El sabor de la victoria
Andrés
H acía semanas que el ambiente en mi casa era insoportable, y no era solo por el bochorno pegajoso de finales de agosto en Valencia. Mi madre —intuyo que como todas las madres— tenía un radar especial para detectar cuando Ana y yo estábamos de uñas, y aquel verano nos estábamos luciendo.
—¿Los abuelos de Eva siguen aquí? —preguntó una mañana, mientras yo intentaba concentrarme en un libro de Stephen King para no tener que cruzarme con la mirada de «te voy a matar» que me lanzaba mi hermana desde el otro lado del sofá.
Levanté la vista instintivamente. Solo escuchar el nombre de Eva me puso en alerta.
—Sí, creo que se van mañana —respondió Ana, con ese tono cortante que me dedicaba desde el día del parque.
—Vale, pensaba invitar a Eva y a sus padres a cenar, pero no estaba segura con los abuelos aquí. Hablando de Eva, hace tiempo que no pasa por casa —comentó mi madre, mirándonos fijamente—. ¿Se puede saber qué os pasa a vosotros dos?
Nos quedamos callados. Ana me clavó una mirada que decía: «Díselo tú, valiente».
—No nos pasa nada, mamá —mentí, volviendo al libro aunque no podía leer ni una frase.
—No me miréis así. Sé perfectamente que algo no va bien —insistió mi madre, señalándonos con la cuchara del café—. Y me niego a tener a dos adolescentes insoportables en casa, así que, sea lo que sea, lo vais arreglando. ¿Me habéis oído?
Lo que mi madre no sabía era que yo no tenía ni idea de cómo arreglarlo.
Cada vez que pensaba en Eva, me venía a la cabeza su cara de decepción en el parque y me sentía como el idiota más grande del mundo.
Lo de Marta... bueno, lo de Marta era un error que no sabía cómo frenar sin quedar como un cobarde.
Tres días más tarde, el jardín ya olía a las brasas de la barbacoa.
Mi padre estaba en su salsa y yo, por compromiso y por pura cobardía, estaba en la mesa del comedor «ayudando» a Marta con las matemáticas para su examen de recuperación.
En realidad, solo quería que se fuera antes de que Eva cruzara la puerta.
Pero la suerte nunca ha estado de mi parte, especialmente, cuando se trata de la pequeñaja.
Cuando oí las risas en la entrada, sentí un vuelco en el estómago que casi me hace tirar el estuche.
Eva entró en el jardín y, por un momento, me olvidé de las ecuaciones, de Marta y hasta de respirar.
Había cambiado. Llevaba una seguridad diferente en los hombros, como si sus abuelos alemanes le hubieran dado un superpoder secreto. Estaba deslumbrante.
—Perdón —solté cuando nos tropezamos en la puerta del salón. Yo intentaba salir al jardín para huir de la mesa y ella entraba para buscar a Ana.
—Hola —respondió ella. Su voz era tranquila, pero sus ojos... sus ojos seguían quemando.
—Hacía mucho que no venías.
—Sí, es que estaban mis abuelos —dijo ella, esquivando mi mirada.
—Lo sé, me lo contó Ana.
Me acerqué un poco más. Un mechón de pelo se le había escapado de la coleta y, sin pensar en las consecuencias, estiré la mano para colocárselo tras la oreja. Mi piel rozó la suya y sentí una descarga eléctrica que me recorrió hasta las Converse .
—Estás muy guapa —murmuré, sintiendo cada una de mis palabras.
—Gracias —susurró ella, y por un segundo volví a ver a «mi» Eva.
—¡Andy! ¿Me ayudas con este problema? —La voz estridente de Marta rompió el momento como un cristal estallando.
Vi cómo la expresión de Eva se volvía de hielo en un pestañeo.
Me miró como si me hubiera salido una segunda cabeza y, sin decir nada más, se fue en busca de mi hermana.
Me quedé allí plantado, con los dedos aún calientes por haberla tocado y una rabia sorda subiéndome por el cuello.
Marta me reclamaba desde la mesa con esa sonrisita de «soy tu prioridad», y yo solo podía pensar en lo mucho que me apetecía cerrar el libro de matemáticas y desaparecer.
Eva
Entré en la habitación de Ana como si me persiguiera el diablo, aunque lo que realmente me perseguía era el calor de los dedos de Andrés todavía marcado en mi piel.
¿Cómo se atrevía? ¿Cómo podía tocarme así y luego dejar que esa…
que esa Doreen de mercadillo le llamara «Andy» con esa voz de pito insoportable?
—¿Estás bien? —preguntó Ana, levantando la vista de su radiocassette —. Tienes la cara roja.
—Es el calor —mentí, dejándome caer en su cama mientras de fondo empezaba a sonar Every Breath You Take .
—Ya, el calor de agosto se llama Andrés y está en el salón haciendo ver que estudia —replicó mi amiga con un guiño—. No te preocupes, Marta se va en nada. Dice que tiene que estudiar, pero yo creo que lo que no tiene es vergüenza.
—No inventes, Ana, a mí Doreen me da igual.
—¿Doreen? ¿Quién es Doreen?
—Marta, quería decir Marta, o como se llame.
—Ya —dijo ella con clara cara de «eso no te lo crees ni tú».
Media hora más tarde, Marta se marchaba a regañadientes. Vi desde la ventana cómo se despedía de Andrés con una mano apoyada en su brazo, marcando territorio; porque de haber sido un perro, tengo claro que le hubiese meado en las piernas. Él no parecía muy entusiasmado, pero tampoco la apartaba.
—Menos mal que se ha ido —soltó Ana cuando por fin salimos al jardín.
La cena fue una mezcla extraña de sensaciones.
Por un lado, la comodidad de siempre: nuestros padres bromeando, contando las mismas anécdotas.
Por otro, la presencia de Andrés sentado frente a mí.
Cada vez que nuestras miradas se cruzaban sobre la mesa, yo sentía que me faltaba el aire.
Intentaba concentrarme en la conversación sobre los abuelos, pero mis pies buscaban los suyos bajo la mesa casi sin que yo pudiera evitarlo.
—Andrés, ¿traes el postre? —preguntó su madre cuando ya no quedaba ni rastro de las chuletas y del embutido.
—Vale —respondió él levantándose. Al pasar por mi lado, se inclinó lo justo para que solo yo le oyera—. ¿Menta y chocolate?
No pude ni articular palabra, solo asentí.
Sabía perfectamente que era mi favorito.
Cinco minutos más tarde, el mundo se redujo a una tarrina de helado compartida y al roce de nuestros brazos.
Era un contacto mínimo, casi imperceptible para el resto de la mesa, que seguía enfrascada en sus cosas; pero para mí era como si estuviéramos solos en medio de un estadio vacío.
—Eva… Eva… ¿nos vamos? —La voz de mi madre me hizo volver a la realidad—. Por Dios, estos dos tienen un vicio con ese helado que no es ni medio normal. Si están ahí abducidos desde hace una hora.
—Voy, mami —respondí sin borrar la sonrisa, dándome cuenta en aquel momento de que Andrés y yo llevábamos un buen rato solos en la mesa. Ninguno de los dos había sido consciente de que el resto del mundo seguía girando.
—Me voy, gracias por el helado.
—Un placer compartirlo contigo —respondió en voz baja, asegurándose de que solo yo lo oyera—. Contigo siempre sabe mejor. Dulces sueños, pequeñaja.
—Igualmente —solo acerté a decir.
Recorrí el camino de vuelta a casa en silencio, flotando en una nube. Mis padres hablaban entre ellos, pero yo estaba totalmente ausente, saboreando todavía el frío de la menta y el calor del brazo de Andrés contra el mío.
—Eva, ¿a dónde vas? —preguntó mi padre entre risas al ver que pasaba de largo de nuestra puerta.
Me detuve en seco, parpadeando.
—Uy, uy, uy… este atontamiento no me está gustando nada, Rosa —bromeó mi padre mirándome con complicidad—. ¿Conozco al chico?
—¡Papá! ¡No digas tonterías! —contesté con el corazón latiendo a toda máquina.
Entré en casa corriendo, escapando de sus miradas cómplices. Pero mientras me metía en mi cuarto, supe que mi padre tenía razón: estaba atontada. Y lo peor —o lo mejor— era que no quería que se me pasara nunca.
— Esther Lucas uno, Doreen Snyder cero — me dije por lo bajo, dejándome caer de espaldas en la cama con la mejor de mis sonrisas y el olor del suave perfume de Andrés todavía en mi camiseta.