Menta y Chocolate El eco de un ladrido #2
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El eco de un ladrido #2

Ella dejó la taza y me miró con una mezcla de compasión y honestidad que me heló la sangre. Se acercó y me tomó las manos sobre el hule de la mesa. Las suyas estaban calientes; las mías eran puro hielo, aún más frías que de costumbre.

—Cariño, no puedo prometerte eso. Xena nos ha dado el regalo más grande del mundo con sus cachorros, pero a veces... a veces el cuerpo no puede seguir el ritmo del corazón.

Me eché a llorar en su regazo allí mismo, en medio de la cocina, apretando los ojos mientras ella me acariciaba el pelo. En ese momento, las peleas con Andrés o las risas de Ana me parecían cosas de otra vida, de otra niña.

Aquella semana fue una tortura de horas lentas.

No quería comer, no quería dormir, solo quería estar pegada al lomo de Xena, susurrándole que aguantara.

Así llegué a mi undécimo cumpleaños. No hubo celebración, solo un soplo rápido a las velas de una tarta que me supo a sapos y culebras.

Mi único deseo fue un milagro que no llegó.

Apenas veinticuatro horas después de cumplir los once, el salón de los abuelos se llenó de un silencio definitivo.

Xena se había detenido. Recuerdo el sol entrando por la ventana, iluminando las motas de polvo en el aire, mientras Alejo se desplomaba a su lado en un llanto roto que parecía no tener fin.

—¡Es injusto! ¿Por qué ha tenido que pasarle esto a Xena? Yo… yo la quería con toda mi alma —grité, aunque mi propia voz me sonó lejana, como si perteneciera a otra persona.

No pude soportar un segundo más aquel silencio denso ni ver a Alejo destrozado en el suelo. Necesitaba aire, necesitaba correr hasta que el pecho me estallara. Salí de casa de los abuelos dando un portazo que debió de retumbar en toda la manzana. Un golpe seco que ponía fin a mi infancia de golpe.

No paré de correr hasta quedarme sin aliento.

Ni siquiera me había percatado de que una lluvia fina, de esas que calan hasta los huesos sin avisar, me acompañaba desde hacía rato.

Tenía el pelo pegado a la frente y las mejillas ardiendo, mezclando el agua del cielo con mis lágrimas, cuando de repente choqué contra algo sólido. O contra alguien.

—Eh, ¿a dónde vas con tanta prisa? —preguntó Andrés.

Me había tropezado con él sin darme cuenta. Levanté la vista y, por primera vez, su rostro no tenía esa máscara de burla que solía llevar. Al verme, su expresión de suficiencia se desmoronó.

—Eva… Eva, ¿te ha pasado algo? Estás empapada… —Su voz sonó extrañamente suave, despojada de toda la artillería de nuestras guerras diarias.

—Xena… Andrés, Xena… —fue lo último que pude articular antes de romper en un llanto desconsolado y, sin pensarlo, me abracé al hermano de mi mejor amiga como si fuera el único clavo ardiendo al que agarrarme.

—Ssh… tranquila —murmuró él.

Sentí sus brazos rodeándome, protegiéndome del frío y de la lluvia.

Me acarició la espalda con una ternura que nunca antes le había permitido mostrarme, y yo me hundí en su chaqueta, dejando que mi pena mojara su ropa.

No hubo piques, ni «pequeñajas», ni batallas dialécticas.

Solo estábamos nosotros dos bajo la lluvia.

—Era la mejor perra del mundo —conseguí decir entre hipidos.

—Lo sé —respondió él, y me pareció notar un nudo en su propia garganta—. Pero ahora tienes que cuidar de sus cachorros, Eva. Ellos te necesitan.

Se separó un poco, lo justo para mirarme a los ojos con una sonrisa tímida, de esas que guardaba bajo llave solo para nuestros momentos de tregua.

—Ven, vente a casa. En casa siempre hay helado de menta y chocolate. ¿Te apetece que lo compartamos?

Asentí en silencio mientras él me pasaba un brazo por los hombros para guiarme.

En ese momento, mientras caminábamos bajo la lluvia, entendí que Andrés era mucho más que el chico que me hacía la vida imposible en el recreo.

Andrés era el único que, sin necesidad de muchas palabras, sabía cómo empezar a curarme el corazón.

Aquella tarde entendí que él era el único lugar seguro donde podía caer sin miedo a romperme.

Andrés y Ana no se separaron de mí ni un momento.

Nada más verme, Ana corrió a mi encuentro.

No necesitó que le explicara lo ocurrido, había intuido el fatídico acontecimiento.

Abrazadas, nuestros llantos se fundieron en uno.

Ella también quería a Xena; había crecido jugando con esa «locuela» que acababa de dejarnos un vacío inmenso y cinco cachorros huérfanos.

—Creo que debo volver a casa de los iaios —dije finalmente, intentando recuperar una serenidad que no sentía.

—Te acompaño —se apresuró a decir Andrés.

Una sonrisa triste asomó a mis labios mientras me secaba unas lágrimas que, ahora lo sé, brotarían cada vez que su recuerdo me acariciara el alma.

Es imposible transmitir con palabras el enorme vacío que se siente al ver fallecer a tu perro.

Ana prefirió quedarse, dándonos un espacio que yo agradecí en silencio.

Salimos bajo la lluvia otoñal protegidos por un paraguas que Andrés sostenía con firmeza.

El trayecto era corto, pero esa noche se sintió eterno.

Caminamos en un silencio denso. De vez en cuando nuestros dedos se rozaban por la cercanía, provocando un chispazo eléctrico, una de esas emociones de las que hablaban las películas y que nosotros empezábamos a reconocer como algo peligrosamente real.

—Gracias —susurré al llegar, sintiendo cómo el rubor me calentaba las mejillas a pesar del frío. Andrés me devolvió la sonrisa y se acercó para darme un beso en la mejilla que terminó de alborotar a las mariposas de mi estómago.

—Si necesitas más helado, ya sabes dónde estamos. Yo soy el único que se lo come —añadió con complicidad—... y tú.

Entré en casa y me fundí en un abrazo con Alejo.

—Tenemos que cuidar de los pequeños —hipó él entre sollozos—. Se lo debemos a ella.

—Sí —asentí—. Lo haremos.

Durante semanas, la casa de los abuelos fue una base de operaciones.

Todos los primos, incluso los mayores que ya iban de «adultos», se sumaron al duelo y a la crianza de los cinco cachorros.

Ninguno olvidaríamos jamás a Xena. Ella no solo fue el primer perro de la familia, fue la fundadora de una saga y la dueña de nuestros mejores recuerdos de la infancia.

Pasaron semanas hasta que la tranquilidad volvió a llegar a casa de mis abuelos.

Alejo y yo tuvimos que tragarnos las lágrimas cuando cuatro de los cachorritos fueron adoptados por cuatro familias que elegimos nosotros mismos con lupa.

Tras varios intentos fallidos de convencer a nuestros padres para quedarnos con uno, asumimos que la respuesta era un no rotundo.

No nos sirvió la excusa de la falta de tiempo, pero no quedó otra que asumir que, donde manda capitán, no manda marinero.

—¡ Zsa Zsa , no corras, vuelve aquí! —gritó Alejo al ver cómo la cachorrita corría de un lado a otro sin parar.

A los que no tuvimos que insistir fue a mis abuelos para que se quedaran con uno. La única hembra de la camada había sido la elegida. Tras barajar un sinfín de opciones, decidimos bautizarla como Zsa Zsa en honor a la actriz de origen húngaro, actriz favorita del iaio .

—Es tan bonita como Zsa Zsa Gabor —confirmó mi abuela.

—Yo no la conozco —respondí—, pero me gusta el nombre y a ella parece gustarle. —Me reí repitiendo el nombre mientras veía a la perrita dar vueltas a mi alrededor moviendo el rabo sin parar.