Capítulo XL. Elara #3
Durante unos instantes solo se oyó el sonido atronador de la tormenta y nuestras respiraciones entrecortadas. Las manos teñidas de sombras de Callum temblaban de rabia y dolor, mientras varias lágrimas cubrían su rostro.
—Pero por algún motivo que no logro entender, estaba perdiendo el control sobre mi poder.
La oscuridad crecía y pedía ser liberada y yo apenas podía controlarla.
Te juro que lo intenté, Tiniebla, pero todo pasó demasiado rápido.
La manta que te cubría resbaló y entonces vi por primera vez la horrible herida en tu garganta.
Al mismo tiempo, en mitad de aquella pesadilla, contemplé por primera vez tus ojos verdes y supe lo que éramos de inmediato.
—Callum cerró los ojos con fuerza, luchando contra los recuerdos—.
Aquello no tenía sentido. Este tipo de conexiones necesitan madurez, jamás se presentan siendo infantes, ni siquiera adolescentes.
No tenía ningún tipo de sentido. Aun así, no tuve tiempo de hacer preguntas, la oscuridad estalló desde mi pecho llevándoselo todo por delante.
No podía moverme, no podía respirar, no podía gritar.
Mi poder se convirtió en algo ajeno que yo no controlaba.
Un trueno interrumpió su historia durante unos segundos eternos.
—Tras una eternidad agónica se hizo el silencio. Cuando por fin pude abrir los ojos, habíais desaparecido y, con vosotras, un trozo de mi oscuridad. —Callum se miraba las manos con los ojos llenos de lágrimas—. Supe que mi poder os había matado. Supe que yo os había matado.
Jamás lo había visto tan roto. Tan perdido.
—¿Cómo pudo mi poder hacer algo así? Lo único que yo quería era poneros a salvo.
¿Como podía la Verdeluna ser tan cruel? —me preguntó atrapado en aquel instante como si fuera la primera vez—.
Cuando volví al castillo solo había una cosa que ocupara mi mente: matarlo.
Matarlo por convertirme en un monstruo incontrolable y luego matarme a mí.
Así que lo hice. Al menos la primera parte.
Lo segundo lo intenté una única vez y Lía me hizo jurar que no habría segunda.
Me costaba respirar.
—Cuando llegué al palacio me enfrenté a él por primera vez y él, simplemente, estalló en carcajadas y amenazas.
Ver cómo golpeaban a mi familia por mi culpa, de nuevo, fue la gota que colmó el vaso.
Me avergüenza decir que en aquel momento me importaron un carajo las consecuencias, solo necesitaba que todo parase.
—Tragó saliva—. Mi padre se deshizo en una bruma de polvo en el mismo instante en el que yo me convertí en Guardián.
Y, pese a sus mentiras, mi madre y mi hermana salieron ilesas.
Para sorpresa de nadie, nos había estado mintiendo todo ese tiempo.
Callum apretó los puños hasta tres veces, pero sus manos jamás dejaron de temblar.
—Pasé los primeros años de mi mandato recorriendo aquellos bosques sin descanso, buscando alguna pista que indicara que estaba equivocado y que yo no os había matado.
Lía y los demás se encargaron de mantener la Corte a flote.
Nunca le dije a ninguno de ellos qué estaba buscando.
Tardé veinte años en darme por vencido y en aceptar que la atrocidad que había cometido era del todo real e irreversible.
Mi corazón se partió en mil pedazos. Uno por cada pesadilla a la que al fin había dado respuesta. Otros tantos por cada lágrima que brotaba de sus ojos.
—Fue en la víspera del primer torneo de la Dama de la Noche después de la maldición.
Como siempre, dio la bienvenida a la comitiva para dar su bendición a nuestros campeones y fue entonces cuando la vi por primera vez.
Todo lo demás se perdió en el barullo de la noche, ya que la Dama me observaba a través de tus ojos.
Con un rostro que desconocía, pero que mi mente reclamaba como mío.
Un rostro hermoso e imposible, pues tú habías muerto siendo un bebé y no podías haber crecido hasta convertirte en la mujer que me devolvía la mirada.
Sin embargo, en la base de su garganta brillaba la cicatriz que había visto sangrar hacía veinte años.
¿Era posible morir de dolor ajeno?
—Durante los siguientes ochenta años tu rostro me dio la bienvenida a todos los torneos.
Cada vez que ella clavaba sus ojos en mi dirección yo sentía que me moría.
Después de un tiempo, acepté aquella tortura como un castigo merecido y me rendí a ella.
Mi descontrol y yo éramos los únicos culpables de que hubierais muerto.
—Suspiró de nuevo—. Odiaba las visitas de la Dama.
Y me odiaba todavía más a mí mismo por anhelarlas.
Ya que verla usando tu cara era una tortura, pero también eran los únicos momentos en los que sabía que tú habías sido real.
No me permití cruzar la distancia que nos separaba. No cuando sabía que todavía quedaba una parte importante de nuestra historia. Pero mi presencia encontró su escudo de sombra y acaricié la pared con reverencia.
— Mírame —le pedí.
Callum volvió a abrir los ojos. Me miraba como si todavía estuviera viendo un fantasma.
—Aprendí a vivir con medio corazón y media alma.
Al menos, hasta hace unos meses —me confesó con una sonrisa triste—.
Iba de camino a una reunión con Finnian sobre unos tratados entre cortes que llevábamos un tiempo negociando.
Íbamos a reunirnos en Adhair con Levi y sus consejeros, pero viajábamos separados pues él saltaba desde otra parte de Lyssandria donde había estado completando otro encargo.
Al cruzar la frontera, una voz se coló en mi cabeza.
No solo se coló, rompió todos y cada uno de mis escudos, algo que nadie debería haber sido capaz de hacer. Nadie excepto tú, Elara.
El recuerdo de mis rezos lanzados al infinito cuando el poder del Puka tomó control de mi ser volvió a mi cabeza en una estampida descontrolada.
Había suplicado ayuda a las puertas de la muerte y la voz de Callum había sido suficiente para romper el embrujo de la bestia y para guiarme a través del Remolino.
—Me di cuenta enseguida de que no tenías ni idea de lo que estabas haciendo, pero al comprender qué criatura era la que te estaba persiguiendo, no me lo pensé dos veces.
Salté sin rumbo guiado por tu mente. Conforme más me acercaba a ti, más fuerza iba tomando el hilo de sombras que sentía entre nosotros.
Y, cuando por fin te encontré, mis ojos no podían creérselo.
Fue como si pudiera volver a respirar. Como si hubiera recuperado algo sin nombre que llevaba media vida buscando.
Estaba tan cabreado con aquella criatura que habría sido capaz de arrasar con toda la corte.
La bestia había atacado lo que era mío , algo que yo tenía el deber de proteger y cuidar.
Porque, pese a la confusión, aquella era la única cosa que sabía sin lugar a duda.
Yo era tuyo y tú eras mía. Aunque ni la criatura ni tú parecíais saberlo.
No podía sentir mi rostro. Tampoco mis manos. Los recuerdos de aquel día en el Remolino se amontonaron en mi cabeza.
—No es tuya — había rugido Callum antes de matar al Puka.
—Lo habías atrapado en una puñetera red de lianas — dijo Callum con una sonrisa incrédula — .
Estaba tan orgulloso, tan fascinado, tan jodidamente atraído hacia ti que, después de matar al Puka, casi no sabía ni qué decir.
Solo quería seguir allí, hablando contigo y tú solo querías alejarte.
¿Cómo diablos era aquello posible? ¿Qué hacías con vida?
¿Por qué tu magia rezumaba a tormentas y no a las sombras de dónde pertenecías?
¿Qué demonios hacías sola en el Remolino luchando contra un Puka?
En ese momento las preguntas se amontonaban unas tras otras, pero había algo de lo que estaba seguro: eras la misma persona.
La cicatriz estaba allí y habría reconocido tus ojos en cualquier lugar.
En esta ocasión fui yo la que elevó la mirada hacia la Verdeluna oculta en busca de respuestas, mientras repasaba con una mano ausente mi cicatriz.
—Aun así, nada tenía sentido. Apenas tenías treinta años, cuando deberías haber tenido al menos cien. Siendo totalmente sinceros, Tiniebla, eso todavía sigo sin poder explicarlo —admitió en un susurro suave.
Yo sentía que la cabeza me iba a explotar.
—Aun así, mi poder supo que nos pertenecíamos nada más verte. Podía sentir mi propia magia mezclada con la tuya, escondida entre tus venas.
Sentí esa misma oscuridad ronronear bajo mi piel. Callum me había reconocido desde el primer momento. Todo ese tiempo en el que yo había pensado que éramos enemigos cobró un matiz totalmente distinto.
—Te amé tan pronto como te vi, Elara. Amé la manera en la que me retabas.
Amé que no me tuvieras miedo. Que me desafiaras.
Te amé sin ni siquiera saber tu nombre. Durante unos segundos mágicos pensé que tal vez la Verdeluna nos había regalado una segunda oportunidad, pero entonces Finnian y los demás llegaron y comprendí que los dioses no estaban de nuestro lado.
Vi la manera en la que se comportaban contigo.
Supe que eras su campeona y que, aun así, te estaban mintiendo.
Estaba claro que no sabías nada acerca del torneo, de las pruebas o de la maldición de la Dama.
—La risa hueca de Callum me transportó de vuelta al Remolino—.
Por el amor de la Verdeluna, el muy cabrón te había obligado a participar con un trato de sangre. Así que forcé su mano.
Pasé el pulgar sobre la palma en la que había habitado la marca plateada de nuestro trato y solo encontré piel lisa. Callum siguió el movimiento de mis dedos, al tiempo que el pedazo que me había regalado de su poder en forma de sombras se expandía hasta abrazar mi mano.
—Levi supo que algo iba mal en cuanto me vio llegar a la reunión. Al llegar a casa me desplomé en el suelo. Nox y Lía no tardaron en llegar. Les conté absolutamente todo.