Capítulo XXXVI. Callum
CAPÍTULO XXXVI
Callum
Ella siempre acababa matando lo que amaba. Tal vez por eso seguía con vida.
Orión exhaló su último aliento. Y yo sabía que, con aquella cuchillada, Elara acababa de renunciar a una parte de su verdad que yo no podría darle. El trato de la Dama cada vez pesaba más. No sabía si estar orgulloso o aterrorizado.
A nuestro alrededor los cuerpos se desplomaron.
El ruido de decenas de Fae chocando contra el suelo fue amortiguado únicamente por la lluvia que había comenzado a caer. Un estupor de agua dulce que parecía querer borrar todos los pecados acontecidos en la Corte del Bosque. Después, durante unos segundos, solo hubo silencio.
Mi poder parpadeaba exhausto. Los restos del elixir de la muerte me impedían pensar con claridad. Elara temblaba de pies a cabeza, y unos metros más abajo, Nox y Levi jadeaban con la ropa cubierta de sangre y mugre.
—Elara, mírame.
Ella, todavía de espaldas, negó con la cabeza. Busqué entre la neblina de nuestras mentes el cordón que nos mantenía unidos. Estaba allí, pero los efectos del elixir seguían sin dejarme acceder.
Mi mano encontró la suya alrededor de una daga.
Acaricié sus nudillos ensangrentados con el pulgar.
No dejé de tocarla hasta que su mano se abrió lo justo como para poder retirar el arma y guardarla en uno de mis cintos.
Suspiré aliviado al ver que no se había cerrado en banda.
Estaba dispuesto a aceptar todo el dolor que quisiera darme. Tal y como ella había hecho por mí.
Su mano se aferró a la mía.
Me juré a mí mismo que nunca la soltaría.
—Háblame, Tiniebla.
—No está bien —respondió ella, sin dejar de negar.
—Elara, no es la primera vez que intenta matarte. Has hecho lo correcto. No te atrevas a dudar de ello ni un segundo.
Pero cuando por fin se giró para mirarme no había lágrimas en sus ojos por lo que acababa de hacer, no vi pena ni arrepentimiento.
Su ceño estaba fruncido de aquella manera que tanto adoraba cuando casi podía sentir como una idea capturaba su mente.
Sus ojos buscaron los míos con preocupación.
Esa vez no reprimí el instinto de alargar mi mano libre y acariciar su mejilla.
—Callum, mira —susurró ella—. Algo no va bien.
Sin dejar de tocarla me giré hacia el cuerpo sin vida de Orión, que yacía esparcido entre ramas y raíces en el suelo, cubierto de sangre. Pero era su sonrisa lo que Elara señalaba.
Orión había muerto con una sonrisa de satisfacción en el rostro y cubierto de una sangre que no era suya.
Rastreé el cuerpo de Elara en busca de algo que no quería encontrar. Allí, en su hombro izquierdo, encontré dos hendiduras gemelas. La mordedura que Orión había creado sangraba lentamente, pues la magia de Elara ya había comenzado a curarla. Aun así, una sensación incómoda me retorció el estómago.
—Tenemos que salir de aquí inmediatamente. Creo que esto solo era una... —La advertencia de Elara murió en sus labios.
Sus ojos se abrieron de par en par, aterrados. Sentí como sus manos empujaban mi pecho para apartarme del peligro. Mi poder salió a por ella en un intento de retenerla, pero estaba demasiado débil. Fue como si el bosque y las ruinas implosionaran desde dentro.
Elara gritó mi nombre.
Salí disparado y solo pude prepararme para la caída mientras las raíces cortaban el aire en mi dirección.
No me permití procesar el dolor cuando mi piel se arrastró por el terreno cruel.
Las heridas sanarían, ya habría tiempo de curarlas.
Me levanté de inmediato oteando el horizonte en busca de los demás.
Una risa familiar se filtró entre el barullo de raíces que intentaban mantenerme alejado. Metros más atrás el chillido desgarrador de Nox, seguido de las súplicas de Levi, me hicieron temer lo peor.
—¡Nox! —gritó Levi—. Eh, sssh, no hables. Te vas a poner bien. Te vas a poner bien.
Escuché como repetía aquellas palabras sin descanso mientras trataba de alcanzarlos.
—¡Callum! —gritó mi hermano, implorando mi ayuda.
Cuando el bosque me dio un respiro, mi cerebro no alcanzó a procesar la escena que contemplaba.
Una enorme lanza de madera descansaba en el suelo al lado del cuerpo de Nox.
Levi presionaba con desesperación una herida demasiado grande en su costado derecho.
Una herida que no dejaba de sangrar. Borbotones lentos y de un color demasiado oscuro.
Durante unos segundos me invadió el pánico.
No podía perderlos. En medio del caos, me obligué a mantener la calma.
Nox era fuerte. Saldría de esta.
Un grito ahogado hizo que volviera a girar la cabeza en busca de Elara. Entre el polvo que había levantado la explosión se adivinaban decenas de soldados de la Corte del Bosque con sus armas preparadas.
Estábamos rodeados.
En el centro de la marabunta tres figuras desafiaban los últimos rayos del sol de media tarde en medio de la lluvia. Elara estaba de rodillas. Una de las figuras le sujetaba el pelo con fuerza tirando de su cuello hacia arriba. El gesto arrancó otro grito de su garganta.
Mi magia no acudió a mí, pero eso no frenó la furia asesina que lo nubló todo.
Acabaría con cualquier criatura que osara ponerle una mano encima.
Desenvainé la daga que había cogido de sus manos apenas unos minutos atrás y comencé a levantarme.
Con mi primera zancada, Elara emitió un alarido de dolor contenido. Eso hizo que frenara en seco.
—Ah, ah, ah. No tan rápido, querido. —La voz de Umbra acarició cada una de las sílabas de su advertencia como las manos de un amante.
Sus raíces se enredaron en mis pies. En otro momento deshacerme de ellas habría sido pan comido. Sin embargo, mi oscuridad se resistía a volver.
La figura que aguardaba a su otro lado rio con los brazos cruzados.
Apenas tuve tiempo de registrar quienes eran nuestros dos atacantes cuando mi mirada se percató de algo que brillaba contra la delicada piel del cuello de Elara.
Un collar de clavos hechos de un material oscuro y brillante arañaban su garganta.
Con cada pequeño movimiento las puntas afiladas rozaban su piel.
La visión de los pequeños hilos de sangre recorriendo su cuello me hizo rugir. Iba a matarlos a todos.
Elara me miraba con ojos suplicantes. Pero no eran por su vida por lo que suplicaban.
Los ojos de Elara se movían frenéticamente entre donde yo me encontraba y donde Nox continuaba sangrando.
A pesar de que no podía usar nuestra conexión mental, sabía lo que ella estaba intentando comunicarme: «Sácalos de aquí y márchate».
Umbra se agachó junto a Elara y le propinó una patada descomunal en el estómago que hizo que se doblara de dolor. Al hacerlo, sus heridas sangraron todavía más.
—¿Te gusta mi regalo? Las puntas están impregnadas con sangre de Puka. No dejarán que sus heridas se curen —suspiró Umbra con aire infantil—. Absalon, querido, al final tú tenías razón y ellos mismos han acudido a nuestra puerta.
El tiempo quedó suspendido en ese nombre. Los quejidos de Elara se volvieron violentos. Sus ojos me suplicaron de nuevo: «Ponlos a salvo, vete de aquí».
Absalon, enfundado en la piel de Tej, sonrió encantado.
Me sentí como un idiota ingenuo al no haber sabido verlo antes.
Por supuesto que era él. El consejero de Umbra jamás abandonaba su lado.
Siempre había pensado que era un Alto Fae de poder insignificante y mentalidad antigua.
Jamás había terminado de entender dónde residía su poder para la Guardiana.
Ahora estaba más que claro.
Absalon sonrió con una sonrisa llena de dientes torcidos.
—¿Sorprendida? —ronroneó acariciando la mejilla de Elara.
Ella se revolvió y le escupió en la cara.
—Asqueada.
Absalon se limpió con el dorso de la manga.
—Tienes agallas. No me sorprende. A fin de cuentas tienes mi sangre.
—No por mucho más tiempo —puntualizó Umbra, encantada.
Umbra volvió a soltar una serie de golpes demasiado fuertes sobre el cuerpo de Elara. Ella los recibió en silencio, mientras yo gritaba por los dos. A mis espaldas, Nox gemía de dolor mientras Levi lloraba en silencio repitiendo palabras de calma.
Necesitábamos salir de allí.
—No vuelvas a ponerle la mano encima —dije con una calma que no me pertenecía.
—No creo que estés en posición de exigir nada, querido. ¿Cómo están tus poderes? ¿Todavía dormidos? He de confesar que el mensaje de Aiden me pilló por sorpresa. No se lo tengas en cuenta. El pobre pensaba que nos estaba traicionando a ambos.
—No tengo ni idea de qué estás hablando —respondí.
Tenía que conseguir que continuara hablando. Necesitaba distraerla para buscar una manera de sacarlos de allí con vida. Absalon levantó una mano para hacer callar a Umbra antes de que ella contestara. El semidios con cuerpo de Fae me observaba como si supiera exactamente lo que pretendía.
—Días antes de vuestra llegada a la Corte de las Llamas, le hice una visita a Aiden con la esperanza de que él, como Umbra y tu padre en el pasado, recibiera mi oferta con los brazos abiertos. Un Guardián sabio sabe lo que le conviene, si pretende ser capaz de proteger a los suyos.
Mis poderes seguían sin apenas reaccionar. Necesitaba ganar tiempo.
—Déjame adivinar, te rechazó.
La mandíbula de Absalon se tensó. Avanzó hasta Elara, que seguía tirada en el suelo, y le colocó una bota sobre la cabeza. Al ver como yo apretaba los puños su sonrisa creció.
—Aiden es un necio. Consideró que mi oferta era imposible.
Como si yo no albergara el poder capaz de convertirle en un dios.
—Absalon negó con desdén—. Imagina nuestra sorpresa cuando hace dos noches fue él quien se puso en contacto con nosotros ya que había decidido cambiar de opinión.
No solo eso, también había encontrado la manera de servirnos a Elara en bandeja de plata.
¡Siento lástima por vosotros! Acudisteis a él en busca de ayuda y os traicionó a la primera de cambio con tal de ser un dios.
Aunque para ser justos, lo cierto es que el viejo Guardián tenía la intención de traicionarnos a nosotros también.