Primer desengaño
Eva
E l otoño pasó, dando paso al invierno y a un nuevo verano.
Ana y yo estábamos emocionadas: el curso siguiente terminábamos la EGB.
Por fin dejaríamos de ser colegialas de uniforme para pasar al instituto donde Andrés y Alejo ya estaban, compartiendo centro pero no aula.
Ninguno de los dos sabía entonces que había un nexo de unión entre ellos y que, un día, terminarían siendo buenos amigos.
—Mi hermano está insoportable desde que está en el instituto —se quejó Ana mientras paseábamos a Zsa Zsa , que ya se había convertido en una compañera más en nuestras caminatas.
—Hace mucho que no lo veo —contesté en voz baja, casi con vergüenza, sintiendo el irremediable cosquilleo que la sola mención de Andrés me producía.
—Mejor para ti, no hay quien lo aguante. Se cree muy mayor por tener quince años y… —Ana se calló al recordar el secreto que yo nunca le había revelado.
—¿Por qué te callas? —quise saber— ¡ Zsa Zsa , no tires! ¡Aquí, a mi lado!
Reprendí a la perrita, que ya no era una bola de pelo indefensa e intentaba ser ella la que llevara el mando de la correa.
—Mi primo Alejo también está tontito —añadí—. ¿Crees que nosotras nos volveremos así de tontas al cumplir los quince, Ana?
—No lo sé, pero mi madre dice que Andrés tiene «el pavo subido» —rio ella.
—Yo no entiendo muy bien eso del pavo, pero mis abuelos siempre dicen que mis primos están en esa edad.
Ana y yo comenzamos a reírnos mientras ella soltaba tonterías sobre aves para desviar el tema de conversación. Zsa Zsa se divertía ladrando, pareciendo querer involucrarse en nuestras risas.
—No te alejes —le advertí a la perrita al soltarla cuando llegamos al parque.
Zsa Zsa esperaba sentada, meneando el rabo con ansiedad hasta que la soltara, tal y como era nuestra costumbre.
—¿Y este verano no te vas a Alemania? —preguntó Ana.
—No, este año vienen mis abuelos. Hace tiempo que no vienen a Valencia. Esta vez iremos nosotros en Navidad.
—Debe de ser bonito.
—¿Alemania? Sí, lo que he visto es muy bonito —afirmé, y empecé a describirle Bonn y las ciudades en las que habíamos estado.
La sonrisa se me congeló de golpe. Allí, frente a nosotras, estaba Andrés con un grupo de amigos.
Sobre sus rodillas había sentada una chica que debía de tener su edad.
Sentí cómo mi sangre se iba congelando por momentos.
El estómago se me estrujó y el corazón empezó a bombear rápido, con miedo de que el fluido llegara a helarse del todo.
Mi mirada y la de Andrés se cruzaron un instante.
Vi cómo él, con un movimiento que pretendía ser disimulado, empujaba a la chica que tenía sentada encima para que se levantara.
—¿Qué haces? —Hasta nosotras llegó la voz aflautada de ella, cargada de fastidio.
Sentí que el mundo acababa de darme un nuevo traspiés. Aunque era una auténtica novata en temas del corazón, lo que Andrés me hacía sentir no tenía vuelta de hoja: me moría de celos. No podía soportar la idea de verlo con otra.
¿Qué esperabas, Eva? , me dije a mí misma bajo la atenta mirada de Ana, cuyos ojos pasaban de su hermano a mí como si estuviera en medio de un partido de tenis. Andrés tiene quince años, le gustan las chicas mayores. Para él siempre serás la amiga de su hermana pequeña .
—Puaff, no la aguanto —terminó por decir Ana.
Pero yo apenas podía escucharla. Un fuerte zumbido se había apoderado de mis oídos y notaba que las piernas empezaban a flojearme. La tierra parecía moverse más rápido de lo normal bajo mis pies. Solo quería marcharme, pero ¿cómo hacerlo sin levantar sospechas?
—De verdad, no sé qué le ve mi hermano a esa chica. Yo estaba segura de que le gustabas tú —Ana seguía hablando, pero sus palabras me llegaban amortiguadas—. Esa manera de mirarte no es ni medio normal. A Marta no la mira así.
Ana se percató de que yo no estaba enterándome de nada. Me notaba cada vez más pálida y se asustó pensando que iba a desmayarme.
—Eva, ¿me estás oyendo?
—¿Qué? —reaccioné de pronto.
—¿Estás bien? Te has quedado blanca.
—No... la verdad es que estoy un poco mareada —confesé, dirigiéndome a un banco porque sentía que las fuerzas me fallaban—. ¿Dónde está Zsa Zsa ?
—No te preocupes por Zsa Zsa , la tengo controlada Está al lado del imbécil de mi hermano.
Esbocé una sonrisa débil. No sabía qué era exactamente lo que intuía Ana, pero mi sexto sentido me advertía de que mi amiga conocía mi secreto. Una oleada de calor me invadió de pronto al ver que Andrés se acercaba con Zsa Zsa hacia donde estábamos sentadas.
—Hola —saludó él al llegar—. ¿Estás bien?
—Sí, claro —contesté con una mirada desafiante que ocultaba mi temblor.
—¿Por qué no iba a estar bien Eva? —preguntó Ana con una rabia que me sorprendió.
—¡Eh, no te pongas así! ¿Qué te pasa? ¿Estás imbécil? —le soltó Andrés a su hermana.
—No, el único imbécil aquí eres tú —replicó ella indignada.
—¡Serás niñata! —gritó él, perdiendo los papeles—. ¡Hala, me voy! ¡No sé para qué me preocupo, eres una niñata inmadura y tu amiga otra!
—Y tú, un idiota presuntuoso que se cree mayor por tener quince años.
Me quedé muda viendo la disputa. No entendía nada. Nunca los había visto pelear así y, lo peor, es que sabía que yo era la causa.
—¡Ya vale! —No supe de dónde saqué las fuerzas, pero me dolía verlos así—. ¿Os habéis vuelto locos? ¿Por qué peleáis? ¿Esto es lo normal entre hermanos? ¡Pues me alegro de no tener ninguno!
Se quedaron callados de golpe, sorprendidos por mi estallido. Aproveché el silencio para mirar a Andrés directamente a los ojos.
—Gracias por preocuparte, Andrés, estoy bien. Ya puedes volver con tu novia y tus amigos.
—Marta no es mi novia —respondió él al instante, casi con urgencia.
—Pues con lo que sea. A mí me da igual que sea tu novia o no —le sostuve la mirada con toda la firmeza que pude reunir—. Zsa Zsa , ven aquí. Vámonos.
Andrés
Me quedé allí plantado, con las manos en los bolsillos de mis vaqueros, viendo cómo se alejaban. El tirón que Eva le dio a la correa de Zsa Zsa fue tan seco que me dolió a mí. Me sentía como un auténtico imbécil, y lo peor era que no podía demostrarlo delante de los demás.
—¡Vaya par de crías! —soltó uno de mis amigos con una carcajada—. Tu hermana es una fiera, tío.
Forcé una media sonrisa que me supo tan asquerosa como el cigarrillo que días atrás había probado.
Regresé al grupo sintiendo que todos me miraban, buscando al Andrés que siempre tenía una respuesta para todo; no lo encontré.
Marta, que ya estaba instalada de nuevo en el banco, estiró el brazo para que volviera a sentarme a su lado, pero de repente el asiento me pareció que quemaba.
—¿Qué te pasa, Andy? —preguntó ella con ese tono agudo que, por primera vez, me resultó insoportable—. Menudo carácter se gasta la niña esa. ¿Quién es?
—Nadie —mentí, y la palabra me supo amarga—. Una amiga de mi hermana.
Me senté junto a ella, pero mantuve las distancias.
Vi de reojo cómo la silueta de Eva, con su coleta moviéndose al ritmo de sus pasos rápidos, desaparecía por la salida del parque.
Me ardían las orejas. Sabía que la había cagado.
Verla allí, tan pálida y luego tan digna, me había dejado descolocado.
Tras meses sin verla, sin saber nada de ella, la había fastidiado a lo grande.
Lo quisiera o no, desde mi entrada en el instituto había un vacío en mi vida; echaba de menos nuestras batallas dialécticas, echaba de menos a la «pequeñaja» y a los hoyuelos de sus mejillas.
—¿Seguimos con lo que estábamos? —insistió Marta, apoyando su mano en mi rodilla.
Me quedé mirando su mano como si fuera un bicho extraño. De repente, todo allí me sobraba: las risas de mis amigos, las tonterías de Marta, aquella manía suya de llamarme «Andy» y hasta el aire del parque.
—Me largo —solté de golpe, levantándome sin mirar a nadie.
—¿Ahora? Pero si acabamos de llegar —protestó uno del grupo.
—He dicho que me voy.
Caminé en dirección opuesta a ellos, con las manos hundidas en los bolsillos y la cabeza hecha un lío.
Marta no es mi novia , le había soltado a Eva.
¿Por qué demonios le había dado explicaciones?
Ni yo mismo lo sabía, pero la idea de que ella me hubiera visto así, con Marta encima y rodeado de idiotas, me revolvía el estómago más que aquel primer —y último— cigarro de mi vida.
Eva
Caminamos hacia la casa de mis abuelos en un silencio espeso, roto solo por el sonido de las uñas de Zsa Zsa contra el asfalto y el continuo tintineo de la chapita con su nombre que Alejo le había comprado.
Allí no solo ponía su nombre, sino el de Xena.
Dudo que mi primo pensara en aquel momento que aquella chapa de plata terminaría llevando un listado de nombres inscritos en ella.
Ni Ana ni yo dijimos una sola palabra sobre lo que acababa de pasar.
Ella respetaba mi silencio, quizás porque sabía que, si intentaba consolarme, yo acabaría rompiéndome allí mismo.
Aquel momento quedó en el olvido más absoluto durante años; ni ella me preguntó, ni yo lo saqué a colación.
Sinceramente, era un momento que, de haber podido, hubiese borrado con goma.
Sin embargo, solo le pasé Tipp-ex ; bajo la blanca cinta correctora del silencio quedó oculto hasta un par de décadas después.
No me entretuve en casa de los iaios : dejé a Zsa Zsa , besé a mis abuelos y salí corriendo.
Ana se despidió de mí con un fuerte abrazo, un gesto mudo de apoyo que agradecí más que cualquier frase hecha.
Seguí el camino hacia mi casa sola, agradeciendo esos minutos de aislamiento.
Necesitaba que el aire de la tarde me despejara la cara y me ayudara a enterrar la imagen de Andrés con aquella chica.