Menta y Chocolate
Eva
N unca la letra de una canción fue tan cierta como aquella que sonaba en los diales de la radio desde hacía un año y que tanto le gustaba a mi madre: «El verano acabó, el otoño duró lo que tarda en llegar el invierno».
Los veranos siguientes me volvieron a llevar a Bonn.
Verano a verano aprendí a disfrutar junto a mi familia paterna.
Según pasaban los años y aumentaba la correspondencia con mis primos, los lazos de unión fueron creciendo.
No era un nexo como el que me unía a Alejo ni a mi inseparable Ana, pero ahora contaba los días para verlos, incluso para volver a ver a Kartoffel, que ya acudía a la puerta a saludarme cuando regresaba a la casa de la Königstrasse.
Aquel noviembre había soplado las diez velas en la tarta de cumpleaños, un hecho que me hizo sentir mayor.
Tanto Ana como yo andábamos felices con nuestros diez años.
Sin embargo, en mi familia materna seguía lidiando con ser la más pequeña del clan.
Di por imposible la eterna lucha con Alejo: era consciente de que me llamaría así de por vida.
Seguía siendo la pequeña, y ni mis tíos ni mis padres tenían intención de aumentar la familia.
Quien sí aumentaría la suya aquella primavera era la rama paterna: Ulla, la mujer de Stefan, estaba embarazada.
Ahora bien, si di por perdida la batalla con Alejo asumiendo que para él sería la eterna pequeñaja, lo de Andrés era harina de otro costal.
No podía soportar oír aquel apelativo de su boca.
Algo dentro de mí se revolvía cada vez que lo escuchaba llamarme así.
Ya ni siquiera se lo decía a Ana, pero a mí jamás me llamaba Eva.
—¡Ya tengo diez años! —grité enfurecida en medio del patio. Tenía la cara enrojecida por la furia y por la vergüenza que me provocaba que mis compañeros de clase escucharan aquel «pequeñaja». Más de una vez lo corearon por hacerme rabiar.
—Sigues siendo una pequeñaja como mi hermana.
—¡A ella no se lo dices! —Brazos en jarras, parada en medio del patio, me sentía observada por mis amigas y por sus compañeros, que dejaron el balón para escuchar nuestra disputa.
—A ella no le molesta, pequeñaja. A ti sí. —Sin pudor alguno, dejó asomar sus hoyuelos al tiempo que sus oscuros ojos se achicaban al ampliar aquella sonrisita canalla que tanto le caracterizaba y que, de haber podido, le hubiese borrado con una goma.
—¡Eres un idiota! —exclamé enfurecida, dando media vuelta y regresando con mis amigas, que jugaban a la comba.
—Lo ves, lo que yo te digo: juegas a juegos de pequeñaja.
Sus palabras me hicieron volver a girarme.
Las mejillas me ardían más por vergüenza que por rabia.
Aceleré el paso para ir a por él, pero la mano de Ana me frenó.
Con el corazón acelerado y las lágrimas a punto de salir, me sentía enfadada con él y sin entender por qué me dolía tanto que se metiera conmigo, que me buscara siempre las cosquillas.
Andrés
Sin disimular la diversión producida por la reacción de Eva, la observé regresar junto a mi hermana y al grupito con el que siempre estaba en el recreo.
Al escuchar a algunos niños de su clase llamarla «pequeñaja», me mosqueé.
Ellos no tenían derecho alguno a llamarla así.
No entendí por qué me molestaba que se adueñaran del apelativo, pero no dije nada.
Solo sonreí al ver cómo me enseñaba la lengua, gesto que le devolví bajo la mirada asesina de mi hermana.
—¡Andrés! —Me giré al escuchar mi nombre—. ¿Vienes o qué?
—Voy, voy… —respondí, acercándome sin dejar de mirar a Eva, a mi hermana y a sus amigas; parecían estar en medio de un aquelarre—. Seguro que me están poniendo a caldo —reflexioné en voz alta sin darme cuenta.
—¿Qué dices, nano ?
—Nada, nada. ¿Jugamos al balón o qué?
—¿Me lo preguntas en serio? Tú eres el culpable de que no estemos jugando. Joder, estabas pasmado observando a Eva. La verdad es que es muy bonita, y tu hermana también.
—¿Qué? ¡Ojito con lo que dices! —No me di cuenta de que lo había agarrado del cuello del polo. Pateé el balón con más fuerza de la necesaria, tratando de sacar de mi cabeza la imagen de sus mejillas encendidas. No era amor, era... que Eva era Eva, y nadie podía meterse con ella excepto yo.
—¡No jodas, te has enamorado de Eva!
Levanté la mirada al ver al resto de mis amigos prestando atención a las palabras de Juan. Atónito por sus palabras, lo solté.
—¿Tú eres idiota?
—¿Estás enamorado de Eva? —preguntó Toni.
—Dejad de decir chorradas y vamos a jugar antes de que suene el timbre.
—Pateé el balón y, al ver que ninguno de ellos se movía, me paré en medio del patio para dejar las cositas claras—.
Eva es como si fuera mi prima. Ella y Ana son intocables, así que ninguno diga nada sobre ellas y ni se les ocurra seguir con esas chorradas de enamoramiento.
VALENCIA, VERANO DE 1994
Eva
Timbrazo a timbrazo, los recreos fueron pasando.
El patio del colegio, ese que hoy rememoro con dulce melancolía cada vez que escucho la canción de Antonio Vega que tanto escuchaba tararear por aquel entonces a Andrés cada vez que iba a su casa a jugar con Ana: « Silencio, brisa y cordura dan aliento a mi locura.
Hay nieve, hay fuego, hay deseo. Ahí donde me recreo… ».
Aquellos versos se los escuché a hurtadillas —él iba con los auriculares y ni se enteró de mi llegada— por primera vez a Andrés.
Ahora, cuando cierro los ojos, su imagen tumbado en el sofá con el walkman sobre el pecho y aquellas espumillas naranjas en las orejas me viene a la mente mezclada con los recuerdos del patio del colegio.
El recreo se convirtió en un campo de batallas dialécticas entre Andrés y yo.
En aquellos momentos, era incapaz de entender cómo era posible que el chico al que veía tararear las canciones de Antonio Vega o Duncan Dhu —aquellos, sin duda, eran sus favoritos— se convirtiera en el despiadado adolescente que disfrutaba viéndome enrojecer por la furia con su eterno «pequeñaja».
Inocente de mí, no me di cuenta de que si quería que dejara de hacerlo solo tenía que ignorarlo, pero no lo hice; algo me impulsaba a contestarle.
Estaba siempre enfadada con él. No lo comprendía ni tampoco me entendía a mí misma.
Entre enfado y enfado, no solo los recreos fueron pasando.
Nuestro patio de batallas vio caer las anaranjadas hojas del otoño y nos hizo saltar entre los charcos de lluvia en invierno.
Lo volvió a llenar de risas, canciones, carreras, confidencias y, por supuesto, peleas en primavera.
¡Bien es cierto que la primavera la sangre altera!
Y desolado, triste y silencioso quedó un verano más.
Sin apenas darnos cuenta, ya no había exámenes ni deberes. Las vacaciones de verano volvieron a aparecer cargadas de diversión, días de playa, de piscina, de risas compartidas con los amigos y de secretos contados a escondidas para que ningún adulto se enterara de ellos.
En casa de mis abuelos continuaba la misma costumbre. A pesar de ir cumpliendo años, todos mis primos y yo misma seguimos reuniéndonos allí. Cierto es que los mayores ya no saltaban al grito de «¡Bomba va!», aunque a veces la añoranza los invadía y se sumaban a Alejo, a Xena y a mí.
Aquel fin de semana solo estábamos nosotros dos.
Ninguno de nuestros otros primos había ido, ni siquiera su hermana Sara.
A pesar de que la casa de los iaios solía ser un hervidero de gente, la adolescencia de los mayores estaba dictando nuevas reglas: ya no se quedaban a dormir, preferían otros planes.
Así que allí estábamos Alejo y yo, como los últimos guardianes de los veranos de la infancia.
—Este año ya has entrado en la segunda etapa del cole, y este es mi último curso allí.
El año que viene ya pasaré al insti —me dijo Alejo, sentado al borde de la piscina con ese aire de importancia que dan los doce años—.
A ti aún te faltan dos cursos más para dejar de ser una pequeñaja.
Y luego iremos al mismo instituto, podré presentarte a mis amigos, porque yo ya tendré amigos mayores.
Le sonreí, aunque sus palabras me hacían viajar lejos.
Tenía unas ganas locas de dejar atrás el uniforme; con toda mi alma odiaba la falda de cuadros y el polo verde.
Me imaginaba que el instituto sería el lugar donde, por fin, dejaría de ser una niña a los ojos de los demás.
«Igual cuando deje de verme con el uniforme, Andrés dejará de llamarme pequeñaja», pensé, aunque para mi propia sorpresa me asaltó el miedo de que, para cuando yo llegara allí, él ya se hubiera fijado en alguna chica mayor.
—¿A dónde vas? —me preguntó Alejo al ver que me levantaba.
—He quedado con Ana.
—¡Creía que pasaríamos el fin de semana juntos! He dejado de ir con mis amigos por estar contigo —se quejó, y en su mirada vi que le fastidiaba quedarse solo con la única compañía de los abuelos y Xena.
—No te enfades, volveré enseguida. Solo estaré un rato fuera —respondí, acariciando la cabeza de Xena, que me ladraba sumándose a las quejas de mi primo, para acto seguido lamer las gotitas de agua que quedaban en mi pierna—.
Xena, Xena... —No podía parar de reír por las cosquillas que me producían sus lametazos—.
Xena, me estás haciendo cosquillas. —Agarré su cabeza y la besé en su húmeda nariz—.
Por cierto, Xenita, me ha dicho la iaia que te has echado un novio.
¿Vas a regalarnos cachorritos? ¡Van a ser monísimos!
Me despedí de mis abuelos con un grito rápido desde la puerta y agarré mi bicicleta. Con las ganas de llegar a casa de Ana para seguir alimentando nuestros sueños de instituto, ni me paré a pensar que las chanclas y los pedales eran una combinación desastrosa.