Capítulo XLV. Callum
CAPÍTULO XLV
Callum
En el fondo lo que más le dolió no fue la traición. Lo que más le dolió fue saber que no todo había sido mentira.
El claro era un caos, nuestros ejércitos colisionaron con el de Umbra en un estruendo de mar, tormenta y bosque envuelto en sombras.
Cientos de criaturas que solo habitaban en las pesadillas descendieron desde los árboles y yo decidí que había llegado el momento de dejar de pensar.
La magia estalló en mi pecho y lo invadió todo.
A su lado, un pequeño brillo plateado titiló en las profundidades de mi ser. Lo ignoré.
No me importó nada perder el control, tampoco quién estuviera en medio de los tentáculos de poder negro que lanzaba hacia el embrollo de figuras peleando. Lo único en lo que podía pensar era en llegar hasta ella y en matar a cualquiera que se interpusiera en mi camino.
—¿Dónde estás? —rugí.
Antes de que pudiera responder, me abrí paso entre la maraña de cuerpos.
Mis sombras cortaban y deshacían en hilos de sangre y nubes de hueso a cualquiera que no luchara en nuestro bando.
En mi flanco derecho, Nox comandaba a nuestro batallón, acabando con las jaurías de Sith que no paraban de surgir desde las profundidades del bosque.
Desde la linde del claro, mi hermana gritaba órdenes a los grupos de guerreros de largo alcance que utilizaban sus sombras para mantener a raya a los Puka y a las hordas de Sluagh que no cesaban de llegar.
No quería ni pensar de dónde habían sacado Umbra y Absalon tantos cuerpos que manipular.
Era un total y completo infierno. Por cada cadáver que conseguíamos tumbar resurgían tres más. Ya fueran soldados caídos de su bando o del nuestro. La magia corrupta de Absalon utilizaba nuestras pérdidas y las suyas contra nosotros.
Busqué a Tej entre la marea de cuerpos y vísceras, pero el hombrecillo no se encontraba cerca de Umbra. De hecho, ni siquiera podía sentir su presencia en el claro.
Los soldados de Finnian se enfrentaban sin descanso a las tropas del Bosque dirigidos por su Guardián y su general.
Los luchadores de Selene, con su Guardiana al mando, trataban de curar a los heridos y de contrarrestar las decenas de portales que flotaban suspendidos en el aire alimentando pesadillas sin cesar a la batalla.
Mi cabeza solo era capaz de repetir la despedida de Elara antes de dejarme inconsciente y la pena que había visto en su mirada. No sabía si sentir admiración ante su poder, o pánico al tener la confirmación de lo que ella estaba dispuesta a hacer con tal de salvarnos.
— Tiniebla, respóndeme.
Mis ojos la encontraron en el centro del claro.
Su poder era indescriptible. Sus sombras, cuajadas de briznas de la magia de todas las cortes, rodeaban un árbol hueco.
En la base de su trono retorcido estaba atada Orla.
El tiempo y el suelo temblaban con sus movimientos mientras, frente al árbol, Umbra comandaba una agrupación de soldados que hacían lo que podían para contrarrestar las acometidas de Elara.
Ella luchaba con todas sus fuerzas para liberar a la princesa, pero, por cada rama que cortaba, Umbra y sus secuaces creaban diez más.
Comprendí que se estaba conteniendo por miedo a hacerle daño a su amiga.
Mis tentáculos de sombras atravesaron el claro en una exhalación.
Me deshice de los soldados y del yugo de la princesa de un plumazo.
Orla se desplomó, viva pero inconsciente y Elara aprovechó la oportunidad para crear un escudo protector sobre ella.
Después, siguió el recorrido de mis sombras hasta encontrarme.
Corté la distancia que nos separaba en un Salto Irisado. Una vez en mis brazos recorrí su cuerpo en busca de heridas. Estaba cubierta de sangre, pero la mayoría no era suya. Adoré verla fuerte, letal y valiente, bañada en la sangre de nuestros enemigos.
No hubo tiempo para palabras de reproche o arrepentimiento, aunque lo hubiera habido, en aquel momento solo me importaba saber que estaba respirando.
La mente de Elara envolvió la mía encerrándonos a ambos en una burbuja impenetrable.
No dejó espacio para que entrara el resto del Priorato de las Sombras.
— Callum, hay un traidor entre nosotros. He matado a Tej, pero no ha servido de nada — susurró en mi mente para que solo yo pudiera oírla—. Absalon tiene un segundo cuerpo y es alguien que conocemos.
No tenía palabras para expresar lo orgulloso que me sentía y lo enfadado que estaba con ella. Tampoco existían palabras para describir el miedo feroz que aquella traición me provocaba.
—¿Quién? —No estaba seguro de querer saber la respuesta.
— No sé quién es. Pero está aquí. —Sus ojos volvieron al cielo que oscurecía por momentos—. Hay que encontrar a Absalon antes del eclipse. Casi no queda tiempo.
Un estallido nos devolvió a la batalla. A pesar de nuestra ventaja en número, estábamos perdiendo. Nuestras pérdidas eran sus ganancias. Allí donde estuviera, Absalon se servía de los muertos para arremeter contra nuestras tropas sin descanso. Una y otra vez.
— Callum, no tenía otra opción —murmuró en mi cabeza dejando atrás los ruidos de la batalla—. No podía permitir que os hicieran daño. Hunt tenía razón, solo yo puedo matarlo. La profecía no miente, tienes que creerme.
— Si caemos, caemos juntos, Tiniebla —dije, esquivando una garra negruzca que sobrevoló demasiado cerca de nuestras cabezas.
No había tiempo para detenernos a analizar sus acciones. Yo sabía que su única intención había sido protegernos y solo por eso la amaba todavía más. Ya me encargaría de demostrarle mi cabreo de mil maneras más placenteras cuando todo hubiera terminado.
Recorrí el claro con ojos expertos en busca de algo que pudiera ayudarnos.
—Los movimientos y los ataques de los Sluagh siempre siguen un patrón .
Fíjate —señalé hacia la parte oeste del claro, desde donde en aquellos instantes se centraba la actividad de los monstruos—, Umbra está al otro lado del claro, no puede ser ella quién los esté creando.
Solo hay que encontrar dónde está el origen y tendremos a Absalon.
Hay que conseguir matar a un grupo grande a la vez.
La siguiente horda que mande debería estar cerca de su posición.
Conjurar Sluagh es costoso y precisa de contacto visual.
Si matamos a suficientes de golpe, el siguiente grupo nos permitirá saber dónde se esconde.
Un rugido profundo atravesó la noche. En el cielo, Levi lanzaba llamaradas sin descanso a las distintas bandadas de Puka que arremetían contra él.
—Bebe —pidió Elara.
La miré confuso hasta que reparé en el brazo ensangrentado que me tendía. Se había abierto un corte que ya había comenzado a sanar.
—Elara no puedo hacer eso.
—Te dará fuerza y necesitamos toda la fuerza que podamos conseguir, Callum. Tú eres el único que puede usarla de manera segura.
—No puedo hacerlo, no está bien.
—Me gusta tan poco como a ti, pero nos estamos quedando sin opciones —insistió, y me acercó más el brazo sangrante—. No confío en nadie más, por favor.
Quise decirle que no tenía que suplicar, le daría todo mi mundo sin rechistar. No me permití darle demasiadas vueltas, su sangre era una ventaja que podíamos usar a nuestro favor. Si ella me pedía que la tomara, entonces así lo haría.
Besé su piel con cariño antes de repasar con la lengua el líquido que brotaba de sus venas. El sabor metálico se instaló en mi garganta, seguido de un torrente de energía y magia que se precipitó por mi organismo.
Al separarme, una fina capa de escharcha cubrió la herida, sanándola casi al instante.
—Mátalos a todos —deseó mi Tiniebla.
Quise devorarla allí mismo, pero un estruendo nos obligó a separarnos. Las raíces de Umbra estaban abriendo grandes socavones en el suelo e iban directas hacia nosotros. Antes de que nos alcanzaran, Elara desapareció impulsada por sus sombras y yo la imité.
Enterrado de nuevo en el caos de la batalla, volví a sentir aquel brillo plateado que palpitaba en mi interior.
Era una magia extraña, ligera y cambiante.
La había sentido por primera vez en la Corte del Bosque antes de que se llevaran a Elara.
Intrigado, busqué su núcleo mientras mis sombras acababan con media docena de Puka de un plumazo.
Las llamas de Levi los incineraron al segundo.
Con la sangre de Elara, mi fuerza no conocía límites.
Alcancé esa brizna plateada y tiré con suavidad. El mundo cambió de color a mi alrededor. En un instante, el claro se sumió en una amalgama de estelas plateadas que zumbaban de árbol en árbol. Tardé unos segundos en comprender qué estaba viendo, cuando lo hice, todo cobró sentido.
Eran espíritus.
Volví a tirar de la llama de plata hasta conseguir llevarla directa a la superficie.
Cuando lo hice, el poder se contagió de mi fuerza, de mi intención.
Los espíritus cesaron su baile indeciso y percibí todos sus ojos clavados en mí.
Asombrado, comprendí el misterio que había detrás del poder que la Dama de la Noche me había brindado: podía comandar a los espíritus.
Solo tuve que pensarlo y estos se lanzaron a atacar.
Bajo sus estelas de plata líquida, los Sluagh caían como moscas.
Sus cabezas explotaban en oleadas plateadas a lo largo de todo el claro.
Acompañados de mis sombras, inundaron la batalla como una ola imparable.
Una marea de magia ancestral que lo consumía todo.
Perdí la noción del tiempo, el espacio y la conciencia.
El tsunami de espíritus se movía bajo mis órdenes al mismo tiempo que mis sombras se metían en todas las mentes enemigas que encontraban a su paso con un único objetivo: destruir, matar, aniquilar.
—¡Callum! —gritó Elara desde el otro lado del claro.
Sumido en la magia plateada de los espíritus ni siquiera percibí el ataque de la Guardiana del Bosque hasta que fue demasiado tarde.
No vi venir las raíces espinadas y reforzadas con diamantes oscuros hasta que la advertencia de Elara me obligó a girarme.
Me preparé para recibir el impacto. Sin embargo, el dolor nunca llegó.
En su lugar, percibí la vibración de una magia que conocía bien, tanto que su cadencia encendió algo dormido en mi corazón pues llevaba más de ciento cincuenta años sin sentirla a mi lado.
Me giré a tiempo de ver cómo unas sombras familiares de color escarlata que llevaba más de un siglo sin contemplar suspendían a Umbra en el aire.
La Guardiana gritó presa del pánico.
—No toques a mi hermano —rugió Lía a sus pies.
Su oscuridad atravesó el pecho de Umbra con un grito atronador que resonaría para siempre en el Remolino.
Lía rugía con la misma rabia que palpitaba en mi interior.
Su poder, que era de un color rojo sangre, cubría hasta el último centímetro de su piel.
Lo poco que quedaba de mi corazón lloró por ella, orgulloso y, aun así, repleto de cólera.
Sabía el dolor que aquella acción le provocaría y conocía de primera mano las imágenes que arrasarían su mente al hacerlo.
Y pese a todo, Lía elevó el mentón con orgullo y sonrió cuando la sangre de Umbra se mezcló con sus sombras.
Sus ojos, los mismos que los de mi madre, eran un cielo teñido de rayos y rabia.
Su poder, como el mío, era uno de los más fuertes en toda Lyssandria.
Si alguien, además de uno de los cinco Guardianes o Elara, podía acabar con Umbra, esa era mi hermana.
El cuerpo sin vida de Umbra se precipitó al vacío y se perdió en los confines de una de las zanjas que ella misma había creado. La Corte del Bosque tembló en un tumulto de corteza y caliza. A lo lejos, en algún punto perdido de la corte pude sentir como un nuevo Guardián despertaba.
Al principio pensé que fue aquello lo que sumió al claro en un silencio atronador, pero no podía estar más equivocado.
El tiempo se detuvo en seco al tiempo que un Dracano rugía en el cielo a la inexistente Verdeluna.
A mi espalda, alcancé a escuchar mi nombre estrangulado escapando de los labios de Elara.
—Callum.
No era una llamada de auxilio, era una petición desesperada para que saliéramos de allí.
Lo vi en el horror que reflejaba la cara de mi hermana antes de girarme. Lo supe en el momento en el que los escudos de Elara se cerraron con fuerza impidiéndome entrar.
En mitad del cielo oscuro la Verdeluna había desaparecido detrás de un planeta lejano, pero yo solo tenía ojos para la espada que amenazaba el cuello de mi Tiniebla y para la persona que la empuñaba.
Con un movimiento rápido su dueño realizó un corte superficial en su clavícula. Contemplé con pavor como unos labios contorsionados en una mueca de triunfo succionaban con ganas durante unos segundos interminables bebiendo su sangre. Encerrada entre sus brazos, Elara gritó de dolor.
Absalon levantó la cabeza con un bramido triunfal acompañado de un latido de poder viscoso que hizo temblar el bosque de nuevo. Su lengua repasó los restos de la sangre de Elara en sus labios con gusto. Los ojos que se enfrentaron al claro cuando terminó eran unos repletos de tormentas.
—Qué maravilla estar de vuelta —ronroneó Absalon a través de la boca de Cían.