Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XLI. Elara
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Capítulo XLI. Elara

CAPÍTULO XLI

Elara

Moriría feliz enterrado en su centro, acunado por el ritmo de sus gemidos y marcado por los surcos de sus uñas contra su cuerpo.

Las manos hábiles de Callum me sujetaron cuando me tambaleé hacia atrás al materializarnos sobre las alfombras de nuestra habitación. Me atrajo de nuevo a él y yo me dejé llevar directa a sus labios.

No sentí vergüenza, tampoco tuve miedo. Lo quería todo con él.

La necesidad de que siguiera tocándome, de que borrara con sus caricias las pesadillas que habían arrasado mi cuerpo hacía apenas unas horas era superior a todo.

El fervor de sus besos me trajo de vuelta a la realidad, solo para sumirme en la locura más deliciosa cuando su mano oscura pintada por mis sombras acarició la base de mi garganta.

Callum apretó ligeramente y yo me deshice contra su boca en una maraña de jadeos y suspiros entrecortados. El Guardián sonrió en mi boca, yo le mordí un labio por respuesta y él profundizó nuestro beso, enloquecido.

Aquel era mi Callum favorito: descontrolado.

Ansiaba descubrir una y mil formas de hacer que perdiera el control. Envuelta en su abrazo me permití creer que aquella sería la primera de muchas noches juntos.

—No sabes cuánto tiempo he deseado esto —murmuró entre nuestros besos.

Con un único brazo, Callum me elevó sin esfuerzo y me pegó a su cuerpo.

Yo rodeé su torso con las piernas. Con su mano libre tiró de la ropa que yo llevaba puesta y arrancó los botones haciendo que solo quedaran girones sobre mi cuerpo.

Mi espalda quedó atrapada entre su cuerpo y una de sus múltiples estanterías mientras una de sus manos acunaba mi cabeza, amortiguando las esquinas de la madera.

La otra se aferró a mi cadera con desesperación.

Su boca recorrió mi pecho descubierto chupando, besando y mordiendo. Sus caricias crearon un sendero de pelos de punta y escalofríos sobre mi piel desnuda conforme sus ojos me bebían ensimismados.

—Probablemente deberías decirme que pare ahora, Tiniebla —gimió con mi pechó entre sus dientes mientras yo me retorcía de placer—. No sé si seré capaz de parar esta vez. No, si seguimos así.

Atrapé su cabeza entre mis manos y recorrí su rostro, desconcertada. Enredé mis dedos en la profundidad de sus mechones oscuros y tiré de ellos arañando su cuero cabelludo. Él cerró los ojos e intentó reprimir un gemido que se asemejaba demasiado a un ronroneo.

—Te deseo tanto que siento que moriré si no te tengo —confesó jadeando—. Eres tan hermosa. No te merezco, Elara.

Sus caderas impactaron contra mi sexo descubierto. ¡Espíritus! ¿Cómo podía sentirse algo tan bien? Tan nuestro.

—Entonces no pares. No pares nunca —le supliqué, y besé sus párpados cerrados—. Somos Kindred con o sin tu capacidad de verbalizarlo. Yo lo diré por los dos hasta quedarme sin voz. Por favor, no pares.

Cuando impactaron con los míos, sus ojos eran solo negro, consumidos por el poder de las sombras que había estallado en su interior y en el mío.

Sus labios me consumieron en un beso que necesité más que respirar.

Su sabor explotó en mi boca mientras sus manos recorrían mi cuerpo con una delicadeza deliberada.

Sus caderas impactaban sin descanso contra mí.

El roce de nuestros cuerpos amenazaba con hacer que yo también perdiera el control.

El placer era delirante, tanto que ninguno de los dos controlábamos los sonidos que salían de nuestras gargantas o las ondas de poder que sacudían las paredes del palacio.

— Quiero que toda la corte te oiga gritar mi nombre, Tiniebla. Quiero que todos sepan que eres mía. —Sus dedos sortearon el espacio hasta mi centro y se hundieron en mi carne arrancando su nombre de mis labios hinchados —. Eres mía, Elara. Y yo soy tuyo para siempre.

Asentí incapaz de articular palabra mientras sus dedos bombeaban en mi interior y su palma me rozaba de la manera perfecta.

Recorrí su pecho con mis labios buscando curar a besos el mapa de cicatrices de su piel.

Callum se estremeció bajo mis caricias. Su pecho cubierto de cicatrices era la marea más hermosa que yo hubiera contemplado jamás.

—Dilo —suplicó ralentizando la fuerza de sus dedos.

Y, aunque su petición era profunda y ronca, había algo desesperado en ella.

Algo en su voz oscura me retaba a desobedecer, a llevarle la contraria.

Su sonrisa torcida leyó mis intenciones antes de que fuera capaz de azuzar a la bestia.

Sus dedos se torcieron en mi interior alcanzando una parte perfecta que me hizo temblar.

Las palabras abandonaron mis labios de inmediato y le di lo que pedía sin remordimientos.

—Soy tuya Callum y tú eres mío.

La sonrisa que me regaló era digna de una obra de arte.

Sus sombras me acariciaron el cuerpo y su boca se tragó mis gemidos mientras sus dedos me sumían en la locura más absoluta. Un orgasmo liberador me recorrió el cuerpo mientras me fundía con los truenos de la tormenta.

Un gemido satisfecho abandonó su pecho volviéndome loca.

No se separó de mí en ningún momento. Mientras mi cuerpo y mis emociones sorteaban la cresta de la ola, sus palabras me acariciaban casi tanto como sus dedos, sin parar de repetirme lo hermosa que era, lo mucho que me quería o lo feliz que se sentía de estar a mi lado.

Su lengua repasó el contorno de mi cicatriz y sus dedos se hundieron en la carne de mi trasero. Supe que dejarían marca y quise que lo hicieran.

—Me voy a volver loco si tardo un segundo más en probarte —gimió sin dejar de mirarme mientras me bajaba de la estantería y me guiaba de espaldas en dirección a la enorme cama con dosel.

Me tiró sobre las mantas mullidas con un empujón suave. Yo no podía dejar de mirarlo. Tenía el pelo alborotado por mis dedos, los labios hinchados y los dedos relucientes empapados en mi esencia.

El Guardián avanzó hacia mí, despacio. Me observaba con admiración y reverencia mientras los truenos coreaban con la Verdeluna liberados por un desenfreno totalmente diferente al que los azuzaba hacía apenas una hora.

—No sabes la de veces que he imaginado este momento. La de veces que me he corrido pensando en follarte en nuestra cama —confesó con la mirada encendida—. Me preguntaba si me oirías por las noches. A veces deseaba que lo hicieras. Vivo desesperado por probarte desde hace meses.

Los tentáculos de sus sombras llegaron hasta mi centro y me acariciaron despacio. La carne todavía estaba sensible, lo que hizo que yo perdiera cualquier sentido de la decencia y me arqueara sobre nuestra cama suplicando que no parase nunca.

—Callum, por favor.

—Qué bonito suplicas, Tiniebla.

Su paciencia expiraba al ritmo de mis gemidos. Sus sombras deshicieron nuestra ropa. Lo poco que quedaba de la mía y la totalidad de las telas oscuras de la suya. Gemí su nombre vacía de sus labios. Cuando me incorporé, lo vi allí parado observándome con los ojos entornados.

Callum desnudo era glorioso.

Un pecado hecho Fae.

—Quiero tocarte —dije en un susurro.

—Puedes tocar todo lo que quieras. Nada te lo impide.

Me puse de rodillas sobre la cama y alargué una mano hasta rozar su tronco.

Recorrí su magnitud primero con manos delicadas y caricias superficiales.

Me deleité en la manera con la que solo el roce de mis manos hacía que sus caderas se movieran en mi dirección y sus jadeos se volvieran desordenados.

Decidí torturarlo un poco más. Rodeé su envergadura con manos firmes y comencé a tocarlo de verdad.

Mis ojos no podían apartarse de los suyos.

Yo vivía por la manera en la que se mordía el labio para controlar los gruñidos que mis caricias le provocaban.

Tal vez él tenía razón y yo era una criatura cruel, porque en aquel momento solo existía para descontrolarlo.

—¡Espíritus! Definitivamente serás mi perdición —gimió en mi cabeza—. La más perfecta de las torturas.

Envalentonada por sus palabras y deseosa de ver cómo continuaba deshaciéndose bajo mis caricias me dispuse a arrodillarme frente a él.

Lo deseaba tanto. Mi sexo palpitaba con sus palabras mientras mi poder exigía más.

Callum leyó mis intenciones y antes de que pudiera agacharme atrapó mi rostro entre sus manos y me arrastró de vuelta a su boca. Me devoró con un gruñido satisfecho.

—Ven aquí —dijo entre besos—. Por mucho que deseé ver las maldades que puede hacer tu boca necesito estar dentro de ti ahora mismo.

Me dio la vuelta y me depositó con cuidado bocabajo sobre las sábanas mientras me besaba la espalda.

Sentí como sus manos elevaban mis caderas y separaban mis piernas.

Sus labios dejaron tras de sí un reguero de besos sobre mis pantorrillas, pasando por los muslos hasta llegar al trasero.

Sus dientes mordían la piel sensible para calmarla con decenas de besos y caricias en su camino a mi centro.

—Tu olor me vuelve loco —murmuró poseído antes de descender sobre mi sexo.

Sus besos se volvieron implacables.

Yo luchaba por mantenerme consciente, por no caer en el abismo de sensaciones que me provocaba. Callum consiguió reducirme a un cuerpo tembloroso que respondía solo a sus caricias. Él gemía contra mi piel mientras me recordaba lo mucho que me amaba, lo loco que le volvía.

—Mira lo que me provocas, Tiniebla —dijo separándose de mi cuerpo para que pudiera ver como su propia mano acariciaba, desesperada, su miembro—. Eres mi adicción. Jamás tendré suficiente.

Yo sentía exactamente lo mismo. No podía esperar más.

Me di la vuelta entre sus brazos ayudándome de nuestras sombras y busqué sus hombros hasta traerlo de vuelta a mi boca.

Jamás lo había visto sonreír así, tan relajado, tan presente.

Cubrió su cuerpo con el mío y me perdí en mil jadeos mientras todo mi ser latía al ritmo de nuestros besos desesperados.

Perdí la cuenta de las veces que acaricié su espalda o del número de latidos que se saltó mi corazón.

Solo existía su peso contra mí, su sabor profundo y la realidad de lo que éramos, aunque no pudiera decirlo.

Alma Kindred o no, Callum llevaba mucho tiempo demostrándome que su único objetivo era protegerme y asegurarse de que fuera libre. Lo había dado todo por verme respirar. A su lado, reír no parecía tan complicado y las pesadillas pesaban menos.

La punta de su miembro rozó mi entrada y yo sentí que no sobreviviría a aquello. Después de esa noche, nada volvería a ser lo mismo. Lejos de hundirse en mi interior, Callum apartó el pelo de mi cara con manos delicadas y dejó que su nariz rozara la mía.

—¿Estás bien? —me preguntó con suavidad.

—Hace mucho tiempo que no he podido ocuparme de... Callum yo no... —me costó encontrar las palabras, pero él pareció entenderlas de inmediato.

—Yo tomo el tónico anticonceptivo, Elara.

Suspiré aliviada.

Los niños eran una bendición que todo Fae anhelaba y, aunque yo todavía no había decidido si ser madre era uno de mis sueños, sí que sabía que jamás lo sería en mitad de una guerra.

—Podemos parar si lo necesitas —ofreció con ternura.

—¡No! —dije volviendo a atraerlo sobre mí—. No se te ocurra alejarte.

Callum ahogó una maldición cuando me penetró.

Durante unos segundos ambos permanecimos inmóviles mientras su cuerpo temblaba dándome tiempo para adaptarme a la sensación.

Respiré con lágrimas en los ojos sintiéndome plena con él dentro.

Él besó mis mejillas y me devolvió una sonrisa repleta de la misma emoción.

—Tiniebla —susurró, aunque yo sabía que sus labios querían llamarme otra cosa.

Después comenzó a moverse. Al principio lo hizo despacio hasta que vio que mis caderas se elevaban para encontrarse con él. Entonces comenzó a moverse de verdad.

—Eres perfecta —susurró al tiempo que sus embestidas aumentaban de fuerza—. Eres jodidamente perfecta.

Me perdí en las palabras jadeantes que susurraba en mi cabeza y en las caricias incesantes que sus manos y sus sombras me regalaban.

—Eres mi diosa, Elara. Seré tuyo hasta el fin de mis días.

Callum miraba con ojos fascinados el punto en el que nuestros cuerpos se convertían en uno. Con el paso de los minutos sus movimientos se volvieron descontrolados. Con cada embestida giraba ligeramente las caderas tocando el punto exacto en el que lo necesitaba.

Yo sentía que subía y subía hacia un precipicio imposiblemente alto del que solo podría saltar si era junto a él. Como siempre, él supo entender mis necesidades sin palabras.

— Rómpete, Elara —me pidió tan desesperado como yo me sentía—. Rómpete conmigo.

Así que eso hicimos. Nos rompimos juntos en un estallido de ruina y sombra que compitió con los rayos enfurecidos que asolaban la cordillera.

A su lado, partirse en mil pedazos fue nuestra manera de encontrarnos.

Él no dejó de moverse, de repetirme una y otra vez cuánto me amaba.

Mientras que yo, suspendida en un instante infinito, comprendí que el abismo siempre sería un cielo junto a él.

Con o sin vínculo, nosotros éramos para siempre y nuestras promesas sabían a infinitos.

—Te amo, Kindred —conseguí decir minutos más tarde mientras sus brazos me abrazaban con cariño y sus sombras nos escudaban del mundo.

—Te amo, Tiniebla.