Capítulo XXXVIII. Callum
CAPÍTULO XXXVIII
Callum
Solo había dolor. Dolor y su sangre en la boca de un dios.
La nada era blanca y en ella solo había agonía.
Agonía blanca e infinita.
Dolía tanto que mis respiraciones no lograban llenar mi pecho. Tenía la garganta en carne viva de tanto gritar. Los músculos rígidos de tanto retorcerme.
—Levi, sujétale los brazos —suplicó una voz jadeante.
—Lo intento —jadeó otra voz—. Este poder no es normal, es demasiado fuerte.
Varias figuras se movían sobre mí. Percibí pasos apresurados y respiraciones angustiadas. El tiempo se me escapaba entre los dedos. El espacio entre mi alma y la suya se convirtió en un abismo. La habilidad de gritar me había abandonado, perdida en un mar blanco del que era incapaz de salir.
Intenté hablar. Intenté decirles que tenía que llegar hasta ella.
Nadie me escuchó.
—Han pasado diez horas. Lleva así demasiado tiempo. No sé qué más hacer, Levi. No sé qué más hacer —susurró Lía—. No encuentro información de ningún tipo sobre esto. Tenemos que hacer algo. ¿Cuánto tiempo más va a estar sufriendo?
Tanto su voz como sus manos temblaron al contemplarme, perdidas. Dos manos fuertes me aprisionaron contra el suelo duro. Al otro lado, el dolor se volvió insoportable. Las fuerzas volvieron a mi ser y dejé que un rugido de sombra y noche saliera liberado de mi garganta.
Los mataría a todos.
Mi cuello estaba en llamas, mi espalda ardía y podía sentir los jirones de piel descomponiéndose. Alguien clavó una cuchilla larga y afilada en mis costillas.
No, no eran mis costillas.
Eran las suyas.
Aun así, el dolor era real.
Era mío.
Nuestro.
Lo absorbí, dispuesto a quedarme con su sufrimiento si eso hacía que doliera menos para Elara. Imágenes desordenadas y difusas inundaron mi mente.
Una prisión bajo tierra.
Un olor húmedo.
Un río huyendo de los horrores de una celda.
El Remolino en una noche despejada.
Un claro reciente en mitad de un bosque asesino.
Portales, portales repletos de monstruos.
Nuestra conexión también me lanzaba unas ondas serenas y resignadas. Unas ondas solitarias que habían aceptado su destino, pero que estaban bañadas por la tristeza más profunda. No por ella, comprendí, sino por mí.
Elara pensaba que yo estaba muerto.
—Estoy aquí, Tiniebla. Estoy contigo. Te voy a encontrar. Lo prometo.
Lancé las palabras al vacío, pero nadie me respondió.
Una nueva ráfaga de dolor volvió a envolverme. En esta ocasión teñido de visiones de pesadilla. Lo acepté todo mientras luchaba por abrir los ojos, por hacerme oír.
—Lía, es la sangre de Elara. Lo está matando. —Había un luto resignado en las palabras de mi amigo.
Las manos de mi hermana recorrieron mi cuerpo de manera frenética en busca de una herida que no existía. Traté de decirle que no me moriría. No hasta que la trajera de vuelta.
El dolor que sentía era el de Elara, no el mío. Igual que sabía que la rabia y la sed de venganza nos pertenecían a ambos.
Mi poder rugía en mi pecho, más fuerte que nunca. Conseguí abrir los ojos después de varios intentos. Lía y Levi continuaban discutiendo entre susurros desesperados, tan angustiados que no se percataron del cambio.
—Los mataré a todos. —Fueron las primeras palabras que abandonaron mis labios resecos.
La discusión entre mi hermana y Levi quedó suspendida en el aire. Ambos me miraron con ojos como platos y las bocas abiertas. Sobre ellos, el techo de mi habitación reflejaba el brillo de la Verdeluna.
Con manos más estables de lo esperado, empujé mi cuerpo hacia delante y ellos se hicieron a un lado.
Ignoré sus miradas atónitas. La cabeza me iba a mil por hora.
Comencé a andar, despojándome de la ropa hecha girones.
Mientras me vestía, repasaba mentalmente todas las posibles localizaciones dentro de la Corte del Bosque que encajaban con las pistas que Elara había conseguido adquirir.
—¿Callum? —Mi hermana se me acercó con cuidado, mientras yo sacaba armas de un cajón y las ataba a mi cuerpo.
Mis movimientos eran rápidos, tal vez demasiado. Sentía mis terminaciones nerviosas a punto de explotar. El poder se acumulaba en mi pecho como un río desbordando. ¿Era así como Elara sentía su poder?
Varios lugares encajaban con la descripción.
Pero en mi cabeza una imagen se repetía de manera constante, la de un pequeño edificio militar cerca del límite de la frontera con la Corte de las Tormentas.
Un edificio creado a partir de minerales y raíces.
Umbra había alardeado de su seguridad en más de una ocasión en nuestras reuniones.
Algo en mi interior tiraba en esa dirección.
No tenía demasiado tiempo. El dolor de Elara seguía llenando mi cuerpo. No habría oportunidad de analizar el lugar o de preparar un plan de ataque. Tenía que ser algo rápido. Algo que hiciera que la trajera de vuelta.
—¿Nox? —pregunté, una vez que estuve satisfecho con el número de armas que llevaba.
Levi y Lía intercambiaron una mirada confusa.
—Se recuperará —dijo Levi mientras me contemplaba como si fuera a desintegrarme en cualquier instante—. Tu madre está ahora con él. Solo necesita un par de horas para que su cuerpo procese el veneno de la lanza. Después estará bien.
Asentí aliviado.
—Estaré de vuelta lo antes posible.
Otra punzada de dolor aguijoneó mi costado. La oscuridad volvió a mí. Sentí mi cuerpo brillar y arder con el poder de las sombras. Jamás había sentido algo igual. El poder era infinito. Era demasiado.
Levi me agarró del brazo antes de que comenzara mi Salto Irisado hacia la destrucción.
—Callum, para un poco —dijo Lía—. ¿De qué narices estás hablando? —exigió saber mi hermana, que me miraba como si hubiese visto un fantasma.
Me invadió una punzada de culpabilidad. Durante nuestros años juntos, Lía me había visto en mis peores momentos, pero jamás me había mirado con ese miedo. No hacia mí, eso nunca. Miedo por mí.
—¿Y cómo espíritus estás vivo? —añadió Levi, interponiendo su cuerpo entre el mío y la salida cuando intenté rodearlo.
Ellos no lo entendían. No podían sentir lo que le estaban haciendo.
Tenía que pararlo.
Ignoré la segunda pregunta porque lo cierto era que, aunque tenía varias conjeturas, no tenía tiempo para pensar en ellas.
Tal vez sí que me estuviera muriendo, y aquellas solo fueran mis últimas horas antes de caer en la locura.
Nadie había mencionado cuando tiempo tardaban en sucumbir aquellos que bebían la sangre de los dioses.
Tampoco me importaba. Siempre y cuando fuera tiempo suficiente para llegar hasta Elara.
Ni Levi ni Lía dieron su brazo a torcer.
Las palabras que abandonaron mis labios fueron afiladas.
Una promesa sin necesidad de sangre hacia la Verdeluna.
Estaba perdiendo el control. Todo mi cuerpo ardía con el frío de las sombras y el calor de las estrellas que lo cubrían.
Podía notar como las esquinas de mis ojos ennegrecían de igual manera que lo hacían en el rostro de Elara cuando accedía a la totalidad de su poder.
—La están torturando. No paran de torturarla. Necesito traerla a casa. Tiene que volver a casa —jadeé.
—¿Puedes hablar con ella? —preguntó Levi, esta vez con los ojos más claros.
Me pasé las manos por el pelo sucio tratando de centrarme. El dolor era inmenso. Con cada nota amarga mi poder rugía más y más descontrolado.
—No. Pero puedo sentirlo —conseguí decir—. Me está mandando imágenes y cosas que percibe. No sé si de manera consciente o inconsciente. Aun así, creo saber dónde está.
La seriedad de Levi era una mueca extraña en su rostro jovial.
Sin embargo, cuando posó sus manos, aún manchadas de sangre, sobre mis hombros vi reflejado en sus ojos aquella llama de determinación azul y antigua que revelaba su condición.
Mi amigo y Dracano era fiel de una manera que yo no merecía.
—Puede que sea una trampa. Si han utilizado el mismo veneno que con Nox, y algo me dice que sí, Elara no debería poder acceder a sus poderes.
Dudo mucho que le hayan quitado ese collar.
Tenemos que pensar con cuidado cómo actuar.
Te hicieron beber con un objetivo claro: te querían muerto.
Y la realidad es, Callum, que deberías estarlo.
Levi habló con cuidado. Pude ver como sus ojos se percataban de todos y cada uno de mis movimientos. Como quien observa una bomba a punto de explotar.
—Aún respiro, ¿no?
—Callum, no sabemos cuánto tiempo puede tardar en hacer efecto la sangre de un dios, pero si lo que Hunt dijo es cierto... —dijo Lía.
Me zafé del agarre de Levi e ignoré las palabras de mi hermana.
Era un Fae poseído, desesperado por llegar a ella antes de que fuera demasiado tarde. Antes de que tomara la decisión que sabía que nublaba su mente desde nuestra conversación con el dios de la Muerte.
—Me importa una mierda lo que dijo Hunt. Puedo sentir cada corte, cada latigazo, cada vez que ese jodido monstruo le clava los dientes en la piel. La están desangrando como a un maldito animal. Siento cada puñetera lágrima y cada gota de sangre derramada. Necesito. Sacarla. De. Ahí.
Mi hermana tragó saliva angustiada.
Vi reflejado en sus ojos mi dolor. Nuestra angustia. Pero Lía era más fuerte que todo aquello. Más inteligente. Tras un suspiro profundo, la seguridad volvió a su rostro. Yo solo podía pensar en que los minutos pasaban y la sangre de Elara seguía cayendo.
—Necesitamos un plan —insistió Lía.
Me mordí el interior de los carrillos y apreté los puños hasta que el dolor me trajo de vuelta. Podía notar como los ojos se me llenaban de lágrimas, pero no tenía tiempo para derramarlas. No hasta que ella estuviera a salvo.
—No lo entendéis —dije derrotado—. Se va a rendir. Piensa que ha fallado. Que yo estoy muerto. Hunt consiguió meterse en su cabeza con la maldita profecía, no tengo tiempo para planes. Debo sacarla de allí antes de que cometa una locura irreversible.
Verbalizar mi peor miedo se llevó consigo toda mi energía.
Me sentía vacío sin ella.
—¿De qué estás hablando? —susurró Lía.
Con la mirada perdida en la Verdeluna y el calvario de Elara cortando mi alma, les conté todo lo que Hunt nos había dicho. No paré de hablar hasta haber terminado. Pero, cuando llegó el momento de compartir la profecía que anunciaba la muerte de Elara, mis palabras se volvieron huecas.
No pude frenar las lágrimas.
Las aparté de un manotazo.
—Tiene que haber otra manera de matarlo —suspiré derrotado—. Esto no puede acabar así. Ella no puede morir. No hemos tenido tiempo.
—Encontraremos otra manera —me prometió Levi.
A su lado, Lía asintió con firmeza.
—Hay que impedir que Absalon recupere sus poderes. Necesitamos más tiempo para investigar y encontrar una solución distinta.
—No pienso dejarla allí mientras investigamos.
—Y no se me ocurriría pedírtelo, hermano.
Yo iré a avisar a Selene. Al final resulta que sus tropas sí que serán necesarias después de todo.
Vosotros id a por Elara. No hay tiempo de planear nada más.
Puede que tengas que entrar a ciegas, pero no tienes que ir solo.
Tu poder, aunque no sabemos por cuanto tiempo, está operando a un nivel asombroso.
Cuesta incluso estar a tu lado. —Lía caminaba de un lado para otro—.
Ellos piensan que estás muerto, así que tenemos que aprovecharlo.
El factor sorpresa está de nuestro lado. Tiene que ser algo rápido.
Con un plan en marcha, el color había vuelto a las mejillas de mi hermana.
—Yo voy contigo a por Elara. —Levi agarró un puñado de armas de mi alijo personal.
—Levi, voy a entrar a ciegas en la Corte del Bosque. Es demasiado peli...
—Como digas peligroso te pego un puñetazo.
No puedes hacerlo solo. No tienes que hacerlo solo.
Voy contigo. Todo Guardián necesita un Dracano, ¿recuerdas?
—Me preguntó como si yo pudiera olvidarlo—.
Tiene que ser algo rápido, necesitaremos una distracción.
Yo me encargo de eso y tú la sacas de ahí.
Pan comido. Entramos y salimos en cinco minutos.
—¿Y Nox?
—Nox va a estar bien. Por no hablar de que me cortará las pelotas si te dejo ir solo. Siendo justos también me las cortará cuando se entere de lo que estamos a punto de hacer. Pero ambos sabemos que mi estilo se basa en pedir perdón, no permiso.
Asentí agradecido.
Lía tiró de las correas cuajadas de armas que cubrían mi cuerpo para que la mirara a los ojos.
—Sé que quieres matarlos, pero lo importante es que Elara vuelva a casa. Además, todos sabemos que ella misma querrá matarlos en cuanto se recupere. Sé un buen lo que sea que seáis y deja que tu chica tenga su momento de matanza. Tú céntrate en sacarla de allí con vida. Cuanto más rápido mejor.
Volví a asentir.
—No pienso volver sin ella.
Levi se aferró a mi hombro con manos estables y una mirada decidida.
—Nox va a matarnos —murmuró con una risa nerviosa.
—Os mataría igual si no fuerais a por ella —gritó mi hermana sin girarse mientras corría hacia los pasillos del castillo.
Agarré con fuerza el hilo de sombras que palpitaba en mi mente. Cuando inicié el Salto Irisado, no visualicé un lugar, solo a ella. Era la única tiniebla capaz de iluminar mis sombras. El hogar que me habían arrebatado.
Cuando el Salto tomó forma solo pensé en volver a casa y supe que mi magia me llevaría hasta ella.
— Mía — bramó mi alma.
— Muerte — exigieron mis sombras.