Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XLII. Callum
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Capítulo XLII. Callum

CAPÍTULO XLII

Callum

Sus manos creaban heridas abiertas. Heridas destinadas a sangrar para siempre.

La Corte de las Sombras oscilaba con calma en lo alto de la montaña.

El día era claro, como si la tormenta se hubiera llevado consigo los horrores que habíamos vivido en las últimas horas.

Lo último que quería hacer en aquel momento era levantarme de nuestra cama y separarme de Elara.

Sin embargo, Levi y Lía llevaban casi una hora tratando de ponerse en contacto conmigo.

Suspiré resignado e intenté alargar aquellos segundos todo lo posible.

Sabía que el Priorato de las Sombras nos había regalado un tiempo precioso, pero la guerra no esperaba a nadie.

Elara respiraba con profundidad entre mis brazos, serena y a salvo. Decidí dejar que durmiera un poco más, seguro de que, como yo, necesitaba descansar. Antes de levantarme, deposité un beso suave en sus labios y abandoné la cama en silencio.

Ni siquiera había andado un par de pasos cuando sus sombras tiraron de mí.

—¿A dónde crees que vas, Kindred? —murmuró todavía medio dormida—. No te he dado permiso para levantarte.

Dejé brotar la risa ronca que sus palabras me provocaron y me tumbé de nuevo junto a ella.

Elara se estiró en mi dirección envuelta en mi camisa y las sábanas.

Acaricié su estómago por debajo de las telas levantando una oleada de pelos de punta a mi paso.

Sin poder contenerme, decidí posponer las responsabilidades durante unos instantes más.

¿Qué eran un par de minutos al fin y al cabo?

Agarré su cadera y la atraje hacia mi cuerpo hasta que mi pecho desnudo entró en contacto con su espalda.

Su jadeo de sorpresa fue como música para mis oídos.

—Adoro cuando me mangoneas, Tiniebla —dije contra su cuello—. Solo me da más ganas de buscar castigos con los que conseguir dejarte sin palabras.

—Si tus castigos se parecen a lo que ha pasado esta noche, me parece que te vas a hartar de escuchar mis contestaciones —murmuró con un suspiró encantado.

Estiró el cuello para darme mejor acceso al tiempo que mis manos recorrían su cuerpo explorando cada una de sus curvas. Elara emitía jadeos suaves que sonaban como cantos de sirena diseñados solo para mí.

—No deberías tentar a la suerte, Elara. ¿No te has enterado? Soy un monstruo —dije con la boca llena de su aroma.

Mis manos descendieron hasta su centro. Elara abrió las piernas inmediatamente y mi oscuridad ronroneó como un cachorrito bien entrenado.

Encontré el punto de su cuerpo que le hacía estremecerse de placer.

Lo acaricié lentamente. Lo hice despacio y sin apenas presión. Solo lo suficiente para volverla loca.

Elara protestó con un bufido indignado y su cadera comenzó a moverse buscando más.

El movimiento hizo que su culo se presionara con fuerza contra mi abultada erección.

La deseaba tanto..., no podía saciarme de ella.

Todo lo que hacía me llevaba a quererla más.

Nunca sería suficiente. Quería hundirme en su interior hasta arrancar mi nombre de sus labios y sentir como su cuerpo me apretaba en la mejor de las torturas.

Quería pasar mis noches explorando su cuerpo, encerrarla en aquel cuarto y no salir jamás.

Pero una guerra nos pisaba los talones, y yo estaba decidido a que ella sobreviviera.

—Eres un maldito peligro, Tiniebla.

Su risa ahogada me la puso todavía más dura, si es que eso era posible.

Apliqué algo más de presión con mis dedos y ella suspiró aliviada.

Tracé una serie de círculos deliberados sobre su piel al mismo ritmo que sus caderas.

No paré hasta que sus respiraciones se volvieron desesperadas y sus jadeos cantaron mi nombre.

Empujé contra su cuerpo una única vez, al mismo tiempo que introducía dos dedos en su interior. El placer estalló tras mis párpados cerrados, pero me obligué a levantarme y actuar como si nada. Elara se giró con las mejillas sonrojadas y la cara pintada de indignación.

Jamás había estado más hermosa.

—¿Qué crees que estás haciendo?

—Tengo una reunión que atender —dije como si nada.

No disimulé la sonrisa satisfecha que invadió mi rostro cuando vi la mueca de cabreo que le sobrevino.

Conjuré mi ropa habitual, al mismo tiempo que mi magia depositaba sobre la cama uno de mis jerséis gastados que ella tanto adoraba usar.

Ninguno de los dos habló, pero vi que levantaba una ceja sorprendida a la vez que sus ojos brillaron de emoción.

Testaruda hasta el final no dijo nada al respecto.

Completamente vestido y con ella todavía desnuda en la cama me incliné ligeramente sobre el colchón.

Sin cesar nuestro contacto visual, introduje los dos dedos que segundos antes habían estado en su interior en mi boca.

Succioné con gusto disfrutando de su sabor dulce.

Sus mejillas se volvieron todavía más rojas y sus respiraciones laboriosas.

Elara abrió la boca para decir algo, pero le agarré la barbilla con la mano libre.

—¿Sabes cuál es mi manera favorita de castigarte? —susurré.

Ella entrecerró los ojos.

—¿Cuál? —me preguntó.

Me incliné sobre ella y la besé despacio. Recorrí su boca con mi lengua una sola vez.

—La satisfacción aplazada.

Rocé su cicatriz como despedida con un dedo teñido de su poder y me encaminé hacia la salida. Desaparecí en un Salto Irisado antes de que pudiera responderme.

—Voy a pasarme todo el día con tu sabor en mi boca. Cada vez que te vea sabré lo que esconden tus piernas. Por la noche veremos si suplicas lo suficientemente bonito para disfrutar de la segunda parte de mi castigo.

Su presencia estrellada me lanzó un corte de mangas a través de nuestra conexión mental y yo sonreí como un idiota, sabedor de que, al otro lado, ella sonreía tanto como yo.

Horas más tarde el aire de Galamh crujió, envenenado, rompiendo el puñado de horas de paz inventada en la que nos habíamos atrevido a existir.

Desde el interior del palacio un zumbido atronador hizo que se tambalearan las ventanas.

Percibí su presencia, la de cientos de aquellas retorcidas criaturas, rompiendo las guardas.

Las barreras de protección cayeron como piezas de dominó.

Mi oscuridad agarró con fuerza los límites de los hechizos protectores tratando de mantenerlos unidos, pero una magia viscosa y muerta lo corroía todo a su paso. Una magia extraña y poderosa que no fui capaz de frenar.

Y, entonces, comenzaron los gritos.

Gritos como jamás habían sonado en Galamh.

— Callum. —Podía escuchar el horror en la voz de Elara.

Mis sombras me llevaron hasta ella en un parpadeo. Me materialicé a su lado en la escalinata exterior del palacio. Junto a ella el resto de mi familia contemplaba el cielo con una mezcla de decisión y pánico. Mis ojos volaron hacia el horizonte.

Lo primero que vi fueron las sombras del Priorato trazando una barrera protectora entre la inminente amenaza y los habitantes del palacio.

Después, los vi a ellos. Medio centenar de Puka sobrevolaban la montaña que había sido nuestro refugio.

Atrapados entre sus garras otro medio centenar de Fae gritaban desesperados.

Desesperados y oliendo a la sangre de Elara.

—Si atacamos, podríamos herir a los rehenes —jadeó Levi con frustración.

—Ya están muertos —respondió Elara con la voz vacía.

Sus manos borboteaban bañadas en sombras de múltiples colores. Desde su mente me llegaban las notas amargas de su dolor. La conocía lo suficiente para saber que la culpabilidad ya había anidado en su interior.

—Incluso sin los rehenes, matar a tantos Puka a la vez es demasiado arriesgado —cortó Lía mientras sus ojos escudriñaban el cielo en busca de una solución—. Tenemos que encontrar otra manera de echarlos de aquí.

—No tenemos otra opción —rugió Elara.

Su poder hizo temblar la base de la montaña.

—¿Cómo espíritus han encontrado este sitio? —murmuró mi madre desde lo alto de las escaleras.

Pese a que la persona en cuestión estaba muerta, yo tenía un par de hipótesis al respecto.

A nuestras espaldas mi madre guiaba a los trabajadores del palacio, asegurándose de que todos estuvieran a salvo detrás de nuestras protecciones.

Mientras los Puka no pisaran el suelo de la cordillera, la magia de Galamh no podría hacer nada contra ellos.

Nox, por su parte, aullaba órdenes a los soldados estableciendo un perímetro de seguridad nuevo.

—Lía saca a todos de aquí a través del portal —pedí sin dejar de mirar a la bandada de Puka — . ¡Levi, ya sabes qué hacer!

—Yo me encargo de los de la zona norte, Nox, tú ve hacia el lado contrario. Tú y Elara concentraros en matar todos los que Nox y yo os enviemos.

Levi comenzó a bajar los escalones de tres en tres para iniciar su transformación.

Elara y yo le seguimos de cerca. Nuestras sombras vibraban repletas de poder contenido, preparadas para atacar.

Sin embargo, en cuanto nuestras botas rozaron la hierba, las criaturas emitieron un chirrido estrepitoso que nos obligó a taparnos lo oídos.

Me doblé por la mitad, luchando por no perder a los monstruos de vista.

Elara y Levi se encogieron sobre sí mismos imitando mis movimientos.

Acto seguido, los cuerpos comenzaron a caer.

Durante unos segundos la montaña guardó silencio mientras los únicos ruidos que se oían eran los alaridos de horror de los Fae y el crujir de sus huesos contra el suelo. Tras unos instantes infinitos, un cementerio aguardaba frente a nosotros.

Escudriñé el cielo a la espera de anticipar el siguiente movimiento de los Puka, que no tardó en llegar.

Decenas de cuerpos mutilados y aplastados por la caída se levantaron al unísono.

Sus extremidades se retorcían en ángulos imposibles que me recordaron a los horrores contra los que habíamos luchado en la Corte del Bosque apenas unos días atrás.

Sentí como las montañas trataban de expulsarlos, pero la magia corrupta de Absalon parecía no tener fin.