Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo L. Elara
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Capítulo L. Elara

CAPÍTULO L

Elara

Su nombre, el que solo ellos compartían, sabía a libertad.

Igual que cuando morí en el pasado, esperé despertar al otro lado confusa y dolorida. Un salto rápido y algo desorientador que me dejaría con más preguntas que respuestas. No alcanzaba a recordar con exactitud cómo había sido el proceso en las dos ocasiones anteriores.

En la primera vez era un bebé, así que me permití olvidarla sin remordimientos. En la segunda simplemente había amanecido en una neblina de dolor y poder.

Esta ocasión fue distinta. Tal vez fuera porque la muerte había sido real o porque la decisión de volver había sido mía. En cualquier caso, el viaje de vuelta desde An Dorchadas hasta el claro que había sido testigo de mi final fue uno que jamás olvidaría.

Una fuerza imperturbable y familiar tiraba de mi oscuridad como si de una cuerda al final de un pozo se tratase.

La agarré con todas mis fuerzas y me negué a soltarla.

Cada metro que avanzaba a través del tiempo y el cosmos se sentía como una agonía hilarante.

Un conjunto de pequeñas muertes y resurrecciones que se sucedían en un bucle continuo.

Un halo esmeralda de magia y Verdeluna acunó mi ascenso.

La magia vibraba descontrolada en una supernova de poder e intención.

Podía sentirla bailando sobre los poros de mi piel.

Si liberarla y perderme en el Vacío se había sentido como un abandono salvador, aceptarla de nuevo en mi cuerpo fue como caer en un volcán en erupción.

Sentí cada partícula de poder, cada átomo de Verdeluna y cada gota de sangre penetrando mi organismo.

Se reunían con mi alma para fundirse de nuevo en una sola cosa.

Acepté el dolor con los brazos abiertos y me abandoné a la sensación.

Había ignorado mi esencia durante demasiado tiempo. Una esencia feroz, bañada en la sangre de los dioses y compuesta por claroscuros. La oscuridad gloriosa volvió a mí brizna a briza. Acepté la materia oscura y sus partículas extrañas. Me empapé de su caos, de la ausencia de color y de su frescura.

Durante mi ascenso todas las facetas de mi corazón, aquellas que él había ayudado a recomponer, volvieron a mí como recuerdos olvidados.

Una huérfana escondida entre los escombros.

Una niña perdida abrazada a las piernecillas de un trasgo.

Una ladrona solitaria al comienzo de su historia.

Una descendiente de dioses dispuesta a enfrentar su destino.

Como piezas interpuestas de un castillo de naipes cada parte de aquello que conformaba un alma fue poniéndose en su sitio. Las partes caían por su propio peso. Algunas eran ligeras, otras pesaban como mil demonios.

Pero todas eran mías.

Y, durante todo el proceso, su presencia de sombras me esperaba al otro lado. Cuando el dolor se hizo insoportable, me obligué a recordar mi nombre en sus labios, su aroma en mi cuerpo y su sabor en mi boca. Aquellos detalles que eran tan suyos pero que también me pertenecían.

Después de un tiempo que se hizo eterno y, aun así, insuficiente, los latidos de su corazón comenzaron a llamarme. Inspiré con fuerza y una sonrisa rompió el silencio. Noté las notas cálidas del Remolino y el aroma especiado de mi Kindred.

Al despertar, solo estaban él y la canción de nuestras sombras.

Abrí los ojos despacio, pero la oscuridad perduró. Los brazos de Callum me envolvían con infinito cuidado. Tenía su cabeza enterrada en mi cuello y sus labios repetían el mismo susurro desconsolado y empapado en lágrimas.

—Kindred. Somos Kindred, Elara.

Pestañeé varias veces. Una bóveda de sombras acotaba los rezos devastados de Callum y los guardaba solo para nosotros.

A pesar del cansancio y del agotamiento, su magia palpitaba con fuerza a nuestro alrededor.

Sentí que estaba volcando su oscuridad en el firmamento en un intento a la desesperada de alcanzar el Vacío conmigo.

Con dedos firmes y cubiertos en su magia conseguí posar una mano en su mejilla. El contacto con su pelo suave y el inicio de una barba cosquilleó mi piel tierna. Callum se quedó quieto, su oración sin fin murió en sus labios.

—Estoy aquí —susurré contra su cuello.

Sus manos temblorosas acunaron mi rostro mientras se separaba tan solo unos centímetros. Lo justo para que sus ojos negros, que ardían con la intensidad de mil abismos, encontraran los míos en el breve espacio que nos separaba.

Sonreí, dejando escapar una risa con alma de sollozo.

—¿Tiniebla? —preguntó él, apenas sin respirar.

Con manos todavía más temblorosas elevó mi rostro hacia el suyo. Apoyó su frente en la mía mientras sus ojos desconcertados estudiaban hasta el último centímetro de mi cara.

—Te conviene saber que he aprendido lo que significa ese apodo. No tiene usted vergüenza ninguna, Guardián de las Sombras —respondí con una sonrisa que era solo y siempre para él.

Callum abrió mucho los ojos y dejó escapar una carcajada entrecortada que se perdió en el inicio de un beso. Sus labios se fundieron con los míos eliminando el suspiro que nos separaba. Enredé mis manos en su pelo y juré que jamás me soltaría.

El beso sabía a sal, a noche y a nosotros. Fue sincero y profundo ya que había nacido entre pesadillas confesadas y noches desafiando a la Verdeluna. Sus labios prometían una eternidad sobre mi piel mientras sus manos me agarraban con tanta fuerza que supe que me marcarían para siempre.

Cada movimiento de su boca sobre la mía me recordó lo que era ser suya.

Lo que significa que él fuera mío.

— Nuestros, Tiniebla. Siempre nuestros —suspiró en mi mente para no despegarse de mi boca.

Callum fue el primero en romper nuestro beso. Me abrazó con fuerza al tiempo que sus labios recorrían mi rostro, mi cuello y mis manos, besó hasta el último centímetro de mi cuerpo sin parar de recordarme lo hermosa que era, lo valiente que había sido, lo mucho que me quería.

—No vuelvas a dejarme solo —gimió contra mi cuello.

A pesar de que mis heridas se habían curado por completo, sus caricias y sus palabras se posaron sobre mí como un bálsamo sanador.

—Nunca —le prometí.

—Estoy tan orgulloso de ti. Tan jodidamente orgulloso, Tiniebla. Eres un puñetero milagro. No sé qué hecho para merecerte.

Acaricié sus mejillas empapadas sin dejar de mirar sus ojos. Aquellos ojos negros y brillantes que habían sido mi salvación.

—¿Cómo es posible? —preguntó Callum, agarrándome aún más fuerte—. ¿Cómo estás aquí?

Pestañeó varias veces mientras sus manos repasaban el contorno de mi cuerpo por millonésima vez en busca de heridas o pruebas que indicaran que estaba soñando. Envolví su mente con mi presencia y acaricié las esquirlas de su alma. Sus vértices, como los míos cortaban y liberaban.

Callum volvió a dejar caer su frente contra mi cuello y suspiró.

—Te vi morir, Elara. Te sostuve entre mis brazos mientras te me escapabas —confesó con la voz rota—. Te vi morir y no pude hacer nada. No podía encontrarte, no lograba traerte de vuelta.

Se me rompió el corazón pensando en el dolor que había pasado.

—Pero lo hiciste, Callum. —Agarré su rostro entre mis manos y le obligué a mirarme—. Si estoy aquí es solo gracias a ti. Tú me diste la oportunidad de poder elegir. De no haber sido por tu trato con la Dama, jamás habría podido regresar. Me has traído de vuelta, Kindred.

Callum me observaba confuso y maravillado.

—Mi trato te trajo de vuelta en la tercera prueba.

Negué con una sonrisa.

—Nunca morí en aquella isla. Solo lo hizo mi parte Hadaës. Una parte que nunca había sido del todo real. La Dama de la Noche la puso sobre mí para ocultar mi verdadera naturaleza mestiza y que Absalon no me encontrara.

Callum abrió muchos los ojos.

—Odio a ese maldito espíritu —resopló menando la cabeza.

Ahogué otra risa emocionada. No sería la última persona en decir aquello.

—Siento decirte que creo que nosotros le caemos bien, por imposible que parezca. —Me miró sin entender ni una palabra—. Te lo explicaré todo, te lo prometo.

—Estás aquí, Elara. Eso es lo único que me importa.

En esa ocasión nuestros labios se encontraron en un beso dulce y suave. Un beso pausado que, por primera vez, ardía en nuestras bocas como un fuego constante que sabía a futuro. Callum pintó una vida juntos en aquel beso. Con cada una de sus caricias fui capaz de ver un feliz futuro a su lado.

—Dilo otra vez, por favor —supliqué contra sus labios—. Necesito escucharlo.

La sonrisa de Callum fue devastadora, sabía exactamente a qué me refería. Vi en su mirada un anhelo imposiblemente tierno pellizcado de malas intenciones.

— Kindred —ronroneó en mi mente a la vez que me consumía en otro beso abrasador—. Somos Kindred, Elara. No sabes cuánto tiempo he deseado poder gritarlo sin miedo.

Gemí en su boca mientras Callum repetía nuestro vínculo una y otra vez. Lo gritó en mi mente. Se lo gritó a la Verdeluna. Lo gritó tan fuerte y lleno de vida que sentí que lo oirían hasta los dioses olvidados. Saboreé la realidad de lo que éramos con cada sílaba repetida.

—Y algún día, cuando tú lo decidas, puedo hacer algo más que decirlo, Tiniebla —murmuró junto a mi boca.

—¡Sí! —suspiré sin dudarlo ni un segundo.

Con el pecho de Callum pegado al mío, sentí el momento exacto en el que su corazón comenzaba a latir enloquecido.

—No tenemos prisa, Elara. Puedes pensarlo.

No tenemos que cerrar ahora el vínculo. O nunca, si así lo prefieres.

Tú eliges. Por lo que a nosotros respecta, siempre elegirás tú.

—Callum me sonrió decidido—. Aceptaré tenerte de cualquier manera que me permitas.

Te he amado durante cien años sin el vínculo, Tiniebla.

Te amaré en mil vidas más sin importar lo que decidas.

Besé sus labios y sus mejillas. Por primera vez en mi vida me atreví a ser feliz sin consecuencias. Mi oscuridad llevaba su aroma y mi amor solo conocía su nombre. Quererlo era una necesidad y estaba cansada de esperar.

—No quiero esperar. Yo siempre te escogeré a ti, Callum. En esta vida y en todas las que vengan. Tú y yo somos para siempre.