Menta y Chocolate El hilo enredado
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El hilo enredado

Andrés

N o podía concentrarme. Tampoco entendía por qué se me había ocurrido ofrecer mi ayuda a Marta.

El mes de agosto se me estaba atragantando por la pesadilla de aquellas clases.

Con lo bien que se me daban las matemáticas y, a aquellas alturas, las derivadas que intentaba explicarle en la mesa del salón me parecían jeroglíficos, y su voz aguda preguntándome por la «x» y la «y» me taladraba los oídos.

Mi mente seguía en la cena de días atrás, en el roce de mi brazo con el de Eva y en la sensación de que, por primera vez, algo real estaba pasando entre nosotros.

Desde la habitación de Ana llegaba una risa. Era esa risa contagiosa de Eva, la que hacía que todo lo demás pareciera menos importante. Sentí un cosquilleo en el estómago que no me dejaba respirar con propiedad.

—Ahora vengo —le dije a Marta, que me miró con una mezcla de sospecha y rabia. Ella intuía perfectamente por qué me levantaba.

Me acerqué a la habitación de mi hermana y me apoyé en el marco de la puerta, observándolas en silencio. Eva estaba radiante, gesticulando mientras le contaba un sueño rarísimo a Ana.

—¿Cabras? —solté divertido, interrumpiéndolas.

Eva se sobresaltó y nuestras miradas se cruzaron. Por un segundo, el tiempo se detuvo. Ella tragó saliva y vi cómo sus mejillas se encendían. Tenía que hacer algo antes de que el verano se escapara.

—¡Deja de espiarnos! —se quejó mi hermana lanzándome uno de los cojines de la cama.

—Yo no os estoy espiando —respondí—, solo venía a deciros a tu amiga Heidi y a ti que bajéis el volumen, que fuera hay gente intentando estudiar.

—¡Que hubiese aprobado en junio! —gritó mi hermana, acercándose a la puerta para que Marta la escuchara—. ¡O que estudie en su casa!

Regresé al salón, pero ya no podía seguir con las matemáticas. Vi la pequeña mochila de Eva sobre el sofá y una idea me golpeó con fuerza. Aprovechando que Marta estaba enfrascada en un ejercicio, arranqué una hoja de mi libreta y escribí rápido, con el corazón en la garganta:

Hola, pequeñaja. ¿Te han dicho alguna vez que tienes una risa contagiosa? ¿Te apetece quedar conmigo mañana en la heladería y tomarnos un helado de los nuestros? Por cierto, tú me gustas mucho más que la menta y el chocolate. Te espero a las seis.

Andrés

Doblé el papel y, con un movimiento rápido, lo colé en el bolsillo exterior de su mochila. Me sentí como si acabara de saltar al vacío.

—¿Me puedes traer un vaso de agua? —pidió Marta de repente.

Fui a la cocina sin darme cuenta de que le estaba dejando el campo libre. Cuando volví con el vaso, Marta estaba extrañamente inquieta. Se bebió el agua de un trago y recogió sus cosas a toda prisa.

—Me voy, estoy cansada de tanto número y me ha quedado claro que en esta casa no se me quiere —dijo sin mirarme a los ojos.

La vi cerrar la puerta del jardín con una urgencia que no entendí. No hay quien entienda a las mujeres , pensé, sin imaginar que en ese mismo momento Marta caminaba hacia la esquina con mi nota —y toda mi valentía— arrugadas entre sus dedos.

Al día siguiente, me pasé la tarde mirando el reloj.

A las seis menos cinco ya estaba sentado en la mesa del rincón de la heladería, la que tiene vistas a la plaza, con el estómago hecho un nudo.

Me había puesto mi camiseta favorita y me había pasado el peine más veces de las necesarias.

Va a venir. Ella también sintió lo del otro día, estoy seguro , me repetía para calmar los nervios.

Dieron las seis. Las seis y cuarto. Cada vez que la puerta de cristal se abría, el corazón me daba un vuelco, pero nunca era ella. A las seis y media empecé a juguetear con la servilleta, rompiéndola en trocitos pequeños. El camarero se acercó un par de veces, pero le pedí que esperara.

A las siete, la esperanza se transformó en una punzada de vergüenza en el pecho. Me sentía un idiota. Un niño pequeño jugando a los novios que se había inventado una película que solo existía en su cabeza.

—¿Te pongo algo al final? —preguntó el camarero con una mirada de lástima que me dolió más que el propio plantón.

—No, gracias. Ya no va a venir —respondí con la voz más firme que pude fingir.

Salí de allí con las manos en los bolsillos y la rabia subiéndome por el cuello. ¿Por qué no había venido? Si no quería nada conmigo, podía haber usado la nota para decírmelo, o simplemente haberme ignorado de otra forma. Pero dejarme allí plantado como a un pasmarote... eso dolía.

No hay quien entienda a Eva , pensé mientras caminaba de vuelta a casa. Un día me busca bajo la mesa y al otro me trata como si no existiera. Pues genial. Si ella quiere jugar a esto, yo también sé jugar .

Me puse los cascos, le di al botón de play de mi inseparable walkman y fui traicionado por Los Secretos y su Sobre un vidrio mojado . No sabía que, mientras yo me hundía en mi orgullo herido, el hilo rojo que nos unía se estaba llenando de nudos que tardaríamos años en desatar.

VALENCIA, INVIERNO DE 1996

Eva

El verano terminó como terminaron mis esperanzas.

No sabía qué había pasado exactamente, pero Andrés me ignoraba por completo, por lo que terminé por desistir.

¿Cómo iba a imaginar que mi particular Doreen había jugado con nuestro destino al robar aquella nota de mi mochila?

¿Cómo iba a imaginar que mi vida era digna de una historieta de mi adorada Esther Lucas?

¡Por Dios, solo me faltaban Carol y Laurita, porque Ana era mi propia Rita, pero en morena!

No volví a pasar por casa de Ana en lo que quedaba de vacaciones. Al lado de Marta me sentía poca cosa, demasiado niña para él.

Eva, no sé para qué le das tantas vueltas , me repetía a solas. Andrés pasa de ti cuando está con ella. Seguro que lo que creíste como una atracción mutua, te lo imaginaste y él no siente nada .

Día a día, semana a semana... pasó 1995 y entró 1996, año que marcaría un cambio irreversible.

En primavera, cuando me encontraba en medio de los exámenes y entusiasmada con el cada vez más cercano viaje de fin de curso, mi padre se fue por unos días a Alemania.

Mi abuelo Hans había sufrido un infarto y, aunque había salido bien de él, todos nos habíamos asustado.

—¡Papá, ya estás en casa! —saludé, contenta al verlo charlando con mi madre en el salón nada más llegar del colegio.

—Hola, cariño. Solo he estado fuera diez días, pero te veo mayor.

—¡No seas exagerado, papá! —reí, abrazándolo.

Los días posteriores tuve la sensación de que me ocultaban algo.

—Papá, ya no soy una niña —le solté una mañana en la terraza—. Me he dado cuenta de que tú y mamá tenéis muchos secretitos últimamente. ¿El abuelo Hans está bien de verdad?

—Sí, claro que está bien. ¿Por qué no iba a estarlo?

—No lo sé, pero estáis muy raros. Sé que me ocultáis algo.

Me fui a mi habitación convencida de que algo no encajaba. Media hora más tarde, cuando salía a buscar unos libros al salón, oí sus voces en la terraza y me detuve antes de que me vieran.

—La niña no es tonta y se está dando cuenta de todo —oí decir a mi madre—. Por mucho que queramos evitar decírselo hasta que termine el curso, ella se huele algo. Creo que deberíamos decirle ya que nos vamos a Alemania.

No daba crédito a lo que acababa de escuchar. ¿Irnos a vivir a Alemania? ¿Por qué? Los dos tomos de la enciclopedia que llevaba en las manos cayeron al suelo con un golpe seco. Mis padres se giraron, sobresaltados.

—¿Irnos a Alemania? ¡Yo no quiero irme a Alemania! —grité.

—Eva, ven y siéntate —pidió mi madre con suavidad.

Pero no me servían sus explicaciones. Por mucho que mi padre dijera que mi abuelo ya no podía trabajar y que él debía hacerse cargo del bufete familiar en Bonn, yo solo podía pensar en una cosa: mi vida estaba aquí.

—¡Lo siento mucho, Eva, pero esta vez no vamos a complacerte! —sentenció mi padre cuando mi negativa se volvió una rabieta—. Te vendrás con nosotros. Somos tus padres y no te vamos a dejar aquí.

—Pero… pero… yo tengo aquí mi vida, a mis amigos… a… —Me eché a llorar, incapaz de pronunciar el nombre de la persona que, a pesar de todo, seguía siendo el ancla de mis pensamientos.

—Alemania, ufff, prima, te voy a echar mucho de menos —dijo Alejo mientras Zsa Zsa daba vueltas alrededor de nosotros.

Estábamos sentados bajo la jacaranda a la que tantas veces nos habíamos subido para arreglar el mundo. Para él era fácil decirlo, pero para mí era como si me estuvieran arrancando las raíces a la fuerza.

—Es injusto, Alejo. Yo no quiero marcharme, pero no me dejan otra opción —contesté, notando que las lágrimas volvían a escaparse.

—Bueno, piensa que Alemania no está tan lejos —intentó consolarme con su optimismo eterno—. Podrás venir en verano, en Navidad, y cuando cumplas los dieciocho podrías volver a estudiar aquí.

—Pero estaré lejos de ti, de Ana, de Zsa Zsa —acaricié la cabeza de mi perrita, que trataba de chuparme las lágrimas como si entendiera mi pena—, y de…

—¿De quién?

—Nada, eso da igual.

—Vaya, creía que entre tú y yo no había secretos —respondió Alejo, fingiéndose ofendido—. Yo te cuento hasta quién es la chica que me gusta.

—No te enfades, Alejo —supliqué entre hipidos—. Es que… me gustaba un chico. Pero eso ya da igual ahora.

—¿Lo conozco? ¿Es del cole?

—Antes estaba en mi colegio. Ahora ya no —no me atreví a decirle que era el hermano de Ana, ni que estaba en su antiguo instituto.

Mis tíos acababan de mudarse a Valencia.

A mi prima Sara no le había afectado, ya estaba en la universidad, pero Alejo había tenido que cambiar de instituto.

Algo que no le hizo ninguna gracia— y, bueno, en breve dará igual porque estaré en Bonn —dije, y la palabra «Bonn» me sonó a sentencia de cárcel.

—No llores más. ¿Te apetece ir a la heladería? —me preguntó invitándome a levantar—. Te invito a un irresistible helado de menta y chocolate.

—¿Ahora te gusta?

—Ni de coña pienso comerme esa masa verde —Alejo pasó su brazo por mi cuello—. Primita, yo tengo gustos normales, yo me comeré un delicioso helado de chocolate.

Le dediqué una sonrisa triste. Si supiera que ese helado era, precisamente, el que me recordaba todo lo que estaba a punto de perder.