Menta y Chocolate Primer desengaño #2
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Primer desengaño #2

Quería estar sola. Quería meterme en mi habitación, cerrar la puerta y tumbarme en la cama con los cascos para escuchar a los Hombres G.

Por aquel entonces se habían convertido en uno de mis grupos favoritos; tal vez porque David Summers, con su aire aniñado y macarrilla, me recordaba a Andrés.

Sin embargo, en cuanto crucé el umbral de casa, supe que no tendría ese privilegio.

—¡Eva! ¡Ya están aquí! —exclamó mi madre desde el salón, con una alegría que contrastaba dolorosamente con mi estado de ánimo.

No tuve tiempo de refugiarme en el baño ni de ensayar una sonrisa.

Al entrar, me encontré con ellos. El Opa estaba terminando de encender su inseparable pipa —el familiar olor a tabaco y vainilla inundaba el salón— y la Oma se giró hacia mí con esa luz en la mirada que siempre me hacía sentir especial.

— Meine liebe Eva! —exclamó abriendo los brazos.

Me dejé envolver por su abrazo, aspirando el aroma floral de su perfume y el ligero toque de tabaco de pipa. Era un aroma a hogar, a veranos tranquilos y a domingos de strudel de manzana. Por un instante, el parque, la chulería de Andrés y la imagen de Marta se quedaron fuera de aquellas paredes.

Sin embargo, al separarnos, la Oma no me soltó los hombros.

Me miró fijamente, con sus ojos azules escudriñando los míos.

Su sonrisa no desapareció, pero se volvió más suave, más sabia.

Su mano acarició mi mejilla y supe que mi máscara de «no pasa nada» no la había engañado.

Ella lo había visto. Había detectado el rastro del mareo, la rabia contenida y ese brillo de tristeza que yo intentaba ocultar.

—Has crecido mucho, meine Kleine —dijo en voz baja, pero su mirada seguía anclada en la mía—. Pero tus ojos... tus ojos cuentan una historia diferente hoy.

Lo más bonito de aquellos días era observar la coreografía perfecta que se formaba entre las dos ramas de mi familia.

A pesar de los kilómetros y las diferencias culturales, la sintonía entre los cuatro abuelos era absoluta.

Me encantaba ver al opa y al iaio sentados en la terraza, compartiendo un silencio cómodo mientras el aire se llenaba del aroma a vainilla del tabaco de pipa.

No necesitaban hablar demasiado para estar a gusto disfrutando del vermut o del esmorzaret que el iaio introdujo al opa .

No sé cómo lo hacían, pero las risas fluían entre cacaos y cervezas.

Mientras tanto, en la cocina, la oma y la iaia se habían convertido en un equipo invencible.

Era curioso ver cómo se intercambiaban recetas, gestos y miradas para coordinar una cena, mezclando el alemán y el español en una jerga propia que solo ellas entendían.

Ambas se estaban reafirmando como los pilares maestros de mi vida.

Tenían el mismo ojo clínico; esa capacidad casi sobrenatural para detectar una mentira o un dolor antes de que yo misma supiera que lo tenía.

Si la iaia era capaz de saber que estaba triste solo por cómo cerraba la puerta al llegar, la oma lo descubría por la forma en que mis ojos evitaban los suyos.

Ese cerco se cerró una noche, casi al final de su primera semana allí.

Yo estaba en mi cuarto intentando concentrarme en las viñetas de Esther y su mundo .

Aquellos tomos de lomo azul, heredados de mi madre, se habían convertido en mis libros de cabecera.

A veces pensaba que la vida de Esther Lucas, con sus pecas y sus dramas eternos por Juanito, era lo único que me entendía.

Juanito era rubio, guapo y un poco chulo; era, a todas luces, el Andrés de los años setenta.

La puerta se abrió sin hacer ruido. La oma entró con dos vasos de horchata bien fría. Al verla, cerré el tomo de golpe, intentando esconder mi cara de angustia tras la portada donde Esther suspiraba por enésima vez.

—Has estado muy ocupada escondiéndote estos días, meine Kleine —dijo ella—. Tu iaia me ha dicho que llevas días sin querer salir con Zsa Zsa , y yo he visto que tu sonrisa no llega a tus ojos.

Me quedé desarmada. La iaia aportaba la información de campo y la oma el análisis clínico.

—Los abuelos no solo venimos para comer y pasear, Eva —continuó acariciando mi mano.

Señaló con la mirada el libro de Purita Campos—.

También venimos para escuchar lo que les pasa a las chicas que, como ella, no saben qué hacer con un chico que no les hace caso.

—dijo con una sonrisa nostálgica al ver el tomo sobre mis rodillas—.

En Alemania, cuando tu tía era joven, todas las chicas las devoraban también.

Los álbumes de la editorial Bastei eran idénticos a estos.

—¿La conoces? —pregunté con curiosidad. Adoraba aquellas historietas, y confieso que sigo amándolas; de cuando en cuando, releo los viejos cómics. Aquella misma Navidad, mi tía Helga me regaló su colección en alemán.

—Claro que la conozco. —La oma señaló la viñeta donde aparecía la enemiga de la protagonista—. Incluso allí tenían a esa chica morena y odiosa que siempre intentaba estropearlo todo con su mala fe. Las niñas malas son iguales en todos los idiomas, meine Kleine .

Me quedé de piedra. No solo Andrés era mi Juanito, sino que acababa de ponerle nombre a mi pesadilla del parque.

—Marta es Doreen —sentencié con un hilo de voz, sintiendo que la horchata me ayudaba por fin a tragar el nudo de la garganta—.

Es exactamente igual, oma . Es morena, se cree más mayor y tendrías que escuchar su voz de pito.

Se cree que puede quedarse con él solo por…

—Me callé, pero noté que la rabia me invadía y las mejillas se encendían.

La oma se rió bajito y me acarició el pelo con ternura.

—Recuerda cómo terminan siempre esos libros. La chica mala puede ganar una batalla con sus trucos, pero Esther... Esther es la que tiene el corazón de verdad. Ahora, cuéntame qué ha hecho ese «Juanito» valenciano para que tengas esa mirada tan triste.

—¿Qué secretitos os tenéis las dos? —Con una sonrisa de oreja a oreja, mi padre nos sorprendió desde la puerta. Le encantaba ver que ya no había ninguna distancia entre mi abuela y yo; sobre todo, le encantaba escucharnos hablar en alemán.

—No seas chismoso, son secretos de abuela y nieta —replicó ella con un guiño, al tiempo que unimos nuestros dedos meñiques.