El eco de un ladrido
Eva
A quel verano, como siempre me ocurría y me ocurre, fue como un helado de dos bolas en plena canícula: se derritió antes de que pudiera darle el primer bocado. Julio se me escapó entre los dedos en un abrir y cerrar de ojos, y agosto se fue sin que me diera tiempo ni a pestañear.
De repente, me vi yendo y viniendo de visitar a mi familia paterna.
La sorpresa de aquellas semanas fue descubrir cómo las clases de alemán de mi padre y de mi madre —que lo habla a la perfección— y el empeño de hablarlo en casa estaban dando sus frutos.
Y lo mejor fue que, por fin, no me sentía como una extraña en la casa de Oma y Opa; incluso Kartoffel pareció celebrar mi presencia y se convirtió en mi sombra durante mi estancia.
Sin embargo, por mucho que empezara a poder entenderme con todos, que pasara interminables horas jugando con Lukas y Hanna y que la tía Helga me llevara a una heladería en la que hacen un delicioso helado de menta y chocolate, mi corazón seguía contando los días para volver a casa.
Extrañaba a mis primos —bueno, a Alejo, el resto tenía ya, como decía mi iaia , «el pavo subido»—, a Xenita, a Ana e, incluso, a Andrés.
La piel se me erizaba cada vez que recordaba cómo me había curado la rodilla, su mirada, su sonrisa…
No era yo la única que extrañaba a mi familia materna.
No debemos engañarnos, mi madre e incluso mi padre los echaban de menos.
Por eso, en cuanto llegamos a casa, nos olvidamos del orden germánico.
Ejem, germánico y valenciano, que me han tocado dos progenitores adictos al orden; yo soy un tanto más caótica.
Sin abrir las maletas, nos fuimos a casa de los iaios .
Nada más cruzar la verja del jardín, Alejo apareció de la nada gritando como si le hubiera tocado la lotería:
—¡Vamos a ser tíos!
Mis padres se quedaron petrificados. Vi cómo mi madre soltaba las bolsas de regalos y empezaba a hacer cálculos mentales, intentando adivinar cuál de mis primas se había metido en un lío o cuál de sus sobrinos iba a ser padre antes de tiempo.
—¿Cómo que vais a ser tíos? —preguntó mi madre con una cara de susto que casi me hace reír.
—¡Sí, tía! ¡Xena está embarazada!
Mis padres soltaron todo el aire de golpe y empezaron a reírse a carcajadas. Yo, en cambio, empecé a saltar de pura alegría y corrí en su busca al interior de la casa.
—¡Qué bien! ¡Qué ganas de ver a sus cachorritos! ¡Xena, Xena!
Xena se tiró al suelo patas arriba en cuanto me vio. Me arrodillé a su lado y empecé a acariciarle la barriga con un cuidado infinito, intentando notar si algo se movía bajo aquel pelaje dorado rojizo que tanto me gustaba.
—Vas a tener los cachorritos más bonitos del mundo —le susurré—. ¿Cuándo nacerán, iaio ?
— No sé si enfadar-me amb tu —se quejó él, aunque le bailaba una sonrisa bajo el bigote—. Quasi vint dies sense veure'm i encara no m'has donat ni un abraç per estar amb el teu Xena de l'ànima .
—¡ Iaio , no te enfades! —exclamé, colgándome de su cuello—. Sabes que te quiero, y a ti también, iaia , ¡pero es que voy a ser tía canina!
Mi abuela Clotilde se acercó y me miró de arriba abajo con esa lupa que tienen todas las abuelas.
—Casi juraría que has crecido en estas semanas —dijo mientras me examinaba la pierna—. ¿Se te ha quedado bien la rodilla?
—Sí, bueno, solo queda una pequeña cicatriz —comenté enseñándole la marca.
Para mí, esa cicatriz era el mapa de la tarde en que Andrés me había llamado por mi nombre y me había curado la herida con sumo cuidado.
—¿Y cuándo nacerán? —insistí.
—Antes de tu cumpleaños.
No podía haber mejor regalo. Lo que no sabía entonces era que aquel noviembre me traería el momento más increíble de mi infancia y, solo unos días después, el golpe más duro que me daría la vida.
—¿Nos quedaremos con los cachorros?
—No —dijo con rapidez mi abuela, antes de que alguien dijera lo contrario—. Ya tenemos a Xena.
— Bé, igual en uns anys, si torna a tindre una altra cadellada —Mi sonriente abuelo replicó bajo la inquisitiva mirada de mi abuela.
VALENCIA, OTOÑO DE 1994
Pronto el uniforme volvió a ser mi segunda piel y el olor a tiza y a patio de colegio sustituyó al del salitre.
Con el regreso a las clases, también regresó mi deporte favorito: la guerra de guerrillas con Andrés.
En mis oídos volvió a resonar su «pequeñaja» con esa entonación suya que me ponía los pelos de punta.
Era nuestra eterna lucha, una dinámica eléctrica que solo aceptaba una tregua cuando nos sentábamos frente a una tarrina de helado de menta y chocolate.
Aquel helado era como una tropa de cascos azules en misión de paz.
En realidad, mejor que ellos, conseguía que nuestros piques desaparecieran y nos habláramos como personas civilizadas.
Es más, para desesperación y diversión de Ana, lo hacíamos en susurros.
Nuestro tono de voz se suavizaba al tiempo que nuestros ojos brillaban felices.
En el colegio, Ana nos miraba desde la distancia, apoyada en la pared del gimnasio con una sonrisita que me ponía de los nervios por su suficiencia y porque, muy en el fondo, yo conocía su significado.
Ella asistía divertida a aquellas batallas campales entre sus dos personas favoritas.
Ahora sé que moría por gritarnos aquel dicho que siempre flotaba en los recreos: «¡Los que se pelean es porque se desean!
». En más de una ocasión la vi tomar aire, a punto de gritárnoslo a la cara, pero siempre acababa callando.
Supongo que prefería disfrutar del espectáculo de vernos rabiar mientras el hilo rojo se enredaba cada vez más entre nosotros sin que quisiéramos darnos cuenta.
Pero aquel año, las tardes en el patio se me hacían eternas.
Mi mente no estaba en los deberes ni en los juegos con Ana, y mucho menos en trifulcas dialécticas.
Mi mente estaba en la casa de los iaios .
Quería, necesitaba estar a todas horas con ella; por nada del mundo quería perderme el nacimiento de mis sobrinos caninos.
—Mamá, me voy ya a casa de los iaios , quiero ver cómo está Xenita —le decía cada tarde nada más soltar la mochila.
—Vale, pero ponte una chaqueta, que ha refrescado —rezongaba ella.
Yo apenas la escuchaba. Ya estaba con la mano en el pomo de la puerta. Sin embargo, a pesar de aquella ansia, no podía imaginar que viviría el momento que no solo cambiaría mi forma de ver la vida, sino que marcaría para siempre la de mi primo Alejo.
Fue una tarde de noviembre. Recuerdo que la luz escaseaba, los relojes ya marcaban el horario de invierno y el aire olía a tierra húmeda.
Cuando llegué, Xena ya estaba en su rincón, jadeando, con los ojos muy abiertos y ese brillo de concentración que solo tienen las madres.
No podía cerrar la boca ni apartar la vista.
Alejo estaba allí conmigo, igual de hipnotizado, casi sin atreverse a respirar para no romper el hechizo.
Ver a Xena ayudar a sus cachorritos a salir de dentro de ella, verla lamerlos con una paciencia infinita para limpiar la sangre con la que nacían...
aquello me marcó para siempre. Descubrir en sus ojos aquella devoción maternal, ese instinto primario de protección, se quedó grabado en mi memoria como uno de los momentos más puros de mi infancia.
No era consciente entonces de lo mucho que marcaría nuestras vidas; a mí me enseñó lo que era el amor incondicional, y a mi primo le trazó, sin saberlo, su destino profesional.
Alejo no paraba de moverse, emocionado por la intensidad de estar asistiendo al milagro de la vida de nuestra Xena.
Aquellos cinco cachorritos, pequeñas manchas doradas que buscaban ciegamente el calor de su madre, eran lo más bonito que había visto nunca.
No pasó un solo día de esa semana en el que no fuera por allí antes y después del colegio. Nada más importaba. El patio, las burlas de Andrés, el mundo exterior... todo se había vuelto ruido de fondo. Mi universo eran Xena y sus cinco cachorros.
Pero la burbuja de felicidad de los primeros días estalló demasiado pronto.
Empezó con un detalle insignificante: Xena no se levantó a recibirme cuando llegué del colegio.
Se limitó a dar un golpe sordo con la cola contra el suelo de terrazo, un saludo débil que me dejó un frío extraño en el estómago.
El veterinario vino al día siguiente y sus palabras —está muy débil, el parto ha sido demasiado para ella— cayeron sobre nosotros como una losa.
A partir de ahí, los días dejaron de correr para empezar a arrastrarse.
El reloj no marcaba las horas; Xena seguía sin levantarse, solo lamía con infinita devoción a sus cinco cachorros.
Nada más entrar por la puerta de casa de los abuelos, el universo de mantas y cachorros en el salón se convirtió en nuestra trinchera.
Alejo y yo dejamos de ser niños. Nos volvimos sombras que vigilaban cada movimiento de Xena, cada jadeo, cada latido.
Recuerdo el silencio sepulcral que envolvía la casa por las noches, roto solo por el llanto agudo de los cachorritos buscando una leche que su madre ya casi no podía darles.
Mis abuelos, Alejo y yo los alimentábamos con biberón bajo la triste mirada de su madre.
Una de aquellas noches, incapaz de pegar ojo, salí de la habitación y caminé descalza por el pasillo hasta la cocina. Allí me encontré a mi madre —ella también se había trasladado a casa de los abuelos—, sentada a la mesa bajo la luz tenue de la campana extractora, tomándose un té en silencio.
—Mamá, ¿por qué no abre los ojos? —le pregunté, sentándome frente a ella. Mi voz sonaba pequeña, como si tuviera miedo de que, al hablar alto, algo terminara de romperse en el aire quieto de la casa.
—Está muy cansada, Eva. Ha puesto toda su vida en esos cinco pequeños —me respondió, rodeando su taza con las manos.
—Pero se pondrá bien, ¿verdad? El veterinario ha dicho que es fuerte. Me lo tienes que prometer, mamá. Prométeme que no se va a morir.