El hechizo del reino #3
No era mi primera visita al que se convertiría en uno de mis lugares favoritos; varias habían sido las mañanas que, junto a mis padres y a la tía Helga, Lukas, Hanna y yo habíamos jugado en aquel maravilloso parque.
Sin embargo, aquella mañana — la penúltima antes de volver al calor del Mediterráneo—, mis padres y yo disfrutábamos a solas del paseo.
A solo dos días de regresar a casa, lo vi con otros ojos.
Mis ojos, acostumbrados al cauce del Turia —que por aquel entonces era poco más que un proyecto de jardín, un espacio de tierra y promesas donde aún no soñábamos con gigantes como el Gulliver—, se abrieron de par en par al entrar en el parque Rheinaue.
Rheinaue no era un parque ante mis ojos infantiles: era un auténtico reino de fantasía.
Aquella mañana sentí la necesidad de conectar con aquel lugar; algo dentro de mí notó una conexión especial con aquel pequeño paraíso y con aquella ciudad.
Algo me decía que una parte de mí pertenecía a aquel rincón del mundo.
Me quedé quieta un momento, dejando que mis sandalias se hundieran en la hierba.
En Valencia, la hierba es algo preciado que sufre y amarillea bajo el sol.
En Bonn, en aquel entonces, era una alfombra infinita, mullida y siempre fresca.
Sonreí por las deliciosas cosquillas que la hierba provocaba en mis dedos; amplié la sonrisa al encontrarme con la de mi padre: era obvio que disfrutaba viéndome feliz en su tierra.
Parada en medio de la hierba, miré al frente para deleitarme con un bosque civilizado en pleno corazón de la ciudad.
Miré hacia arriba buscando el azul del cielo, pero solo encontré las copas de los árboles que parecían querer tocarse entre sí.
A lo lejos, el sonido de la impresionante cascada cayendo sobre el lago Rheinaue creaba una música de fondo que me hacía sentir muy pequeña —que no pequeñaja—, pero extrañamente a salvo.
—¡Quiero cruzar al otro lado, papá! —grité con entusiasmo, señalando las plataformas que se dibujaban sobre el agua.
—Muy bien, vamos al otro lado —respondió mi padre, tomándome de la mano.
Caminamos sobre los pilares de piedra que parecían flotar en el lago. Para una niña de mi edad, aquello era una aventura épica. Cada paso era un desafío al equilibrio, mientras bajo mis pies el agua oscura del lago guardaba secretos que yo no alcanzaba a comprender.
Me detuve frente al «bosque de las cucharas», rodeando aquellas esculturas extrañas que se movían con el viento, y escuché entre fascinada y distraída las explicaciones de papá ante las lápidas romanas. En Bonn, la historia no estaba solo en los libros; estaba allí, plantada en medio del césped.
—Mamá, Valencia es muy bonita, pero la ciudad de papi también es muy bonita —dije, tratando de ser justa, aunque en mi pecho seguía latiendo el ritmo de las chicharras valencianas.
—Sí, cariño, Bonn es muy bonita —confirmó mamá, aunque su mirada estaba fija en algún punto del horizonte, más allá de los árboles.
—¿Te gustaría vivir aquí? —preguntó papá, y noté un peso distinto en su voz, una nota de esperanza que mi mente de siete años no supo descifrar.
—Bueno... papi —dudé—, la tarta de chocolate de la pastelería, que está en la calle de la casa de los abuelos, está deliciosa. ¡La mejor del mundo! Y ese pastel que tiene trocitos de manzana dentro también.
—El strudel —aclaró él, sonriendo con melancolía.
—Ese... ese... pero aquí no tienen horchata, ni fartons , ni están los iaios , ni los primos... —empecé a enumerar, y la lista empezó a hacerse un nudo en mi garganta—, ni Xena... ni Andrés —dije para mi propia sorpresa—, ni Ana, que es mi amiga para toda la vida.
Mientras yo corría unos pasos por delante inspeccionando cada rincón de aquel monte urbano, mis padres se quedaron atrás, envueltos en un silencio que solo rompía el roce de sus manos.
—Te escuché hablar con tu padre, Hans —dijo mamá de pronto.
—Rosa...
—No, espera. Entiendo perfectamente que tu padre quiera tenerte aquí. Que quiera que trabajes en el bufete con la familia. Es tu tierra, tu hogar...
Papá se detuvo y la obligó a mirarlo. En ese momento, Bonn se sintió más silenciosa que nunca.
—No te equivoques, Rosa. Mi casa no está en Bonn ni en Valencia. Mi casa es donde estéis vosotras. Sois mi familia y mi único hogar.
Me giré justo a tiempo para verlos besarse. Sonreí con picardía, ocultando mi cara tras un mechón de pelo.
—¿De qué te ríes, pequeñaja? —me pilló papá, retomando el paso.
—¡Jopetas! ¡Qué manía tenéis todos con llamarme pequeñaja! —protesté, arrugando la nariz.
—¿Quién más te llama así? —quiso saber él, curioso.
—Alejo... y Andrés.
Papá soltó una carcajada y miró a mamá con complicidad.
—Parece que escucho mucho el nombre de Andrés últimamente. A ver si voy a tener que hablar con él...
—¿Por qué, papá? —pregunté sin entender nada.
—Nada, cariño. Tonterías de mayores. ¿Sabes qué? Hay una heladería cerca de aquí donde hacen el mejor helado de menta y chocolate de toda Alemania. ¿Te apetece?
—¡Sí! —grité, olvidando por un momento las lápidas romanas, porque si había algo en lo que Andrés y yo estábamos de acuerdo, era en que el mundo siempre era mejor con una tarrina de helado verde entre las manos.