El verano que el destino hizo el primer nudo #2
—Hola, hoyuelos. —No lo había visto entrar. El saludo de Andrés no solo me había hecho saltar del susto, sino que mis mejillas enrojecieron por la vergüenza de que me hubiese pillado cantando. Él rio divertido al ver la mezcla de sorpresa y apuro en mi rostro—. ¿Te has asustado?
—Sí, tonto.
—Eh, no te enfades. Solo te he saludado, pequeñaja.
—¡Yo no soy ninguna pequeñaja! —respondí con los ojos achinados y los dientes apretados. Andrés, al igual que mis primos, sabía muy bien cómo sacarme de mis casillas.
—Evita, eres como mi hermana, una pequeñaja de siete años de las que cantan con un cepillo en la mano.
—¡No me llamo Evita, sino Eva! —Hecha una furia, repliqué, apuntándole con el dedo—.
Y no soy ninguna pequeñaja, en noviembre cumplo ocho años.
—Agitada, le enseñé la lengua a Andrés, que me miraba con cara de burla; él me devolvió el gesto.
Aquella era una constante en nuestras vidas—. Y no tengo ningún cepillo en las manos.
—Hoy no... —replicó, sin borrar aquella sonrisa que hacía que sus traviesos ojos color avellana se hicieran pequeños.
—¡Tonto!
—¡Pequeñaja!
—Tú, tú, tú...
—¿Comunicas, pequeñaja?
Quieta y mirándolo a los ojos, aguantando las ganas de reír por su rápido y sagaz comentario, nos sonreímos dándonos una tregua y demostrando que, a pesar de nuestras disputas verbales, no nos llevábamos mal.
—Tu madre quiere que saques las servilletas y los cubiertos que dejó sobre la mesa de la cocina.
—Oído, pequeñaja.
No me dio tiempo a responder; Ana había escuchado nuestra trifulca dialéctica y salía en mi rescate.
—Deja de meterte con mi amiga. —Ana me abrazó como si hiciera semanas que no nos veíamos, cuando no hacía ni veinticuatro horas de ello—.
Pasa del tete . Se cree muy mayor por tener diez años.
—Ana se colgó de mi brazo y nos dirigimos a su habitación—.
No sabes la suerte que tienes de no tener un hermano mayor; los chicos son insoportables.
—Bueno, no tengo hermanos, pero ya sabes que tengo a mi primo Alejo —resoplé, dejándome caer sobre la cama de mi amiga—.
A veces se pone tontísimo, pero lo quiero muchísimo —confié bajando el volumen, como si mi primo pudiera escucharme—.
Y no te olvides de que también tengo otros seis primos más.
¿Sabes que mi primo Víctor ya tiene quince años?
—¡¡¡Quince!!!
—Sí, quince, ya va al instituto. ¡¡¡Está en segundo de B.U.P.!!!
—¡Guau!, ¡qué mayor! A nosotras aún nos falta mucho para ir al insti, pero lo guay es que iremos juntas —respondió entrelazando los dedos con los míos antes de fundirnos en uno de nuestros eternos abrazos al tiempo que dábamos saltos por la habitación.
—¡Sí, juntas forever ! ¡Nada ni nadie nos separará jamás! —recalqué, sentándome en el borde de la cama y siendo imitada por mi amiga.
—¿Y si cuando seamos mayores nos enamoramos del mismo chico? —preguntó Ana para mi sorpresa.
—¿Y por qué nos vamos a enamorar del mismo chico?
Mis ojos se cruzaron con los de Andrés, que nos observaba apostado en la puerta de la habitación.
Durante unos segundos, que me parecieron extremadamente eternos, no pude apartar la mirada de la suya.
No entendía el motivo, pero me sentí perdida al tiempo que me encontré reflejada en sus ojos que, por un instante, me pareció verlos oscurecerse.
Ni Andrés ni yo fuimos conscientes de lo que acababa de pasar entre nosotros.
Ninguno de los dos notó cómo el hilo rojo del destino —ese que la leyenda oriental cuenta que nos une desde el nacimiento si estamos destinados a encontrarnos— se deslizó hasta realizar el primer nudo de su larguísimo recorrido.
—Pequeñajas, a comer. —Sin apartar la mirada de la mía, dio el recado que su madre le había dado y regresó al jardín.
Andrés
No recuerdo ni una sola comida en el jardín de casa de mis padres en la que no hubiera más palabras que comida, y mira que mi padre siempre ha sido muy exagerado preparando de comer.
Imposible quedarse con hambre si él está por medio.
Sin embargo, si bien nuestras papilas gustativas disfrutaron de lo lindo con cada cucharada de la enorme paella plantada en medio de la mesa de la terraza, nuestros oídos escucharon por no sé qué número de veces la anécdota de cómo mi padre le pidió salir a mi madre en plena clase de Educación Física, para vergüenza de ella al estar rodeada por media clase.
Luego les tocó el turno a Hans y Rosa, de cómo se habían conocido un verano en Cullera gracias a mi padre.
—Terror sentí pensando que el alemán me robaba a mi Rosa —con gestos exagerados clamó mi madre, provocando las risas de mi hermana y Eva, que se sonrieron y abrazaron como si quisieran dejar claro que su amistad era para siempre.
—Sabes que no te hubiese abandonado por el alemán.
—¡Lo que hay que oír! —se quejó un sonriente Hans antes de que Rosa lo besara para diversión de mi hermana y Eva.
—¿A ti no se te ocurrirá abandonarme por un alemán? —Mi corazón se paralizó al escuchar la pregunta de mi hermana. Sin saber muy bien el motivo, clavé mi mirada en los ambarinos ojos de Eva.
—No, claro que no. —Los hoyuelos asomaron junto a su sonrisa. Para mi sorpresa, sentí que mi corazón volvía a latir con tranquilidad al escuchar su respuesta. Mi sonrisa asomó a mis labios al oír su negativa, sonrisa que ella me devolvió.
—Hablando de Alemania, ¿cuándo os vais? —se interesó mi madre al tiempo que volvía a llenar las copas de vino.
—La próxima semana —respondió Hans alzando su copa una vez más.
—¿Os quedaréis lo que queda de agosto?
—Sí, a final de mes se casa mi hermano pequeño, así que ya nos quedamos para la boda.
—Eva —su sonrisa fue inmediata, casi parecía un acto reflejo, al escuchar su nombre de boca de mi padre.
Si algo caracteriza a Eva es su sonrisa, porque Eva no sonríe solo con los labios.
Todo su ser sonríe al mismo tiempo, mostrándose en los pequeños hoyuelos que asoman junto a sus labios, haciendo brillar sus ojos ambarinos.
No sé por qué motivo, pero aquella calurosa tarde de agosto, su sonrisa me pareció digna de ser pintada y expuesta junto a la Mona Lisa—.
Dime, ¿ya te entiendes con tus primos alemanes?
—Más o menos... —respondió con timidez.
—¿Más o menos? —replicó Rosa. Sonreí al percibir cierta ironía en sus palabras y al darme cuenta de que su sonrisa era como la de Eva.
Bueno, más bien al revés: la de Eva es como la de su madre.
Era curioso ver en su rostro los mismos hoyuelos, el mismo brillo en sus ojos—.
Hija mía, no seas modesta. ¿Cuánto tiempo llevas en clase de alemán?
¿Año y medio? —Eva tenía las mejillas sonrosadas.
Nuestras miradas se cruzaron y nos sonreímos con timidez—.
Tendríais que escucharla hablar. La destreza que tiene mi hija con los idiomas es alucinante.
Algo me dijo que Eva necesitaba ayuda. Si algo sabía, era que mi padre o mi madre poco tardarían en pedirle que dijera algo en alemán.
—Mamá —irrumpí al ver la clara intención de mi madre de pedir a Eva que hablara un poquito en alemán—, ¿podemos sacar el postre ya?
—Sí, carinyet . Ana, ayuda a tu hermano a traer los helados.
—Eva me sonrió; no le había pasado desapercibida mi jugada—.
Andrés, los helados están en el primer cajón, salvo la tarrina para Eva y para ti.
—Mi madre nos miró a ambos y los dos nos dedicamos una sonrisa cómplice—.
Dudo que haya muchos niños a los que les guste el helado de menta y chocolate.
—No te levantes, Ana —dijo Eva levantándose—, ya ayudo yo a Andrés.
En silencio cruzamos el salón y entramos en la cocina. Era un silencio extraño, un silencio a voces. Me atrevería a decir que las voces de nuestros pensamientos se escuchaban en aquel ensordecedor silencio.
—Así que te vas a Alemania —me atreví a romper el silencio.
—Sí, casi tres semanas.
—¿Ya sabes decir «Menta y Chocolate» en alemán?
—Sí, claro.
—¿Cómo se dice? —pregunté, apoyado contra la abierta puerta de la nevera.
— Minze und Schokolade .
—Mmm... Me gusta más cómo suena en español.
—Y a mí. Por cierto, gracias —en baja voz, con clara timidez, comentó, mirándose los dedos de los pies que asomaban en sus sandalias rojas.