Capítulo XXXIV. Elara
CAPÍTULO XXXIV
Elara
Morir se sintió tremendamente familiar.
Por segunda vez la muerte me pareció dulce.
Dulce e inesperadamente cálida.
Pestañeé varias veces mientras An Dorchadas se materializaba a mi alrededor. O quizá fuese yo quien lo hacía. Me costaba pensar con claridad.
Me pareció oír risas suaves, a lo lejos. Pero ¿quién iba a reírse en el infierno?
Mi poder parpadeó, molesto, casi acusador. Aunque tal vez fuera mi consciencia. El caso es que ambos coincidían en que yo, de entre todas las personas, era la menos indicada para hacer ese tipo de preguntas.
—Abre los ojos, Elara.
Entre el caos y la confusión que asolaban mi cabeza en aquel extraño remanso de paz esa voz rasgada logró traerme de vuelta. Lo primero que vi con claridad fueron sus ojos negros estudiándome con detenimiento.
—Hemos llegado.
El poder de Callum latía con fuerza. Seguro y estable, como un canto de sirena hecho solo para mí. Me aferré a esa hebra estrellada que me traía siempre de vuelta a casa y me dejé envolver por su magia.
Callum relajó el ceño y atrapó una de mis manos con las suyas. Cuando sus dedos se cerraron con firmeza sobre los míos me sentí poderosa. Supe que no existía fuerza en el universo que pudiera alejarlo de mí.
El reino de la muerte me recibió con fuerza, y comprobé que, hasta en la muerte, una era capaz de perder la respiración.
Contuve el aliento, asolada por la belleza inesperada de un lugar de pesadilla. Un amanecer perpetuo teñía el mundo de naranjas y violetas. Las nubes tenían el mismo color suave y habitaban no solo en el cielo sino por todas partes.
Volutas brillantes y sedosas escondían una amplia cordillera que se adivinaba a duras penas. Las nubes pintaban el cielo y el suelo. Bajé la mirada, ensimismaba con el roce etéreo e inexplicable de los pequeños nimbos contra mis piernas.
El sonido de un borboteo constante era el único ruido que rompía la curiosa estampa. Mi mirada dio de lleno con un río tranquilo que avanzaba entre las nubes bajas, camino a las montañas.
—No recomiendo un chapuzón. Al menos no por ahora. —Se rio una voz profunda—. Al río le gusta quedarse con las almas de aquellos que se bañan en sus aguas.
Callum y yo nos giramos hacia el lugar del que provenía la voz. Entre las nubes, una figura extrañamente humana se abrió camino.
—Estaba empezando a pensar que no vendríais. Os he estado esperando.
Supe a quién pertenecía aquella voz sin necesidad de presentaciones.
Hunt, el dios de la Muerte, sonrió sin enseñar los dientes.
Su comisura derecha se levantó con descaro, acentuada por un hoyuelo profundo que parecía fuera de lugar en el rostro de una divinidad.
A simple vista parecía un hombre corriente. Un humano .
No había rastro de orejas puntiagudas ni de rasgos afilados. La piel del dios era bronceada, de tonos oscuros y tostados. No aparentaba tener más de treinta años humanos. Nada en su complexión o estatura dejaban adivinar que aquel era el cuerpo que contenía a un dios. Nada, salvo sus ojos.
Entre unas cejas oscuras y una barba poblada, los ojos del dios eran como dos esferas incandescentes.
El color era imposible de describir. Aquellos ojos contenían universos.
Con cada pestañeo su poder sibilino tomaba más y más fuerza, pero su sonrisa continuó siendo amable. Si acaso un poco descarada.
¿Era extraño estar delante de un dios y no sentir miedo?
Mi temeridad se había vuelto completamente en mi contra. No había otra explicación. Eso o había comenzado a perder la cabeza. Ambas opciones eran del todo posibles.
—No estás perdiendo la cabeza, sobrina. Pese a lo que la tradición popular pueda decir, la muerte no es un lugar temible.
Es solo un intermedio. Un paso necesario que abrazar.
Cuando llega el momento, claro. Y yo, como su sirviente, tan solo ayudo en el proceso.
No me como a nadie. Al menos no desde hace mucho tiempo, y nunca sin que me lo pidan.
Añadió aquello último con un guiño y una carcajada que me hizo volver a cuestionar seriamente si no me estaba volviendo loca. Me obligué a cerrar la boca y recobrar la compostura. ¿Acaso podía leernos la mente? Juraría que mis escudos estaban intactos.
Busqué la mente de Callum entre las volutas y el poder iridiscente que emanaba Hunt, pero no encontré la puerta que siempre nos unía.
Podía sentir su mente al otro lado del hilo de medianoche, pero no logré acceder a él.
Sus ojos encontraron los míos y supe que él estaba intentando lo mismo, sin éxito.
—Para responde a tu pregunta. Sí, puedo leer vuestra mente.
Y no, no podéis comunicaros mentalmente —explicó Hunt—.
Aquí, en An Dorchadas, las cosas no funcionan igual que en Lyssandria.
Especialmente si llegáis estando vivos. Y menos todavía si habéis llegado hasta aquí tomando el elixir que regalé a vuestros antepasados.
Ya era hora de que alguien lo usara, por cierto.
Callum se recuperó antes que yo del asombro.
—¿Sabes quiénes somos? —preguntó sin romper en ningún momento el punto en el que nuestras manos se enlazaban.
Hunt se cruzó de brazos. Sonreía divertido, como si fuera conocedor de una parte del chiste que nosotros no habíamos entendido.
—Pues claro que sé quiénes sois. Si estáis aquí, es porque así lo he querido.
Por no hablar de que reconozco mi sangre en aquella a la que acompañas.
La sangre de los dioses es una cosa curiosa e inesperada.
Un poder que no todo el mundo sabe merecer.
Al igual que el regalo de mi ahijada que corre por tus venas, Guardián de las Sombras.
—Hunt levantó una comisura, intrigado—. Aunque igual debería decir regalos .
El plural parece más adecuado cuando los dones de dos diosas te acompañan.
Sentí que Callum se ponía rígido a mi lado.
Había demasiadas preguntas y el tiempo corría en nuestra contra. Yo misma quería preguntar si Hunt se refería al regalo de la Dama. ¿Era la Dama de la Noche una diosa acaso?
Pero no había tiempo.
Necesitábamos información sobre la profecía. Información que nos ayudara a entender, y neutralizar, la amenaza que me perseguía.
—Entonces sabes por qué hemos venido —intervine—.
Fuerzas oscuras están intentando despertar en Lyssandria.
Fuerzas que buscan mi sangre, vuestra sangre , para tomar el control.
Necesitamos saber cómo detenerlas. Se avecina una nueva guerra entre cortes.
La última terminó aniquilando a toda una raza. Necesitamos tu ayuda.
La sonrisa de Hunt se tornó amarga.
—Me temo entonces que mi primera respuesta no será de tu agrado, joven Changeling . Las fuerzas oscuras que intentáis detener ya han regresado. No se trata de frenar su vuelta, sino de derrotarlas de una vez por todas.
Mi estómago se retorció. Sentí como una losa tomaba espacio entre mis pulmones. ¿Habíamos llegado demasiado tarde?
—Nimue dijo que necesitaban la sangre de Elara para que Absalon regresara. No tienen su sangre. ¿Cómo ha podido regresar? —respondió Callum, desafiante.
Hunt repasó con detenimiento al Guardián, reparando sin vergüenza en nuestras manos entrelazadas. Si el nombre de la que sospechaba que era su antiguo amor le afectó, en absoluto lo dejó ver.
—De eso se trata. Absalon nunca se fue. No del todo.
No de la manera que importa. Vuestros antepasados llevan cientos de años nutriendo lo poco que quedó de él, buscando maneras de mantenerlo con vida.
Aunque sea una vida parasitaria, ya ha regresado.
Absalon nunca se fue de Lyssandria. La sangre de Elara solo le permitirá recuperar su cuerpo.
La guerra ya ha empezado. Me temo, de hecho, que nunca terminó.
Lo sentí en el pecho antes que en cualquier otro sitio.
Un pinchazo incómodo y cabreado que llevaba creciendo los últimos meses.
La rabia aumentaba con cada palabra sin sentido, con cada frase a medias.
Cada vez que alguien zarandeaba mi vida y mi futuro en sus manos como si fuera un simple harapo con el que realizar una tarea.
Inconsecuente.
Sin importancia.
En el fondo, sabía que Hunt era el menos indicado contra el que explotar. Era un dios, al fin y al cabo. Pero mi frustración era algo vivo. Algo con dientes que no atendía a razones. Sentí la oscuridad rugiendo, haciendo los coros de una rabia fría que ya apenas podía contener.
No lo pensé.
Dejé que ambas tomaran posesión de mi ser. Estaba harta de sentir que no tenía el control. Harta de ver como seres con más poder tomaban y dejaban sin pensar en las consecuencias.
Abandoné la mano de Callum y avancé hasta acortar la distancia con el dios de la Muerte. Mi oscuridad se apoderó de mí. Las sombras oscuras lo abarcaron todo a varios metros a la redonda. Se fundieron con el naranja de las nubes creando un ocaso estrellado entre las nieblas del amanecer.
Callum no me frenó. Se limitó a cruzar las manos tras su espalda y sonreír con malicia. Sentí su orgullo recorriendo mi espalda mientras sus ojos no me quitaban la vista de encima.
Hunt, el último dios de Lyssandria, levantó ambas cejas, sorprendido.
La ausencia de mis dagas me picaba en las palmas de las manos como miembros fantasmas. Pero, a falta de mis compañeras, utilicé mis sombras para apuntar al dios en la garganta.
Definitivamente había perdido la cabeza.
—Habla claro de una maldita vez.
—¿Te atreves a amenazar a un dios? —preguntó él con curiosidad.
—No estoy amenazando. Esto es simplemente una técnica de negociación —me atreví a decir—. Ahora habla sin rodeos.
—No puedes matarme, pequeña diosa.
Algo en la manera en la que lo dijo me hizo pensar que el dios de la Muerte no estaba completamente convencido de sus palabras.