Capítulo XXXIX. Callum
CAPÍTULO XXXIX
Callum
El monstruo la encontró en el suelo frío de la prisión. Su corazón aleteó impulsado por su alivio.
Me convertí en sombras y en todo aquello que había repudiado.
El Oscuro.
El monstruo que acechaba las pesadillas de toda Lyssandria.
Antes de que mi imagen se hubiera materializado por completo, dos cuerpos cayeron al suelo.
Mis sombras los encontraron, se infiltraron en su mente y la destrozaron.
No tuvieron tiempo de gritar. Ni siquiera fueron conscientes de lo que ocurría.
Su sangre se derramó sobre la maleza, pero yo ya estaba lejos en busca de mi siguiente víctima.
Mi poder latía de una manera implacable. Si de normal era un pozo inagotable, se había transformado en un río eterno con aroma a su sangre.
La Corte del Bosque tembló a mi llegada. Cuando mis pies rozaron su tierra, fui consciente de que la cuenta atrás había comenzado. Umbra se habría percatado de mi presencia y no tardaría en llegar.
A mi derecha, Levi se perdió entre las sombras. Solo un grito ahogado a los pocos segundos y el resplandor de unas llamas azuladas indicaron sus movimientos.
Salté de sombra en sombra. Recorriendo el campamento improvisado y acabando con la vida de todo aquel que se cruzaba en mi camino. No me paraba a ver sus caras, no me importaban. Solo pensaba en llegar hasta ella.
Una a una encontré las mentes de todos los soldados. Y una a una terminé con ellas. El calor de un fuego lejano y un coro de gritos me confirmó que Levi había puesto en marcha su distracción.
Cuatro minutos, ni uno más.
Mis sombras deshicieron la estructura de diamante que protegía la entrada a las celdas. La disolvieron en cuestión de segundos, como si en lugar de piedras preciosas estuvieran hechas de humo. Mi mente hizo añicos a los seis guardias que la protegían.
Los sonidos de alarma al grito de fuego movieron al resto de Altos y Bajos Fae hacia la parcela del bosque que Levi había sumido en llamas, transformado ya en Dracano.
El hilo de noche seguía tirando de mi pecho como un animal enloquecido guiando mis pasos a través del laberinto de raíces y rocas que conformaba la prisión.
No me molesté en bajar los escalones. Sabía que ella se encontraba al otro lado y nada ni nadie me pararía hasta ponerla a salvo.
Salté hacia la negrura de la prisión y me materialicé en la base de las escaleras.
Tentáculos de mi oscuridad lo cubrieron todo. Acabé con todas las vidas que encontré, por pequeñas que fueran, hasta que mis poderes impactaron con la presencia de la Verdeluna. Giré todo el cuerpo en su dirección dejando que la oscuridad tomara posesión de mi ser.
Eran pocas las veces en las que dejaba que todo mi poder se mostrara tan abiertamente, pues, por lo general, solía incomodar a la gente. Pero en aquellos momentos me importaba muy poco lo que pensara nadie.
Quería dar miedo.
Quería asegurarme de que los dos cretinos que rodeaban a Elara apuntando sus ridículas espadas hacia su nuca recordarían mi imagen más allá de la muerte. Porque iban a morir.
—Nii, nnni, ni un paso más —tartamudeó uno de ellos.
El otro temblaba de pies a cabeza.
Mis tentáculos recorrieron el suelo sucio como víboras a la caza de su presa. Toda la celda rezumaba el olor de su sangre. A mi espalda formé una niebla de pesadilla que lo cubría todo. Cualquiera que osara pisarla acabaría muerto.
Tres minutos. El reloj seguía su curso.
Elara pestañeó confusa, perdida entre la realidad y la inconsciencia.
Su cuerpo semidesnudo estaba cubierto de heridas.
Las peores estaban en su cuello donde las puntas de aquel horrible collar le cortaban la piel y la envenenaban.
Temblaba, suspendida en el aire por dos lianas espinadas.
Grabé todas y cada una de sus heridas a fuego en mi mente.
Las replicaría, una a una, en el cuerpo de aquel que las había originado.
Su mente continuaba apagada. Podía sentirla al otro lado, pero un humo viscoso nos mantenía alejados.
—Un paso más y me la cargo —volvió a titubear el Fae que menos temblaba mientras su compañero lo miraba con terror absoluto. Sus ojos bailaban entre su compañero y mis sombras, que estaban cada vez más cerca.
—No deberías haber dicho eso —contesté al mismo tiempo que mis sombras los encontraban.
Fue apenas un segundo. En un abrir y cerrar de ojos sus cuerpos estaban allí y después habían quedado reducidos a polvo.
Jamás, en toda mi existencia, había corrido más rápido. Atrapé a Elara entre mis brazos dando gracias a la Verdeluna por tenerla de nuevo junto a mí. Ella continuaba mirándome con ojos desenfocados, pero no se apartó.
—¿Tiniebla? Mírame por favor —supliqué mientras deshacía las ataduras de sus manos y la descolgaba del techo—. Estoy aquí.
Abrió la boca para contestarme, pero las lágrimas le impidieron hablar.
Las sequé con delicadeza mientras le repetía una y otra vez que ya no estaba sola.
Cargué con su peso y me arrodillé en el suelo con su cuerpo a buen recaudo contra el mío.
Elara, siempre fuerte y valiente, parecía pequeña entre mis brazos. Pequeña y aterrorizada.
—Estás a salvo, amor. Te tengo. Nos vamos a casa.
Ella intentó levantar una mano para tocarme, pero le fallaron las fuerzas.
—¿Cómo estás aquí? —balbuceó— ¿Estoy muerta?
Agarré su mano con la mía y la posé sobre mi pecho en el lugar en el que el corazón latía a un ritmo frenético. Latía por y para ella. Ella abrió los ojos y sentí como sus yemas se apretaban con determinación, como si quisiera cerciorarse de que era cierto.
—Estoy vivo. Vamos a sacarte de aquí.
—Estás vivo —repitió ella, incrédula— Has venido.
Las lágrimas comenzaron a caer con más intensidad. Me afané por recogerlas todas. Primero con mis caricias, después con mis besos sobre sus mejillas.
—Sí, Tiniebla —murmuré con nuestras narices rozándose—. Te prometí que no habría lugar en el que no te encontraría.
—Estás vivo.
Un enorme estruendo se llevó las palabras de Elara. No quedaba apenas tiempo. Al otro lado de la niebla que había creado los ruidos aumentaron. Desde lo alto de las escaleras, percibí una presencia de bosque oscuro sin necesidad de que hablara.
—¿Cómo demonios sigues en pie, querido? Su sangre ya debería haberte hecho enloquecer.
Umbra nos observaba con ojos entornados.
Me planteé matarla en ese mismo instante.
Pero matar a un Guardián requería mucha energía.
Energía que no iba a gastar en nada que no fuera en llevar a Elara a casa.
A pesar del subidón de poder que me había proporcionado su sangre, me di cuenta de que mi energía estaba cayendo. Y, con ella, mi magia y mi vida.
Se me acababa el tiempo.
Umbra tendría que esperar.
—Siento decepcionarte. Por lo visto es algo a lo que suelo acostumbrar. Según mi progenitor, al menos.
—Me gustaría quedarme a charlar contigo.
Nuestras conversaciones siempre han sido de lo más estimulantes.
Pero me temo que no tengo tiempo de esperar a ver cómo te descompones —ronroneó Umbra—.
Has cometido una locura viniendo esta noche.
Mis protecciones no te permitirán salir de aquí con un salto.
Verás que el poder de Absalon nos permite crear escudos que ni siquiera tú puedes romper.
Te acabas de quedar encerrado en una ratonera, Callum.
Umbra hizo un gesto con la cabeza para que varios de sus soldados se adentraran en la neblina oscura en nuestra dirección.
No me molesté en decirle que sus hombres no saldrían con vida de aquella niebla.
Simplemente esperé a que los gritos llegaran.
Cuando los alaridos ocuparon el silencio de la celda, la mirada de Umbra se oscureció.
Un torbellino de bosque y roca brotó de todas partes en nuestra dirección. Iba directo a Elara. Mis sombras lo pulverizaron al instante. Acto seguido encontraron la garganta de Umbra y apretaron con fuerza.
Puede que tuviéramos que salir de la corte a rastras. Pero iba a sacar de allí a Elara, aunque fuera lo último que hiciese.
—Si vuelves a intentar ponerle una mano encima, pierdes la mano y después la cabeza. Y, cuando ella haya terminado contigo, volveré a juntar los pedazos uno a uno, solo para despellejarte con mis sombras.
Umbra intentó hablar y yo apreté con más fuerza.
Estaba cansado de juegos. Un estallido de tormenta y huracán rebotó en las profundidades de la prisión.
El aire se volvió denso y nublado. Tapé mis vías respiratorias y las de Elara con lo poco que quedaba de mis sombras.
Protegí su cuerpo con el mío mientras los escombros seguían desprendiéndose desde el techo.
Cuando todo paró, vi como el cuerpo de Umbra se retorcía en el suelo, inconsciente. Con Elara todavía entre mis brazos, me tope con los ojos del Guardián de las Tormentas.
—No estará inconsciente eternamente, Oscuro. He conseguido bajar las guardas que previenen los Saltos Irisados, pero deberíais marcharos. Las subirán de nuevo en apenas unos minutos cuando se den cuenta de lo que he hecho. Absalon ha llamado a sus criaturas. ¡Sácala de aquí ya!
Finnian miró hacia atrás por encima del hombro. Un sinfín de rugidos escaparon de entre las profundidades del Bosque.
—¿Por qué demonios debería fiarme de ti? —dije, poniéndome en pie con el cuerpo de Elara contra mi pecho.
Finnian puso cara de circunstancias y se encogió de hombros.
—No deberías. Igual que yo no me fio de ninguna palabra que sale de tu boca.
—¿Por qué nos ayudas, entonces?
—No te ayudo a ti.
Sus ojos se posaron en Elara.
—Ella solo quiere salvar a tu hermana.
—Ahora lo sé.
Sus ojos dorados abandonaron a la Fae que se debatía entre la vida y la muerte pegada a mi pecho y miraron hacia abajo avergonzados.
—¿Cuánto te va a costar esto?
—No pienso quedarme aquí para averiguarlo —respondió con una sonrisa torcida—. Y tú deberías hacer lo mismo.
Asentí al tiempo que buscaba a Levi entre el torbellino de mentes que asolaba el campamento. Finnian desapareció en un suspiro.
— Aquí —indiqué en la mente de Levi con una imagen de la celda.
Ya en su forma humana, Levi se materializó a nuestro lado tras lo que me parecieron unos segundos interminables. En el momento en el que sentí su mano en mi espalda, salté disolviendo nuestros cuerpos contra el firmamento.
Aterrizamos en el suelo de mi despacho a trompicones.
El palacio en el cielo explotó en una nube de caos y voces.
Más allá de las ventanas, oí que Nox organizaba a nuestros guerreros.
Utilicé gran parte del poco poder que me quedaba para blindar los escudos y hechizos que protegían la Corte de las Sombras.
No tenía duda alguna de que Umbra y Absalon vendrían a por nosotros.
El poder de mi madre y las respiraciones agitadas de Lía irrumpieron en la estancia. Su presencia me devolvió a la realidad.
—¡Por la Verdeluna y los dioses olvidados! —susurró mi madre al ver el estado de Elara.
En mis brazos ella no paraba de retorcerse. Gritaba, agonizante, presa del pánico más absoluto. La dejé sobre uno de los sofás del despacho y me arrodillé a su lado.
—Quítamelo. Quítamelo. Quítamelo. Quítamelo. —Sus manos ensangrentadas tiraban del collar con desesperación.
Con cada tirón las heridas se hacían más profundas.
Había sangre por todas partes, lo cubría todo y yo sentí que el odio me consumía.
Solo la necesidad de tenerla entre mis brazos fue capaz de retenerme cuando mi oscuridad tiró de cada fibra de mi ser, pidiendo venganza.
Pidiendo volver a esa celda y matarlos a todos otra vez.
—Sssh, no te muevas, Elara. Te lo voy a quitar. Voy a hacer que pare.
La sostuve en mis brazos mientras ella lloraba en silencio. Mis sombras hicieron trizas el collar que se disolvió y quedó reducido a un polvo oscuro.
Una vez liberada, Elara dejó de retorcerse y su presencia volvió a mi mente. Fue como si alguien hubiera devuelto las estrellas al firmamento tras eones en tinieblas. Su esencia lo invadió todo.
A nuestro lado, Levi se dejó caer, exhausto.
Nox se arrodilló junto a él y le sujetó el rostro con manos temblorosas.
Los dos Fae juntaron las frentes permitiéndose un momento breve para liberar suspiros de alivio.
Levi acarició el rostro de Nox, quien se inclinó para depositar un suave beso en sus labios antes de levantarse y retomar el control de la situación, dirigiendo el caos que gobernaba Galamh en aquellos momentos.
Levi cerró los ojos y yo busqué su hombro con mi mano, apretando ligeramente para darle las gracias.
La magia serena de mi madre lo envolvió todo, mientras el poder del palacio se preparaba para protegernos. Mis ojos volvieron de nuevo a Elara, que me miraban con un millón de preguntas brillando en las retinas.
—Estás vivo —repitió.
Su voz estaba rota de tanto gritar. Volví a atrapar su mano entre las mías y la deposité sobre mi pecho con la esperanza de que mis latidos la convencieran cuando a mí me faltaban las palabras.
—Estoy bien. Estoy contigo. No me voy a ninguna parte.
La acuné en mis brazos mientras esperaba a que los sanadores llegaran.
Sin el veneno del collar, su cuerpo comenzó a dejar de sangrar y yo me permití tener esperanza.
La mano de Elara encontró mi mejilla. La envolví con la mía.
Supongo que al final yo también necesitaba sentir que ella era real. Que estaba a salvo entre mis brazos.
Sus ojos seguían observándome como si yo fuera un gran misterio por resolver. El siguiente gran golpe de la mejor ladrona del Archipiélago. Si tan solo ella supiera que ya me había robado por completo.
Comenzó a parpadear, con la fatiga inundando su ser. Su cuerpo necesitaba apagarse, dejar que la inconsciencia reparara el daño sufrido.
—Duérmete, Tiniebla. Estaré aquí cuando despiertes, lo juro.
Ella suspiró y fui testigo de cómo se resistía a dejarse llevar por el sueño. Arrullé mis sombras a nuestro alrededor. Un embrujo de noche y Verdeluna como el que unía nuestras mentes. Un lugar seguro y solo nuestro.
Antes de que el sueño se la llevara, Elara tuvo tiempo de decir tres palabras.
Tres palabras que frenaron mi mundo y aceleraron mi corazón.
Tres palabras que evocaron el miedo más profundo.
Y la esperanza más suicida.
—Sé quién eres.