Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XLIV. Elara
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Capítulo XLIV. Elara

CAPÍTULO XLIV

Elara

Existían en el mundo tres tipos de pesadillas. Aquellas en las que volvía a hacer algo irreparable. Aquellas en las que llegaba demasiado tarde. Y aquellas en las que la perdía de nuevo.

Montar a Echo sobre la superficie angosta del Remolino era una experiencia completamente distinta de hacerlo bajo el agua.

Sobre su lomo incliné la cabeza hacia el cielo en busca del brillo de la Verdeluna.

La luz esmeralda del satélite iluminaba el camino, pero una esfera oscura había comenzado a cubrir la imagen clara del astro.

Aquel planeta lejano continuaba su avance, ajeno al destino que ayudaba a consolidar en su movimiento.

El eclipse estaba cada vez más cerca y el tiempo se agotaba.

Si los espíritus eran testigos de mi vigilia atropellada, no se hicieron notar. Aun así, sentía sus ojos en cada esquina oscura escondida entre las ramas. Por instantes quise gritarles, rogar que me acompañaran, pero aquel era un viaje que debía hacer sola.

Mentir a los demás había dejado heridas en mi garganta, pero era la única manera de salvarlos. Pese a todo lo demás, de eso estaba segura, sabía que Hunt no mentía. El destino era cruel. Según el dios de la Muerte también era inamovible y algo en mi interior no podía evitar creerle.

Unos metros más adelante percibí el cambio de la magia al cruzar la frontera entre las cortes.

La Corte del Bosque aguardaba paciente y, en uno de sus claros, esperaba mi verdugo.

El plan era sencillo, sacar a Orla de allí y matar a Absalon.

En esos momentos sencillo y escueto eran lo mismo en mi cabeza, pero no me permití pensar demasiado en eso.

Desmonté en el instante en el que cruzamos la linde entre territorios.

El poder de las Tormentas obedeció mi petición y suspendió tres de las seis dagas que llevaba varios metros por delante, haciendo que se perdieran en la maleza.

Usé esas mismas partículas de aire bajo mis pies para amortiguar mis pasos y los de Echo y me serví de las sombras para ocultar nuestro avance.

Al entrar en las inmediaciones del claro, la presencia de las criaturas oscuras, sus susurros y el olor de mi propia sangre se volvió insoportable. Había llegado el momento y, por algún motivo, solo sentí calma. Una calma impregnada en miedo, pero calma, al fin y al cabo.

— No entres en el claro, Echo —le pedí a mi Eólach para que solo él pudiera escucharme—. Espera a que libere a Orla y sácala de aquí. Llévala con Callum y los demás.

Echo resopló indignado. Estaba claro que no le agradaba mi plan.

Si por él fuera, me habría acompañado hasta el final.

Bajo mi insistencia finalmente el Kelpie inclinó la cabeza y me acarició la cicatriz con su nariz.

Me abracé a su cuello, dándole las gracias en silencio, y le devolví el beso en la cicatriz con labios temblorosos.

¿Cómo algo nacido del dolor y la pérdida podía unir tanto a dos seres imperfectos?

Me aparté despacio y esperé a que su figura se perdiera en la noche. Después, comencé a andar hacia el claro. Rebusqué en las profundidades de mi ser, pero la máscara de la ladrona del Archipiélago se resistía a salir con naturalidad. Aun así, me obligué a ponérmela una última vez.

Cuando estuve preparada, permití que el suelo crujiera bajo mis botas para anunciar mi llegada. Se hizo el silencio, y miles de ojos se posaron sobre mí.

—Sabía que vendrías, criatura. —La voz de Absalon atravesó el claro y tuve que obligarme a no reaccionar.

Él y Umbra estaban de pie en el centro de la explanada artificial. Los restos de troncos y raíces arrancadas arañaban el suelo dejando una estela de cicatrices a su paso.

Cientos de Altos y Bajos Fae rodeaban el perímetro y los alrededores. Todos armados hasta los dientes y con las sonrisas coloreadas de color carmesí por los restos de mi sangre. Al verme, rugieron como alimañas hambrientas.

Bajo la menguante luz de la Verdeluna, Umbra sonreía orgullosa.

Desde las copas de los árboles, agazapados entre las sombras, alcancé a distinguir cientos de criaturas distintas. Puka , Sith , Sluagh. Ya solo los Puka y la presencia inmortal de los Sluagh eran suficientes para plantar cara al ejército de las tres cortes. Tragué saliva.

¡Malditos espíritus! Si aquello salía mal, estábamos condenados.

Mis ojos chocaron de lleno con el único árbol que se mantenía en pie en mitad del claro. Al comprender qué estaba viendo, se me heló la sangre.

Orla estaba encadenada al tronco de aquel árbol con decenas de lianas y ramas espinadas que se clavaban a su alrededor. Sus preciosas alas transparentes vibraban a duras penas entre la maleza. Pese a todo, ella seguía consciente y, al verme aparecer, comenzó a gritar.

Varias lianas rodearon su boca y su garganta con fuerza para evitar que hablara.

Se revolvió contra las ataduras tratando de decirme algo, pero sus advertencias murieron engullidas por el bosque.

Unas ondas negras y moradas sobrevolaban su piel, drenando su energía.

Apreté los puños para no cometer una locura antes de tiempo.

Debía mantener la calma el tiempo suficiente para que mis armas y mi poder estuvieran listos para atacar.

—Ya estoy aquí. —Abrí los brazos desarmados en señal de rendición—. Tienes lo que querías, ahora deja que Orla se vaya.

Encontré la mirada vacía que Absalon me dirigía desde los rasgos moribundos de Tej. Su sonrisa putrefacta se ensanchó. Parecía que, si bien mi sangre había conseguido aumentar su fuerza, el cuerpo que parasitaba estaba en las últimas.

—Tú y tus exigencias, Hadaës —escupió Umbra a su lado.

La ignoré por completo, de nada me serviría enfrentarme a ella.

— Aguanta, Orla. Voy a sacarte de aquí — dije encontrando la mente de mi amiga—. Cuando te liberes, corre hacia el bosque, Echo te estará esperando.

Los ojos de Orla se hicieron enormes y supe que me había entendido. Sentí que su presencia fresca trataba de comunicarse conmigo, pero algo se lo impedía. Algo viscoso y corrupto que provenía de Absalon.

—Agradezco que hayas tenido la sensatez de seguir mis órdenes. Sin embargo, la princesa de las Tormentas no se irá a ninguna parte hasta que nosotros hayamos terminado; al fin y al cabo, necesito un seguro que me garantice que vas a colaborar. Después, tienes mi palabra de que será liberada.

Absalon avanzó unos pasos en mi dirección. Se deslizaba sobre la maleza como un ente incorpóreo. Su piel era casi transparente con venas moradas y azules que se adivinaban incluso en la oscuridad.

—Tu palabra no vale absolutamente nada para mí.

Mi negativa solo aumentó su sonrisa.

—¿Has reconsiderado mi oferta? Todavía estamos a tiempo de hacer esto por las buenas —ofreció con una dulzura pastosa.

El hombrecillo con alma de dios me miró con una sonrisa estridente, una suerte de mueca infeliz que prometía exactamente qué tipo de bondades ofrecía.

—Preferiría arrancarme los ojos con las garras de una de tus bestias —respondí en el mismo tono.

—Eso se puede organizar. Los Puka te tienen ganas desde hace tiempo. Nada es más sabroso para ellos que tu sangre especiada con miedo.

En el límite del claro las bestias graznaron con insistencia haciéndose eco de las amenazadas de su dueño.

—Para eso primero debería tenerte miedo. A ti o a ellos —dije imitando su sonrisa falsa—. Siento decepcionarte, Absalon, pero no me asustas. Me das asco.

Umbra lanzó un grito indignando al tiempo que una marabunta de rocas acristaladas salía disparada en mi dirección.

Mis sombras las deshicieron en una neblina de piedra y escarcha sin que yo tuviera que levantar un dedo.

Desde que había aprendido a abrazar el caos, mi control de las sombras era cada vez mejor.

La Guardiana del Bosque me miró con evidente sorpresa.

Aproveché el momento para que mis sombras comenzaran a reptar hasta ella muy lentamente.

Una advertencia de la que Callum estaría orgulloso.

Mi poder latía expectante bajo cada capilar de mi cuerpo. La oscuridad pedía salir a jugar sin ataduras y yo me forcé a contenerla un poco más.

—Asombroso —susurró Absalon mientras el polvo del ataque de Umbra se perdía en la noche—. Imagina el poder que lograrías alcanzar bajo mi tutela. Es una pena que le pongas cadenas a la grandeza. Tal vez un par de décadas encadenada a mi servicio te hagan cambiar de opinión.

Casi lo tenía donde quería, solo necesitaba que continuara hablando con su mirada puesta en mí y no en la tormenta que me estaba encargando de crear a su espalda.

—Si tus enseñanzas consisten en lo que he visto hasta ahora, no estoy interesada, gracias.

—¿Y qué hay de los Fae a los que ayudas?

Ellos no se quedan atrás. Mucho menos tu Kindred, ahora que lo pienso.

Todos han cometido pecados imperdonables.

—Absalon inclinó la cabeza—. El Oscuro lo llaman, ¿no es así?

Un giro interesante. He de confesar que vuestro vínculo me pilló por sorpresa.

Una lástima que siga con vida, aunque sea por poco tiempo.

Mi oscuridad se revolvió haciendo temblar el suelo. Él volvió a sonreír con mi reacción, esa vez de verdad.

—No te conviene hablar de él en mi presencia —amenacé mientras trataba de no caer en sus provocaciones y mantener la calma.

Absalon levantó una ceja prácticamente despoblada y realizó un movimiento rápido con la mano.

Decenas de pequeños portales se abrieron ante mis ojos.

Al otro lado, sus criaturas de pesadillas aguardaban en silencio.

No parecía que quisieran entrar al claro.

De hecho, las criaturas estaban de espaldas: observando.

Un pueblo dormido apaciblemente en mitad de una cumbre helada.

Una pequeña aldea cerca del mar.

Un asentamiento entre las dunas del desierto.

—Y a ti te conviene controlar tu genio. No te gustará lo que mis pesadillas les harán a los habitantes de Lyssandria si yo pierdo los nervios.

Puedo ser muy bueno, siempre que colabores, pero no cometas el error de subestimar los límites a los que llegaré para castigarte —amenazó Absalon—.

Volviendo a tu Kindred, su padre tenía grandes esperanzas puestas en él.

Desmond entendía mi visión de este mundo, dedicó su vida a hacerla realidad.

Veo que su heredero no comparte su inteligencia. Una lástima.

Continué avanzando con cuidado como si quisiera llegar hasta Orla. En el silencio sepulcral, mis dagas y las ondas de mi poder rodeaban el claro a la carrera.

—Lo que es una pena son tus delirios de grandeza.

—Lyssandria merece un dios —respondió él como si nada.

—¿Y supongo que tú eres el único candidato?

Absalon se encogió de hombros.

Yo continué acumulando poder y dirigiendo mis armas escondidas entre las tinieblas del Remolino.

—Los Altos Fae nos habían repudiado. Los Changeling somos una amenaza para ellos.

Temen mi poder y el de mis descendientes.

Tu poder , criatura. ¿Qué crees que harán contigo, si consiguieras matarme?

Te perseguirán igual que a mí. Nos temen y no quieren compartir su poder.

No merecen respirar. No después de lo que me hicieron.

—No fueron los Fae quienes te mataron. Fueron tu madre y tu tía. —Me planté delante de él apenas a unos metros de distancia—. Dos de las únicas diosas verdaderas de Lyssandria.

Absalon arrugó la cara en un gesto de furia y comenzó a gritar. Yo aproveché el momento para usar las dagas por primera vez.

—¡ME TRAICIONARON! ¡COBARDES! ¡ESCORIA! —bramó escupiendo en el proceso. Los portales parpadearon con su pérdida de control—. Y, aun así, fracasaron. No se puede matar a un dios.

Mientras continuaba gritando como un energúmeno, las tres dagas que había dirigido hacia el lado contrario del claro a mi llegada impactaron contra su cuerpo frágil por la espalda.

Su discurso se vio interrumpido por un borbotón de sangre que escapó de su garganta, a través de la cuchilla que lo atravesaba.

Escuché cómo, a nuestro alrededor, las criaturas gritaban, enloquecidas, pero no me permití prestarles atención.

Por primera vez en mucho tiempo, dejé que la oscuridad y el poder que siempre mantenía atados salieran despedidos hacia mi objetivo.

Mi ataque le golpeó de lleno en el pecho, compuesto por una hebra brillante tejida con la magia de las cinco cortes.

El rostro de Tej se quedó congelado en una mueca extraña que no me dio tiempo a descifrar antes de que todo él desapareciera en una explosión de hueso y polvo.

No me permití saborear la victoria, todavía incrédula, busqué a Orla entre el caos de gritos, preparada para liberarla. Cuando nuestras miradas se encontraron fui testigo de cómo me miraba con lágrimas en los ojos y el más terrible de los horrores pintando su semblante.

Algo no iba bien.

La risa estridente de Umbra rompió el momento. Una sensación fría y viscosa invadió mi corazón.

—¡Ay, Hadaës, tu torpeza es lamentable! —resopló Umbra entre carcajadas mientras los restos de Absalon sobrevolaban el aire nocturno—.

¿De verdad creías que sería tan fácil? ¿De verdad pensabas que Absalon dejaría su seguridad en manos de un cuerpo que se descomponía por momentos?

Tej no era más que su señuelo. El pobre Fae apenas distinguía arriba de abajo desde hace años.

No era más que una mera marioneta a su servicio para proteger a su verdadero anfitrión.

A pocos metros, Orla continuaba gritando sin voz mientras sus ojos imploraban que me marchara de allí.

—El alma de Absalon está en otro cuerpo. Un cuerpo sano y capaz con el que se fusionó hace años. Un cuerpo poderoso que tú conoces muy bien.

El pánico debía de ser más que evidente en mi semblante, tanto que Umbra hizo un puchero exagerado para burlarse.

—Pobre Hadaës. Tan solita y traicionada como siempre. A estas alturas supongo que Absalon ya habrá deshecho el pequeño paripé que has organizado en Adhair. ¿No oyes las pisadas, querida? Tus amigos están de camino.

Orla lloraba en silencio y comprendí que aquello era lo que había estado intentando decirme desde el principio. Absalon, el de verdad, era alguien a quien yo conocía. Alguien que llegaría camuflado con el resto.

—Pensaste que podías salvarlos a todos. No podías estar más equivocada. Absalon es caos y destrucción. Su objetivo no es solo recuperar sus poderes, sino destruir a todos aquellos que amenacen su orden. Empezando por tu patética familia.

Un millar de pasos apresurados y gritos de guerra resonaron a mi espalda. En el cielo, un Dracano rugió como si pretendiera que devolviera mi atención a la Verdeluna. Mis ojos volaron al firmamento y, al contemplarlo, mi corazón se saltó varios latidos.

El eclipse era inminente.

—Escucha con atención, escoria —susurró Umbra—. Esta es la música de tu funeral.

No alcancé a oír nada más. El claro estalló en una vorágine de caos y guerra y yo comprendí que habíamos perdido antes de empezar.