Capítulo XXXVII. Elara #2
—Entre tú y yo, estoy jodidamente cansado de esta existencia —me dijo en tono de conspiración—.
Estos cuerpos apenas me sostienen. Aunque he de reconocer que tu sangre ha sido una dosis necesaria de energía.
Pero estoy preparado para recuperar mi poder.
Puede que, con un cuerpo nuevo y diferente...
Pero ¿qué importa? Eso es lo que me distingue del resto.
Tengo la capacidad de trascender, incluso a la muerte.
Mientras hablaba, el semidios se movía en círculos a mi alrededor. Por momentos su voz sonaba como susurros a mi espalda. Rebotaba contra las paredes creando ecos imposibles.
—Este mundo está muriendo. Todos los mundos necesitan un dios al mando.
En el momento en el que mi madre y mis tíos lo abandonaron todo se vino abajo.
Es mi destino gobernar Lyssandria y ellos intentaron negármelo, pero el destino es inevitable.
Mi existencia no fue cosa del azar. Soy el primer dios nacido en carne y sangre.
Estoy destinado a gobernar sobre criaturas inferiores.
Podría ser tu destino también, Elara. Todo rey necesita una reina, a fin de cuentas.
Esperé hasta que su vuelta lo trajera de vuelta frente a mí para hablar.
—Me das asco. Tú eres quien destroza el mundo. Quien parasita su magia.
—¡LO HICE MEJOR! —Su grito se perdió en la oscuridad.
Su cuerpo apareció apenas a unos centímetros del mío—.
Los Altos Fae y los Guardianes gobernaban desde sus torres de marfil sobre todos.
Sin contemplaciones, sin remordimientos.
Los mestizos y Bajos Fae eran solo sus sirvientes.
Nunca sus iguales. Los humanos, los hijos más débiles de mi padre, fueron lo único que me dieron como corte, como si yo no mereciera más que migajas.
Ellos y los renegados de las otras cinco.
¿Acaso me pueden culpar por intentar hacerlos más fuertes?
El único motivo de que intentaran pararme es porque me tenían miedo.
Sabían que yo era un dios real y que la sexta corte tenía el derecho legítimo de reinar sobre todos.
Los Fae se aferran a un poder que no es suyo.
Le escupí en la cara.
Estaba segura de que la sonrisa que siguió a aquel impulso era una repleta de odio y mugre, pero no me importó. Si hubiera tenido fuerzas suficientes, le habría arrancado el egocentrismo de un mordisco.
Absalon no se limpió la cara. Se limitó a cogerme el pelo con fuerza y tirar de mi cabeza hacia atrás. El gesto provocó que los tornillos del collar volvieran a abrir nuevas heridas. El ángulo no me dejaba gritar, apenas podía respirar.
Cuando la lengua de Absalon comenzó a lamer los regueros de sangre, me zarandeé, desesperada por sacármelo de encima y apartar aquella sensación viscosa de mi piel. Mi resistencia solo consiguió incitarlo más. Con su mano libre me apretó el cuello a la vez que su boca encontraba mi oído.
—Te voy a contar un pequeño secreto, Elara.
Técnicamente solo necesito mantenerte con vida hasta el eclipse de la Verdeluna que tendrá lugar en unos días.
El ritual es muy específico. Me costó mucho tiempo crearlo.
No basta con recolectar tu sangre y beberla.
Tiene que ser directamente de tu vena. Una vez hecho, habré recuperado mi cuerpo y mis poderes.
Después, no tengo intención alguna de matarte.
Pienso utilizarte hasta las últimas consecuencias.
Repetiré el ritual todas las lunas de eclipse para asegurarme de que perdura.
Te espera algo peor que la muerte. Si no aprendes a respetarme, pasarás el resto de tus días en esta prisión sirviéndome de alimento.
He aprendido de mis errores. Esta vez no me pillarán desprevenido.
Contigo bajo mi control tengo sangre de sobra para mantenerme protegido, además de la posibilidad de crear nuevos descendientes que posean nuestra esencia por parte de ambos progenitores.
No existen límites para lo que puedo crear contigo bajo mi mando.
Su lengua se retorció alrededor de uno de los clavos como si estuviera lamiendo una golosina.
—¿Qué va a ser entonces, criatura? ¿Vas a aprender a comportarte? ¿O vas a continuar desafiándome? Una de esas opciones conlleva dolor. Mucho dolor . Te necesito viva, no coherente.
En mi cabeza volví a tirar desesperada de la hebra de medianoche y volutas oscuras. Solo obtuve silencio. Un silencio frío y atronador que sonaba a venganza.
«Lo mataré», me juré a mí misma.
Aproveché la nula distancia entre nosotros para hacer chocar con todas mis fuerzas mi frente contra la suya.
Absalon gruñó. Aunque el quejido parecía más una risa endemoniada.
Apretó su agarré contra mi pelo y tiró de los pocos girones de ropa que todavía me cubrían.
Sus ojos se habían vuelto dos pozos negros llenos de satisfacción.
Sus uñas se clavaron en mi costado y su boca encontró el punto en el que mi corazón latía desbocado contra mis costillas.
—Veo que has escogido —respondió con los labios repugnantes pegados a mi piel—. Bien, esperaba que te decantaras por esa opción. Aquí, entre nosotros, es mi favorita.
Acto seguido sus dientes se clavaron en mi carne y succionó.
Después solo hubo dolor. Entre aquella agonía infinita, la oscuridad volvió a encontrarme.
Mientras dejaba que mi cuerpo se perdiera en aquella nada reconfortante, me obligué a mandar todo lo que percibía a mi alrededor a través de la hebra dormida.
Le di todo lo que mi visión nublada podía contemplar:
Una prisión bajo tierra hecha de raíces y piedras preciosas.
Un olor húmedo.
Un río huyendo de los horrores de mi celda.
El Remolino en una noche despejada.
Un claro reciente en mitad de un bosque asesinado.
Cientos de portales abriendo pesadillas en el cielo.