Capítulo XLVI. Elara
CAPÍTULO XLVI
Elara
No era demasiado tarde. Todavía les quedaban infinidad de «para siempres». Él mismo se encargaría de conjurarlos.
En mitad de la batalla, el destino hincó sus colmillos en mi carne. Una mordedura que selló mi suerte y detuvo el tiempo. Absalon empuñó la espada contra mis costillas. Acto seguido, el veneno de Puka penetró lento, como lo había hecho en la prisión, y consiguió nublar el acceso a mis habilidades.
Comprendí que, a veces, un instante puede estar compuesto de mundos enteros. Con los dientes de Cían rasgando mi piel y el grito de Callum pintando muertes, fui consciente de muchas realidades a la vez.
El goteo constante de mi sangre.
La fuerza inamovible con la que un dios se aferraba a mí.
El suspiro de la luz fantasma de un eclipse.
El final de una profecía que, en el mejor de los casos, anunciaba mi muerte.
La oscuridad fue incapaz acudir a mi llamada y comprendí también que al destino le gustaban las ironías. Al parecer, se podía echar de menos algo que siempre habías temido.
—¿Por qué él? —jadeé cuando su mano volvió a mi cuello y apretó con fuerza.
Había estado concienciada para matar a un monstruo con piel de lobo. Pero matar a uno con la cara de un amigo, para eso no sabía si estaba preparada.
El agarré de Absalon —a través del cuerpo de Cían — era devastador. El semidios volvía a estar completo. Necesitaba distraerlo para ganar distancia. Aquella espada impregnada de veneno ardía sobre mi piel y debía encontrar la manera de librarme de ella.
—¿Es que tiene que haber un porqué, Elara?
Me estremecí al escuchar el desdén en aquella voz que tantos buenos momentos me había dado. Una voz con la que había compartido miedos y risas.
—Todo este tiempo sabías quién era yo —conseguí decir—. Has estado jugando conmigo.
A nuestro alrededor, todo era caos y muerte.
A pesar de que una neblina espesa compuesta por las volutas envenenadas de Absalon nos ocultaba del fragor de la batalla, yo seguía oyendo sus gritos.
Podía sentir cómo los cuerpos sucumbían solo para volver a levantarse.
Los portales no cesaban de vomitar más y más monstruos, y, aunque los demás hacían lo que podían para mantenerlos a raya, solo había una manera de acabar con tanta muerte.
—Aunque me gustaría decir que lo supe desde el principio, lo cierto es que la Dama de la Noche ha hecho un buen trabajo escondiéndoos de mí todos estos años.
Es incapaz de meterse en sus asuntos —murmuró contra mi cara como si se hubiera olvidado de que sus manazas todavía me estaban estrangulando—.
En cualquier caso, lo sospeché cuando atrapaste al whisp y pude confirmarlo después de la primera prueba.
Solo una de mis descendientes podría utilizar la magia de más de una corte.
La escarcha que curó tus heridas aquel día te delató.
En mi cabeza podía sentir de manera lejana cómo los puños de Callum luchaban para que le dejara entrar, pero el veneno había hecho efecto y apenas era capaz de percibirlo, mucho menos de comunicarme con él.
—¿Por qué él? —volví a preguntar mientras luchaba por zafarme—. ¿Fue algo real, acaso?
Aunque mis fuerzas comenzaban a flaquear no pude evitar repasar todos los momentos que habíamos pasado juntos.
No alcanzaba a comprender cómo todo podía ser una simple mentira, su preocupación durante el Cónclave me había parecido genuina.
Al igual que su dolor al dejarlo atrás mientras el castillo se derrumbaba.
Absalon retorció la hoja de su espada contra mi cuerpo hasta que consiguió arrancarme varios gritos de dolor. El veneno me quemaba por dentro.
—Llevo intentando recuperar lo que es mío varios milenios, Elara.
Al principio, cuando mi padre rescató lo poco que quedaba de mi esencia, yo estaba demasiado débil.
Él hizo lo impensable para traerme de vuelta, teniendo en cuenta que era un humano sin poderes.
—Conforme hablaba, lenguas de su poder bebían de los regueros de sangre que él mismo había creado—.
Al principio me servía de criaturas débiles y pequeñas.
Las diosas, incluida mi madre, dejaron olvidado un pedazo de mi alma, pues no fueron capaces de matarme por completo al no ser mis iguales.
El proceso de reconstruirla ha sido tedioso.
Tardé más de mil años en conseguir poseer a mi primer Fae con éxito.
Su cuerpo tan solo me sostuvo durante una década.
Un suspiro para un dios, pero el tiempo suficiente para comenzar a reconstruir mi legado.
Absalón me elevó con un solo brazo, y me volteó en el aire para mirarme a los ojos. Me agarré a su mano, arañando y golpeando. El rostro de Cían se retorció en una sonrisa demasiado familiar.
—Aunque te resistas a creerlo, los Fae son criaturas débiles y ávidas de poder que temen la inmensidad de lo que nosotros somos.
No te merecen, Elara. Jamás lo harán —suspiró—.
Fue demasiado fácil construir un ejército silencioso que se extendiera por Lyssandria bajo mi mando.
Si algo he tenido durante todo este proceso es tiempo.
Un dios puede permitirse ser paciente. Especialmente cuando todo lo que necesitaba para convencer a mis súbitos era la promesa de convertirse en dioses.
—Absalon se rio sin ganas—. Menuda sorpresa, ¿verdad?
Al final todos quieren ser dioses como nosotros.
¿Cómo es el dicho? Si no puedes con tu enemigo, únete a él.
Generación tras generación me han ayudado, han obedecido mis órdenes.
Algunos con más entusiasmo que otros. He de reconocer que la pérdida de Desmond fue un duro golpe para mi campaña.
El descuido de tu padre nos costó llamar la atención de la Dama de la Noche y sus dichosos espíritus.
—Nunca tuviste intención de convertirlos en dioses —acusé hablando a duras penas a través de su agarre.
—¿Por qué crearía dioses, cuando lo único que deseo es aplastarlos como los seres insignificantes que son? —respondió escupiendo cada palabra.
—Cían jamás habría querido ayudarte.
—¡Oh, criatura! Cían nunca existió, al menos no sin mí.
—Se quedó en silencio durante unos segundos disfrutando del dolor que sabía que mi rostro reflejaba—.
Después de años teniendo que cambiar de cuerpo cada varias décadas, decidí probar algo diferente.
Acostumbraba a habitar un par de Fae adultos que fueran poderosos, pero sus mentes no dejaban de oponer resistencia.
Un estorbo. Por lo que me aventuré a probar con el cuerpo de un infante.
Ya sé lo que estás pensando, eso retrasaría mis planes medio siglo hasta que madurase por completo, pero mereció la pena.
Su mente creció fusionada con la mía, haciendo que controlarlo fuera pan comido.
Con cada horrible palabra que pronunciaba, la neblina a nuestro alrededor se difuminaba más y la fuerza de su mano disminuía.
—Cuando uno de mis más fieles seguidores dio la bienvenida a su primer hijo, un niño fuerte y poderoso, supe que había encontrado al indicado.
El general de las Tormentas cedió a su primogénito en un alarde de lealtad.
Este cuerpo me ha servido bien durante estos años y continuará sirviéndome ahora hasta la eternidad.
Gracias a ti, por fin, es mío por completo.
Por fin puedo librarme de sus quejidos incesantes.
Mi sangre corre por sus venas, mi poder late en su pecho. He sido hecho de nuevo.
—Entonces, ¿Cían sí que estaba presente?
Sabía que solo podía esperar mentiras de Absalon. Para mi sorpresa, los ojos del semidios vacilaron al mismo tiempo que un ligero temblor sacudió su agarre alrededor de mi cuello.
—Se resistió durante un tiempo, pero su vida siempre fue mía.
Absalon recogió una lágrima que no sabía que había derramado de mi rostro. La observó suspendida en la yema de su dedo.
—¿Qué pasa, criatura? ¿Te sorprende que todo este tiempo hayamos sido tú y yo?
—ronroneó—. Tal vez quieras reconsiderar de qué lado estás.
Siempre he sentido debilidad por otros mestizos.
Somos hijos de dos mundos, seres perdidos para siempre en un intermedio.
Mi corte y mi legado están hechos de metales compuestos pendientes de pulir. Todavía hay sitio para ti a mi lado.
—La libertad real no existe con un tirano al mando, por muy maltratado que haya sido —forcé con las pocas fuerzas que me quedaban.
El escudo de sombras vibró a nuestro alrededor. Al otro lado, la magia de Callum hizo temblar el suelo.
—Es insistente, lo reconozco —suspiró Absalon—. Una pena que vaya a morir.
Los tentáculos de Callum volvieron a arremeter contra la neblina, consiguiendo abrir una brecha en las defensas de Absalon. Como una centella, una sombra verde que sabría reconocer en cualquier parte atravesó el agujero en una exhalación.
Echo impactó al galope contra mi captor, envuelto en una serie de explosiones que quemaron su precioso pelaje.
La fuerza del choque hizo que Absalon me soltara y que su escudo se viniera abajo.
Aproveché el momento para arrancar la espada de mis costillas y cubrir la herida con una escarcha débil, que fue lo único que pude conjurar mientras mi cuerpo procesaba el veneno.
Desde el suelo fui testigo de cómo una ráfaga de poder viciado arremetía contra Echo en forma de espada. Absalon sonrió al abrir su cuello al mismo tiempo que mi Eólach emitía un último resoplido antes de desplomarse.
En su garganta, la cicatriz que nos había unido sangraba, abierta de nuevo. Sus grandes ojos blancos me encontraron segundos antes de apagarse para siempre.
—¡Echo, no! —chillé, presa del pánico, aunque ya era demasiado tarde.