Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XXXVI. Callum #2
74%

Capítulo XXXVI. Callum #2

Umbra ahogó una risa cruel mientras Absalon chasqueaba la lengua.

—Al parecer, Aiden sabía que su sobrina no podría estarse quieta —continuó Absalon—.

Su sentido del honor sorprendentemente es mayor que la lealtad hacia su corte.

Nuada lleva varios meses tratando de convencer a Aiden de que os escuche.

El Guardián de las Llamas supo que, en cuanto él os negara lo que habías solicitado, ella se encargaría de dároslo a sus espaldas y así nos lo comunicó.

El muy ingenuo creyó que o bien morirías al beber el elixir de la muerte o bien os mataríamos nosotros una vez que cruzarais la frontera de vuelta.

Maldije internamente. Había subestimado a Aiden y lo que estaba dispuesto a hacer.

—Por supuesto, también supuso que utilizaría la sangre de mi descendiente en cuanto la atrapara. Como si no fuera conocedor de los rituales que yo mismo creé.

Mi magia retumbó contra mis costillas. Todavía estaba demasiado lejos.

—Aiden pensó que nos había engañado. —La risa de Umbra resonó contra el bosque—. No aceptó hace quinientos años cuando Desmond y yo le ofrecimos la oportunidad de servir a Absalon y convertirnos en dioses. ¿Por qué iba a hacerlo ahora?

—¿Mi padre estaba metido en todo esto?

—¿Metido? —La Guardiana continuó riéndose—.

Callum, tu padre fue el artífice de todo.

Bajo las sabias direcciones de Absalon, por supuesto.

Tu padre dedicó su vida entera a asegurar la vuelta del único dios que nunca nos abandonó.

Soñaba con un mundo en el que todos los dignos de este honor nos convertiríamos en dioses.

Hubo un tiempo en el que eso te incluía a ti también.

Elara se revolvió en el suelo.

—Mi sangre solo os matará —alcanzó a decir—. Hunt lo dejó claro.

Observé, impotente, como Absalon levantaba a Elara del suelo agarrada por la trenza. Llamé a mi poder, le supliqué. Pero no quedaba nada. Tan solo una brizna plateada y desconocida que se resistía a obedecerme.

Absalon se situó detrás de Elara.

—Mentiras de un dios solitario que no quiere que yo vuelva al poder.

Solo yo conozco la verdad de mis habilidades.

Sí, mi sangre mata. Pero solo si se toma a la ligera.

Si se toma en el momento preciso, bajo el ritual adecuado, mi sangre crea dioses.

Es capaz de hazañas que el vejestorio de mi tío tan solo puede soñar.

En ese momento, una daga se materializó en su mano. Antes de que pudiera reaccionar, Absalon clavó el filo en la muñeca de Elara y chupó hasta la última gota de sangre que salió de la herida. Ella gritaba y tiraba de su brazo. Yo mismo me retorcí contra las raíces en vano.

—Esta sangre me mantendrá fuerte hasta que llegue el momento de recuperar lo que es mío —dijo—. El momento en el que cree mi ejército de dioses y retorne a Lyssandria como su legítimo dios.

—¡Es mentira! —jadeó Elara.

—No pretendas entender la mente de un dios, criatura. Si vuelves a desafiarme, los mataré a todos.

Eso hizo que Elara frenara en seco su resistencia.

Absalon volvió a centrar toda su atención en mí.

—Si quieres que ella y tus subordinados sigan con vida, esto es lo que va a pasar, Guardián de las Sombras.

—Una raíz agarró la daga de su mano y la trajo frente a mí—.

Vas a chupar hasta la última gota de sangre del filo.

Si lo haces, nos marcharemos sin matar a tus acompañantes y no mataré a Elara aquí mismo.

—¡Callum, no! —chilló ella desde el suelo—. No me matará, me necesita. Coge a Nox y Levi, y sal de aquí.

Absalon apretó el collar de clavos hasta que las palabras de Elara quedaron ahogadas.

—¡Silencio! Haz lo que te digo o la mato aquí mismo. Tus amigos van después —rugió Absalon—. Solo necesito su sangre. Con desollarla es suficiente.

Elara lloraba. Sus lágrimas se mezclaban con los jadeos ahogados que escapaban de su garganta. Ambos sabíamos lo que la petición de Absalon significaba. Lo que aquel momento representaba. Y yo no estaba dispuesto a correr el riesgo de no creer sus palabras.

—¿Qué va a ser, Guardián? —presionó el semidios.

No lo pensé. Agarré la daga con una mano firme.

Elara chilló mientras Absalon continuaba estrangulándola.

—Te encontraré —le prometí.

Mi lengua rozó la hoja del arma. Tragué despacio.

Todo se volvió borroso.

Umbra y Absalon desaparecieron con Elara en una voluta de rocío y montañas mientras ella gritaba mi nombre. Por segunda vez en cien años, Elara desapareció delante de mis ojos sin que yo no pudiera hacer nada.

Mi cuerpo se tambaleó, débil y febril. Oí los gritos de Levi al mismo tiempo que mi cabeza rebotaba contra la tierra.

—Tiniebla —gemí al impactar contra el suelo con su sangre pintando mi boca.

Sabía a Verdeluna y lluvia.

Levi y Nox gritaron mi nombre en los restos del bosque en llamas. Después, la oscuridad estalló a mi alrededor. Una oscuridad desprovista de estrellas y repleta de heridas. Tan profunda y ávida de venganza que no parecía real. Arrasó con todo y a mí me dio igual.

El bosque se consumía sobre mi cabeza, pero en mi mente solo existía una realidad.

Se la han llevado.

Se la han llevado.

Se la han llevado.

La muerte me pisaba los talones, a estas alturas éramos viejos amigos. Las palabras de Hunt reverberaron en algún lugar perdido de mi mente: nadie sobrevive a la sangre de un dios, excepto un Changeling.

Mía.

Mía.

Mía.

Se habían llevado lo que me había jurado proteger hasta las últimas consecuencias. Sentí que mi respiración se tornaba irregular, pesada. La certeza de la muerte no me importó.

Puede que mi destino fuera morir.

Pero estaba dispuesto a morir matando.