Menta y Chocolate Menta y Chocolate #2
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Menta y Chocolate #2

Nada más comenzar a pedalear por el estrecho camino de tierra que separaba nuestras casas, me percaté de mi error.

Mis pies, todavía algo húmedos de la piscina, no se aferraban a la goma de los pedales; sentía que en cualquier bache perdería el apoyo.

«Tenía que haberme puesto las bambas», me recriminé en silencio, pero ya era tarde para dar la vuelta y enfrentarme de nuevo a la cara de pocos amigos de Alejo.

No llevaba ni dos minutos de trayecto cuando una silueta conocida se puso a mi altura, levantando una pequeña nube de polvo con sus ruedas.

—Hola, pequeñaja. —La voz de Andrés, cargada de esa ironía que siempre lograba que se me erizara la piel, me sobresaltó.

—Hola —respondí, intentando mantener el equilibrio y que no se me notara el vuelco que me acababa de dar el corazón al verlo aparecer de la nada.

—Siempre se te hacen esos dos hoyitos junto a la boca cuando te concentras —comentó él, mirándome de reojo. Su tono no era de burla. Era una observación tan directa que me hizo perder el norte por un segundo—. Cuidado, no te vayas a caer.

«No, por favor, delante de él no», me supliqué a mí misma mientras notaba que el mundo empezaba a moverse bajo mis pies. Pero fue inútil. En un segundo la chancla resbaló, el manillar giró sin control y terminé de bruces contra el suelo.

Las ruedas de la bici seguían girando en el vacío mientras yo intentaba afrontar con dignidad la situación. No sabía si me dolía más la rodilla izquierda, de la que empezaba a brotar un hilillo de sangre, o mi orgullo, que acababa de quedar enterrado en la tierra seca del camino.

Andrés

El ruido del metal contra la tierra seca me golpeó en el estómago.

De golpe borré mi sonrisa y desapareció la diversión que me producía verla pedalear con tanta determinación.

Ni sesenta segundos habían pasado desde que la había visto salir de casa de sus abuelos.

Su simple visión me provocaba un cortocircuito en el cerebro.

Me encantaba ver cómo se concentraba en el pedaleo, cómo aparecían esos hoyuelos junto a su boca al sonreír, algo que en ella era de lo más habitual.

Raro era verla seria. Diría que solo yo tenía la capacidad de hacerle borrar la sonrisa cuando, para picarla, la llamaba «pequeñaja» en medio del patio del colegio.

Ella no era capaz de imaginar lo mucho que me gustaba sacarla de sus casillas.

—Cuidado, no te vayas a caer —le advertí, medio en broma, medio en serio, al ver cómo sus chanclas resbalaban en los pedales.

Se me cayó el alma a los pies. En un parpadeo, la bici de Eva hizo un extraño movimiento y ella terminó de bruces en el suelo. Dejé caer mi propia bicicleta de cualquier manera, sin importarme si se rayaba el cuadro o se salía la cadena, y corrí hacia ella.

—¿Estás bien, Eva? —le pregunté, y mi propia voz me sonó extraña, despojada de toda la ironía que solía usar como escudo frente a ella.

Me arrodillé a su lado. El corazón me iba a mil por hora, mucho más rápido que cuando jugaba al fútbol en el recreo.

Eva estaba allí, sentada en la tierra, intentando recomponer su orgullo mientras un hilo de sangre empezaba a asomar por su rodilla izquierda.

Recogí sus chanclas, que habían salido disparadas un par de metros, y se las acerqué con cuidado.

Al escuchar su nombre en mi boca, ella levantó la vista. Por un segundo, el tiempo se detuvo. Sus ojos estaban empañados —no sé si de dolor o de rabia por haber caído delante de mí—, pero me miraban de una forma que me hizo sentir un hormigueo eléctrico en las manos.

—Eh, no llores... Déjame ver esa rodilla —le dije, suavizando el tono todo lo que fui capaz.

Me acerqué para limpiarle una lágrima rebelde que se le escapaba por la mejilla y, al rozar su piel con mis dedos, sentí un latigazo de corriente que me obligó a retirar la mano casi al instante.

La sorpresa de sus ojos me dio a entender que ella también lo había sentido.

Nos quedamos los dos en silencio, mirándonos, sin entender qué acababa de pasar.

Era como si un hilo invisible se hubiera tensado de golpe entre nosotros, haciendo un nudo que no sabía cómo deshacer.

Fui el primero en reaccionar, o al menos en intentar que mis manos dejaran de temblar. No podía quedarme allí arrodillado eternamente, no con esa sensación de haber tocado un cable de alta tensión quemándome todavía las yemas de los dedos.

—¿Puedes ponerte de pie? Apóyate en mí —me apresuré a decir, rompiendo el silencio que se había espesado entre nosotros.

Necesitaba moverme, hacer algo útil para que mis manos olvidaran el tacto de su mejilla.

Levanté las dos bicicletas del suelo y le acerqué la suya—.

Será mejor que vayamos caminando hasta que te cure esa rodilla.

—No, creo que puedo pedalear sin problemas —logró decir ella, aunque la vi tambalearse un poco.

—Mejor no, no vaya a ser que te vuelvas a caer. Solo a ti se te ocurre salir con las chanclas —le recriminé, aunque mi tono ya no tenía nada de «despiadado».

Caminamos arrastrando las bicis. Eva cojeaba y me sentí fatal al verla así.

—¿Te duele mucho?

—Un poco —admitió en un susurro.

Casi sin pensarlo, me acerqué y le planté un beso rápido en la mejilla. Fue un impulso, algo que ni yo mismo entendí. Noté cómo el rubor se apoderaba de ella al instante.

—Supongo que no será igual de mágico que los besos de las madres; los de ellas quitan los dolores. Imagino que el mío no lo será —musité, sintiéndome el tío más idiota del mundo nada más soltarlo.

Eva no contestó. Se quedó muda, incapaz de mirarme a los ojos mientras seguíamos avanzando bajo el sol de julio. Sentía el roce de su brazo contra el mío y, por primera vez, deseé que el camino a casa hubiese sido más largo.

Eva

No podía hablar. El beso de Andrés me había dejado sin palabras y con el estómago convertido en un nido de mariposas. Caminamos en silencio, percibiendo ese roce eléctrico cada vez que nuestras pieles se encontraban de forma accidental.

—¡Eh, eres una tardona! —nos gritó Ana en cuanto nos vio aparecer por el jardín.

Su mirada saltó de mi rodilla ensangrentada a nuestras caras. Conocía a Ana mejor que a nadie, y ese brillo en sus ojos me dijo que no se le había escapado ni un detalle de la tensión que traíamos encima.

—Eva se ha caído. Solo a ella se le ocurre salir en chanclas para ir en bici —explicó Andrés mientras dejaba las bicicletas—. Voy a por el botiquín.

Me senté en una de las hamacas junto a la piscina. Ana no me quitaba la vista de encima, analizando cada uno de mis gestos con ese instinto de detective que siempre la caracterizaba.

—¿Cómo te has caído?

—La zapatilla se me ha salido del pie... no sé, he manejado la bici mil veces en chanclas.

—¿Desde cuándo te llama Andrés por tu nombre? —Casi en un murmullo, soltó la pregunta con cierto retintín.

—¿Qué tiene de raro? —disimulé, aunque sentía que las mejillas me ardían más que la propia herida.

—No, nada... es curioso. El tete siempre te ha llamado «pequeñaja», como a mí. De hecho, a ti te lo dice en público.