Menta y Chocolate El hechizo del reino #2
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El hechizo del reino #2

Instintivamente, bajé la mano para llamarlo, esperando ese ímpetu con el que Xena se lanzaba sobre mí, moviendo la cola hasta derribarlo todo.

Pero Kartoffel ni siquiera me miró. Pasó por mi lado como si yo fuera invisible, sin un roce, buscando su rincón impecable junto a la chimenea.

Xena olía a campo y a perro feliz; Kartoffel olía a limpio y a indiferencia.

Oma Anne servía la sopa. Cuando llegó mi turno, me miró las manos sobre el mantel.

— Hände waschen? —preguntó, arqueando una ceja.

—Dice que si te has lavado las manos, Eva —susurró mi madre, aunque yo la había entendido a la perfección.

Asentí con fuerza, aunque bajo la mesa mis dedos buscaban un consuelo que no llegaba. Karl y mi abuelo empezaron a hablar en alemán con voces profundas. Reconocí la palabra Büro . El bufete. Eran como dos jueces sentenciando mi destino entre cucharada y cucharada.

De nuevo, bajé la pierna bajo el mantel por puro instinto.

Una vez más, buscaba el calor peludo de Xena, su respiración tranquila que siempre me decía que todo estaba bien.

Pero mi sandalia solo golpeó la pata fría de la mesa.

El vacío me dolió más que el hambre. Miré a Lukas, que me observaba con sus ojos azules y serios, y comprendí que en esta casa hasta los animales sabían que la alegría era algo que debía guardarse bajo llave.

El clac-clac del reloj del pasillo parecía haber subido de volumen cuando mi madre me dio el beso de buenas noches y apagó la luz.

Me quedé a oscuras en aquella habitación que olía a madera vieja y a una limpieza que me resultaba ajena.

No porque en mi casa y en la de los iaios no oliese a limpio, pero aquella limpieza era casi hospitalaria.

Intenté moverme, pero las sábanas de lino estaban tan bien remetidas bajo el colchón, tan tirantes, que me sentía como una momia egipcia de las que salían en mis libros. No podía dar vueltas. No podía desordenar nada.

De repente, escuché un suave roce en la puerta. El corazón me dio un vuelco.

—¿Xena? —susurré con una esperanza absurda que me dolió en el pecho.

La puerta, que mi madre había dejado entornada, se abrió un centímetro más. No hubo ningún ladrido, ni el golpe alegre de una cola contra el marco. Solo una sombra gris que se deslizó por el suelo como si flotara. Era Kartoffel.

El gato se detuvo en medio de la habitación.

Sus ojos amarillos brillaron en la penumbra mientras me observaba con esa indiferencia aristocrática que ya le conocía.

Dio una vuelta sobre sí mismo y, con una elegancia que me pareció casi un insulto, saltó sobre la butaca de terciopelo que había en el rincón, lejos de mi cama.

Se enroscó allí, convirtiéndose en una bola de pelo plateado, silenciosa y perfecta.

Me quedé mirándolo. Kartoffel no quería mimos ni necesitaba mi compañía; simplemente ocupaba su lugar en el orden de la casa.

Volví a estirar las piernas bajo la sábana helada.

El hueco donde debería estar el cuerpo pesado y cálido de mi perra se sentía como un agujero negro.

En Valencia, el sueño llegaba con el sonido de las persianas de los vecinos y el calor de Xena apoyada en mis tobillos.

Aquí, el sueño no llegaba; solo el frío de Alemania y el tictac de un reloj que contaba los segundos que me faltaban para volver a ver el mar.

Cerré los ojos con fuerza y, por primera vez en aquel viaje, permití que una lágrima se escapara y mojara la almohada almidonada de Oma Anne. El vacío de Xena me dolía físicamente.

No sé cuánto tiempo pasó. Para mí una eternidad, tal vez fuera solo mi impresión. Fuera como fuese, me despertó un peso sutil sobre las piernas. Era una sensación distinta a la de Xena. Ella se dejaba caer como un saco de patatas y suspiraba profundamente. Esta carga era ligera, casi una sospecha.

Abrí los ojos con cuidado. La luz de la luna atravesaba las ventanas desnudas y bañaba la cama de un azul pálido.

Allí, enroscado justo encima de mis pies, estaba Kartoffel.

Su pelo gris brillaba como la plata y emitía un ronroneo tan bajo que parecía una vibración del propio colchón.

Había abandonado su rincón impecable para buscar el calor de mis sábanas.

Aquella primera noche no me lamió la cara ni me movió la cola con estruendo, pero se quedó allí, firme, como si hubiera decidido que mi soledad también necesitaba un guardián.

Estiré un poco el pie, con miedo a espantarlo, y sentí su lomo suave.

No era Xena, pero era vida. Y en mitad de aquel museo helado, el calor de Kartoffel fue lo único que me permitió, por fin, quedarme dormida con los hoyuelos asomados en mi cara.

Los días siguientes en Bonn fueron una coreografía de descubrimientos.

Poco a poco, el silencio de la señorial casa de los abuelos dejó de parecerme aterrador para volverse predecible, casi cómodo.

Aprendí que las perlas de Oma Anne no eran una armadura, sino su uniforme de trabajo, y que tras el humo de la pipa de Opa Hans se escondía un hombre que, aunque hablaba poco, siempre dejaba un chocolate sobre mi almohada antes de irse a trabajar.

Rápidos pasaron los días en Bonn; no habíamos parado ni un solo minuto.

Al igual que ocurría en Valencia, la casa de mis abuelos era el centro neurálgico.

La gran diferencia es que mis primos no acampaban allí ni había una loca Xena, sino un arisco gato que pasaba de todos, aunque he de reconocer que, tras quince días juntos y para sorpresa de mis abuelos, Kartoffel y yo entablamos amistad.

Si bien es cierto que echaba de menos a mis primos —especialmente a Alejo, a mi Ana y a Xena—, en aquellas dos semanas aprendí a querer un poquito más a la Oma, al Opa, a la tía Helga, al tío Stefan y a mis primos: Lukas y Hanna.

Sin embargo, fue en los últimos días cuando Bonn terminó de ganarse un hueco en mi corazón de siete años.