Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XL. Elara #2
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Capítulo XL. Elara #2

—Somos almas Kindred —susurré de nuevo, esa vez solo para nosotros.

Las manos de Callum encontraron mis mejillas y las acunaron con delicadeza. Con la noche sobre mi piel mi oscuridad salió a su encuentro rodeando nuestras figuras. Permití que mis sombras acariciaran su piel, al tiempo que las suyas me rodeaban con reverencia.

Apoyó su frente contra la mía y dejó escapar una exhalación torturada con los ojos cerrados.

Mantuve los míos abiertos en busca de respuestas.

Tan solo encontré una única lágrima silenciosa recorriendo su mejilla derecha.

Me puse de puntillas para borrarla con un beso y su sabor confirmó lo que yo sospechaba.

Sus ojos se abrieron de par en par, embravecidos.

—Lo siento mucho, Elara —dijo liberando un suspiro—. ¡Espíritus! Lo siento muchísimo.

Se alejó unos centímetros de mí y yo sentí su ausencia de inmediato. Temí sus disculpas casi más rápido. Observé confusa como sus manos repasaban su pelo, nervioso, tirando de los mechones negros con frustración.

—¿Sientes que seamos...?

Frenó en seco sus movimientos y sus ojos se tornaron desesperados por motivos totalmente diferentes. En un abrir y cerrar de ojos sus manos volvieron a mi cuerpo.

—No, eso jamás —respondió en un rugido—. No te merezco, no entiendo por qué la Verdeluna me ha obsequiado con este honor, pero no pienso tratar de darle sentido. No he ansiado algo tanto en toda mi existencia. Quiero esto. Te quiero a ti .

Sus palabras calmaron algo primario que rugía en mi interior. Era incapaz de explicarlo, pero la verdad es que llevaba demasiado tiempo negando lo que mis huesos habían sentido desde el principio.

—¿Entonces?

Una ráfaga de viento se aventuró bajo el techo, bañándonos a ambos con las gotas de la tormenta.

Ignoré el agua que caía desde mi cuello, pero él maldijo por lo bajo mientras se inclinaba sobre mí sin separar nuestros cuerpos.

Con manos temblorosas secó el pequeño reguero de agua que corría por mi garganta.

Aquel pequeño roce fue suficiente para que mi ya acelerado corazón se desbordara.

Me arqueé en busca de más y Callum volvió a maldecir, antes de separarse apenas unos centímetros para dejar de tocarme, lo suficiente como para poder mirarme a los ojos.

—Siento no poder hablar claro. Siento que estés atada a mí, que no hayas podido elegir. Sé que soy la última persona que tú habrías escogido.

Mientras hablaba algo triste se apoderó de sus facciones llevándoselo lejos de mí, hacia un lugar donde yo no podía alcanzarlo.

Antes de perderlo por completo, atrapé una de sus manos y volví a depositarla sobre la base de mi cuello, no sin antes besar su palma.

No me atreví a soltarla, así que me quedé con él, imitando sus caricias.

Callum emitió un gruñido desde algún lugar en lo más profundo de su pecho y cerró los ojos, volviendo a dibujar escalofríos sobre mi cuerpo con apenas el roce de sus dedos.

—Por todos los dioses —murmuró.

Su mano subió con caricias hasta mi mejilla, donde su pulgar repasó con sumo cuidado el contorno de mis labios antes de separarse mí y alejarse unos pasos.

—Lo siento. Apenas tengo el control. Escucharte decirlo... —dejó escapar una risa incrédula—. Estoy colgando de un hilo, Tiniebla.

Asentí, porque yo me sentía igual.

—Esto es a lo que te referías cuando dijiste que tu pacto con la Dama de la Noche te impedía decir la verdad. No puedes decir que somos almas Kindred. Ni tú ni los otros podéis decírmelo —aventuré—. Ese es el precio que pagaste por mi vida en la prueba final del torneo.

Callum se estremeció cuando volví a decir lo que éramos, pero fue capaz de emitir un ruido afirmativo.

—¿Por qué lo hiciste?

—¿No es obvio? —me preguntó con una sonrisa triste.

—A pesar de todo, apenas nos conocíamos.

Él inclinó la cabeza hacia la tormenta, inspirando con fuerza como si tratase de encontrar las palabras adecuadas y fuera a encontrarlas entre las nubes.

—¿Qué pasa, si lo haces? ¿Qué pasa, si me dices la verdad?

Su mirada se volvió letal.

—El trato me impide decirlo. Si trato de hacerlo, duele.

La magia de la Dama me agarra la garganta y me impide respirar o hablar.

Pero, aunque pudiera hacerlo, jamás me atrevería.

Si cruzo esa línea, el trato se rompe y no dejaré que se rompa, Elara.

—Una serie de rayos iluminaron el cielo a su espalda—.

Pero necesito explicarme, necesito contarte todo lo que pueda. Si tú quieres escucharlo, por supuesto.

Di un paso atrás y apoyé mi espalda en un reposabrazos de la butaca más cercana. Me abracé el cuerpo para compensar su ausencia.

—Adelante.

El Guardián dejó escapar una gran bocanada de aire, aliviado. Comenzó a hablar, y yo me perdí en su historia, al tiempo que la tormenta se desataba sobre nosotros.

—Supongo que el inicio ya lo conoces. Como te conté, mi padre me usaba como su asesino personal.

A medida que crecía, los encargos aumentaban y las explicaciones se volvían inexistentes.

—Callum negó en silencio—. Pensé en matarlo todas las noches, pero si lo hacía mi hermana y mi madre morirían con él.

Al menos eso es lo que mi padre nos hizo creer.

Así que, durante años, jamás fui lo bastante valiente para comprobarlo, ya que no podía arriesgar sus vidas.

Mi oscuridad palpitó agitada como todas las veces que él recordaba su pasado. Callum continuó con su historia mientras yo convencía a mi poder de que aquel monstruo ya estaba muerto y no había manera de que nosotras pudiéramos matarlo de nuevo.

—Una noche, hace un poco más de cien años, mi padre me mandó llamar en mitad de la madrugada.

Él acababa de volver del torneo que nos maldijo a todos, aunque yo todavía no lo sabía —suspiró—.

Esa noche sabía diferente. Yo llevaba horas en vela, incapaz de conciliar el sueño.

Mi corazón martilleaba violento contra mi pecho y la oscuridad rugía en mis venas mientras yo percibía algo extraño en ella.

Sentía que algo iba mal, pero no podía explicar el qué.

A mi padre no le importó que yo estuviera al borde de un ataque de pánico por no decir que a esas alturas yo disimulaba demasiado bien.

Tenía un encargo urgente que necesitaba que yo tratara de inmediato.

La mujer de uno de sus más fieles consejeros había desaparecido y, con ella, el bebé al que acababa de dar a luz.

Mi padre estaba fuera de sí y no paraba de repetir la urgencia de mi encargo.

Sentí como se me aceleraba el corazón. Callum no dejó de mirarme y yo me atreví a ser lo suficientemente valiente para no apartar la mirada y zambullirme en aquel recuerdo con él.

—Al principio no entendí qué quería de mí —confesó—.

Yo mataba a gente, no la rescataba, así que lo que me estaba pidiendo no tenía ni pies ni cabeza.

Eso fue hasta que consiguió calmarse y me explicó mi encargo con detenimiento.

Fue entonces cuando comprendí que nadie había secuestrado a la mujer, era ella quien había huido después de que su marido hubiera intentado matarla a ella y al bebé, al descubrir una verdad escondida.

Me preparé para las palabras que sospechaba que seguirían.

—La Fae era mestiza, una Hadaës, y lo había estado ocultando durante cientos de años.

Tanto que su marido no se había percatado del engaño.

Sin embargo, cuando su hija nació, fue imposible ocultar su esencia.

La de ambas. Al menos eso es lo que mi padre me dijo en su momento.

Ahora, sabiendo lo que sé, está claro que tanto mi padre como su consejero sabían perfectamente que ni la mujer ni la bebé eran Hadaës, sino Changeling.

Yo cerré los ojos parar tratar de calmarme, pero el rostro de mi madre centelleó tras mis párpados.

— Mi misión era tan simple como cruel. Debía seguir el rastro de sangre que el marido había creado con una daga envenenada al intentar rajarle la garganta a la recién nacida hasta encontrarlas.

Cuando lo consiguiera mi cometido era matarlas a ambas y traer de vuelta un frasco con su sangre como prueba.

La cicatriz de mi garganta ardía con cada palabra que salía de la boca de Callum.

—No fue difícil encontrarlas. Las heridas eran recientes y el rastro que dejaban a su paso abundante.

Algo en el aroma de los restos que encontraba se me metió dentro de la cabeza.

Era como un animal poseído, necesitaba hallar el origen de aquella sangre.

Con cada gota que veía desperdigada por el bosque algo oscuro crecía en mi interior.

Mi poder, que siempre había sido una parte sobre la que tenía un control absoluto, se convirtió en un monstruo enfurecido que no conseguía domar.

Algo extraño tiraba de mí con una fuerza imposible de ignorar.

Al principio no le di importancia, tal vez por fin había llegado el momento en el que perdía la cabeza, después de todas las atrocidades que había cometido no me sorprendió.

Pero entonces, las vi. —Sus ojos llenos de remordimientos se anclaron en los míos—. Entonces os vi, Tiniebla.

Me resultó irreal que el monstruo de mis pesadillas fuera quien estuviera frente a mí, contándome mis peores recuerdos. Dejé de respirar, transportada de nuevo a unos brazos que temblaban al sostenerme y a una voz que me repetía que estaríamos bien.

—Tu madre apenas se sostenía en pie. Sus heridas eran demasiado graves y había perdido mucha sangre.

Se aferraba a un pequeño fardo como si la vida le fuera en ello.

La manta que tapaba al bebé, que te tapaba a ti —continuó Callum con la voz rota—.

Esa manta también estaba teñida de sangre.

Tu madre sabía quién era yo, sabía lo que me habían mandado hacer, pero no se acobardó.

Mi objetivo era explicarle la situación, como había hecho otras tantas veces antes desde que decidí no cumplir las órdenes de mi padre a ciegas, y poneros a salvo.