Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XXXIV. Elara #2
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Capítulo XXXIV. Elara #2

—No quiero matarte. Quiero que hables. Estoy cansada de que ninguno de vosotros hable claro.

El whisp, la Dama de la Noche, Nimue, ahora tú.

Todos decís verdades y mentiras a medias.

Mentiras que no solo me afectan a mí directamente, sino a todo un puñetero mundo.

Así que sí, me atrevo a amenazar a un dios y a los que haga falta.

¿Queréis que luche? Dadme las armas necesarias.

Hunt contempló mis palabras con calma. Había un brillo divertido en su mirada. Ante la ridiculez de mi osadía o la estupidez de mis actos. Sinceramente no me importaba una mierda mientras hicieran que hablara.

—Absalon no necesita revivir o retornar ya que nunca murió.

Absalon es, a efectos prácticos, un dios.

Y no hay manera sencilla de matar a un dios.

Se puede hacer, pero requiere un precio a pagar muy alto.

El padre de Absalon, lejos de respetar los deseos de mi hermana, preservó un pedazo del alma y el cuerpo de su hijo.

Dedicó toda su vida a intentar traerlo de vuelta.

Cuando él murió, sus discípulos hicieron lo mismo.

Vuestros antepasados se han empleado a fondo durante generaciones bajo falsas promesas de convertirse en dioses ellos mismos.

Un proceso cruel y complejo que se ha llevado demasiadas vidas por delante.

Absalon camina entre vosotros. O al menos, su alma y su poder lo hacen ocultos en otros cuerpos.

Hice que mis sombras retrocedieran.

Hunt asintió brevemente.

—Si Absalon ya está vivo, ¿para qué necesitan mi sangre?

—Está vivo, pero no es una vida completa.

Como hijo directo de una diosa, Absalon consiguió permutar y retorcer la brizna del poder de creación que heredó de su madre.

Si bien no puede crear vida, puede manipularla.

Absalon habita vuestro mundo como un parásito cambia pieles que se nutre de varios huéspedes durante un par de generaciones.

Por lo que tengo entendido tiene en todo momento al menos dos cuerpos robados a su disposición que le permiten sobrevivir, escondido a simple vista.

A lo lejos, otra ristra de carcajadas musicales interrumpió el momento. Me pareció que la sonrisa del dios se volvió melancólica.

—Debéis entender que, para mantener esto, Absalon absorbe el poder de todo lo que encuentra a su paso.

Tal vez habéis sido testigos de ello sin saberlo.

Sus ondas moradas se filtran por todo Lyssandria, roban vida como ladronas corruptas y se alimentan de ella.

Sostener dos cuerpos ajenos, dos cuerpos mágicos, requiere un gasto severo de energía y poder.

Para mantenerlo atacará a cualquier persona, ser vivo o criatura que encuentre a su paso. Cuanto más poderoso, mejor.

La cabeza me iba a mil por hora.

El recuerdo del cuerpo de Orla rodeado de aquellas extrañas ondas violáceas me invadió. No era una extraña enfermedad lo que había atacado a Orla. Era la magia carroñera de Absalon robando su poder y su vida.

La mano de Callum me estrechó el hombro. Cuando me giré para mirarlo, vi que él también había llegado a la misma conclusión: matar a Absalon era la única manera de salvar a Orla.

—Su sangre, la sangre de un dios, es lo único que mis hermanas consiguieron llevarse por completo de Lyssandria.

Por eso necesita la tuya, Elara. Es la única manera que le permitirá volver por completo.

Sin embargo, no sirve con beberla sin más.

Eso solo le daría fuerza momentánea. No, para conseguir recuperar su cuerpo y su poder completos precisa de un ritual específico.

Un ritual que debe realizarse en un momento concreto.

—¿Qué momento?

—Un instante de transición y cambio. Un momento en el que varias cosas sean ciertas al mismo tiempo.

—¿Y tu sangre no le sirve? Eres un dios, al fin y al cabo —pregunté, intentando comprender.

Hunt apretó las comisuras como luchando contra una sonrisa.

—Lo soy, criatura. Pero yo no sangro. Ni yo ni mis hermanos.

Un dios está hecho de algo más que carne y huesos.

Esta es solo la ilusión que escogemos presentar ante nuestra creación.

El éter, lo infinito, no sangra —explicó—.

Comprenderás nuestro asombro cuando mi hermana dio a luz a un niño de carne.

Un niño portador de la única sangre de dios jamás conocida.

Para recuperar su cuerpo y abandonar a aquellos a los que parasita, Absalon precisa únicamente de la sangre de uno de sus descendientes y de las condiciones adecuadas.

Y me temo que tú eres la única que queda con vida.

—Entonces Absalon puede ser cualquier persona. —El tono de Callum era sereno, pero yo supe adivinar el pánico en su voz. Lo que Hunt acababa de revelar lo cambiaba todo. No había un lugar seguro.

No podíamos fiarnos de nadie.

—Sí y no. No puede cambiar de forma a su antojo.

Contará con un par de huéspedes, siempre los mismos durante años.

Necesita al menos dos o la influencia de su poder sería demasiado para los cuerpos que habita.

Siempre intenta parasitar desde que son jóvenes para poder adueñarse por completo de su mente.

De lo contrario, los huéspedes tienden a resistirse.

—¿Sabes quiénes son? —pregunté desesperada.

—Me temo que no. Absalon sabe cubrir bien sus pasos. Y no, Guardián, antes de que me preguntes, tú tampoco lo sabrás. El control sobre sus mentes es férreo e inexpugnable. Algo que ni siquiera tú puedes detectar.

Callum ahogó un gruñido de sorpresa y dolor. Me volví preocupada, buscando la fuente de su agonía, cuando una garrampa severa me apuñaló las entrañas. Hunt observó nuestras figuras retorcidas como quien contempla una obra abstracta. Con curiosidad contenida.

—Se os acaba el tiempo.

Callum respiró con fuerza por la nariz, recobrando la compostura. Respiré hondo, intentando ignorar el dolor para hablar entre dientes.

—Si evito que usen mi sangre, evitaré que vuelva a tener sus poderes completos.

Hunt asintió en silencio.

—¿Qué pasa si utilizan mi sangre en otras personas?

—Que esa persona morirá. Solo un Changeling puede sobrevivir a nuestra sangre.

No importa lo que Absalon les haya prometido a los Fae que le asisten.

No puede convertirlos en dioses con vuestra sangre.

Un dios solo nace, no se hace. La sangre hará que enloquezcan.

Su poder crecerá sin control y su cuerpo no será capaz de contenerlo. Al final siempre mueren.

El dolor se intensificó. A mi lado, Callum temblaba, conteniendo espasmos y maldiciones.

—Necesitamos saber la profecía.

—El destino es una cosa frágil y complicada que lleva más trabajo del que la mayor parte de la gente se imagina. Es un arte paciente. Casi tanto como el de pronunciar profecías.

Una de las rodillas de Callum chocó contra el suelo. Mi mano cazó la suya al vuelo. Sus ojos estaban nublados por el dolor, pero se resistía a caer.

—¿Qué le está pasando?

—Su alma necesita volver a su cuerpo. La tuya también. No podéis permanecer aquí mucho más tiempo.

—Dinos la profecía entonces y deja que nos marchemos. —La voz de Callum sonaba estrangulada.

—No os gustará.

—Por favor —supliqué.

—Solo sangre con sangre muere. Cuando la oscuridad maldita regrese a Lyssandria guiada por aquel que perturbó el equilibrio, no será el poder sino el reflejo quien lo derrote.

Vida por vida. Uno ha de alzarse para que el eco se extinga.

Ambos han de morir para que el ciclo termine.

El primer Changeling no conocerá el fin, hasta que el último muera.

El tiempo paró en seco. Una podría pensar que el dolor también lo hizo, pero, pese a que el mundo había quedado suspendido en un impasse , el dolor seguía aguijonando mis costados.

Aquellas palabras deberían haberme roto.

Si es que acaso era posible romper algo que ya estaba hecho añicos.

Sin embargo, una risa seca escapó de mis labios.

Creo que jamás había escuchado un sonido tan triste.

Después de todo lo que había ocurrido, después de haberme dejado la garganta gritando al universo. Todo había sido inútil.

¿Era ese el momento en el que los héroes y las heroínas de las leyendas aceptaban su destino con resignación abnegada? Una vida a cambio de cientos de miles. Supongo que era una cuenta justa. Pero yo no era una heroína, era una ladrona.

¿Era injusto pensar que no me habían pillado por sorpresa? Algo en mi interior lo sospechaba desde hacía tiempo. Y, aun así, esa bola de furia seguía creciendo. Después de todo lo que el universo me había arrancado, ¿ahora pedía otro sacrificio?

Quería gritar, patalear, escupir en la cara de la Verdeluna.

Pero no lo hice.

Supongo que los espíritus y los dioses contaban con ello. Porque, al final, no importaba lo injusto que fuera. No importaba lo mucho que doliera. Se habían encargado de crear un soldado perfecto. Sabían que, de una manera u otra, yo cooperaría.

Una ladrona con corazón. Menuda suerte la mía.

—De ninguna manera. Tiene que haber otra forma —rugió Callum a mi lado.

Había encontrado el modo de levantarse. Su cuerpo seguía vibrando de dolor, pero también lo hacía su poder.

—Es prácticamente imposible hacer cambiar de opinión a Destino, joven Guardián —se limitó a decir Hunt—. Todo está escrito.

—¡La profecía la urdiste tú! —Esta vez fueron las sombras de Callum las que envolvieron al dios de la Muerte—. Cámbiala. Elara no va a morir para arreglar el destrozo que vosotros mismos provocasteis.

Solo había visto a Callum así una vez. La noche de la última prueba mientras luchaba contra las ataduras de la Dama. Estaba fuera de sí. Su poder vibraba haciendo que el suelo y el aire temblaran.

—No es algo que pueda o quiera cambiar. El destino está escrito, yo me limito a ser su intérprete.