Capítulo XLIII. Elara #2
Volvió a tumbarme sobre la cama y entró en mi interior haciendo que ambos nos atragantásemos en un gemido. Sus movimientos eran lentos, como si no tuviéramos ninguna prisa. Y lo cierto es que allí, perdida junto a él, sentí que todo era correcto.
—Mira cómo encajamos, Tiniebla —susurró contra mi oreja—. ¿Sientes lo perfecta que eres? Espíritus, quiero vivir enterrado en tu cuerpo perfecto para siempre.
Solo pude besarlo, porque no tenía palabras para describir lo que sentía en ese momento. El hilo de medianoche que nos unía vibraba con fuerza.
— Kindred. Kindred. Kindred —cantaba mi magia.
Quería gritarlo a los cuatro vientos. Quería decirlo tantas veces como fuera posible, hasta que no importara que él no pudiera hacerlo.
Así que lo hice. Cada vez que nuestros cuerpos se encontraban, yo le susurraba aquellas palabras.
Aquella realidad que ambos sentíamos, aunque solo yo pudiera expresarla.
—Dime lo que necesitas y lo haré tuyo —me pidió él mientras su cuerpo temblaba contra el mío.
—Necesito que este momento dure para siempre —supliqué.
Me regaló una sonrisa radiante empañada de todo lo que no podía decirme con palabras.
Aquella noche durante varias horas, Callum consiguió crear un para siempre sobre aquella cama.
Adoró mi cuerpo sin descanso y sin prisa.
Me repitió una y mil veces que me amaba al tiempo que me hacía descender en un torbellino de placer y sentimiento.
En sus brazos un segundo prometía infinitos y su boca en mi piel consiguió acallar los tambores de guerra.
Después de unas horas que atesoraría el resto de mis días, comprendí que el tiempo se me echaba encima. Me levanté en silencio, procurando no despertar a Callum que todavía dormía abrazado a mi cuerpo. Me vestí en la penumbra, tratando de ignorar la punzada de dolor que aguijonaba mis costillas.
Callum se despertó cuando mis labios rozaron su cuello, en un beso que sabía a despedida.
Él se incorporó despacio mientras sus ojos repasaban mi cuerpo ya vestido para la inminente batalla.
Se sentó en el borde de la cama y sus sombras me atrajeron con cuidado hasta que situó mi cuerpo entre sus piernas abiertas.
—Todavía es pronto, Elara —murmuró con sus manos recorriendo mi espalda—. Aún nos quedan un par de horas.
—¿Qué haremos cuando todo haya acabado? —pregunté, acariciando su mejilla con mis manos enguantadas—. ¿Cuáles son tus expectativas?
—¿Expectativas? —preguntó con una risa, enterrando su nariz en mi cuello.
Yo no encontré otra manera de articular mis demonios, mi cabeza era un mar de dudas que buscaba a ciegas algo a lo que agarrarse más allá de aquella noche.
—Mi única expectativa es que seamos felices juntos, Elara.
Lo que yo haga depende de lo que tú hagas.
Mi sitio está contigo, así que mis deseos son los tuyos.
Mientras me quieras a tu lado, por supuesto.
—Depositó un beso en mi mejilla y yo sentí que explotaba de emoción—.
¿Qué querrás hacer tú cuando volvamos a casa?
Mi pecho se encogió al pensar en Galamh y en sus montañas.
Me lancé a soñar. Aunque fuera una mentira envenenada de esperanza.
—Quiero descansar —suspiré con una risa que sonó más como un suspiro—.
Y después creo que me gustaría verlo todo.
Descubrir cada rincón de Lyssandria o incluso averiguar qué hay más allá del mar.
Aprender de dónde vienen los artefactos que robé durante tantos años en Nébula y buscar nuevos lugares que conocer.
También me gustaría ayudar a crear una sociedad donde Altos y Bajos Fae sean iguales.
Me gustaría gritarle al mundo lo bueno que eres.
Me gustaría enterrar a mi madre. Me gustaría volver con un millón de historias que compartir con Lía por las noches en la biblioteca.
Me gustaría salir a volar con Levi mientras escucho sus parloteos.
Me gustaría ver cómo Nox os machaca a ambos cazando ocasos.
Me gustaría cultivar nuevas flores con tu madre en el invernadero, flores que traigamos de nuestros viajes.
Me gustaría seguir creando figuritas de agua y sal para Echo.
Me gustaría discutir contigo hasta terminar comiéndonos a besos —respondí con lágrimas en los ojos—.
Me gustaría dormir cada noche entre tus brazos y despertar todas las mañanas con tu aroma.
Callum atrapó una lágrima silenciosa con uno de esos besos.
—Pues entonces eso haremos —aseguró, con ojos igual de brillantes que los míos antes de volver a besarme.
Me permití disfrutar de aquel último momento un segundo más. Me obligué a recordarlo todo: su sabor en mi boca, el peso de sus brazos sobre mi cuerpo, su aroma en mis venas. Aquel beso quedaría tatuado para siempre en mi alma. Allá a donde fuera, ese instante sería infinito.
Una vez estuve segura de que lo recordaría todo, dejé que mi magia quedara libre.
Mi poder salió despacio al principio, despacio y en silencio para que no lo detectara.
Tenía solo una oportunidad y no podía permitir, bajo ningún concepto, que él se percatara de mis intenciones.
La fuente era inagotable, tanto que dejar que saliera se sintió como un alivio.
Aún perdida en nuestro beso, encontré su respiración, la suya y la de los miles de Fae que esperaban en el castillo.
La Corte de las Tormentas vibró a mi alrededor.
Su magia cantó un llanto triste pero comprensivo.
Me ayudó a hacer lo imposible. Con cuidado, extraje el aire de todos y cada uno de sus pulmones.
Mi oscuridad se estrechó por toda la corte, amortiguando sus caídas y ayudando a sumirlos a todos en un sueño profundo.
Al mismo tiempo, una estela brillante de mi poder combinado encontró la magia del portal y se enredó a su alrededor. Mis ondas se entremezclaron con las hebras que tan cuidadosamente habían creado los orfebres de todas las cortes hasta que el portal quedó inutilizado.
Al comprender lo que estaba haciendo, Callum se tensó contra mi cuerpo. Pero era demasiado tarde. Despegó los labios de los míos e intentó hablar, pero mi magia no se lo permitió. Sostuve su cuerpo y lo deposité con extremo cuidado sobre las sábanas cuando sus fuerzas fallaron.
—Perdóname, por favor —murmuré cuando vi como una lágrima de impotencia descendía hasta su comisura—. Te quiero pase lo que pase y te amo más que a nada, aunque no regrese.
Callum perdió el conocimiento con el dolor de una traición pintado en su rostro.
Yo me obligué a salir de allí sin mirar atrás.
Empuñé las dagas que él me había regalado y me tragué los sollozos.
Dejé que la oscuridad me cubriera y me sumí en la noche en una carrera a contrarreloj hacia el Remolino.