Capítulo XXXVII. Elara
CAPÍTULO XXXVII
Elara
[...]
La cuchilla encontró mi carne en un delirio de ardor y dientes apretados. La hoja se hundió en mis costillas. El dolor volvió a encontrarme y todo explotó.
Solo había dolor, dolor, dolor.
Me resistí a llamar su nombre por miedo a que ellos descifraran su significado en mis labios. Por miedo a que confirmaran mis peores pesadillas. Pero mi mente lo llamaba sin permiso. Una plegaría inútil lanzada al vacío.
Había perdido la noción del tiempo. ¿Cuántas horas llevaba allí? ¿O eran días?
En mi cabeza solo había agonía. Solo existía el recuerdo de unos ojos negros, de una lengua manchada por mi sangre y de una risa perversa.
Otro grito agónico traicionó mis labios y rebotó contra las paredes mugrientas de la prisión.
Una cueva subterránea hecha de raíces plateadas y diamantes se hizo eco de mis quejidos.
Las venas de los árboles se extendían como un sistema vivo y pulsante.
Se retorcían creando huecos inertes donde cometer atrocidades.
Por encima, la Corte del Bosque miraba hacia otro lado, fingiéndose ignorante.
Jadeé, tragando lágrimas. El movimiento hizo que mi cabeza se precipitara hacia delante. Las puntas oxidadas de los tornillos envenenados se clavaron con saña en mi cuello. Reprimí otro quejido. No quería darles esa satisfacción. Al menos no de nuevo.
Pero, ¡espíritus!, dolía muchísimo.
Podía notar la sangre resbalando por mi pecho y espalda. Las heridas no se cerraban. El veneno trajo consigo un sabor amargo y metálico que no abandonaba mi boca. Ni siquiera tenía fuerzas para escupir.
Estaba vacía.
Vacía de fuerza.
Vacía de magia.
Vacía de él.
No conseguía encontrarlo en ningún rincón de mi mente.
Hacía tiempo que había dejado de sentir los brazos.
Colgaban inertes por encima de mi cabeza, sosteniendo todo el peso de mi cuerpo.
Una raíz espinada se arremolinaba alrededor de mis muñecas y me mantenía atada al techo.
Luché, en vano y por enésima vez, por encontrar el suelo con los pies.
Por aliviar algo de la horrible presión.
Había perdido la cuenta del número de veces que lo había intentado.
También del número de veces que había fracasado.
Por las risas difusas que oí a través del dolor, debían de ser muchas.
Pero, entonces, la cuchilla fue sustituida por el látigo.
No era la primera vez que el cuero encontraba mi piel. Sospechaba que no sería la última.
Una ráfaga de latigazos asoló mi espalda. El suplicio era tal que no fui capaz de retener las lágrimas que caían, silenciosas, mezclándose con la sangre que me habían robado. A mis pies, dos bajos Fae con el rostro cubierto, almacenaban hasta la última gota que resbalaba por mi cuerpo.
El olor metálico era como un puñetazo en la boca. Con cada recipiente vacío que ponían frente a mí la rabia se hacía más fuerte.
En algún momento perdí el conocimiento.
Aquello tampoco era la primera vez que ocurría.
Desperté, sobresaltada, cuando un cubo de agua fría me caló hasta los huesos.
—Bienvenida de vuelta, criatura. ¿Debería llamarte nieta? ¿Tal vez incluso hija? La verdad es que las líneas familiares se vuelven borrosas con el tiempo. Como el aguante, por lo que veo. Había esperado más resistencia por parte de mi descendiente.
La figura de Absalon usurpando el cuerpo de Tej me sonrió entre las sombras.
Su cuerpo enjuto estaba iluminado por una única vela solitaria que titilaba en la prisión.
A su espalda, dos Fae observaban en silencio.
La sonrisa torcida de la mujer hizo que me hirviera la sangre.
El color dorado y ocre de los ojos del hombre asestó un golpe mortal a lo poco que quedaba de mi resistencia.
El poder y la oscuridad me habían abandonado. Había intentado, en vano, alcanzar con la mente el hilo de la Verdeluna que me unía a Callum, pero la hebra estaba apagada. No había nadie al otro lado.
La imagen de sus labios lamiendo mi sangre se repetía en mi mente sin descanso. Mi sangre era veneno. Hunt lo había dejado claro: nadie podría sobrevivir a ella.
Una voz en mi cabeza me gritaba que Callum ya estaba muerto.
La llama de mi corazón se resistía a aceptarlo.
El pozo negro de rabia que aguijonaba mi estómago exigía venganza.
—Veamos si la pequeña Hadaës ha aprendido la lección.
Puede que Callum se hubiera desecho de la correa que deberías llevar puesta, pero por suerte para nosotros el Guardián ya no es un problema.
Lidiaremos con su sucesora cuando llegue el momento.
Aunque todos sabemos que Lía no representa ninguna amenaza.
Me revolví contra las cadenas.
—No te atrevas a mencionarlos —gruñí a través del nudo que aprisionaba mi boca.
La mano de Umbra cruzó el espacio que la separaba de mi mejilla en un movimiento fluido.
La fuerza de su bofetada consiguió hacerme callar.
Aunque solo fuera por unos instantes. El hecho de que se hubiera atrevido a golpearme con una sonrisa dolía más que el corte que sus anillos habían pintado en mi mejilla.
—Aprenderás a respetar a tus superiores, aunque sea lo último que haga, Hadaës. Tu vida a partir de ahora será muy diferente. De ti depende la cantidad de dolor que haya en ella. Estás ante la presencia de dioses, compórtate como tal.
Umbra se limpió la mano con la que me había golpeado con un pañuelo impoluto que procuró de su escote.
A su lado, Absalon observaba, encantado.
Unos pasos más atrás, Finnian se mantenía callado con una mirada indescifrable.
En la penumbra vi cómo se le tensaba la mandíbula.
Sus ojos color ocre siguieron el recorrido del reguero de sangre de los cortes en mi rostro.
Lo reté a apartar la mirada. Él había escogido su bando, ahora debía ser testigo de las consecuencias.
—¿Qué pensaría Orla? —quería gritarle.
Sin embargo, mi rabia no me sacaría de allí. Nadie vendría a buscarme. Yo era la única persona capaz de salir de aquella ratonera. Pero ¿a qué coste? En realidad, solo necesitaba conseguir librarme de aquel collar infernal y matar a Absalon. Lo que pasara después, me traía sin cuidado.
Cuando hablé, lo hice sin dejar de mirar a Finnian.
—Si fui capaz de amenazar al dios de la Muerte, vuestro caso no será diferente. Absalon no es más que un parásito y vosotros nunca seréis dioses.
El bonito rostro de Umbra se retorció en una mueca de odio. Su poder sacudió las paredes de la prisión al tiempo que comenzaba a andar en mi dirección. Solo la mano de Absalon en su hombro frenó su ataque.
Quise gritarle que le dejara venir. Una parte retorcida de mi cabeza necesitaba los golpes para seguir alimentando la rabia.
—Dejadnos a solas. Todavía quedan muchos preparativos pendientes y necesitamos que todo esté en orden.
Quiero el claro del Remolino despejado a tiempo.
Ni una sola rama debe tapar la Verdeluna antes del eclipse —ordenó Absalon—.
Encargaos de distribuir la sangre entre los primeros candidatos.
Reservad el resto para las tropas de élite.
Por el momento, yo mismo me ocuparé de que la joven y temeraria Elara entre en razón.
Absalon agitó una mano sin contemplaciones. El gestó provocó que el aire de la celda temblara y se estrechara. Tras un zumbido metálico un portal de pesadillas se abrió al otro lado de los barrotes de maleza.
Una marabunta de criaturas oscuras que conocía muy bien aullaba y graznaba en las inmediaciones de un claro rodeado de árboles a medio talar. Cientos de Fae trabajaban sin descanso moviendo troncos de aquí para allá.
—Mis criaturas te extrañan, Elara. Se han quedado con ganas de probarte —ronroneó Absalon—. Adoran la caza. Tal vez dejaré que vuelvan a divertirse contigo cuando todo esto termine. Aunque he de confesar que no disfruto compartiendo.
Umbra inclinó la cabeza con sumisión antes de entrar en el portal. El gesto fue tan repugnante como el olor estancado y húmedo que lo impregnaba todo.
Finnian dudó. Fue solo medio segundo, pero no me pasó desapercibido. Antes de girarse para seguir a Umbra, sus ojos recorrieron mi cuerpo tomando nota de todas mis heridas.
Decidí volver a tirar una flecha a la desesperada.
¿Qué importaban las consecuencias?
—Te está mintiendo. Solo él puede volver a ser un dios. Mi sangre os matará a todos. Da igual lo que él haya prometido. Solo un Changeling puede sobrevivir a la esencia de un dios. Cualquier otra persona que la tome acabara muriendo.
Umbra ni siquiera pausó su avance hacia la salida. El roce de sus faldas contra los escalones fue lo único que oí como respuesta antes de que desapareciera por el portal. Eso y el movimiento lejano de un río a todo correr.
—Es su magia la que está matando a Orla. Tienes que saberlo, Finnian. Solo su muerte puede salvar a tu hermana —grité a la desesperada—. La profecía es clara: solo yo puedo matarlo. Todavía no es demasiado tarde. Por favor.
Finnian tampoco se giró para mirarme. Ni siquiera me respondió. Desapareció al mismo tiempo que se cerraba el portal. A esas alturas me sorprendió lo mucho que todavía me dolía su traición.
—Mi querido tío Hunt lleva demasiado tiempo encerrado en su limbo de humo y montañas. No deberías creer todo lo que dice, Elara. Los dioses mienten más que hablan. Son unos cobardes. Huyen o se esconden. Solo yo tuve la valentía de quedarme.
Me reí, incrédula, dejando escapar mi exasperación por la nariz.
—¿Debería creerte a ti, entonces?
Absalon se acercó con pasos perezosos, como una serpiente acechando a su presa. Su risa tosca se unió al aire enrarecido de la prisión. Batió otra mano arrugada de uñas largas hasta que los dos Fae abandonaron la celda con pasos silenciosos.