Menta y Chocolate Menta y Chocolate #3
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Menta y Chocolate #3

Ambas nos callamos al ver a Andrés regresar con el botiquín.

Ana se hizo a un lado al ver a su hermano sentarse en el césped, frente a mí.

Me quedé hipnotizada viéndolo sacar el agua oxigenada y las gasas.

Ana tampoco perdía detalle. Me atrevería a decir que nunca había visto a su hermano comportarse de una manera tan dulce.

Andrés sopló con cuidado sobre mi rodilla mientras limpiaba la suciedad, y yo solo podía pensar en si mis latidos serían tan fuertes que ellos dos podrían escucharlos.

—¿Mejor? —preguntó él al terminar, buscándome la mirada.

—No... —acerté a decir, negando con la cabeza antes de corregirme—. Sí, digo... gracias.

—¿Qué ha pasado? —La voz de Cristina, la madre de Andrés y Ana, me hizo volver a la realidad. Aparté la mirada de mi enfermero para mirarla a ella—. ¿Os dejo solos un momento y la liais? ¿Estás bien , carinyet ?

—Sí. No ha sido nada, me caí con la bici. Andrés me ha curado la herida. —Una involuntaria sonrisa iluminó mi rostro, devuelta por Andrés bajo los atentos ojos de mi amiga.

—A ver, déjame ver. —Cristina, auténtica enfermera, observó con cuidado mi rodilla—. Te has dado un buen golpe, pero Andrés te ha hecho una buena cura. ¿Y Andrés?

Ninguna de las tres nos habíamos dado cuenta de su repentina desaparición.

Un atisbo de decepción asaltó mi interior.

Sentimiento que desapareció al verlo regresar con una tarrina de nuestro helado y dos cucharillas en la mano.

Instantáneas fueron nuestras sonrisas al encontrarnos con la mirada del otro.

—El final del tratamiento. Con esto se te olvidará que te duele la rodilla. —Nunca antes me había visto reflejada en sus ojos como en aquel instante. Le sonreí por toda respuesta—. Tu favorito.

—Y el tuyo —dije con timidez en un susurro, apartando la mirada de la suya y con el corazón desbocado.

—Vaya, iré a por uno para mí. Veo que he de caerme de la bicicleta si quiero que mi hermano me invite a helado. —Con una sonrisa en los labios que ocultaba más de lo que decía, mi amiga se levantó y entró en la casa.

—No estéis comiendo mucho helado, que ahora mismo comemos —dijo la madre de mis amigos mirándonos atentamente sin borrar la sonrisa—. ¿Te quedas a comer, Eva?

—No, gracias. Voy a comer con mis abuelos y mi primo, o Alejo se enfadará conmigo y dejaré de ser su prima favorita.

—Como quieras.

—Dudo que tu primo te quite ese privilegio —comentó en voz baja Andrés mientras atacaba el helado—. Lo curioso es que te he escuchado hablar mucho de él, pero jamás hemos coincidido. ¿En qué curso está?

—Entra en octavo.

—Como yo, pero no conozco a ningún Alejo.

—No va a nuestro cole.

—¿La rodilla? —me preguntó mirándome a los ojos mientras saboreaba una nueva cucharada de helado.

—Mejor.

—El helado hace magia.

—Sí.

—Y el beso de madre.

No pude responder. Durante unos eternos segundos me quedé colgada de su mirada, sin ser consciente de que Ana llevaba un buen rato observándonos. Años tardó en decirme que aquella mañana de julio de 1994 ella descubrió que allí había mucho más que un helado.

Sentados allí, mientras el calor de julio empezaba a apretar y el helado de menta y chocolate se derretía lentamente en nuestras bocas bajo la mirada escrutadora de Ana, supe que aquel verano ya no sería como los demás.

Dicen que hay un hilo rojo que conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar el tiempo ni el lugar.

Yo no sabía nada de leyendas orientales por aquel entonces, pero aquel mediodía, con el sabor del chocolate y el hormigueo del beso aún fresco en mi mejilla, sentí cómo ese hilo se anudaba con una fuerza nueva.

Un nudo ciego, de esos que por más que pase el tiempo o sople el viento, son ya imposibles de deshacer.

Me quedé allí un rato más, saboreando el silencio y la extraña paz que había sustituido a nuestras batallas del patio.

Miré a Andrés de reojo. Él seguía concentrado en su helado, pero había algo en la curva de sus hombros y en la forma en que evitaba mi mirada que me decía que él también había sentido ese tirón.

Finalmente me levanté con cuidado de la hamaca, sintiendo el pinchazo de la rodilla como un recordatorio dulce de lo que acababa de pasar.

—Me tengo que ir —dije en un susurro—. Si no llego a tiempo, Alejo me borrará de su lista de personas favoritas y me ha costado años llegar al primer puesto.

Andrés levantó la vista y, por un segundo, volvió el chico pícaro de siempre, aunque sus ojos seguían manteniendo esa chispa distinta.

—Ve con cuidado, pequeñaja —bromeó. No dije nada. Era la primera vez que aquel apelativo no me molestaba—. Y no te quites las chanclas... o mejor, no vuelvas a subirte a una bici con ellas.

Ana se despidió de mí con una sonrisa cómplice que me puso sobre aviso: aquello no se iba a quedar así.

Salí del jardín arrastrando mi bicicleta, sintiendo que, aunque el camino de vuelta a casa de mis abuelos era el mismo de siempre, yo ya no era exactamente la misma niña que lo había recorrido media hora antes.