Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XLXIX. Elara
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Capítulo XLXIX. Elara

CAPÍTULO XLXIX

Elara

Él decidió seguirla allí a donde fuera. Si aquello significaba morir, entonces recibiría al Vacío con una sonrisa.

En el infierno, el amanecer todavía no había terminado. Lo primero que vi al abrir los ojos fue un ocaso anaranjado y violeta. Lo siguiente fue un rostro familiar que me observaba con una sonrisa precavida.

—Bienvenida de vuelta, sobrina.

Hunt inclinó la cabeza en una leve reverencia que me hizo sentir extraña.

De cerca pude ver como pequeñas marcas pintaban la piel de sus antebrazos y su cuello.

Señuelos de una vida más que violenta. Sus cicatrices me recordaron lo que había estado a punto de ocurrir. Lo que mi muerte había frenado.

—Como le dije a tu Kindred, el Destino no se puede cambiar. Pero he de confesar que esta es una de las pocas ocasiones en las que me hubiera gustado estar equivocado.

Hunt extendió una mano en mi dirección, que me incitó a mirar las mías.

Me sorprendió ver mi cuerpo limpio y libre de heridas.

Las sombras de mi Kindred todavía acariciaban mi piel.

Suspiré aliviada. Al menos en la muerte esa parte de Callum todavía me acompañaría.

Me dolía el pecho al saber que él no estaría a mi lado para aquella nueva travesía. Me dolía tanto que me costaba respirar.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Hunt mientras me guiaba a través de unas hierbas altas salpicadas de lavanda y margaritas silvestres.

A lo lejos, la cordillera que había visto en mi primera visita al infierno vibraba contra el amanecer.

—Me siento extraña.

Hunt sonrió.

—Extraña, ¿cómo?

—No siento dolor. Pero es como... —Me palpé el pecho buscando palabras para una ausencia que no podía describir—. Mis poderes se sienten extraños y él... Él no está del todo conmigo. No se ha ido, pero es como si nos separaran mil mundos. Me siento a medias. Incompleta.

Unos pasos amortiguados crujieron a nuestra espalda. Hunt levantó la cabeza con una sonrisa ladeada.

—Por favor, trata de no matar a nadie —me pidió con una risa rasgada.

—No todos los días muere un descendiente de un dios, menos aún dos. Es normal que tus poderes se sientan extraños, Elara. La magia busca el equilibrio.

Reconocería aquella voz en cualquier lugar.

Le di la espalda al dios de la Muerte antes de encarar a la Dama de la Noche. Se me encogió el corazón al observar su sonrisa triste. Una sonrisa que pintaba las facciones de mi madre bajo la luz violeta del cielo.

—Tú.

La Dama levantó ambas manos como si yo fuera una bestia a la que había que aplacar.

—Tu enfado está justificado, Susurro de la Noche. Aun así, te pido unos minutos. Hay mucho de lo que hablar y el tiempo, incluso aquí, no es infinito. ¿No es así Hunt?

El dios avanzó hasta situarse a mi lado mientras asentía despacio.

—Os daré todo el tiempo que pueda.

La Dama de la Noche se dirigió hasta un pequeño banco de metal forjado que descansaba debajo de un frondoso y solitario cedro.

—Siéntate conmigo, Elara.

No lo hice. Solo podía mirar su cara. Una cara que era más mía que suya. Una cara que me había susurrado en mil pesadillas y con la que se empeñaba en torturarme.

—¿Por qué su cara?

La Dama inspiró profundamente y, para mi sorpresa, desvió la mirada con una sonrisa amarga.

—Los mortales siempre han asumido que mi apariencia es una especie de burla cruel.

Una manera de divertirme. Es una existencia extraña, la mía.

Sobre todo, cuando nadie me ve, no realmente.

Todos asumen que lo que ven cuando me miran es mi decisión.

—Sus ojos se clavaron en los míos en un desafío desolador—.

No controlo lo que veis, Elara. Mis apariencias no son fuente de saña, más bien de esperanza.

Al menos, para aquellos que se atreven a buscarla.

—Entonces, ayúdame a encontrarla —supliqué con un sollozo que no sabía que estaba guardando solo para ella.

La Dama de la Noche abrió mucho los ojos. La vi tragar saliva y una parte de mí se compadeció de su existencia. Creada para proteger y sola para siempre. ¿Qué vería ella en el espejo?

Me mantuve de pie y en silencio, supuse que incluso los espíritus necesitaban tiempo para encontrar el inicio de una historia dolorosa y el valor para contarla.

—Destino a veces tiende a juntar cosas que deberían estar separadas.

A la gente le gusta decir que somos los espíritus los que jugamos con las vidas ajenas.

Lo que muchos no entienden es que ni Destino ni los espíritus controlamos las reglas del juego, tampoco el tablero.

Somos solo un as en la manga. Una pieza azarosa e inesperada.

Pero una pieza, a fin de cuentas. —Cerró los ojos con un suspiro—.

Destino sigue su curso y, aunque no puedo cambiarlo, sí que puedo intentar ser creativa.

Hunt escuchaba nuestra conversación de espaldas a nosotras, con su mirada puesta en la cordillera.

—La noche que llegaste al mundo estuvo repleta de sucesos.

Como supongo que has podido deducir. Esa noche tu padre descubrió el secreto que tu madre llevaba escondiendo desde su propio nacimiento.

Así como su madre antes que ella. Sola en el mundo, Lunaris había aceptado su destino, hasta que llegaste tú.

Un parto es una situación delicada y, por mucho que ella hubiera desarrollado maneras de ocultar lo que era, no hubo forma de esconder la verdad detrás de vuestra sangre.

No cuando vuestra magia pretendía protegeros.

Tu padre, que llevaba décadas bajo la influencia de Absalon, supo al instante lo que erais.

Con su Guardián ausente por el torneo, actuó por impulso.

Con un nudo en la garganta comprendí que solo había una persona en el mundo que podría haberle contado aquella parte de la historia. Mi madre.

—Orión intentó usarte como chantaje para que tu madre obedeciera a sus exigencias.

Pretendían usar vuestra sangre como medio para que Absalon regresara.

Fuisteis un regalo inesperado caído del cielo.

Algo que los seguidores de Absalon llevaban milenios buscando.

Lunaris se resistió y, en el altercado, ambas terminasteis dañadas.

Unas heridas mortales hechas con un arma terrible que no debería haber estado en su poder.

Aun así, tu madre consiguió huir, pero el daño ya estaba hecho.

Lyssandria sintió tu llegada y el juego comenzó.

La magia necesita equilibrio y esa noche ese equilibrio cambió.

Me di cuenta de que no hablaba únicamente de mi nacimiento.

—Esa fue la noche en la que lanzaste tu maldición en el torneo. La noche en la que limitaste el poder de los Guardianes.

Ella emitió un ruido afirmativo que se perdió entre el murmullo de la montaña y el vaivén de las ramas del cedro.

—Un mal necesario por varios motivos. Pero vayamos por orden, Susurro de la Noche.

Cuando tu Kindred os encontró en el bosque sus poderes estaban descontrolados.

El Guardián de las Sombras fue bendecido por los espíritus con un poder superior al de los demás.

Supongo que el necesario para ser digno de estar a tu lado, como tu igual —añadió con una inclinación del mentón—.

Su magia le estaba diciendo que algo iba mal.

Cuando te vio por primera vez, su poder supo lo que erais antes de tiempo.

Normalmente ambos individuos han de ser adultos para que un vínculo Kindred se haga visible.

Pero la magia sintió que estabas en peligro y su poder actuó en consecuencia.

El recuerdo del temblor de las manos de Callum cuando me había contado aquella parte de la historia me recorrió el cuerpo como un escalofrío.

—El Guardián está equivocado —dijo ella leyendo mis pensamientos—. Aquella noche su poder no os mató. Su poder os trajo hasta mí, Elara. Os puso a salvo.

¿Era posible dejar de respirar en el infierno?

¿O que un corazón moribundo se saltara un latido?

—Me temo que no había nada que hacer por tu madre.

Ella lo sabía. Como también supo al verme que tú eras de quién hablaba la profecía que tan celosamente su linaje había protegido.

Profecía que ella misma te habría transmitido de haber tenido la oportunidad, llegado el momento.

Me hizo prometer que te protegería hasta que estuvieras lista.

Algo brilló en las esquinas de los ojos de la Dama.

Algo demasiado humano para ser real.

—¿Qué le pediste a cambio?

—Algunas promesas no necesitan precio —respondió casi salvaje—.

Me ofrecí a curarte, para que pudiera sostenerte en sus brazos mientras dejaba Lyssandria atrás.

Pero tu madre pidió hacerlo ella misma. Fue su manera de dejar una parte suya contigo para siempre.

Murió sanando tu herida y con sus brazos protegiéndote.

Jamás he visto nada tan devastadoramente hermoso.

Al menos hasta que te vi a ti dispuesta a morir por los tuyos.

La admiración en sus palabras era tan real que casi pude sentirla.

—Yo cumplí mi promesa. Durante más de setenta años te mantuve escondida.

Dormida en un hechizo que camuflaba tu cuerpo bajo el disfraz de una Hadaës hasta que llegara el momento.

Cuando estuviste lista, te desperté y te dejé en el sitio más alejado del peligro que pude encontrar para que pudieras crecer lejos de las garras de Absalon y los suyos.

Mi cabeza procesaba todos los detalles que salían de sus labios. O, al menos, lo intentaba.

—¿Por qué no contigo? —Dolía reconocer lo mucho que necesitaba saberlo.

Casi sin darme cuenta había ido avanzando hasta sentarme a su lado. La Dama de la Noche recogió un mechón de pelo detrás de mi oreja. El gesto fue tan natural, tan maternal, que mi alma se rompió un poquito ante la perspectiva de lo que podría haber sido.