Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XXXV. Elara #3
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Capítulo XXXV. Elara #3

El control de la vegetación era la experiencia más física de la magia que había experimentado hasta el momento. Las llamas, el aire y el agua eran ligeros, volátiles. Las sombras tenían personalidad propia. Pero el bosque... El bosque era tosco, pesado, brutal.

Cuando por fin estuve lo suficientemente cerca, obligué al bosque a abalanzarse sobre la figura del Alto Fae que había contribuido a mi creación. Orión no intentó esquivar las raíces, se dejó atrapar. Ni siquiera se inmutó cuando una de ellas le atravesó el estómago.

Algo iba mal.

No podía ser tan fácil.

Avancé la distancia que nos separaba y dirigí una daga directamente a su garganta. La sonrisa de Orión solo creció.

—¿Qué haces aquí? —rugí.

—He venido a ver tu muerte, querida. Absalon te espera. El final está cerca. —Tosió con una sonrisa ensangrentada—. ¡Por fin! Después de tantos años, aquellos que permanecimos fieles al único dios verdadero obtendremos nuestra recompensa.

Colgado en el aire y rodeado de mis enredaderas, Orión no parecía más que un Fae delirante al borde de la muerte.

Aun así, su sonrisa escondía deseos de destrucción y se comportaba como si los que estuviéramos atrapados fuésemos nosotros.

Entonces sentí que algo más nos estaba observando desde las copas de los árboles.

—Abandona el control de los Sluagh . Este tipo de magia es repugnante. Incluso para ti —rugió Callum mientras su poder brillaba a nuestro alrededor frenando el ataque de las criaturas.

—No soy yo quien los controla. Deberías haberle hecho caso a tu padre, muchacho.

Esa noche decidiste tu destino. Desmond se revolvería en su tumba si supiera de tu debilidad.

Él siempre sospechó que serías demasiado cobarde para convertirte en un dios.

Tenía razón —dijo con desdén—. La muerte te encontrará pronto.

Tu padre se avergonzaría de ti. Dile a tu juguete que me suelte, antes de que haga algo de lo que pueda arrepentirse.

Callum hizo caso omiso de sus provocaciones.

—No le hables. No te atrevas a dirigirle la palabra —siseé apretando con más fuerza la daga que sostenía contra su cuello.

—¿Acaso no es el Guardián tu amo? —La sonrisa de Orión era pastosa y forzada. Envenenada de una terrible maldad.

Callum no abandonó su posición a mi espalda, pero sentí la sonrisa perezosa en sus palabras.

—Me parece que lo has entendido al revés, Orión. Aquí la única que sujeta las riendas es Elara. Una palabra suya basta para que acate todos y cada uno de sus deseos.

—Morirás siendo siervo de un monstruo entonces. Patético —escupió Orión.

—Él no es el que está ahogándose en su propia sangre con una daga apuntando a su garganta.

Me aseguré de apretar lo suficiente para que el filo le cortara el cuello ligeramente.

—Los dos sabemos que no me matarás, hija mía .

Tan débil y asustada como tu estúpida madre.

Solo servís para dos cosas, poneros de rodillas y contener la esencia que corre por vuestras venas.

Pero no tienes agallas para matarme, ya lo habrías hecho, si las tuvieras.

Matarme significaría que jamás sabrías la verdad de lo que ocurrió aquella noche.

Callum me apartó el pelo del rostro antes de situar su cabeza en el hueco de mi cuello sin dejar de mirar a mi padre.

—Déjame matarlo para ti, Tiniebla. Mis sombras lo anhelan desde hace demasiado tiempo.

—No, esto es asunto mío.

—He de admitir que adoro tu lado oscuro —dijo él, dando un paso hacia atrás.

Dejé que mis pies encontraran el camino hasta Orión y me incliné para asegurarme de que me escuchara bien.

—Te contaré un secreto, padre . Tienes razón, estoy aterrorizada —confesé—.

Pero te equivocas al pensar que la fuente de mis miedos eres tú, o cualquiera de vosotros.

Lo que me aterra profundamente es la calma fría y calculada que corre por mis venas.

La quietud serena que me sobreviene cuando pienso en arrancar tu vida con mis propias manos.

No te tengo miedo a ti, me tengo miedo a mí misma y a lo que sé que soy capaz de hacer. Lo que ya he hecho y lo que haré.

Esta vez, cuando clavé una daga en su pecho y otra en su garganta, no me asolaron la culpa ni los remordimientos. Con cada uno de los burbujeos estrangulados que Orión emitía mi oscuridad rugió con más fuerza.

Cuando se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, me miró con los ojos desorbitados y la mirada teñida de sorpresa.

Pero no había miedo. Mientras moría hice que mis enredaderas bajaran su cuerpo lo suficiente para poder susurrarle mientras dejaba de existir.

Acerqué mis labios a su oído para que pudiera escuchar con claridad mis palabras.

—Querías convertirte en un dios, pero me temo que tendrás que conformarte con morir a manos del monstruo que lleva su sangre.

Capturé el momento en el que la vida abandonó sus ojos llenos de odio y lo grabé a fuego en mi memoria. Con su último aliento, algo afilado se clavó en mi hombro, pero no me importó.

Al parecer así era como nacían los monstruos.

Con las manos manchadas de la sangre de su creador.