Capítulo XLVIII. Callum
CAPÍTULO XLVIII
Callum
Cuando murió por segunda vez, no tuvo miedo. Solo la certeza de que su alma estaba a salvo. A salvo con él.
Cinco meses antes
El poder estalló en mi pecho. Mi oscuridad lo consumiría todo, si con eso conseguía que ella volviera a respirar. Me abrí paso hasta la mente de la Dama de la Noche, cuyo poder me retenía atado contra el suelo. Un poder del color de la plata que ninguna de mis acometidas conseguía hacer temblar.
— Sálvala —exigí en su cabeza.
La Dama de la Noche sonrió levantando ligeramente la comisura izquierda. Elara se desangraba a sus pies y ella sonreía como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
— No estás en posición de pedir favores, Guardián de las Sombras —respondió en mi mente ante la atenta mirada del resto de los Guardianes, que observaban nuestro intercambio silencioso con recelo—.
He pasado por alto suficientes infracciones durante el torneo.
Pero ambos sabemos la verdad de lo que esta criatura es para ti.
—Si sabes lo que somos, ¿por qué eres tan cruel?
Me arrepentí de la pregunta en cuanto terminé de decirla. Los espíritus no entendían de crueldad. Mucho menos la Dama de la Noche. El destino y sus desgracias les parecían graciosos.
— Al contrario de lo que puedas pensar, el sufrimiento de tu Kindred no me reporta felicidad. Sin embargo, la muerte de la Hadaës es necesaria para el destino de Lyssandria.
Volví a retorcerme bajo sus ataduras.
—Me importa una mierda el destino del mundo. Solo me importa ella. Sálvala. Te daré cualquier cosa que quieras a cambio, si evitas que Elara muera. Te lo suplico, no dejes que muera. Yo mismo tomaré su lugar.
La sonrisa de la Dama no hacía más que aumentar. Sin embargo, yo continúe suplicando por la vida de Elara. Contando sus latidos con dedos desesperados y muriendo cada vez que sus respiraciones se hacían más débiles.
—¡Ah! La crueldad del amor que nos empuja a tomar decisiones imprudentes. Ese es un ofrecimiento muy descuidado, Guardián. Podría pedirte cualquier cosa y tú dirías que sí con tal de salvarla. ¿Tanto significa para ti?
—Haría cualquier cosa por ella. Por favor.
La Dama de la Noche torció el rostro con el ceño fruncido.
—Un Guardián suplicando. Jamás pensé que viviría semejante proeza.
—Suplicaré siempre por ella. Me arrastraré al fin del mundo de rodillas si con eso consigo que siga respirando.
La Dama de la Noche estalló en carcajadas armoniosas y musicales. El resto de los Fae presentes intercambiaron miradas confusas, ajenos a nuestra conversación.
—¡Qué romántico! De la boca de cualquier otro lo descartaría como palabras vacías, pero lo peor es que sé que lo dices de verdad.
—Deja de jugar conmigo. Sabías que este momento llegaría o no habrías decidido torturarme con su apariencia todos estos años. Nombra tu precio.
Cuando su sonrisa cambió de dulce a ávida, supe que había conseguido convencerla. Una voz en mi cabeza gritaba que aquello era lo que ella quería. Gritaba que me estaba manipulando. Que era una trampa.
Sinceramente, me importaba bien poco.
—No puedo evitar que alguien muera, Guardián.
Ni siquiera yo tengo ese poder. Cuando los brazos de la muerte te abrazan, solo la propia alma tiene la capacidad de decidir.
Eso es, por supuesto, si esa posibilidad es ofrecida.
Puedo darle esa opción a Elara. Cuando muera, tendrá la oportunidad de decir si quiere pasar al siguiente plano de su existencia o regresar a la vida.
No puedo controlar su decisión, pero al menos puedo asegurarme de que sepa que tiene opciones.
Repasé sus palabras a toda velocidad en busca de trampas o dobles significados. Si había alguno, no lo encontré.
—¿Sabrá ella que está decidiendo entre volver a la vida o morir?
—Sí .
Elara había dejado de respirar. Bloqueé el pánico inminente. Podía arreglarlo. Podía traerla de vuelta.
—Hazlo.
—¿No quieres saber qué quiero a cambio?
Lo que quería era que Elara volviera a respirar. El precio me era indiferente.
— Dímelo si te place, pero no cambiará mi respuesta. No me importa el precio.
La Dama de la Noche se apartó la melena de los hombros en un gesto demasiado mundano para un espíritu.
—Me aseguraré de que Elara pueda decidir volver a la vida cuando muera, si así lo desea.
A cambio, desde hoy ni tú, ni ningún Fae en tu nombre podrá decirle a Elara la realidad de vuestra conexión.
No podrás decirle que sois almas Kindred.
No podréis pronunciar las palabras de unión que sellarán vuestro vínculo como un solo ente.
Si, aun así, lo consigues, nuestro trato se anula automáticamente.
Supongo que podrás imaginar las consecuencias.
Serás libre de decir la verdad cuando ella muera.
— Hazlo —supliqué contado los segundos que el pecho de Elara llevaba sin moverse.
—¿Todo esto por una vida Hadaës?
—Cierra el puto trato.
La Dama de la Noche sonrió encantada. El peso de nuestro trato se instaló en mi espina dorsal y supe que había caído en su trampa, pero no me importó. Por Elara caería en una y mil trampas. Por ella cometería todo tipo de locuras.
Todavía desde el suelo conté los segundos y el espacio entre ellos hasta que su pecho volvió a respirar.
Cuando por fin volvió a latir supe que me esperaba una vida estrangulada por el peso de la única verdad que jamás podría darle.
También supe que estaba dispuesto a vivir con las consecuencias, si eso la mantenía con vida.
— Tiniebla — murmuré en su mente para traerla de vuelta.