El verano que el destino hizo el primer nudo #3
—¿Por? —pregunté, abriendo el primer cajón del congelador. Uno a uno le fui pasando los cucuruchos de vainilla, chocolate y el de fresa para mi hermana.
—Sé que dijiste lo de los helados para que no me pidieran hablar en alemán.
—Entonces, ¿ya no vas a enfadarte conmigo si te llamo pequeñaja? —No sé el motivo, pero algo me obligó a soltar aquella tontería a sabiendas de que iba a enfadarse.
—Eres... —Se calló al sacar la tarrina de nuestro helado y mostrárselo sonriente.
—Firmemos una tregua. —Agité el helado, consiguiendo su sonrisa.
Eva
Nada más cruzar el umbral de casa de los abuelos, Xena nos recibió como si regresáramos de una expedición de años, en lugar de haber pasado unas horas a menos de una manzana. Sus saltos emocionados y ese rabo que azotaba el aire con fuerza eran el mejor comité de bienvenida para nosotros.
—Eh, prima, ya estás de vuelta. —Alejo apareció por el pasillo con esa energía suya que, como la mía y la de cualquier niño de su edad, nunca se agotaba—. ¿Te vas a quedar esta noche?
De reojo miré a mi madre. El pensamiento de marcharme a casa y romper la burbuja de aquel día me pesaba en el pecho.
—No lo sé... —contesté, encogiéndome de hombros—. ¿Mami, me puedo quedar esta noche en casa de los iaios ?
—Eva, cielo, mañana tengo que preparar las maletas, que nos vamos en un par de días —explicó mi madre, tratando de imponer la cordura frente a mi entusiasmo.
—Anda, mami, que no volveré hasta final de verano, porfaaaa... —imploré con mi voz más mimosa, poniendo esos ojitos suplicantes que sabía que desarmaban a mis padres.
Ellos se miraron con esa complicidad de quien ya sabe haber perdido la batalla antes de empezarla. Era imposible resistirse.
—Anda, tía, déjala —intercedió Alejo con rapidez—. No veré a la prima en tres semanas y hoy se pueden ver las estrellas. ¡Nos vamos a quedar todos en el jardín para ver las Perseidas!
—Vale, muy bien. Con vosotros dos no hay quien pueda. —Mi madre suspiró de manera exagerada para nuestra diversión.
—¡Ni quien los entienda! —rio mi padre, negando con la cabeza—. Tan pronto os estáis peleando como os defendéis mutuamente.
No esperamos a que cambiaran de opinión. Alejo y yo salimos corriendo hacia el jardín, seguidos por una Xena que iba en medio de ambos, dando saltos a un lado y al otro, contagiada por nuestras risas.
En cuanto cruzamos el porche, el olor a jazmín nos golpeó con toda su fuerza.
Era un aroma denso y dulce que parecía envolverlo todo, como si la noche se hubiera puesto su mejor perfume.
El jardín no estaba en silencio. El eterno chirriar de las chicharras, ese rítmico zumbido que vibra en el aire de las noches de agosto, nos amenizaba la velada, recordándonos que en Valencia la naturaleza nunca duerme.
Cierto que el cricric era apagado por la música de mis primos, que bailaban y cantaban junto a la piscina al ritmo de Modestia Aparte y Cosas de la edad ; de inmediato, Alejo y yo nos sumamos al baile.
La luna brillaba en todo su esplendor cuando nos tumbamos en el césped, que aún guardaba el frescor del riego de la tarde, formando un círculo perfecto: hombro contra hombro, mano con mano.
En el centro, Xena se dejó caer patas arriba, imitando a sus ocho primos humanos que teníamos la vista clavada en la infinidad de un espectacular cielo despejado.
De cuando en cuando, una de las célebres lágrimas de San Lorenzo rasgaba la oscuridad para regocijo de todos.
—¡Otra... otra! —gritaba emocionado Alejo, mientras una alborotada Xena aprovechaba para chuparnos la cara a traición.
Pero tras cada grito se instalaba un silencio reverencial, un trasiego de silenciosos deseos pedidos a las estrellas que subían hacia el cielo en cuanto estas se extinguían.
Eran peticiones mudas, secretas, que cada uno de nosotros lanzaba al vacío con la esperanza de que se cumplieran.
Cerré los ojos un segundo y deseé con todas mis fuerzas que aquel instante se quedara congelado, que el mundo no girara y que siempre fuera agosto en casa de los abuelos.
Incluso los iaios se habían incorporado al círculo por petición nuestra, compartiendo el asombro bajo la cúpula estrellada.
— Xiquets , creo que va siendo hora de irnos a dormir. Casi son las cuatro de la mañana —comentó la iaia Clotilde, levantándose finalmente y sacudiéndose la ropa.
—Un poquito más, iaia —suplicó Sara, la mayor.
— Cinc minuts més i ens anem al llit —concedió el iaio Vicente.
Pero no fueron cinco, ni diez... Una hora más tarde, los ocho primos desfilábamos con una imborrable sonrisa rumbo a nuestras camas. Alejo y yo nos acomodamos en el sofá cama del salón y, en cuanto oímos que los abuelos se retiraban, Alejo palmeó el colchón.
—Ssh, no hagas ruido y quédate aquí —le murmuró a Xena.
La juguetona perrita no se lo pensó. Saltó al medio de los dos, nos lamió la cara a ambos a modo de buenas noches y enseguida su cadenciosa respiración se unió a la nuestra.
Fuera, tras las persianas, el canto de las chicharras seguía sonando como una nana eléctrica, prometiéndonos que, al menos por unas horas más, el verano seguía siendo nuestro.