Capítulo XLVI. Elara #2
Con el escudo de Absalon fuera de combate sus criaturas acudieron a mí como un enjambre enloquecido.
Esquivé el ataque de un Sith en el último segundo a tiempo de ver cómo desde el otro lado del claro media docena de estacas de hielo atravesaban a la criatura.
Selene asintió en mi dirección. A su lado, Onem y Vitrio trabajaban espalda con espalda.
Me incorporé como pude, dispuesta a acabar con aquello de una vez por todas. Oteé el horizonte en busca de mi adversario. Entre los restos del arrasado terreno, Finnian sostenía a su hermana, que apenas podía moverse con una marabunta de ondas moradas recorriendo rabiosas todo su cuerpo.
—¡ELARA! —avisó Finnian, señalando a mi espalda.
Tuve el tiempo justo para girarme y bloquear la estocada de la espada de Absalon con una daga. Sin embargo, mi antepasado luchaba con unos movimientos que yo conocía a la perfección. Las lecciones de Cían volvieron a mí en forma de memoria muscular.
—¿Cómo has podido hacerle esto a Orla? —siseé.
—Hice lo necesario para sobrevivir —gruñó mientras trataba de controlar un tembleque violento que asolaba la parte derecha de su cuerpo.
Absalon arremetió con todas sus fuerzas, pero cuando chocó conmigo, yo estaba preparada. Relajé las rodillas y flexioné la espalda, esquivando su arma y haciendo que Absalon perdiera el equilibrio.
Golpeé su espalda con una patada contundente impulsada por la fuerza de las Tormentas.
Después, invoqué dos raíces para tratar de contener sus brazos, pero sus sombras las hicieron pedazos.
La oscuridad salió disparada desde mi pecho directa hacia el suyo.
Absalon recibió el ataque sin miedo absorbiendo mis sombras sin esfuerzos.
Un dolor ácido me atravesó la pierna. Cuando bajé la mirada las garras de un Puka enorme se hundían alrededor de mi muslo izquierdo.
La fuerza de sus sacudidas me tiró al suelo conforme su ponzoña volvía a entrar en mi sistema.
Absalon aprovechó el momento para dedicarme una sonrisa perversa.
Una lanza de hielo y piedra tomó forma en su mano.
Contemplé, incapaz de moverme, cómo avanzaba con paso seguro hacia mí.
—Tal vez una temporada larga con una lanza en el estómago te enseñará a comportarte.
Callum gritó mi nombre y con el rabillo del ojo vi que corría en mi dirección con las manos cubiertas de sombras. Cuando Absalon se percató, envió a una turba de monstruos para frenarlo. Eran demasiados, Callum no llegaría a tiempo.
Absalon preparó su lanza para darme el golpe de gracia, pero algo se interpuso entre nosotros. Sin aliento observé cómo un cuerpo cubría el mío y recibía la estocada en mi nombre.
Los ojos de Finnian se abrieron de par en par a causa del dolor. Con una última descarga de la magia de las Tormentas me quitó de encima a los Puka que me mantenían atrapada. Después observé, impotente, cómo liberaba su magia sin medida.
Su boca se llenó de sangre, mientras la totalidad de su poder brotaba desde su pecho directa contra el semidios.
Lo supe en el instante en el que nuestros ojos se encontraron, Finnian pretendía alcanzar el Vacío para darme una oportunidad.
Absalon gritó cayendo hacia atrás. Y yo, por segunda vez aquella noche, comprendí demasiado tarde el sacrificio que alguien acababa de hacer para salvarme.
—¿Qué has hecho?
Ante mi mirada atónita, el Guardián de las Tormentas comenzó a disolverse en el firmamento. A lo lejos, Orla llamó su nombre.
—Sálvala —me pidió Finnian— Y dile que lo siento.
Después desapareció bajo el brillo de la Verdeluna, que estaba de vuelta para acompañarlo una última vez. Fue entonces cuando tuve claro lo que tenía que hacer. Hunt tenía razón, mi sacrificio era necesario. Absalon y yo éramos polos opuestos de la misma moneda.
— Perdóname —le pedí a Callum.
Y entonces estallé.
La oscuridad lo consumió todo. Esta vez, en lugar de dejar que viajara sola la impregné de todo lo que guardaba en mi interior. Porque, aunque me resistiera a admitirlo, yo era un ser compuesto de añicos de muchas cortes. Esquirlas afiladas con el potencial de cortar y proteger a partes iguales.
La magia abandonó mi pecho y colisionó con el de Absalon, juntos nos precipitamos hacia el Vacío.
Volqué todas mis fuerzas en vaciarme y con cada parte de mi ser que perdía, sentía que una parte de Absalon desaparecía para siempre, conmigo.
Sentí que mi cuerpo ardía en el aire cuando una presencia familiar que solo había conocido en sueños se arremolinó a mi alrededor.
—Susurro de la Noche. —Oí que suspiraba mi madre.
Seguí vertiendo mi magia y mi esencia en busca del Vacío.
Absalon gritaba desesperado mientras su poder trataba de contener al mío.
Ambos sabíamos que no lo lograría. Él no estaba dispuesto a sacrificar la vida a la que tan vilmente se había aferrado durante milenios, pero yo sí estaba dispuesta a morir una y mil veces por proteger a los míos.
—No te vayas —le supliqué a la presencia—. Tengo miedo de hacerlo sola.
—Ya no queda nada, Elara. Confía en los dioses que te respaldan. Solo un último esfuerzo y todo habrá terminado —arrulló ella con cariño—. Estoy contigo, siempre.
En medio del caos, el rostro de Cían me sonrió con un gesto sereno.
—Gracias —murmuró la voz del que había sido mi amigo.
Después, con una mano casi invisible, utilizó los últimos coletazos de su poder para cerrar los portales y detener a las criaturas. Supe que aquel último regalo era un obsequio del Cían de verdad.
Absalon se perdió en un hálito de tormenta y comprendí que yo le seguiría pronto.
A lo lejos, los Fae gritaban vitoreando nuestra victoria.
Todo comenzó a desdibujarse, incluidos mis latidos.
El Vacío llamó mi nombre con un cariño impropio y Lyssandria suspiró conmigo al tiempo que yo me precipitaba hacia mi postrero aliento.
Mis últimos pensamientos fueron solo para Callum.