Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XXXV. Elara #2
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Capítulo XXXV. Elara #2

Verbalizarlo, aunque fuera solo para mí misma, me hizo tragar saliva. Sin embargo, no sentí nada. Mi corazón, como mis poderes, estaba entumecido.

—Por no mencionar que Callum es el único con el poder suficiente como para hacer un Salto que nos lleve directos a casa —continuó Nox—.

Levi y yo tendríamos que hacer varios Saltos intermedios con otras cortes hasta acercarnos lo suficiente y más teniendo en cuenta que habría que cargar con vosotros.

Por no mencionar cuáles son las fronteras que nos rodean ahora mismo...

Me forcé a volver a la realidad. A pensar en los enemigos que nos rodeaban y en la necesidad imperiosa de volver a casa .

Quise llorar ante lo real y verdadera que se sentía esa palabra. Porque cuando pensaba en casa no solo pensaba en las cordilleras suspendidas en el cielo. No. Pensaba en unos ojos teñidos de noche y sombras, en las risas del Priorato y en un invernadero repleto de paz y posibilidades.

Sin embargo, mi mente seguía volviendo a la profecía. A las súplicas de Callum. A la única promesa que sabía que rompería.

Morir llegaría. Y llegaría pronto.

Hunt lo había dejado claro.

¿Podía evitar el destino? La intensidad de la mirada de Callum juraba a la Verdeluna que no había profecía o dios al que no desafiaría para mantenerme con vida.

Debería haberme asustado saber que el sentimiento era mutuo.

Que, de invertirse los papeles, yo haría lo mismo por él. ¿En qué momento había ocurrido aquello?

Pero lo cierto era que, si lo pensaba detenidamente, el Guardián de las Sombras llevaba meses demostrando que estaba de mi lado. Callum había estado ahí cada vez que yo me había caído. Me había dado espacio para romperme, pero me había obligado a recomponerme.

—¿Cuál es el plan? —escuché que preguntaba Levi, perdida en un estruendo de emociones que lo nublaba todo.

—Nos refugiaremos aquí durante un par de horas hasta que vuestros poderes se recuperen. Mientras tanto vamos a rezar a la Verdeluna y los dioses perdidos para que nada alerte de nuestra presencia a los habitantes del bosque.

La plegaria de Nox murió antes de llegar a oídos de ningún astro divino.

Murió en el temblor de las ruinas y en el hedor de la tierra al partirse en mil pedazos. Murió coreada por las palabras del Alto Fae que nos observaba con rabia desde la otra punta del claro.

—Me temo que es un poco tarde para eso. —La risa de Orión fue el único aviso que tuvimos. Después, todo pasó demasiado rápido.

La tierra estalló en mil pedazos al mismo tiempo que las sombras estrelladas de Callum nos cubrían para protegernos. El olor a muerte y descomposición fue insoportable, casi tanto como los chirridos estrangulados que brotaban de la tierra.

Alrededor de la figura del que era mi padre, decenas de formas humanoides se arrastraban, emergiendo desde los entresijos de las ruinas.

Pese a que a primera vista parecían personas, los ángulos de sus extremidades no me parecieron correctos.

Había brazos, cuellos y piernas retorcidas en posiciones imposibles.

Se movían a trompicones, pero al unísono, como un enjambre de miembros apuntados y cadáveres desenterrados.

— Ionnsaigh —gritó Orión en el idioma antiguo de la Corte del Bosque.

Las bestias fijaron su atención en nuesto pequeño grupo y, en menos de un segundo, se abalanzaron sobre nosotros.

Conforme se acercaban, comprobé que no eran simples bestias.

No, aquello eran los restos de los Fae de la corte del Bosque.

Hombres, mujeres, niños y ancianos. Sus cuerpos, grandes y pequeños, se habían pervertido en una maraña de marionetas de ojos vacíos.

Desprovista todavía de mis poderes, agarré las dagas con fuerza. Mis compañeras pedían sangre y yo ya había escogido mi siguiente víctima.

El metal de noche y plata impactó contra la primera criatura que me abordó.

Rajé su garganta con un movimiento fluido.

Canalicé el poco poder del que disponía para aligerar mis pasos y aumentar la velocidad de mis golpes.

Pero la criatura apenas se inmutó. Un líquido oscuro y viscoso brotó de la herida.

Sin embargo, lejos de tambalearse, el extraño ser retomó su ataque.

—¡Tiniebla, son Sluagh ! Para acabar con ellos hay que matar a su invocador.

Callum luchaba a apenas unos pocos metros de distancia.

Aun con sus poderes amortiguados, el suelo temblaba a su alrededor.

Sus sombras apartaban los cuerpos de los Sluagh envueltos en ondas oscuras con un matiz plateado que no había visto antes, mientras intentaba abrirme un camino claro hasta Orión.

—¿Cómo demonios es posible? Se supone que estas cosas solo existen en las historias de miedo. Nadie los ha visto desde hace más de dos mil años —gritó Levi.

Los destellos azules del poder de Levi rugían a mi espalda mientras cortaba en pequeños trozos los cadáveres que habían vuelto a la vida.

Me percaté, asqueada, de que aquellos eran los restos de los habitantes que habían poblado aquel lugar en el pasado.

Por su estado de descomposición, algo me decía que, pese al aspecto de las ruinas, no habían muerto hacía mucho tiempo.

—Vienen a por ti, abominación y cuentan con el respaldo de todas las fuerzas oscuras que fueron injustamente desterradas. No hay lugar en el que puedas esconderte. Él reclamará lo que es suyo.

Orión hablaba desde una zona alta encima de un edificio medio derruido en la parte más alejada al ataque de los Sluagh . De sus manos emanaban unas sombras viscosas con un tinte morado que azuzaban a los cuerpos en nuestra dirección.

Nox y Levi se movían al unísono a nuestro alrededor creando un perímetro de sombras que arremetía sin descanso contra los cuerpos.

Levi era ágil y certero, con pasos calculados y movimientos originales conseguía evadir todos los ataques.

A su lado, Nox era una auténtica máquina de matar.

Su poder era sibilino y esmerado. Se filtraba con sigilo entre los cuerpos para atacarlos en el último momento.

Y luego estaba Callum.

El Guardián de las Sombras era como la muerte encarnada.

Era la verdadera representación del Oscuro.

Aun con su poder a medio gas por culpa del elixir, los cuchillos de Callum cortaban sin piedad.

Los movimientos del Alto Fae eran imposibles de seguir.

Su cuerpo se movía a una velocidad de otro mundo. No fallaba un solo golpe.

—Elara, ¡a tu derecha!

El grito de Levi me sacó de mis pensamientos justo a tiempo de esquivar las uñas ensangrentadas de una de las bestias.

Aunque mi poder continuaba sin cooperar comencé a sentir que el bosque tiraba de mí. Un empuje férreo y cubierto de corteza que cantaba el nombre de una parte de mi magia que jamás había puesto en práctica. Sentí los árboles vibrar en las puntas de mis dedeos y me dejé llevar por la sensación.

El bosque estalló en mi interior y yo permití que las raíces se apoderaran de mi consciencia.

Arma en mano, corrí impulsada por un deseo irrefrenable de venganza.

Con cada zancada en dirección a Orión, otra raíz manchada de tierra se unía a mi causa.

El bosque giró, envuelto en un torbellino de madera y viento que obedecía a mis plegarias.

El resto de mis poderes seguían dormidos, pero el bosque había despertado.

Las sombras de Callum acompañaron mi avance.

Apartaban los cuerpos envolviéndolos en un brillo plateado que los dejaba aturdidos el tiempo suficiente como para que yo pasara sin dañarlos.

En el fondo sabía que aquellas personas no volverían, no había manera de salvarlas.

Pero ver cómo Orión las usaba de aquella manera era repugnante.