Menta y Chocolate El verano que el destino hizo el primer nudo
4%

El verano que el destino hizo el primer nudo

Eva

R isas, carreras, gritos, ladridos y el eterno crepitar de las chicharras ponían banda sonora a la calurosa mañana de agosto.

El termómetro rozaba los cuarenta grados que la ponentà, soplando sin piedad, transformaba en un auténtico horno flotante.

Sin embargo, ni a mis siete primos ni a mí nos amedrentaba el calor.

Untados en una gruesa capa de crema Nivea que ocultaba nuestra piel bajo un manto blanco, nos enfrentábamos al verano valenciano.

A mis casi ocho años —tendría que llegar noviembre para cumplirlos—, había aprendido que el calor de la terreta no se explica: se padece.

Cuando lo vives, descubres que en Valencia el calor entra por el oído al ritmo de los insectos, huele a protector solar, cloro, césped recién cortado y a las brasas de los paelleros.

Todo aderezado con la sensación de tener un chicle pegado en la nuca y estar más pegajosa que el Blandiblub, aquel moco verde que tanto le gustaba a mi primo Alejo y tanto asco me daba a mí.

A aquellas alturas de mi vida, sabía que la mejor manera de enfrentar el calor era combatirlo en aquella piscina.

Por eso, junto a María, Pedro, Víctor, Vicente, Sara, David, Alejo y nuestra queridísima Xena, buscábamos refugio en nuestro pequeño paraíso particular: la piscina de los iaios .

Allí, el calor desaparecía o, mejor dicho, se convertía en un elemento más de las vacaciones.

—¡Bomba vaaaaa! —gritó Alejo antes de lanzarse al agua, salpicando a mis abuelos, que nos vigilaban de cerca para evitar que nos rompiéramos algo.

El verano anterior, sin ir más lejos, Vicente se había fracturado un brazo corriendo por el bordillo.

Segundos después, de uno en uno, nos lanzamos el resto de los primos bajo el mismo grito de guerra.

—Xena, ¡quita! —le supliqué entre risas cuando sentí su lengua húmeda en mi cara mientras intentaba nadar—. ¡Que me hundes!

—Xena, ven conmigo —se burló Alejo desde el borde, sacudiéndose el agua del pelo y colocándose las gafas de bucear a modo de diadema—. Eva es una pequeñaja y se va a ahogar.

—¡Eso es mentira! —grité con el orgullo herido por el comentario de mi primo—.

¡No soy ninguna pequeñaja! ¡En noviembre cumpliré ocho años y sé nadar mejor que tú!

—Sin dejar de acariciar a Xena, que no paraba de chuparme la cara, respondí enseñándole la lengua, pero sin borrar la sonrisa por las cosquillas que me hacía la perra.

Pocos meses llevaba Xena con nosotros, pero aquella vizsla de color dorado rojizo se había ganado el corazón de toda la familia.

—¡No sabes nadar mejor que yo! —Con los ojos en blanco, negó con la cabeza y me enseñó la lengua—. Aprendí antes que tú. Tú aún llevabas flotador y yo ya cruzaba la piscina.

—¡Claro, tienes diez años! —me quejé a voz en grito, pataleando para mantenerme a flote mientras el resto de mis primos seguía saliendo y entrando del agua.

—Pues eso. Yo soy mayor, tú eres una pequeñaja —sentenció antes de zambullirse.

—¡No soy una pequeñaja!

—¡Los dos sois unos pequeñajos! —Era Víctor, el mayor de mis primos. Hablaba con esa voz rota que da claras muestras de estar en plena adolescencia. Mi tío Vicente, su padre, se burlaba de él cada vez que se le escapaba un gallo.

—¡Yo no soy un pequeñajo!

—¡Alejo, Alejo, Alejo, el pequeñajo! —Para mi diversión, empezaron a corear los demás. Alejo, con cara de pocos amigos, salió del agua enfurruñado.

Enfadado y sin mirar por dónde iba, cruzó el jardín y tropezó con mi madre, que venía en mi busca.

—¿Qué ha pasado, Alejo?

—Nada, tía. Estos, que son unos tontos —respondió, arrebatando su toalla de la maraña de colores que había sobre las hamacas.

—Eva, sal del agua ya —ordenó mi madre para mi disgusto, acercándose a mis abuelos para dejarles un beso.

—Jopetis, mami, no quiero salir. El agua está deliciosa.

—Eva, estoy segura de que llevas toda la santa mañana ahí dentro. —La cara de mi madre era pura exageración interpretativa, pero tenía más razón que un santo—. Un día de estos, en vez de una hija humana, tendré una sirenita en casa.

—Mami, no inventes, eso solo pasa en las películas —reí, enseñando el hueco de los dientes que se me habían caído en la última semana.

—Venga, sirenita, ¿o es que no quieres venir a casa de Ana?

Mi madre no necesitaba gritar ni chantajearme. Sabía perfectamente que, nada más pronunciar el nombre de Ana, yo saldría disparada de la piscina.

—Xena, no. —Mi madre se alejó de la cachorrita, que había salido junto a mí y tenía toda la intención de sacudirse—. Eva, ducha rápida y te vistes ya. Los padres de Ana nos están esperando.

Quince minutos más tarde, mis padres y yo salíamos de casa de mis abuelos para ir a la de mi amiga del alma.

Ana, su hermano Andrés y sus padres, Andrés y Cristina, no habían llegado a la vida de mis padres por mí.

Aquella era una relación de años. El lazo de unión de nuestras familias ya tenía más de tres décadas, pues mi madre y Cristina eran amigas desde pequeñas; como nosotras, salvo que nosotras no solo íbamos al mismo colegio, sino que nuestras madres eran mucho más que amigas: eran esa familia que no te da la sangre, sino que la eliges tú.

—Mami, ¿vamos a comer en casa de Ana o solo vamos al vermut? —Mi padre se rio y me removió el pelo al escuchar mi pregunta.

—¿Qué sabes tú de vermut, pequeñaja?

—¡Papá!

Mis padres se rieron al ver cómo saltaba. Yo no los había visto, pero ellos se habían hecho un guiño de complicidad antes de que mi padre soltara aquel apelativo, que tantos quebraderos de cabeza me daría en los noventa y que tanto me gusta ahora.

—Contestando a tu pregunta —comenzó a decir mi madre con aquella amplia sonrisa que tanto la caracteriza—, comemos en casa de Cris y Andrés. Hoy es su aniversario de boda y nos han invitado.

—Claro, vosotros sois sus padrinos.

—Así es —replicó mi padre.

—Mami, ¿desde cuándo conoces a la tía Cris? —pregunté. Sabía de sobra que Ana y yo nos conocíamos desde antes de nacer; nuestras madres casi compartieron los nueve meses de gestación. Ana es solo dos semanas mayor que yo—. ¿Como Ana y yo, o nosotras ganamos?

—Bien sabes que vosotras os conocéis de antes. Ahora solo os falta mantener la amistad durante tantos años.

—Ana será mi mejor amiga forever . ¿Cuántos años tenías cuando conociste a Cris?

—Tres años, cuando entramos en el colegio.

—Al mismo cole que vamos Ana y yo. La señorita Herminia siempre nos habla de vosotras.

––La sonrisa de mi padre fue inmediata al ver mi cara mientras hablaba de la señorita Herminia, de la cual era imposible descifrar su edad porque yo creo que las paredes del colegio se construyeron a su alrededor.

—Sí, así es.

—¿Y a Andrés? Me refiero al padre de Ana, no a su hermano.

—En el instituto. Allí conocimos a Andrés, y poco tardaron en enamorarse.

—¿Y tú, papi?

—Yo menos —respondió sonriente, a sabiendas de que yo me sabía la respuesta, pues muchas eran las veces que había escuchado la historia de cómo se habían conocido—.

Al primero que yo conocí fue a Andrés. —Mi padre, como era su costumbre, me removió el pelo—.

Ya sabes que él fue quien me presentó a mamá.

—Mis padres se sonrieron y se dieron un suave beso mientras yo los miraba, regalándoles mi desdentada sonrisa.

—¿Y ya hablabas español?

—Algo. Tú hablas mejor alemán que yo español cuando conocí a tu madre. Casi siempre hablábamos en inglés.

—Fatal, papi. Me parece fatal.

—No te tenía a ti como maestra, ni esa facilidad que tenéis tu madre y tú para las lenguas, hija mía.

El olor a leña nos recibió nada más cruzar el portón de entrada del chalet de los padres de Ana, dando buena cuenta de que el padre de mi amiga ya andaba preparando la comida.

—Eh, familia, bienvenidos.

Extrañada de no ver a mi amiga ni a su hermano en la piscina, me solté de las manos de mis padres y corrí por la vereda hasta llegar junto a Andrés padre para darle un par de besos.

—¿Cómo estás, Eva? ¿Cómo va la niña que va a romper más de un corazón como siga así de guapa?

Sonreí, dejando ver los hoyuelos junto a mi boca.

—Hola, tío, ¿dónde está Ana?

—Ella y Andrés acaban de entrar. Hace un par de minutos estaban aún en la piscina. Estoy por creer que mis hijos son medio anfibios.

—Esta es igual —comentó mi madre antes de darle un par de besos y un abrazo de esos que acarician el alma a su amigo—. Felicidades por esos doce años.

—Mami, me voy con Ana —respondí, alejándome de ellos y topándome de bruces con Cristina, que salía con una bandeja de aperitivos.

—Hola, Eva.

—Hola, tía Cris. —Con la mejor de mis sonrisas le devolví el saludo—. Felicidades —dije dándole un par de besos.

—Gracias, carinyet.

Di marcha atrás al darme cuenta de que no había felicitado al padre de mi amiga.

—Felicidades, tío.

—Mmm... Yo ya pensaba que considerabas que Cris era la única a quien tenías que felicitar por haberse casado conmigo.

Durante unos segundos miré fijamente al padre de mi amiga a los ojos mientras mi cabeza procesaba el comentario. Mi sonrisa dio buena cuenta de haber comprendido sus palabras.

—Eres un poco malvado —Todos comenzaron a reír al ver mi cara de diversión y escuchar mi respuesta—, hay que felicitarlos a los dos.

—Eva —volvió a llamarme Cristina antes de que yo cruzara la puerta de cristal que daba al amplio salón—, dile a Andrés que traiga las servilletas y los cubiertos que dejé sobre la mesa de la cocina.

—Vale.

La voz de mi amiga me recibió nada más entrar en la casa. No necesitaba entrar en su habitación para verla cantando cepillo en mano frente al espejo.

— Touch me now, I close my eyes. And dream away. It must have been love. But it's over now. It must have been good. But I lost it somehow —tarareé en voz baja la canción que aquel verano sonaba en todas las emisoras de radio.