Memorias de sombra (Legado 2) Capítulo XXIX. Elara
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Capítulo XXIX. Elara

CAPÍTULO XXIX

Elara

¿Podía uno hacer arder un mundo en llamas?

Los brazos de Orla me rodearon tan pronto como la comitiva desapareció tras las pesadas puertas. Notas de jazmín trajeron consigo recuerdos agridulces de un tiempo que no parecía real. Mis brazos se aferraron a la princesa siguiendo un automatismo.

—Elara, ¡te he echado tanto de menos!

Algo frágil se partió con sus palabras. A la vez que algo oscuro y con cuernos tomaba presencia en mi garganta.

Orla apretó un poco más fuerte y yo intenté tragar saliva. El calor del desierto bañaba mi espalda y sentí que un infierno me consumía por dentro.

—Orla, ¿qué hacéis aquí? ¿Cómo estás?

Me separé como pude, alternando mi mirada entre el ocre tan doloroso de los ojos de Orla y la mirada entornada de Cían. ¿Podía acaso el general ver a través de mí? ¿Tan evidente era que su presencia me dolía y aliviaba a partes iguales?

Orla sonrió con cariño. Aunque lo cierto es que su tez tenía un semblante grisáceo que no inspiraba confianza.

—Estoy mejor de lo que aparento. Cían y yo solo estábamos de paso en representación de mi hermano. Finnian tenía una reunión a la que no podía faltar en Adhair, así que hemos venido en su representación para hablar con Aiden sobre...

—Orla.

Mi amiga y Cían intercambiaron una mirada incómoda. Los ojos del general se deslizaron hacia Levi en varias ocasiones. A mi espalda, Levi se cruzó de brazos.

—Puedes mirarme todo lo que quieras, general, pero no voy a dejar a Elara sola con vosotros.

Posé una mano agradecida en su escudo de escamas azules y sombras ardientes.

Tras dejar atrás a Cían en el Cónclave, habían sido muchas las noches en las que la preocupación por Orla me había mantenido despierta.

Pero el recuerdo de mis amigos siempre iba acompañado del recuerdo de su traición.

Habían sido testigos de los sacrificios que Finnian me había exigido.

Sí, yo los había aceptado. Aunque, en realidad, ¿qué tipo de libertad había tenido? Ellos no habían hecho nada.

Orla me había pedido que me protegiese y que no pensara en nadie más. Al menos eso era cierto. Pero nadie le había parado los pies. No de maneras que realmente importaran.

—Ya veo cómo va esto —dijo Cían con una sonrisa amarga clavada en mí.

Levi avanzó hasta situarse a mi lado antes de hablar.

—La verdad es que creo que no tienes ni idea —le espetó.

La tensión era insoportable. Pese a todo lo que había pasado, aquellas eran las tres personas que me habían enseñado que podía confiar en otros.

—Suficiente, por favor —imploré—. Podéis confiar en Levi.

—No creo que eso sea cierto —dijo Cían—. ¿Qué hacéis vosotros aquí, Elara?

Miré a Levi, pero él se limitó a encogerse de hombros. La decisión era mía.

—Intentamos encontrar la manera de salvar Lyssandria.

—¿Ah? ¡Qué extraño! Nosotros estamos haciendo lo mismo. ¿Por qué entonces parece que estemos en lados opuestos en esta batalla?

—Cían, por favor —supliqué tras el sollozo de Orla.

Cían apartó la mano que Orla había posado en su hombro. Podía ver el dolor en su rostro. La rabia. La Verdeluna sabía que la merecía. Cían se encargó de recordármelo.

—¡Te supliqué que volvieras! Te dije que me aseguraría de que estuvieras a salvo. Tomaste tu decisión en aquel castillo desmoronándose. No sé qué quieres de mí ahora.

—Quiero que lo entiendas. No podía volver.

No me quedaban lágrimas que llorar y, lo cierto, es que ya no estaba triste. Estaba cabreada.

Cabreada por no haber sido más lista.

Cabreada por haber agarrado la primera muestra de cariño en años como si fuera mi última vía de escape.

Cabreada por no haber valorado más a Artio y nuestra vida.

—Orla y yo te necesitábamos.

—Yo también os necesité a vosotros.

Orla lloraba abiertamente.

—Cían, por favor. Es Elara.

—Sí, es Elara. Y ya no es nuestro problema.

Sus palabras dolieron. En parte porque vi la mueca que las acompañaba. Una mueca insegura que me dejó ver que incluso a él le costaba creerlo. Aun así, su deber hacia Finnian siempre sería mayor.

—Tienes razón. No soy vuestro problema. Aunque lo que está ocurriendo, la magia oscura que lleva meses acechando Lyssandria, está conectado a mí. Estamos haciendo lo posible por parar la vuelta de algo terrible. Por eso estamos aquí.

Cían solo negaba con la cabeza.

—Pues mientras juegas a ser la heroína, otra vez, nosotros estamos buscando la manera de salvar a Orla.

Orla ahogó un sollozo desconsolado. La princesa me miraba suplicando perdón, pero yo no podía verla. Había algo envenenado en cada sílaba que escapó de los labios de Cían. Mis ojos se quedaron clavados en algún lugar del cielo, incapaz de seguir mirándolo.

—El único motivo de que no te mate aquí mismo es que Elara me mataría si te hago daño.

Solo te lo diré una vez, vigila tu tono cuando te dirijas a ella.

No creo que haga falta que te recuerde que ella solo participó en el Torneo de la Dama por culpa del castigo desproporcionado de vuestro Guardián —dijo Levi, al tiempo que cubría una de mis temblorosas manos con la suya—.

Respecto a la desafortunada condición de la princesa de las Tormentas, has de saber que, a petición de Elara, estamos haciendo todo lo posible para encontrar una cura.

No hay nada que demuestre que el poder de la Dama sirva para revertir tu condición.

Pero, si ese es el caso, la Corte de las Sombras no dudará en prestar ayuda.

—¿El Oscuro está dispuesto a compartir su poder? Permíteme que lo dude.

A mi derecha, Levi frunció el ceño mientras maldecía por lo bajo. Supe enseguida que no se trataba de esta conversación. Nox o Callum le habían avisado de algo. Algo urgente.

—Elara, tenemos que irnos.

Asentí, dejándome llevar.

—¡Cómo no! —bufó Cían.

Sentí como Levi se tensaba a mi lado. Tiré de él negando con la cabeza. No había nada más que hacer. Al menos no en esa ocasión.

—Seguiremos buscando la manera de ayudarte. Lo prometo. —Mis palabras fueron solo para Orla.

No dejé que mis ojos vagaran de vuelta a Cían. Una cosa era ver el odio que plagaba mi mirada en el espejo. Otra muy distinta era verlo reflejado en los ojos del que había considerado mi amigo.