Capítulo XXXIV. Elara #3
Con una sola mano y ayudado de sus sombras, Callum agarró del cuello al dios. Hunt se dejó elevar, como si el agarre de Callum fuese una mera caricia. Allí, con el cuerpo temblando por la furia y con el dios de la Muerte entre sus manos, Callum parecía una pesadilla.
—Me importa una mierda si eres un dios o el dueño del universo. Danos otra opción o yo mismo me encargaré de acabar con el mundo.
Sus palabras eran una promesa con más fuerza que cualquier profecía. Lo poco que quedaba de mi compostura se partió con ellas.
Quería más noches como la anterior.
Más horas entre sus brazos.
Más momentos en los que me confesara sus secretos.
Y no tendría nada de eso.
—¿Podemos irnos? —Mi voz sonó cansada. Cansada y pequeña.
—Elara...
Callum buscó mi mirada, desesperado. Descartó el cuerpo del dios sin miramientos y corrió a mi encuentro. Sus manos enmarcaron mi rostro. Yo solo podía mirar al suelo.
—Sí, podéis marchar —concedió Hunt—. Con una condición. El Guardián de las Sombras regresará primero. Preciso de un momento a solas contigo.
—Yo no me voy sin ella —prometió Callum, obligándome a mirarlo a los ojos.
—Callum, por favor.
No sé qué vio en el color verde de mi mirada. Fuera lo que fuese, la voz de Callum se volvió desesperada. Suplicante.
—No me pidas esto, Tiniebla. No me obligues a dejarte atrás otra vez. ¡Lo has aceptado! No te atrevas a rendirte. ¿Me oyes? Esto no acaba así. Encontraremos otra solución.
Acaricié sus manos con cuidado mientras me despegaba de su agarre.
—Tienes que regresar —susurré—. Yo estaré de vuelta en unos minutos.
—Vuelve, Elara —murmuró contra mi cuello—. Prométeme que volverás. No existe rincón en este mundo donde no pueda encontrarte, al que no pueda llegar para recuperarte. ¿Me entiendes?
Una única lágrima recorrió mi mejilla.
—Te prometo que volveré.
Era una verdad a medias. Callum lo sabía también.
Mis labios encontraron los suyos. Me permití besarlo como si fuera la última vez, rezando a los dioses y a la Verdeluna para que no fuera así.
Callum ahogó un gruñido de sorpresa antes de fundirse conmigo.
Sus labios se volvieron suplicantes. Nuestro beso se convirtió en algo fiero.
Callum me besó para traerme de vuelta. De manera exigente y sin medida.
Su beso gritaba todo lo que yo temía escuchar.
Todo lo que tantas veces me había prometido.
En la oscuridad de mi cuarto en la Corte de las Sombras.
En un bosque rodeada de fuego y bestias.
Sus labios siempre decían lo mismo: vuelve a casa, Tiniebla.
La figura de Callum se disolvió en un susurro de noche y estrellas. Nuestro beso perdido para siempre entre universos. Me quedé a solas con el dios de la Muerte y recordé que el amor era algo que hasta las deidades sufrían.
—¿La querías, no es así? Aún la quieres.
El recuerdo de Nimue encerrada en su cueva de hueso y coral todavía me erizaba el vello. Pero más lo hacía pensar que llevaba sola media eternidad, alejada de la mitad que completaba su alma.
Hunt supo sin necesidad de palabras a quién me refería y no negó mis insinuaciones.
—Nuestras almas son la misma —recordó cerrando los ojos—. Kindred, las llamó la Verdeluna. Destinadas a encontrarse en todas sus vidas. Destinadas a hacerse más fuertes. A no poder vivir una sin la otra. Como imanes perdidos en el cosmos.
—Deberías dejarla libre, entonces.
El dios de la Muerte tragó saliva.
—No es nuestro momento. Todavía no. El amor es algo complejo.
La conexión entre almas todavía más. Las almas Kindred son algo curioso.
Algo que, en nuestra creación, ni yo ni mis hermanos supimos prever.
Tal vez por eso nuestra madre se encargó de nombrarlas.
Es curioso cómo dos almas se encuentran a pesar de todo.
Cómo se fortalecen y comparten poder cuando se reconocen como iguales.
Ese tipo de conexión es tan peligrosa como poderosa.
Puede acabar con universos enteros. También salvarlos.
—¿Encontró Absalon la suya?
—Me temo que, para eso, primero tendría que haber conservado su propia alma —dijo con una risa amarga—.
Solo el alma Kindred de un Changeling puede soportar el poder de la sangre de su especie.
Esa es la única información que la Verdeluna compartió con mis hermanas antes de partir.
Una debilidad que Absalon jamás habría permitido.
Si la hubiera tenido alguna vez, él mismo la habría matado.
Fruncí el ceño.
—Entonces, ¿un alma Kindred sí podría convertirse en dios?
—No, eso no es posible. Como he dicho, los dioses solo nacen.
Incluso yo y mis hermanos lo hicimos. Tal vez no de la manera que te imaginas.
Pero todos fuimos, en algún momento, uno con nuestra madre.
El alma Kindred de un Changeling es capaz de asimilar el poder de los dioses sin morir y usarlo durante un tiempo a su antojo.
El dolor volvió a mi pecho y supe que había llegado el momento de partir.
—¿Qué era lo que querías decirme?
—En realidad quería saber qué dirías tú, criatura.
—¿Satisfecho?
—Solo el tiempo lo dirá —murmuró con un leve asentimiento—. Te veré pronto, sobrina.
Con un delicado gesto de la mano, Hunt me mandó de vuelta hacia el reino de los vivos.
¿Por cuánto tiempo?
En el fondo, ambos sabíamos la respuesta.