Menta y Chocolate Adiós Valencia
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Adiós Valencia

Eva

L os días pasaron a ritmo de casete girando alrededor de un bolígrafo Bic. Cuando quise darme cuenta, no solo había terminado la EGB con un magnífico expediente académico, sino que, tras volver de mi viaje de fin de curso, me encontré con una casa que ya no era la mía.

Cajas y cajas invadían el salón. Ni un solo libro lucía en las estanterías. Ver mi vida embalada en cartón me provocaba un nudo en la ganta que no podía tragar. En poco menos de dos semanas nos subiríamos al coche rumbo a lo que sería nuestro nuevo hogar.

Un par de lágrimas recorrieron mis mejillas.

No terminaba de hacerme a la idea; soñaba con un giro de última hora que nos permitiera quedarnos.

Sí, en Bonn vivían mis abuelos, mis primos y mis tíos, pero, a pesar de la buena relación, no era ni la mitad de estrecha que con mi familia materna.

Allí no tendría ni una sola amiga con la que compartir mis secretos, ni a nadie con quien saborear una tarrina de menta y chocolate.

La imagen de Andrés me vino al pensamiento de inmediato, pero la borré al aparecer junto a él Marta, que seguía siendo su sombra, para mi pesar.

—Cariño —mi madre me acarició el pelo—, sé que es duro.

Yo también dejo a toda mi familia, pero piensa que es lo que ha hecho papá durante muchos años.

Ahora nos necesita. Sécate esas lágrimas, que papá ya nos está esperando en el coche.

Ya verás lo bien que lo pasamos estos días de acampada con Ana y su familia.

¿Y Alejo? ¿Al final no viene? —se interesó mi madre.

—No. Tiene la «tontería subida» desde que tiene novia —me quejé. En las últimas semanas apenas había visto a mi primo favorito.

Dos noches y tres días íbamos a pasar fuera, acampando en un paraje incomparable cerca del Turia. Dos noches y tres días que yo veía como mi última oportunidad de acercarme a Andrés.

La risa me volvió al cuerpo en cuanto llegamos. Era imposible no reírse viendo a mi padre pelearse con los hierros de la tienda de campaña. Zsa Zsa corría entre sus piernas, ladrando y convirtiendo el montaje en una misión imposible.

—¡No te rías de tu padre! —exclamó él en alemán, soltando una carcajada mientras reconocía su oxidada destreza con aquellos tubos.

Nos enfrascamos en una animada charla en alemán.

Hacía tiempo que no me sentía tan conectada a él.

Mi madre nos observaba desde lejos con una sonrisa, aliviada de verme disfrutar después de tantos meses de tristeza contenida.

Lo que yo no sabía era que Ana, sus padres, Andrés y la inseparable Marta nos observaban en absoluto silencio.

Andrés me miraba como si me viese por primera vez.

Nunca me había escuchado hablar en alemán y, por un instante, se quedó maravillado ante la seguridad con la que yo me desenvolvía en aquel idioma que a él le sonaba a otro planeta.

—Evita, nadie diría que no has nacido hablando alemán —me felicitó Cristina.

Me giré para darle las gracias, pero la sonrisa se me congeló al chocar de frente con la cara de Marta. Zsa Zsa , que tenía un radar especial para la gente que no me gustaba, empezó a ladrarle con una furia renovada. Ana y yo tuvimos que mordernos los labios para no estallar en carcajadas.

— Zsa Zsa , basta —llamé a mi perra, aunque por dentro quería darle un premio.

Una hora más tarde, el campamento estaba montado y mi gozo en un pozo: me enteré de que compartía tienda no solo con mi amiga, sino también con Marta.

El fin de semana idílico acababa de saltar por los aires.

Andrés y yo nos evitábamos con una precisión quirúrgica, pero sentía sus ojos buscándome cada vez que me movía.

Yo no lo sabía, ni tan siquiera lo podía imaginar, pero él seguía dolido por el plantón que nunca existió, y a mí me quemaba verlo con Marta pegada a su brazo como una garrapata.

—Tu hermano es único —soltó Marta de pronto, cuando las tres estábamos dentro de la tienda.

—Sí, el tete no tiene copia —rio Ana, guiñándome un ojo.

—No me entendéis. Claro, vosotras sois demasiado pequeñas, aunque yo a vuestra edad ya tenía novio.

—¡Qué ilusión! —solté con todo el sarcasmo que pude reunir.

Marta nos miró con superioridad, ajena a nuestras burlas.

—Andrés es el amor de mi vida. Por él viviría bajo un puente si hiciera falta, para él será mi «cajita de música» —Ana y yo nos miramos con los ojos como platos; habíamos intuido perfectamente lo que quería decir—.

Y cuando cumpla los dieciséis, me voy a tatuar un corazón con su nombre. Aún no estoy segura de dónde.

—Me parece estúpido —comenté sin poder evitarlo.

—No es estúpido, es mi novio.

—Me parece estúpido tatuarte el nombre de alguien. ¿Qué harás cuando dejes de ser su novia? ¿Solo saldrás con chicos que se llamen Andrés?

Marta se puso roja de indignación.

—¿Estás pensando que lo vamos a dejar? Él está absolutamente enamorado de mí. Soy demasiado perfecta para que me dejen.

Ana y yo nos miramos y, sin decir una palabra más, nos metimos en nuestros sacos de dormir, momento que Zsa Zsa aprovechó para acurrucarse entre las dos.

A la mañana siguiente, el río Turia nos regaló un despertar fresco, pero fue al llegar la noche cuando el cielo decidió dar un espectáculo sin igual.

Recordé las noches de verano tumbada en el jardín de mis abuelos mientras buscábamos estrellas fugaces.

Me invadió una melancolía dulce y me tumbé en la hierba para contemplar el estrellado infinito.

Ana imitó mi gesto, rozando su cabeza con la mía y tomándome de la mano derecha.

De pronto, noté una presencia a mi izquierda.

Andrés se acercó en silencio y se tumbó al otro lado.

Imitando a su hermana, se colocó cabeza contra cabeza conmigo y buscó mi mano izquierda.

Al notar el contacto de sus dedos con los míos, el mundo se detuvo.

Por unos instantes, ninguno de los dos miró a las estrellas; nos miramos a los ojos, dedicándonos una sonrisa sincera mientras un intenso hormigueo nos recorría el cuerpo.

Aquella cercanía nos hizo olvidar que no estábamos solos. Nuestras pupilas estaban clavadas en las del otro, mientras nuestros dedos entrelazados jugaban en la oscuridad.

—Echaré de menos compartir contigo nuestro helado favorito —musitó Andrés, con la voz apenas audible.

—Y yo —respondí, sintiendo que el aire me faltaba.

—Ya no será lo mismo.

Zsa Zsa , que sentía debilidad por él, rompió el hechizo dándole un lametazo en toda la cara. Andrés soltó una carcajada y la tensión se disolvió en risas. Pero la paz duró poco. La proximidad entre nosotros no había pasado desapercibida para mi particular Doreen.

—Aparta —soltó ella con veneno, intentando meterse entre nosotros. Zsa Zsa se sentó de golpe y le gruñó en cuanto la vio interponerse.

—Ahí tienes un hueco —señaló Andrés con desgana, indicando el lado de Ana, pero sin soltar mi mano.

Sentí un triunfo pequeño y cálido en el pecho. A regañadientes, Marta se tumbó al otro lado, uniendo su mano a la de Andrés, pero él no dejó de juguetear con mis dedos. Esther Lucas uno, Doreen cero , pensé sonriente.

Poco después, Marta empezó a quejarse de los bichos y de la humedad. Sin dar opción a nada más, se levantó tirando del brazo de Andrés, obligándolo a soltar mi mano. Sentí un vacío repentino, un frío que me recordó que el tiempo se agotaba.

Entonces, desde la zona de las brasas, una guitarra y la voz de Andrés rompieron el silencio.

Reconocí los acordes de No puedo evitar pensar en ti .

Cerré los ojos y, de algún modo, sentí que cada palabra me pertenecía; era su forma de decirme lo que no se atrevía con Marta delante.

Fue nuestro último refugio antes del desastre.

A la mañana siguiente, la tensión acumulada y la inminente despedida me tenían los nervios a flor de piel. Andrés, en un intento torpe de recuperar la complicidad, decidió jugar conmigo metiéndome una lagartija por la espalda de la camiseta.

—¡Eres un idiota! —le grité, saltando como un resorte—. ¿Por qué no le haces lo mismo a tu novia?

—Porque tu cara es más divertida, pequeñaja —respondió él con esa sonrisita de suficiencia.

—¿Pequeñaja? ¿Ahora vuelvo a ser una pequeñaja? Eres…

—¿Qué soy, pequeñaja? —me retó, acercándose a la orilla con aire burlón.

—¡Un imbécil! —respondí dándole un empujón con todas mis fuerzas.

Andrés cayó de lleno al agua. Al salir a la superficie, chorreando pero sin borrar la sonrisa, soltó las palabras que me atravesaron el corazón:

—¡Esto me lo pagarás! ¿Y sabes lo que te digo? ¡Me alegro de que te largues! Así ya no tendré que aguantarte más por casa.

Me quedé helada. Me negué a mostrarle mi debilidad.

—Ya somos dos —le escupí—. Si yo me alegro de irme es por no tener que volver a verte jamás.

—¡Genial! —rugió él desde el agua.

Me di la vuelta y me alejé sin mirar atrás. No sabía que aquellas serían nuestras últimas palabras en mucho tiempo. En mi huida me tropecé con Marta. Su cara de autosuficiencia me confirmó que Doreen ganaba por goleada.

Me abracé a mi abuela con todas mis fuerzas.

— Iaia , por favor... dile a mamá que me deje quedar contigo —supliqué, derrumbándome por completo.

— Carinyet , tienes que ir con tus padres. Eres madura, Eva. Tu abuelo Hans te necesita. Tú eres parte de la medicina que su corazón necesita ahora mismo.

De pronto, Alejo entró corriendo en el salón. Me solté de la abuela para abrazar a mi primo.

—Te voy a echar de menos —me dijo—. Me encargaré de pasear a Zsa Zsa por ti. Prométeme que escribirás.

Ana llegó al coche casi sin aliento. Nos abrazamos mientras me escocían las mejillas de tanto llorar. Éramos amigas del alma. No recordábamos un solo minuto de nuestras vidas sin la otra.

—Eva, cariño, tenemos que marcharnos ya —indicó mi padre.

Contemplé a todos en silencio. Busqué al fondo de la calle, pero no había rastro de quien yo esperaba.

No seas tonta, él se alegra de que te vayas , me dije.

Me subí al coche y me puse de rodillas, con la cara pegada a la luna trasera.

Vi alejarse a mis abuelos, a Alejo, a Ana...

y entonces lo vi a él. Andrés llegaba corriendo, con el pelo alborotado, tarde para el adiós.

Vi cómo Alejo y Andrés se miraban de reojo mientras Zsa Zsa chuperreteaba las manos de Andrés. Ninguno sabía quién era el otro, ni que el destino los convertiría en grandes amigos años después.

Me senté bien, me coloqué los auriculares y dejé que el vacío se apoderara de mí.

Empezó a sonar No puedo evitar pensar en ti .

Escuché la canción tres veces seguidas antes de buscar un bolígrafo Bic en mi mochila.

Comencé a rebobinar el casete, girando y girando, sintiendo cómo mi corazón se arrugaba al mismo ritmo que aquella cinta de plástico.

Andrés

Tarde. Llegué tarde. Me detuve en mitad de la calle, con los pulmones ardiendo. El coche ya enfilaba la esquina. Por un segundo, creí ver unas manos apoyadas contra el cristal de la luna trasera, pero el reflejo del sol me devolvió una imagen borrosa.

Me quedé allí plantado, sintiéndome el tío más estúpido del planeta. Había corrido como un loco para decirle que lo del río era mentira, que lo sentía, que la nota no era ninguna broma... Pero solo me encontré con el humo del tubo de escape y un silencio que pesaba toneladas.

Ana estaba allí, con la cara bañada en lágrimas. Me miró con una mezcla de lástima y reproche que me dolió más que cualquier grito. A su lado, un chico que no conocía me observaba de reojo con total desconfianza.

Zsa Zsa se acercó a mí y empezó a chuperretearme las manos. La acaricié por pura inercia, sintiendo que sus lametazos eran el último hilo que me unía a Eva. Nadie dijo nada. Ana se abrazó al que intuí era el primo de Eva antes de que él llamara a la perra.

—¡ Zsa Zsa , ven aquí!

Me di la vuelta con las manos hundidas en los bolsillos.

Eva se marchaba a miles de kilómetros pensando que yo era un imbécil que se alegraba de perderla de vista.

Y lo peor es que yo mismo me había encargado de que así fuera.

El hilo rojo se había estirado tanto que me dolía el pecho.

Eva se marchaba a Alemania y yo me quedaba aquí, con la sensación de haber dejado una asignatura pendiente que jamás lograría aprobar.