Menta y Chocolate El hechizo del reino
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El hechizo del reino

Eva

B onn nos recibió con ese abrazo húmedo que yo todavía no terminaba de entender.

No puedo decir que el cielo estuviera gris, pero no era el limpio cielo azul del Mediterráneo.

A su favor jugaba la desaparición del denso calor que se te adhiere al cuerpo y te hace sentir que la ropa es una segunda piel de la que no puedes escapar.

Tampoco olía a salitre, ni a la hierba recién cortada del jardín de mis abuelos y de los vecinos.

Era extraño no escuchar a las chicharras cantar; no necesitaban anunciar el calor.

Ni mucho menos era la primera vez que yo pisaba la casa de meine Oma und mein Opa .

Sin embargo, sí fue la primera vez que fui consciente del contraste entre la calle de los iaios y aquella acera de la Königstrasse , donde los árboles parecían estar alineados con tiralíneas, alzándose ante mí como un monumento al orden germánico.

Allí no había desconchones en las fachadas ni macetas desordenadas en los balcones.

Todo era simétrico, limpio y, juro que en aquel entonces, me resultaba tan perfecto que asustaba..

Incluso el suelo bajo mis sandalias era distinto.

El asfalto era liso y oscuro, sin las grietas por las que en Valencia asomaban las malas hierbas.

Las casas se alineaban unas junto a otras, separadas por jardines donde el césped tenía siempre la misma altura, como si alguien lo midiera con una regla cada mañana.

No había rastro de las buganvillas salvajes que trepaban por las paredes en mi calle de Valencia.

Allí, las plantas crecían en sus maceteros de barro gris, disciplinadas, sin atreverse a invadir la acera.

Las ventanas, grandes y desnudas de persianas, nos observaban con sus marcos blancos, mostrando interiores de lámparas de cristal y bibliotecas llenas de libros que parecían no haber sido abiertos nunca.

Aquellas ventanas me resultaban fascinantes y aterradoras a partes iguales.

En Valencia nos escondíamos del sol tras las persianas bajadas, creando un refugio de penumbra.

Allí, en cambio, las ventanas eran inmensas, desnudas y de un cristal tan transparente que parecía que pudieras atravesarlo con la mano.

En la acera de enfrente me llamó la atención un señor de pelo blanco que podaba un rosal con una precisión de cirujano.

Me recordó a Paco, el vecino de los iaios que siempre refunfuña cuando pasamos gritando montados en la bici, pero que también nos regala dulcísimas naranjas de su campo.

Instintivamente le sonreí; él se detuvo un segundo, nos miró y, en lugar de una sonrisa o un saludo en voz alta, se limitó a inclinar la cabeza de forma casi imperceptible antes de volver a su tarea.

No había curiosidad en su mirada, solo una especie de comprobación de que el orden de su calle sigue intacto a pesar de nuestra llegada.

Mi madre sonrió y me hizo un divertido gesto con la mirada al ver desaparecer los hoyuelos junto a mi boca.

Mi padre sacó las maletas del maletero con un estruendo que me pareció un pecado en mitad de aquel silencio sagrado.

Caminamos por el sendero de piedra hasta la puerta principal.

Era de una madera tan oscura y brillante que podía ver mi reflejo deformado en ella.

Antes de que papá pudiera tocar el timbre, la puerta se abrió de par en par.

— Da seid ihr ja! Endlich! —exclamó Oma Anne.

No llevaba un delantal con manchas de tomate como mi iaia Clotilde.

Mi abuela alemana vestía un conjunto de punto de color crema y un collar de perlas que parecía formar parte de su propio cuello.

Me dio dos besos que apenas rozaron mi piel; olían a una mezcla de laca de pelo, jabón de manos caro y algo dulce que venía de la cocina.

Se giró hacia mi padre y comenzó a hablar en un alemán rápido y fluido, una música de consonantes fuertes que yo apenas lograba descifrar. Luego me miró a mí y, haciendo un esfuerzo por recordar las palabras en castellano, sentenció con una voz que no admitía réplicas:

—Estás muy morena, Eva. Demasiado sol. Y ese vestido... —Negó levemente con la cabeza y volvió al alemán para decirle algo a mi padre, señalando mis rodillas sucias de haber jugado en el aeropuerto. Supe, por el tono, que no era un cumplido.

Miré a mi madre. Sus ojos me hablaron en silencio, en ese idioma que solo las madres controlan. Yo respiré y asentí con la mirada, dibujando mi eterna sonrisa.

Detrás de ella, como una torre, apareció Opa Hans. No sonreía con los dientes, sino con los ojos, unos ojos azules muy pequeños detrás de unas gafas de montura dorada. Me puso una mano en el hombro, una mano grande y pesada que olía a tabaco de pipa.

— Willkommen zu Hause, kleine Baumann —dijo con una profundidad que me hizo vibrar el pecho.

No necesité traducción para saber que me estaba dando la bienvenida a «casa», aunque aquella casa no se pareciera en nada a la mía.

Entramos y el recibidor nos envolvió con un aroma a manzana ácida y a cera de abejas.

El suelo de madera crujió bajo mis sandalias, avisando a toda la casa de que una niña extraña acababa de llegar.

Todo en aquel pasillo estaba en su sitio: los paraguas alineados en su soporte de cobre y un reloj de pared que marcaba los segundos con un «clac-clac» metálico.

Mis abuelos y mis padres seguían hablando en alemán por encima de mi cabeza, como si yo fuera un mueble más de la entrada.

Me sentí pequeña, no solo de tamaño, sino de importancia.

— Ab nach oben. In zehn Minuten essen wir —ordenó Oma Anne. Mi padre me tradujo con la mirada: teníamos que subir ya.

Subí las escaleras de la mano de mi madre. Al llegar a la habitación que me habían asignado, me senté en el borde de la cama. Las sábanas estaban tan estiradas que daba pena deshacerlas.

Fue en ese momento cuando mis pies hicieron el movimiento de siempre.

Por puro instinto, estiré las piernas buscando el contacto cálido y peludo de Xena, esperando que su hocico húmedo me ayudara a entender qué decían todos en esa lengua de sonidos duros.

Pero mis pies solo encontraron el vacío y la frialdad de la alfombra de lana.

Tras una reconfortante ducha en la que mi madre me frotó las rodillas como si quisiera borrarlas, me repeinó y, tras guardar la ropa de mi maleta en el armario —que me recordaba al de la historia que mi madre me había contado sobre unos niños que tenían un armario mágico—, quise que fuera el mío para entrar y aparecer en el alegre jardín de los iaios .

—Mamá —susurré por miedo a que mi voz traspasara las paredes del enorme y desangelado dormitorio—, me gusta más el sofá cama de los iaios .

—Eva, sabes que siempre te pasa lo mismo. Los abuelos parecen serios, pero sabes que te adoran y ahora verás a los primos. Seguro que cuando estemos de regreso en casa los echarás de menos.

—Lo dudo —me dejé caer de espaldas en la cama. Acto seguido me levanté como un resorte por miedo a estropearla—. Echo de menos a mis primos de verdad, a Alejo, a Xenita. Jopetis, es tan mona y tan cariñosa, echo de menos sus lametazos.

—Eva, no hace ni veinticuatro horas que los has visto —rio mi madre, colocándome bien los ganchitos en el pelo.

—Pues los echo de menos, y a Ana. ¡Incluso a Andrés!

—¿A Andrés?

—Sí, por lo menos a él le gusta el mismo helado que a mí. El verano pasado Lukas y Hanna me dijeron que era asqueroso, ¿te lo puedes creer?

—Cariño, no a todo el mundo le gusta esa cosa verde que tanto te gusta.

—¡Mamá! ¡No es una cosa verde! Bueno, sí es verde, pero dicho así parece ser algo asqueroso. Si lo vuelves a decir, te borro de mi lista de personas favoritas. —Ninguna de las dos pudimos disimular la sonrisa enmarcada por nuestros eternos hoyuelos mientras yo la recriminaba con el dedo.

—Lo retiro entonces —su cara era pura broma—. Ahora vamos, que nos esperan para cenar.

Bajamos al comedor y me quedé paralizada en el umbral.

La mesa estaba vestida con un mantel de lino blanco tan rígido que parecía de papel y, en el centro, una sopera de porcelana expulsaba un vapor que olía a verduras y a orden.

Aquella no se parecía a la mesa a la que yo estaba acostumbrada, al mantel de cuadritos verdes y blancos con el protector transparente para evitar los manchurrones provocados por mis primos y yo misma.

Ni estaba la paella en medio, ni se escuchaban los chistes malos del tío Vicente.

Allí estaba mi otra parte de la familia, a la que el tiempo y el roce me enseñaron a querer y echar de menos.

Junto a mi abuelo se sentaba el tío abuelo Karl, su hermano.

Se parecían tanto que, por un momento, me pareció estar viendo doble; ambos con sus trajes oscuros y ese aire de quien no ha roto un plato en setenta años.

Mis primos, Lukas y Hanna, estaban sentados frente a mí.

Lukas me miró con una curiosidad distante y Hanna, que era más pequeña, ni siquiera levantó la vista; estaba concentrada en mantener la espalda tan recta como un poste.

— Setz dich, Eva —dijo mi padre, señalándome una silla pesada de roble.

Me senté con cuidado. No había tele con Matías Prats ni Rosa María Mateo dando las noticias, ni gritos de cocina. Solo el tintineo de la plata contra la porcelana de Meissen. Fue entonces cuando lo vi; siendo sincera, ya no me acordaba de él.

Sobre el aparador de madera oscura, junto a un jarrón que parecía costar más que mi bicicleta, apareció una figura elegante y plateada.

Era un gato de pelo largo y gris, tan quieto que, de no haber conocido su existencia, habría pensado que era un adorno.

Era Kartoffel. Saltó al suelo sin hacer ruido, como si sus patas fueran de algodón, y se paseó por el comedor con la misma disciplina que los abuelos.