Capítulo XLVII. Callum
CAPÍTULO XLVII
Callum
Lo escuchaba en cada beso. En cada reto. En cada caricia y en cada mirada. Lo escuchaba en sus propios huesos y en sus sombras. Nuestras, se recordó a sí misma, son nuestras.
Cenizas contra viento, partículas perdidas en un mar de espíritus y sangre.
Eso es a lo que quedó reducido el cuerpo de Absalon.
Sin embargo, su muerte no hizo eco, sino que se disipó entre la maleza y los restos de la batalla.
Pues la muerte de un monstruo siempre iba acompañada de un silencio solitario.
Liberé el poder que me había concedido la Dama y dejé que los espíritus abandonaran la pelea. Aun así, la mayoría se quedó a observar entre los troncos de árboles retorcidos y los huecos abiertos en las copas del bosque.
Los supervivientes de mis tropas, las de Finnian y las de Selene desarmaron a los soldados de la Corte del Bosque, que, sin su Guardiana y sin los monstruos de Absalon, cedían sus armas sin oponer resistencia.
Los gritos de auxilio rebotaban desde extremos contrarios del claro.
Selene y varios Fae de la Corte de las Olas comenzaron a atender a heridos de ambos bandos.
Con alivio, observé como Nox llegaba hasta donde Lía miraba con ojos desafiantes el cuerpo sin vida de Umbra y se fundía en un abrazo con ella.
Levi, de vuelta en su forma Fae, estaba arrodillado junto a Echo.
Mi amigo cubrió el cuerpo sin vida del Kelpie con una capa suave de sombras en señal de respeto.
A su lado, Orla contemplaba el firmamento con lágrimas en los ojos y el pulso de la magia de los Guardianes irradiando desde su centro.
Sus alas brillaban orgullosas bajo la ya liberada Verdeluna.
Desde las profundidades del Remolino, la Corte de las Tormentas dio la bienvenida a su nueva Guardiana, la primera Baja Fae en la historia en ostentar aquel título.
Pese a todo, no había satisfacción en su mirada, solo una pena profunda y desamparada.
En mi cabeza, sin embargo, solo existía un pensamiento: llegar hasta Elara.
Extendí mi mente en busca de la suya, esperando encontrarla por fin abierta.
Lo estaba, pero al otro lado tan solo me respondió un leve parpadeo.
Giré la vista de nuevo en su dirección y supe al instante que algo iba mal.
Comprendí horrorizado que, a pesar de todo, el dios de la Muerte no había mentido. La profecía era cierta.
En el centro del claro, rodeada por un mar de cadáveres, Elara se tambaleó inestable.
Fruncí el ceño mientras la celebración estallaba a nuestro alrededor.
Me materialicé a su lado en un Salto Irisado que me costó las pocas fuerzas que me quedaban.
La atrapé antes de que tocara el manto de maleza y dejé caer nuestros cuerpos con cuidado, manteniéndola segura contra mi pecho.
Mis manos y mi poder la recorrieron en busca de aquello que la estaba matando, pero no encontraron nada.
Aun así, sus latidos eran cada vez más débiles y apenas podía sentir su magia mientras se precipitaba hacia el Vacío.
Sus ojos de Verdeluna encontraron los míos en mitad de un parpadeo febril. Acuné su mente entre mis hebras de sombras, dispuesto a no dejarla ir, pero su vida se apagaba por momentos y yo sentía que se me escurría su alma entre los dedos.
—Elara, mi amor, mírame. Mírame por favor —repetí aquella frase, una y otra vez, mientras apartaba los mechones de su rostro.
— Callum. Kindred — respondió ella apenas sin voz.
Mi poder recorrió su cuerpo como loco buscando una manera de curarla, de evitar que se fuera a un lugar del que yo no pudiera traerla de vuelta. Pero su poder, ese pozo de magia infinito que emanaba siempre de ella, estaba prácticamente hueco.
El Vacío sabía amargo e infinito.
Sentí la presencia de los otros a nuestro alrededor.
La presión de cientos de ojos observando con impotencia cómo me aferraba a algo que ya se había marchado.
La mirada penetrante de los espíritus caló en mi piel conforme las pequeñas criaturas salían de entre las sombras para rodear a Elara.
Una a una, se arrodillaron a lo largo del claro en señal de respeto.
El golpe de otros cientos de rodillas contra el suelo llenó de rabia mis oídos.
Cientos de Fae inclinaron la cabeza sobre una rodilla hincada contra el Remolino.
Se hizo el silencio, interrumpido únicamente por mis gruñidos de negación.
—No. ¡No! No te vas a rendir. ¿Me oyes? Te vas a poner bien, Elara. Vamos a curarte y te vas a poner bien.
Busqué entre la multitud el rostro de Selene o de cualquier otro sanador de su corte. ¿Dónde demonios estaban? Elara necesitaba ayuda. Apenas podía oír sus respiraciones y su cuerpo estaba cada vez más frío.
Me encontré con la mirada de Lía, que avanzaba con cuidado hacia mí mientras negaba despacio con la cabeza. Yo negué todavía con más fuerza y dejé que nuestras sombras nos rodeasen. Aquel había sido siempre nuestro refugio, el lugar en el que hacíamos posible lo imposible.
—No pienso perderte, Elara. No puedes irte. Necesitamos más tiempo.
Hundí mis uñas en su mente, dispuesto a no soltarla. Si ella moría, yo iría detrás.
—Por favor Tiniebla, aguanta. Te necesito. No puedo hacerlo sin ti. No puedo. Te amo, Elara. Por favor, te amo, te amo, te amo.
Fundí su cuerpo contra el mío encerrándome en su olor. Distinguí un te amo silencioso en mi cabeza antes de que su pecho dejara de subir y bajar. Antes de que su corazón latiera por última vez.
Con su último aliento algo se rompió en mi interior.
Mis lágrimas lo empañaban todo, acompañadas solo por mis sollozos rotos rebotando entre los huecos oscuros del silencio. Me habían arrancado una parte vital. La mejor parte de mi existencia.
En medio del dolor, sentí que el peso del trato con la Dama de la Noche abandonaba mis hombros. Entonces, las palabras que el pacto me había robado durante meses cayeron de mis labios como deseos suicidas.
—Somos almas Kindred, Elara. Somos nuestros y para siempre.
Continué acunando su cuerpo sin vida, perdido y sin poder parar de repetir una verdad tan cruel que sabía a pesadilla.
—Mi Kindred, mi Kindred, mi Kindred...