Capítulo XLII. Callum #2
Uno a uno, comenzaron a avanzar hacia nosotros. Fae de todas las cortes y de todas las edades se movían como un único ser con sonrisas inexpresivas en sus rostros manchados de sangre. Con una sola voz hecha de pesadillas y guerra, empezaron a hablar al mismo tiempo.
—Me habéis robado. Tenéis algo que me pertenece.
Así que yo he decidido pagaros con la misma moneda —susurró la voz de Absalon a través de sus bocas—.
Tienes hasta la medianoche de mañana para volver a mi lado, criatura.
De lo contrario, estas serán solo tus primeras víctimas.
Ven a mí antes del eclipse y cumple tu destino.
La voz de Absalon murió después de un millar de ecos. Cuando sus últimas palabras desaparecieron en el viento, los cuerpos de los Fae volvieron a actuar. Todos desenfundaron cuchillos similares de entre sus ropas enmarañadas. Después, uno a uno, se clavaron los cuchillos en el corazón.
—¡NO! —chilló Elara.
Salió disparada en su dirección y yo tuve el tiempo justo de atraparla entre mis brazos antes de que alcanzara la línea de fuego.
Ella se revolvió y ambos caímos al suelo.
Me negué a soltarla. Elara golpeaba la tierra con puños sangrientos mientras los cuerpos seguían cayendo.
Todos y cada uno de ellos con la misma herida que ella había creado en el pecho de Artio al final del torneo.
Sentía su dolor, su desesperación e impotencia al ver los cuerpos morir y caer. Quemaba tanto que me concentré solo en absorberla y hacerla mía.
—¡Te mataré!, ¿me oyes? ¡Te mataré, aunque sea lo último que haga! —gritó al firmamento mientras temblaba de rabia.
Los Puka se alejaron y desaparecieron en el cielo nublado. Las guardas volvieron a vibrar, liberadas de aquella magia extraña. Volvíamos a estar a salvo, aunque, por primera vez en mucho tiempo, no supe decir hasta cuándo. Aún con Elara entre mis brazos, reforcé los escudos.
—Tengo que ir —me dijo temblando.
—De ninguna manera —rugí.
Hacía tan solo unas horas sus brazos me habían sujetado rogando que nunca me alejara. Ahora, veía en sus ojos la determinación de sacrificarse. No lo permitiría.
—¡Callum! —gritó mi hermana desde las escalinatas—. Hay alguien al pie de la montaña que pide entrar. Varios de los soldados que están evacuando a los demás han subido para avisar.
Elara aprovechó el momento para levantarse.
—No es urgente. Encárgate tú, por favor —respondí sin separarme de Elara—. Amor, encontraremos otra manera. No puedes hacer lo que pide.
—No hay otra manera. Esto es culpa mía y solo yo puedo pararlo, ya escuchaste a Hunt.
Se deshizo de mi agarre y me enfrentó con la mirada desprovista de opciones. Antes de que yo pudiera rebatirla, mi hermana se interpuso entre ambos.
—Callum, escúchame, sí que es urgente. ¡Los soldados aseguran que es un Guardián! —gritó Lía.
Las palabras de Lía hicieron que tanto Elara como yo parásemos en seco. Intercambiamos una mirada confusa.
—¿Quién? —exigí.
—Allí abajo es todo un caos. No se entendía nada. Solo sé que es un hombre, así que eso descarta a Umbra y a Selene.
Nox llegó corriendo hasta nosotros en mitad de la discusión.
A nuestras espaldas, Levi se transformó con un rugido que hizo temblar el agua de las cascadas de las lagunas.
La descripción de mi hermana solo dejaba dos opciones posibles, ninguna de las cuales era un aliado.
La mano de Elara encontró la mía, lista para saltar.
Desesperado, busqué en sus ojos alguna manera de convencerla.
Lía se plantó frente a nosotros.
—Voy con vosotros.
—Lía necesito que alguien se quede aquí —dije con sumo cuidado.
—Y yo necesito estar con mi familia —respondió desafiante.
Elara me apretó la mano con cariño. Yo suspiré derrotado. Desde la escalinata mi madre asintió en mi dirección. Sin palabras, supe que ella se encargaría de todo en nuestra ausencia.
—Vamos —sentenció Elara, agarrando a Lía con su mano libre.
Nos deshice en una voluta de estrellas que se perdió en el espesor del momento. Medio segundo después nuestros pies se posaron sobre el terreno que descansaba debajo de la cordillera flotante. Desde el cielo, Levi rugió cubriendo nuestra posición con las fauces abiertas.
—¡Elara! —gritó una voz que todos reconocimos al instante—. Se la han llevado. Se han llevado a Orla.
Ese nombre impactó en Elara como un proyectil. Percibí como contenía el aliento, como su corazón galopaba sin control.
El Guardián de las Tormentas corría hacia nosotros ignorando los rugidos del centenar de soldados de las Sombras que se arremolinaban alrededor del portal. Su general, con la cara pálida, avanzaba a su lado con el mismo gesto de desesperación.
Elara comenzó a andar en su dirección por delante de los demás. Mis sombras salieron disparadas. No tuve remordimientos cuando apreté dos tentáculos alrededor de sus cuellos frenando su carrera de un plumazo.
Las nubes teñían el día de un gris enrarecido que había borrado la mañana clara y apacible en la que habíamos amanecido. La Corte de las Sombras se preparaba para la batalla y su cielo lo sabía.
—Ni un paso más, Finnian —dije en un siseo varios metros por detrás.
Puede que nos hubiera ayudado a salir de la prisión de Umbra, pero no me fiaba un pelo de nadie, y menos de él cuando se trataba de la seguridad de su hermana.
—¿Qué hacéis aquí? —preguntó mi mitad, precavida.
Aun así, yo podía sentir la preocupación en su voz. Apreté de nuevo mis sombras en la garganta de Finnian a modo de advertencia. Al ver que aquello era precisamente lo que le impedía hablar, Cían tomó la delantera.
—Absalon tiene a Orla, Elara —explicó el general de las Tormentas—.
Aparecieron de la nada, cientos de ellos.
Fue hace apenas unas horas. Llevamos toda la noche buscando, pero no logramos encontrarla.
Y entonces llegó la voz de esa... cosa. Es un castigo por nuestra traición.
Un castigo por ayudarte. Te quiere a ti, necesitamos que...
Levi rugió desde algún lugar un puñado de metros sobre nuestras cabezas.
Una llamarada impactó contra el suelo a los pies de los Fae de las Tormentas obligándolos a retroceder.
Mis sombras se apretaron todavía más en su garganta.
Lía y Nox cerraron filas interponiendo su cuerpo entre el de los habitantes de las Tormentas y Elara.
—Si habéis venido en busca de otro sacrificio, vamos a tener un problema —advirtió Nox con varios tentáculos de sombras azuladas listos para atacar.
—Elara no va a ir a ninguna parte con vosotros.
Mi hermana cogió a Elara de la mano y yo sentí que me explotaba el corazón al ver como todos ellos la protegían. Eran su familia, nuestra familia.
—No he venido a pedir ningún sacrificio —aseguró Finnian con un hilo de voz.
El Guardián de las Tormentas tenía un aspecto horrible. Su pelo estaba enmarañado y unas ojeras profundas delataban que llevaba días sin dormir. Lo liberé del agarre de mis tentáculos para que pudiera hablar con claridad.
—He venido a suplicar, Elara —continuó—.
No hay palabras para expresar la vergüenza y el arrepentimiento que siento por mis acciones las dos últimas veces que nos hemos visto.
Orla es y será siempre mi prioridad. Tú lo sabes mejor que nadie.
Pero, en mi inquietud por salvarla, te he hecho cosas horribles.
Cían y mi hermana llevan meses tratando de hacerme entrar en razón.
Y, aun así, no fue hasta que vi cómo te trataba esa cosa en la prisión de Umbra cuando desperté.
Cían observaba a su Guardián y amigo con un gesto indescifrable. Sus ojos volaban constantemente de vuelta a Elara teñidos por el arrepentimiento más profundo. El Alto Fae había sido el único que había tratado de frenar a Finnian en el Cónclave. Por eso tenía mis respetos.
Elara observaba a Finnian con la mirada seria. Abrió su mente para dejar que mi presencia se abrazara a su alrededor. No necesitaba que yo la sostuviera y, aun así, me permitió entrar para acompañarla.
—Soy consciente de que no merezco tu ayuda.
Estás en tu derecho de negarte. No te pido que hagas esto por mí.
Te suplico que lo hagas por Orla. —El Guardián de las Tormentas dejó caer ambas rodillas contra el suelo—.
En la prisión dijiste que solo tú podías matar a Absalon.
Dijiste que solo su muerte salvaría a mi hermana.
Elara tragó saliva y asintió.
Al lado de su Guardián, Cían imitó su postura.