Capítulo XLXIX. Elara #2
—Lo creas o no, me salté bastantes normas y equilibrios muy delicados haciendo todo lo que hice.
Mantenerte dormida en un letargo mágico fue la gota que colmó el vaso.
Como te he dicho, el destino puede hacerse flexible, pero también puede volverse en tu contra.
Y créeme cuando te digo que Destino adora enfadarse conmigo —suspiró enojada—.
Cuando me di cuenta de que no estabas segura en Nébula mandé a Artio a cuidar de ti.
Sonreí, una sonrisa triste y repleta de recuerdos. La idea de que Artio fuera un regalo de los espíritus para cuidar de mí era hermosa.
—¿El torneo, entonces? ¿Y mi participación?
—Aunque te parezca imposible, hemos tenido otras candidatas a lo largo de estos milenios.
Otras Changeling descendientes de Absalon que pensábamos que serían las elegidas.
Con el tiempo me di cuenta de que necesitaba una manera de prepararlas, de comprobar su valía.
De ahí el torneo. No pretendo camuflar lo injusto de vuestra existencia.
Muchas de tus antepasadas sacrificaron su vida a sabiendas de que tú llegarías.
Levanté una ceja indignada. ¡Espíritus!
—¿La mejor forma de ver si era la elegida era lanzarme a un torneo sin apenas preparación y sin la totalidad de mis poderes desarrollados?
La Dama se encogió de hombros, pero su voz delató lo cansada que estaba. Me percaté entonces de que el suyo también era un destino cruel y controlado por las acciones de otros. Había hecho lo que podía con tal de proteger a Lyssandria en una tarea tan imposible como injusta.
—Necesitaba una manera de retrasar la vuelta de Absalon hasta que estuvieras lista para enfrentarte a él.
La maldición fue la única forma de frenar el avance de los Guardianes que le ayudaban.
Y el torneo era el único medio para que te encontraras a ti misma y a los tuyos.
Para que liberaras tu verdadera esencia.
Como te digo, mi ayuda ha sobrepasado muchos límites.
Había cosas que debías hacer sola. Además, tus poderes siempre te han protegido, Elara.
Y, cuando no han podido hacerlo, lo han hecho los que tu Kindred dejó contigo la noche que os conocisteis.
Llevaba un tiempo sospechando aquello, pero la confirmación de la Dama consiguió dejarme sin palabras durante unos segundos.
—¿Mi oscuridad? —me atreví a preguntar.
Aquella oscuridad que siempre me acompañaba latió despacio en mi pecho. Me calentó por dentro, recordándome que no estaba sola.
—Como miembro de la Corte de las Sombras y Changeling, tienes sombras propias. Pero, sin saberlo, él dejó una parte de su poder contigo aquella noche. Una parte que te ha protegido siempre que lo demás ha fallado.
Cerré los ojos mientras luchaba por entender todas las emociones que me embargaron. La noche del orfanato, tantas otras en las calles de Nébula..., la oscuridad de Callum me había protegido siempre. Aún seguía haciéndolo. Lo supe cuando su sombra se enroscó con fuerza en mi muñeca.
—Estoy orgullosa de ti, Elara. Sé que tu madre también lo estaría.
Recordé sus palabras de aliento en mis últimos momentos.
—¿Fue real? ¿La voz en mi cabeza?
La Dama de la Noche no me preguntó a quién me refería. No hizo falta.
—No veo por qué no —respondió con una sonrisa sincera.
Hunt se acercó a nosotras con las manos detrás de la espalda.
—Se acaba el tiempo —dijo con la mirada volviendo a la montaña.
Seguí sus ojos hasta un pequeño camino que atravesaba la base de la cordillera y se perdía entre los árboles.
—¿A dónde lleva el camino?
—A Elphane.
El nombre me resultaba familiar. Tanto como los ecos de un sueño o los restos de una canción olvidada.
—¿Está ella allí?
Hunt se giró de nuevo para responderme.
—Tu madre realizó el viaje en su momento. Después pasó al siguiente plano de existencia. Como todos los que encuentran aquello que andan buscando en la montaña.
—¿Es feliz? ¿Está a salvo?
Hunt tan solo me sonrió.
—No me vas a responder. —Comprendí mientras mis ojos repasaban la cordillera como si fueran a encontrar a mi madre entre la niebla y el amanecer.
—Hay algunas cosas que es mejor no saber hasta que llega el momento, sobrina. Pero eso no las hace malas. Tampoco peligrosas.
—¿Qué hay más allá? ¿A dónde lleva la montaña? —volví a intentar averiguar.
Hunt dejó escapar una risa sincera antes de decidirse a caminar hasta los pies del banco.
—Me temo que esa es otra pregunta que solo se responde transitando el camino, Elara. La pregunta correcta sería: ¿estás preparada para averiguarlo?
Los miré a ambos, confusa.
—Supongo que no me queda otro remedio —respondí con una sonrisa triste.
La Dama miró al dios de la Muerte con la barbilla elevada. Una conversación sin palabras se estrechó entre ellos hasta que Hunt rompió el silencio.
—¿Y si lo hubiera?
Las preguntas se amontonaban en mis labios, incapaces de salir.
La Dama se rio con ganas.
—Te hemos pedido muchas cosas durante estos años.
Me gustaría decirte que no era nuestra intención.
Pero, como has podido comprobar, era la única manera de salvar Lyssandria.
Ha habido muchas descendientes de Absalon antes que tú y todas fracasaron.
Todas excepto tú, Elara. No te lo hemos puesto fácil.
Tu vida ha estado llena de dolor, prueba y sacrificio.
Pero también de amor. Un amor tan grande y sincero que no dudó en sacrificarse para asegurarse de que, llegado el momento, pudieras volver a su lado. O al menos, que pudieras escoger.
—¿Callum?
La Dama de la Noche asintió dos veces, solemne.
—Pero su trato ya me salvó, al terminar la tercera prueba —respondí, confusa.
—No moriste en la tercera prueba, Elara. Aquí debo reconocer que mi naturaleza de espíritu se entremetió, una vez más. Como ya he explicado, Destino no acostumbra a cambiar de parecer, pero se le pueden dar algunos empujoncitos discretos para que sea más flexible.
Hunt emitió un ronquido incrédulo.
—Supongo que lo de discreto lo dices en broma.
—Tú tienes tus profecías y yo mis tratos —respondió la Dama sin inmutarse—.
Como os dije en su momento a ambos, el día de la tercera prueba lo único que murió fue el encantamiento que puse en tu cuerpo para protegerte hace cien años.
Tu cuerpo de Hadaës debía morir para que tu naturaleza Changeling volviera a ti.
Pero tú no moriste en ningún momento, hasta ahora.
Por lo tanto, el trato que el Guardián de las Sombras hizo para salvarte sigue en pie.
Me quedé congelada en el tiempo, perdida en el recuerdo de una frase a la que no le había dado mayor importancia en su momento.
— Tu cuerpo de Hadaës no sobrevivirá a la pérdida de ese poder . —Esas habían sido sus palabras.
—Como le prometí, si él y las personas de su alrededor no decían de palabra vuestra naturaleza Kindred yo te daría la opción de volver una vez que murieras.
Porque me temo, Elara, que morir era algo de lo que no podía protegerte.
El sacrificio para matar a Absalon debía ocurrir.
No hay sacrificio, si no hay consecuencias.
En otras palabras, tu muerte era inevitable.