estabais condenados a entenderos.

—No nos costó, Alejo. Simplemente estábamos cogiendo impulso —replicó Andrés con esa calma suya que siempre me desarmaba, mientras me acercaba más a él.

Sentí el calor de su piel y ese olor a leña de naranjo de la barbacoa que, para mí, ya era el aroma oficial de la felicidad.

Miré a mis padres, que charlaban animados con los padres de Andrés, y sentí un alivio inmenso.

Tenerlos de vuelta en Valencia, instalados de nuevo tras la jubilación, era la pieza que faltaba para que el puzle estuviera completo.

—¡Mamá, mira! —El grito de Bruno, que con sus cuatro años acababa de decidir que el borde de la piscina era el lugar ideal para ensayar un baile de la victoria, nos hizo girar la cabeza a todos.

El pequeño, que era un calco de Andrés pero con mi mirada de «aquí mando yo», señalaba con entusiasmo a Leia.

La perra había conseguido robarle una de las chanclas a Aitana y ahora corría por el césped con el trofeo entre los dientes, esquivando a los otros ocho primos con una agilidad que recordaba demasiado a la de Xena.

—¡Es una guerrera, mamá! ¡Aitana dice que es la princesa Leia y que nos va a salvar de los monstruos! —exclamó Bruno, antes de intentar atrapar a la perra y terminar rodando por la hierba entre risas.

—Bruno, deja a Leia tranquila, no está para mucho meneo —grité al ver a mi hijo corriendo detrás de la perra.

Se suponía que Vesta iba a ser el cierre de su estirpe.

Mucho nos había costado convencer a mi abuela para que se quedara con ella en su momento.

Bueno, tanto no nos costó. En el fondo, mi abuela también quería quedarse con aquella cachorrita que nació tras mi regreso a Valencia.

Cinco años después, recién Titán nos había dejado rompiendo el corazón de mi hija, el mío y, especialmente, el de Andrés, llegó Leia.

A quien mis sobrinos le dieron nombre porque decían que era la princesa de todas las galaxias y ahora, ella nos va a regalar una nueva camada y, esta vez sí, una de esas cachorritas se vendrá directa a mi casa.

Casa a la que nos mudamos hace apenas cinco meses, casa que está a pocos metros de la de mis abuelos, ahora también la casa de mis padres, pues se han instalado con mi abuela que, por mucho que ella insista en decir que puede vivir sola, ya no tiene edad para ello.

— Tete , devuélveme mi chancla.

—No la tengo yo, la tiene Leia.

—¡Se la tiraste tú! ¿Crees que no te vi? —con los brazos en jarras se quejó mi hija corriendo detrás de su hermano y de Leia, que huía con la zapatilla en la boca.

—¡Mamá, dile que me la dé! —insistió Aitana, señalando a Leia que, a pesar de su estado, mantenía una agilidad digna de su linaje.

—¡Es un trofeo de guerra, Aitana! —se mofó Alejo, que a pesar de estar sudando la gota gorda frente a las brasas, no perdía detalle—. Déjala que se ejercite, que me temo que esta noche no va a dormir mucho.

Andrés y yo nos miramos. Sabíamos lo que esa frase significaba en boca de Alejo.

Miré a Leia, se había detenido bajo la jacaranda, justo al lado de donde reposaban las cenizas del iaio , y soltó la chancla con un suspiro que pareció mover las hojas del árbol.

Se echó con cuidado, buscando el frescor de la tierra, y Vesta se acercó a lamerle una oreja con esa sabiduría que dan los diez años de vida perruna.

—Creo que hoy el centenario del abuelo va a tener mucho más que una traca final.

No hizo falta esperar a la tarta. Mientras el olor de la paella de Alejo empezaba a decir «comedme» y el sol de agosto caía sobre los tejados, nuestro árbol se convirtió en el escenario del milagro.

Los diez niños se quedaron petrificados, sentados en el suelo formando un semicírculo de absoluto silencio, algo que no había pasado en toda la mañana.

Aitana no apartaba la vista de Leia. Bruno, agarrado a la mano de su hermana, contenía el aliento.

Y entonces, ocurrió. Uno, dos, tres... hasta cinco pequeñas manchas de vida empezaron a buscar el calor de su madre.

Pero fue la última, una perrita con una mancha blanca justo encima del hocico, la que soltó un ladrido diminuto pero lleno de carácter.

—Esa —susurró Aitana, y por primera vez en el día, su voz no era de mando, sino de puro asombro—. Esa es Rey.

—¿Rey? —preguntó mi madre, asomada desde la cocina.

—Sí, iaia —respondió Aitana sin dejar de mirar a la cachorra—. Porque Leia es la princesa, pero esta es una auténtica jedi, y +va a ser la defensora de nuestra nueva casa.

Andrés me rodeó con su brazo y me atrajo hacia él. Sentí el nudo de ese gato invisible apretarse un poco más, conectando a mi abuela, a mis padres, a nosotros y a esos niños que ya empezaban a escribir su propia historia.

Miré hacia la jacaranda. El sol del mediodía filtraba una luz dorada sobre el sitio del iaio .

No hubo velas que soplar, pero mientras los niños celebraban el nacimiento de la nueva manada y Alejo servía los primeros platos de aquella paella que había reposado mucho más de lo recomendable, supe que no había mejor homenaje.

Cien años después del nacimiento de mi abuelo, la casa seguía viva.

La manada seguía creciendo. Y nosotros, por fin, estábamos en casa.