Capítulo XXXI. Elara
CAPÍTULO XXXI
Elara
Mentir sabía peligrosamente a verdad contra su boca.
Los trabajadores del palacio se escabullían entre los pasillos en cuanto nuestros gritos los alcanzaban. Yo forcejeaba contra su espalda mientras Callum caminaba conmigo sobre los hombros como si nada. Las miradas atónitas de los asistentes a la celebración todavía me quemaban.
Dejé que las ondas negras de su poder nos rodearan de manera exagerada. Si alguien se había creído lo bastante valiente como para intervenir, ahora se lo pensaría dos veces.
—¡He dicho que me bajes! —grité con ganas, golpeándole la espalda mientras me revolvía contra su agarre.
—Te bajaré cuando aprendas a comportarte —respondió con soltura antes de abrir la puerta del ala de palacio que nos habían asignado.
Cerró con un portazo sonoro y me depositó en el suelo junto a él.
Dentro de la salita todo estaba a oscuras y en silencio.
Los muebles de la Corte de las Llamas estaban hechos, en su mayoría, de piedra blanca por lo que la luz de la Verdeluna que se colaba por las ventanas se reflejaba en las superficies pulidas de la decoración.
Durante unos segundos solo se escucharon nuestras respiraciones aceleradas y los pasos de los moradores de la corte alejándose de nuestros cuartos.
Después ambos estallamos en carcajadas susurradas.
—¡No me puedo creer lo que acabas de hacer! —dije, apoyándome en la mesita del recibidor mientras los últimos coletazos del ataque de risa todavía me recorrían el cuerpo.
Vi como Callum deshacía los primeros botones de su camisa de lino antes de adentrarme en la habitación principal. Sentí como me miraba, pero no me giré. Necesitaba poner distancia. Su cercanía me nublaba el juicio y aquella risa ronca todavía más.
—Creo que eso los mantendrá ocupados durante un buen rato. Nox y Levi deberían tener un par de horas más de tranquilidad para investigar —suspiró a modo de respuesta.
Noté como me seguía al interior de mis aposentos meneando la cabeza. Entró en mi baño, pero dejó la puerta abierta. Entre las sombras vi como accionaba el mecanismo que encendía el lavabo y se llenaba las manos de agua fría con la que refrescarse.
La verdad es que el calor del desierto era insoportable. Aunque sospechaba que el calor de Callum venía del mismo sitio que el mío.
Esperé a que saliera con los brazos cruzados. Él se apoyó contra el marco de la puerta e imitó mi posición en el lado opuesto del dormitorio.
—Has dicho delante de todos que ibas a «follarme hasta que recobrara el sentido de la cordura» —insistí incrédula.
Él me regaló una sonrisa repleta de malas intenciones.
—Necesitábamos una distracción. Aiden esperaría verme cabreado tras su negativa. —Se encogió de hombros—. Un ataque de celos era tan buena excusa como cualquier otra.
Yo di un paso hacia delante. Llevábamos horas bailando sobre aquella línea difusa que el Guardián se empeñaba en dibujar entre nosotros. Cada mirada, cada roce, cada susurro eran como olas en la arena desdibujando un límite absurdo que estaba cerca de volverme loca.
—Le has pegado un puñetazo al heredero, Callum.
Tuvo la audacia de volver a encogerse de hombros.
—Apenas le he rozado —respondió con una sonrisa inocente hecha para el pecado.
Puse los ojos en blanco.
—Estaba sangrando. Bastante.
—También te estaba tocando demasiado .
Murmuró aquello último al tiempo que la distancia entre nosotros se volvía casi inexistente. Me quedé allí plantada. Él me miraba con los ojos entornados. Sabía que, a pesar de las distracciones, el Guardián estaba al límite.
Por desgracia para él, ya éramos dos.
—Tú eres quien ha decidido que no puedes tocarme. No de verdad, al menos. Aclárate, Callum, porque me estás volviendo loca. —Me sorprendió el volumen alterado de mi voz.
Abrió la boca para decir algo, pero yo me adelanté.
—Duermes todas las noches a mi lado, pero apenas me rozas —continué todavía más alto.
Al mencionarlo, los ojos de Callum volaron hasta la cicatriz en la base de mi cuello. El punto exacto en el que todas las noches descansaban sus dedos.
Di otro paso hacia él.
Callum no tuvo más remedio que dar un paso hacia atrás. Mi oscuridad ronroneo encantada.
—Repites una y otra vez que no me darás lo que ambos queremos mientras yo no confíe en ti.
¿Qué más tengo que hacer, Callum? Confío en ti.
Estoy aquí contigo. Y tú solo te alejas como si fuera a romperme bajo tus dedos.
Tal vez la pregunta adecuada sea si confías tú en mí.
¿Confías en que te creo cuando me dices que hay cosas que quieres decir, pero no puedes?
¿Confías en que sé que no me harías daño?
El Guardián tragó saliva.
—No entiendo nada y estoy cansada de darme contra la misma pared. No puedes seguir negando lo evidente al tiempo que dices cosas como «te estaba tocando demasiado».
Cacé el momento en el que sus ojos escudriñaron la habitación en busca de una salida, pero yo me había hartado de ese juego. Callum estaba al borde del acantilado y yo estaba dispuesta a hacer todo los posible para que saltara conmigo.
Aquella locura, aquella tensión incesante, aquella necesidad desmedida no podían ser cosas solo mías.
—No te culpo, Tiniebla. ¿Cómo puedo esperar que lo entiendas si soy incapaz de explicártelo todo?
Negué con vehemencia. Callum siempre me había dado la opción de escoger. Aquello no iba a ser diferente. Avancé hasta que su espalda chocó contra la pared.
—No es decisión tuya decidir a qué puedo enfrentarme.
Le agarré una mano y la deposité en mi cuello. En el lugar que ya sabía que le pertenecía. Cuando sus dedos rozaron mi piel, ambos nos sacudimos con un escalofrío.
—Sigo queriendo que me toques.
—Me odiarás —dijo él con una voz torturada—. Después. Cuando sepas la verdad.
Sus ojos negros parecían perdidos dentro de mi verde. Respiraba con dificultad con las manos teñidas de noche y los ojos rebosantes de deseo.
—Te he odiado antes. Puedo seguir haciéndolo mientras me tocas —susurré acercándome todavía más.
Con una mano tentativa recorrí su vientre. Subí lentamente hasta sus pectorales deleitándome en la fuerza que se adivinaba tras sus músculos. Callum dejó caer la cabeza contra la pared. Cuando agarré los mechones negros en la base de su cuello se estremeció y un gruñido escapó de sus labios.
—Estoy intentando ser un buen hombre, Tiniebla. Lo que estás haciendo es peligroso.
Me puse de puntillas hasta quedar a un suspiro de su boca.
Lo quería descontrolado y peligroso. Quería todo lo que estuviera dispuesto a darme.
—Yo también vivo para tu peligro —susurré haciéndome eco de sus confesiones.
Mis palabras rompieron los últimos retazos de su cordura. Callum abrió los ojos y lo que vi en ellos me dejó sin aliento. Estaban repletos de una necesidad que yo sentía hasta en la médula cada vez que notaba su presencia.
Callum cambió las tornas con un movimiento fluido. Su mano de galaxias amortiguó el golpe de mi cabeza contra la madera. Su otra mano sujetó mi mentón inclinando mi cara hacia la suya. Cuando habló, cada una de sus palabras hizo que el movimiento de sus labios rozara los míos.
—Di que es real, Elara. Di que es real, aunque solo sea por esta noche. Aunque me odies después. Dilo y sácanos de esta miseria —suplicó.
No solo quería que fuese real aquella noche. Lo que latía entre nosotros tenía que ser real siempre. Desde el primer momento en el que sus sombras me habían encontrado. Estaba cansada de negarlo. Estaba cansada de buscar otra explicación. Su oscuridad y la mía eran la misma cosa.
Tenía sentido que él fuera mi perdición.
—Es real —exhalé, liberándonos a ambos.
Callum se bebió el final de mi confesión. Sus labios impactaron con los míos y supe que viviría mil torturas para volver a sentirlos. Dejé escapar un gemido. Él mordió mi labio inferior con fuerza y después repasó la zona inflamada con la lengua. Yo solo supe perderme en la sensación.
Me sujetó la cara con ambas manos y me atrajo todavía más cerca. No existía espacio entre su cuerpo y el mío. Estaba en todas partes. Sus sombras no dejaron de acariciarme. Sus labios me besaron hasta dejarme en un estado de locura.
Era un beso desesperado y exigente. Sus labios demandaban, como si separarnos fuera el mayor castigo. Jamás había sentido algo parecido. Cuando su lengua pidió entrar, la recibí con entusiasmo. Nuestras lenguas chocaron en un baile necesitado. Fue un beso repleto de dientes, gruñidos y anhelo.
—Callum —gemí mientras él esparcía pequeños mordiscos y besos suaves sobre mi mandíbula, sobre mi cuello. En todas partes.
—Joder, pensaba que había quedado claro que no me hacía responsable de mis actos si dices así mi nombre.
Se separó unos centímetros. Sus ojos me bebían con avidez, y tenía el pelo alborotado y los labios hinchados. Decidí entonces que aquel era mi Callum favorito: uno descontrolado.
Sus sombras se arremolinaron alrededor de las telas arrugadas de mi ropa. Sentí un tirón repentino. La tela se deshizo a mi alrededor. Sus ojos se volvieron de un negro imposible cuando me vio desnuda por primera vez.
—¡Joder! ¿Quieres matarme, Tiniebla? ¿Es eso? ¿Quieres ver cómo pierdo el control?
Asentí varias veces porque las palabras habían decidido abandonarme.
Cuando sonrió, había un peligro delicioso rozando la comisura de sus labios.
—Tan hermosa cuando eres cruel, Tiniebla... —susurró con adoración—. Tan jodidamente hermosa...
No sabría decir quién se movió primero. Impactamos a medio camino.
Sus labios estaban en todas partes. Sus caricias eran el centro de mi universo.
Con un solo brazo me levantó del suelo. Yo rodeé su cintura con las piernas mientras recorría su espalda ancha con las uñas.
Moví la cadera. Mi centro rozó su abultada erección.
Ambos gemimos. Una explosión de placer y sensación se acumuló en mi bajo vientre.
Mi oscuridad gritó triunfal cuando mis caricias consiguieron arrancar un gemido desesperado de sus labios. Callum caminó con paso seguro hasta la enorme cama de piedra blanca que coronaba la habitación.