Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XLIII. Elara
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Capítulo XLIII. Elara

CAPÍTULO XLIII

Elara

No podía moverse. No podía hablar. No podía evitarlo.

El olor era el mismo.

El vaivén del palacio era el mismo.

El respirar de los espíritus en el Remolino era el mismo.

¿Por qué entonces todo se sentía distinto?

¿Era la ausencia de Orla?

¿O era acaso el retorno de una ladrona con alma de sombras?

Inspiré con recelo el olor familiar que me transportaba a una vida lejana que no parecía mía. La Corte de las Tormentas vibraba con la misma magia ligera y volátil que respiraba al compás de la montaña. El mismo poder que serpenteaba entre mis venas desde que tenía conciencia.

Mi oscuridad se arremolinó con cariño a mi alrededor.

Mi oscuridad y la suya.

— Nuestra —murmuró su voz en mi cabeza.

Callum continuaba encerrado en un despacho con Finnian y Selene. Un despacho que yo había abandonado hacía un par de horas. Necesitaba unos instantes para pensar a solas, lejos del ruido, lejos de las discusiones de guerra.

Desde la pequeña terraza observé como el sol comenzaba a descender tras las copas del Remolino. Tan solo quedaban un puñado de horas hasta la medianoche. A los pies de Adhair las cortes se preparaban para la batalla.

Las tropas de Selene habían llegado hacía apenas unas horas. Sus soldados se arremolinaban alrededor de las diferentes lagunas de Verdeluna. Sus ropajes y armaduras eran tan blancas y ligeras que creaban la ilusión de un ejército fantasma aguardando en las puertas del Bosque.

Dentro de una de esas lagunas, Echo nadaba en círculos sin perderme de vista. Mi Eólach nos había seguido de vuelta a la Corte de las Tormentas y ninguna de mis súplicas le habían convencido de quedarse en casa.

Los Fae de la Corte de las Sombras esperaban, pacientes, al resguardo de las últimas luces del día.

Sus uniformes negros ondeaban al ritmo de las sombras de su Guardián.

La magia de Callum rodeaba todo el castillo en una niebla espesa y mortífera.

Nox y Levi iban de aquí para allá dando órdenes y asegurándose de que todo estuviera a punto.

Mientras tanto, los soldados de Finnian afilaban sus espadas en silencio a la espera de que el momento de cruzar el portal llegara.

Fae expertos de todas las cortes implicadas llevaban casi un día trabajando en la creación de un portal Irisado que pudiera sobrepasar la magia protectora que Absalon había creado alrededor del claro.

Nadie podía realizar un Salto Irisado directo a la región del Remolino que pertenecía a la Corte del Bosque.

Muchos lo habían intentado y los resultados eran catastróficos.

En teoría, la magia combinada del portal permitiría un salto conjunto a las inmediaciones del claro.

Una llegada silenciosa y que no hiciera saltar todas las alarmas.

Ya que, para que el plan de Lía funcionara, sorprender a nuestros enemigos era esencial.

Hasta entonces, la niebla de Callum aseguraba que el enemigo no pudiera ver los números con los que contábamos.

Los Guardianes pretendían sorprender a Absalon y a sus criaturas.

Atacaríamos una hora antes del eclipse que coincidía con la medianoche.

Yo debía actuar como cebo distrayendo a Absalon y Umbra mientras las tropas entraban en el claro desde distintas posiciones.

A pesar de que los números parecían estar de nuestro lado, lo cierto es que no podíamos descartar las criaturas que el semidios traería para luchar a su lado, los muertos que usaría como marionetas o los Fae a los que hubiera infectado con mi sangre.

De acuerdo con la corazonada de Lía, lo esencial era matar a Absalon antes del eclipse y evitar a toda costa que tomara mi sangre. El tiempo era justo, pero los portales no se construían de la noche a la mañana. Apenas estarían preparados a tiempo para partir una hora antes del eclipse.

Varios pisos por debajo, Cían elevó la vista en mi dirección. El general me saludó con la mano y una sonrisa triste desde el patio. Le devolví el saludo. Traté de retornar la sonrisa también, pero en su lugar solo fui capaz de emitir una mueca extraña.

—La traeremos de vuelta —me dijo moviendo los labios sin emitir sonidos.

Quise creer que el plan saldría bien y que salvaríamos a Orla. Pronto todo habría terminado. Cían sonrió de nuevo, esta vez con más seguridad, antes de volver a centrarse en sus tareas.

Después, la oscuridad se volvió más espesa en el balcón, ocultando mi figura y creando una pantalla oscura que sumió la habitación en la penumbra. Los brazos de Callum se materializaron alrededor de mi cuerpo y su aliento fresco me acarició el cuello y su aroma lo envolvió todo.

—Pensaba que ibas a descansar —susurró contra mi piel.

Cerré los ojos con un suspiro profundo ante el alivio de su cercanía. Él besó mi cuello con detenimiento, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo y no hubiera una guerra esperando al otro lado del bosque.

—No puedo dormir —susurré—. No puedo parar de pensar en Orla allí sola. No puedo borrar el recuerdo de todos esos Fae muriendo por mi culpa...

Callum me arrulló en sus brazos. Sus labios calmaban mi desesperación en forma de besos suaves y caricias sanadoras.

—Él es quien está matando a esas personas —me dijo con un tono que no albergaba lugar a discusión—. No tú, Elara. Esto no es tu culpa.

Me di la vuelta entre sus brazos para poder mirarlo a los ojos.

—Entonces, ¿por qué me siento como si lo fuera?

Callum abrió la boca para volver a rebatirme, pero yo lo acallé con un beso que él respondió de inmediato.

No quería hablar, ya que aquello solo traía angustia y culpa.

Quería perderme en su presencia y atesorar su cercanía mientras todavía estábamos juntos.

Mientras la batalla todavía era cosa del futuro.

Enredé mis manos detrás de su cuello, disfrutando de la suavidad del pelo que acariciaba su nuca.

Él cerró los ojos con un ronroneo a causa de mis caricias y yo proveché el momento para atrapar su labio inferior entre mis dientes.

—No hablemos más. Ayúdame a no pensar. Haz que el ruido desaparezca —suspiré antes de perderme entre sus labios.

Callum respondió a mi beso con ganas. Su lengua rodeó la mía y tomó el control de la situación agarrando mi cadera y atrayendo mi cuerpo contra el suyo. Sentí como su magia nos atrapaba, haciéndonos aparecer sobre las mantas suaves de la cama.

—Adoro hablar contigo —murmuró contra mi piel—. No puedes pedirme que no lo haga. ¿Qué será de mí, si no puedo provocarte?

Su boca recorría cualquier superficie visible.

Mi cuello, mi mandíbula, mis labios. Los suyos dibujaron el mapa de la cicatriz de mi garganta con reverencia.

Me estremecí arqueando la espalda en una petición silenciosa para que no se detuviera.

Lo desearía siempre. Las cosas que me provocaban no se podían explicar con palabras.

Un puñado de noches juntos no era suficiente.

Mis sombras actuaron por su cuenta. Se deshicieron de nuestras ropas hasta dejarnos a ambos desnudos.

Callum emitió un sonido de aprobación contra mi cuerpo, mientras hacía descender una mano con lentitud por mi cuerpo.

Me pellizcó el pecho antes de acariciar mis costillas con sus manos rugosas, que quería que me marcasen para siempre.

Arañé su espalda dejando mis propias marcas, dispuesta a sentirlo todo.

—Yo diría que adoras discutir conmigo, Kindred —respondí con la voz entrecortada—. A lo que tú llamas provocar, yo lo llamaría...

Callum clavó sus dientes en mi clavícula al tiempo que su mano me daba un golpe ligero pero sonoro en el trasero.

Una risa sorprendida escapó de mis labios haciéndome olvidar lo que iba a decir.

Cuando levanté la vista entre risas, él me observaba con ojos brillantes y rebosantes de cariño.

Se bebió el final de mi carcajada mientras me besaba hasta dejarme sin aliento.

Sus dedos se hundieron en mi carne y mi risa se transformó en un gemido.

Giró la muñeca para poder acariciarme también con el pulgar, trazando círculos con una presión perfecta.

—Pórtate bien, Tiniebla, o encontraré otros usos más productivos para esa boca.

Sus palabras encendieron algo atrevido en mi interior. Nunca había deseado tanto saborear a alguien. Esa vez fui yo quien usó nuestras sombras para mover su cuerpo lejos del mío. Me deslicé sobre él con un único pensamiento en la cabeza: desatar al Guardián.

Agarré su erección con determinación y, antes de que Callum dijese nada, esparcí un sinfín de besos sobre aquella piel suave y perfecta. Sin dejar de apretar y acariciar con la mano dejé que mi lengua recorriera su longitud.

—¡Maldita sea! —gimió él, dejando caer la cabeza contra las almohadas e inclinando las caderas—. Enséñame que otras maldades sabe hacer esa boca.

Con una sonrisa triunfal, lo introduje en mi boca.

Callum profirió otra ristra de maldiciones y alabanzas.

Con cada pasada de mis labios perdía un poco más el control.

Sus caderas se movían desesperadas reclamando mi boca.

Sus manos encontraron mi cara, acariciando mis pómulos y acunaron mis movimientos.

Yo me dejé engullir por las sensaciones, por su sabor profundo y los ruidos que emitía. Me sentí poderosa y libre. Sentí que aquel momento era solo nuestro. Con cada minuto que pasaba, sus movimientos se volvían más erráticos y mi necesidad más creciente.

—¡Serás mi perdición, Elara! —jadeó él en una última embestida—. Ven aquí.

Cuando me separé, pude ver cómo me miraba con los ojos enloquecidos por el deseo.

Atrapó mi garganta con su mano y me atrajo hasta su boca.

Después, me devoró. Su beso era promesa y castigo.

Era el inicio de una caída infinita. Lo único que podía romperme en mil pedazos perfectos.

Mil pedazos que le pertenecían solo a él, pues solo Callum sabía recomponerlos.